Nostalgia sin ti
26 TROYE Pasado
26
TROYE
Pasado
El señor Randy me dio fiesta aquella tarde de octubre. Sin pensármelo, busqué la dirección de mi destino en Google y subí al autobús en el que boceté algunos dibujos en el cuaderno durante las dos horas de viaje hasta las instalaciones del Didier.
Entré al pabellón y pregunté al recepcionista por la sala de rítmica. «Todo recto y a la derecha, la verás enseguida», me indicó y, al avanzar unos metros, supe a qué se refería. Desde las alturas examiné el lugar al que Lilia acudía a diario para moldear su sueño: una sala amplia de paredes grises y un único tapiz cubriendo la pista de baloncesto que albergaba dos canastas en los laterales.
Me apoyé en la barandilla y fijé la vista en la planta de abajo, donde quince gimnastas estiraban ayudándose de cintas elásticas o saltaban en diagonal, una tras otra, con música clásica de fondo. Tomé asiento en una esquina e inspeccioné la pista desde las gradas, a una distancia prudencial para pasar desapercibido.
Después del calentamiento inicial, cada chica ocupó una zona del tapiz y fueron turnándose para practicar lanzamientos y elementos de flexibilidad. Y mientras los aparatos volaban rozando las vigas del techo y la entrenadora se aproximaba para aplicar correcciones, Lilia brillaba. Llevaba la melena recogida en un moño y vestía top, leggins y rodilleras de color negro, a conjunto con su semblante concentrado.
Mis ojos seguían su recorrido como si un foco la acompañase a cada paso, y quise saber por qué, cuál era su secreto para atraer la atención de una mirada inexperta. No la observaba extasiado porque el sonido de su risa me originase un burbujeo en la tripa o porque hubiéramos compartido noches de confidencias, canciones y miedos. Lilia simplemente desprendía esperanza: la de contemplar a alguien hacer lo que más le gusta en el mundo y pensar que tú, algún día, llegarás a experimentar esa pasión en tu propia piel.
Esa tarde, analizando los detalles de su ejercicio de mazas, me percaté del magnetismo que derrochaba en el practicable. Cada movimiento se extendía por sus extremidades prolongándose con intención y elegancia, acompañando las notas del Claro de Luna de Beethoven. Lilia se me antojó una profesional en enlazar pasos de danza con un lanzamiento de pelota que rebotaba en su espalda y cogía con una mano sin desplazarse del sitio, transformando lo inverosímil en posible.
Puede que su precisión pasase inadvertida ante mi desconocimiento de las reglas de aquel deporte, pero su capacidad de expresar me cautivó. Lilia narraba una historia a la vez que ejecutaba giros impresionantes, realizaba recogidas del aparato fuera del campo visual y se contorsionaba como si su cuerpo fuera de un material dúctil. Nadie en su sano juicio podría ignorarla. Incluso en los titubeos o errores más evidentes, hallabas algo en ella que te obligaba a admirarla.
Al finalizar el entrenamiento, no se me ocurrió nada mejor para llamarla que meterme índice y pulgar en la boca y emitir un silbido. En consecuencia, mi amiga, su entrenadora y el resto de gimnastas elevaron sus cabezas hacia la grada, fulminándome. «Lo siento», pronuncié sin sonido, solo con los labios, y ella negó divertida antes de pedirme que la esperase fuera.
Nos reunimos en la salida, veinte minutos más tarde. Lilia ya se había duchado y lucía un jersey granate y vaqueros, aunque su cabello seguía preso en el moño del que se desprendían algunos mechones más cortos por encima de las orejas.
—¿Qué haces aquí? —Sonrió.
—Pasar tiempo contigo.
—¿No trabajas?
—Me han dado la tarde libre.
—¿Seguro que no estás escaqueándote de tus obligaciones?
—He ordenado cada maldito cacharro de esa tienda y le he quitado el polvo a todas las estanterías mientras el señor Randy hacía el inventario con la radio a máximo volumen. —Puse los ojos en blanco—. ¿Podemos perdernos por ahí un rato antes de que vengan a recogerte?
—Podemos perdernos una hora —asintió—. Le he pedido a Violet que sea mi coartada, se quedará en el centro comercial hasta las nueve y volverá para recogernos.
—En ese caso, dime qué hay por esta zona o decide qué hacer y te sigo.
—Ven, conozco un sitio.
Se cargó la mochila de deporte al hombro y giró hacia la derecha. Me condujo hasta una cafetería donde ofrecían batidos de fruta para llevar.
—Le falta azúcar —mascullé al sorber por la pajita mi mezcla de mango y uva.
—Solemos celebrar el final de la temporada con uno de estos —se excusó Lilia, agitando su vaso de fresa y nata—. Es saludable.
—¿Como tus agujetas? Parece que te están clavando chinchetas a cada paso que das.
—Pronto estaré en forma, listillo. —Me propinó un codazo en las costillas.
Me contó que su entrenadora le había montado un ejercicio de mazas nuevo y que, por el momento, mantendría el resto de la temporada anterior, para no presionarla. Quedarse hasta tarde acabando los deberes del instituto y rendir en el pabellón no eran compatibles.
—Gianna es un encanto, he tenido tanta suerte con ella… No he conocido a nadie con tanta paciencia. Y me escucha. De hecho, estoy convenciéndola para que me deje usar una canción de The 1975 para la nueva cinta —comentó con orgullo.
—¿Convenciéndola o amenazándola? —Alcé una ceja—. Da igual, prefiero no saber nada de tus técnicas de persuasión. Al fin y al cabo, yo seguiré en el anonimato cuando todos alaben tu buen gusto eligiendo temazos.
—Te compensaré invitándote a más batidos insípidos.
Reímos y, casi por accidente, terminé confesándole que había descubierto los grupos de música que me gustaban gracias a Odette, una limpiadora del orfanato que me prestaba sus discos y me regalaba popurrís que ella misma recopilaba para animarme cuando las familias de acogida se cansaban de mí. Y, en lugar de compadecerme o mirarme con pena, Lilia aferró mi mano y puso mi favorita de Arcade Fire, Half Light II.
Pasamos la tarde sentados en el suelo de un callejón solitario con vistas a una carretera desierta que de noche debía de parecer el escenario idóneo para un cortometraje de terror. Le expliqué lo bien que me iba en la tienda. Ella me habló del humor cambiante de su madre, que la había perdonado tras comunicarle que volvía a entrenar. Y refrescó, Lilia tuvo que ponerse una sudadera encima del jersey y dudé de que mi acto espontáneo de subir a un autobús para verla no hubiese sido un error. No había planeado nada especial y no sabía si para ella estar conmigo equivalía a algo tan valioso como para mí.
Entonces percibí un destello en sus ojos. Se arrastró unos centímetros para estar más cerca y nuestros brazos se tocaron. El escalofrío que me recorrió fue agradable. Mucho. Demasiado. Tanto que no se me ocurrió una estupidez más patética que decirle:
—No te has puesto suficiente desodorante. —Mi venganza por su comentario durante la sesión de cine de verano.
—Imbécil —murmuró ruborizada.
—Pero no me importa —aclaré. Ella contestó con una sonrisa y vislumbré el cansancio en su rostro—. Puedes usarme como almohada.
—No voy a dormir. Quiero aprovechar cada segundo contigo.
—No he dicho que tengas que dormir.
—Troye…
Nos encontrábamos a una distancia íntima y me resultaba insuficiente. Deseaba estrecharla entre mis brazos, averiguar el tacto de su pelo contra mis dedos, constatar si la suavidad de sus labios derretía los míos. Repitió una segunda vez mi nombre mirándome a los ojos y una de mis manos se aventuró a acunar su mejilla. Nos hallábamos tan cerca que, de no haber estado recostado en una superficie sólida, habría perdido el equilibrio ante las emociones que me despertaba esa chica.
Lilia era demasiado, y sigue siéndolo, pero el recuerdo de aquel instante en el que imaginé nuestro primer beso… fue mágico.
Hasta que el firmamento confabuló contra lo que debió suceder y arrasó con cada anhelo.
Empezó a tronar, pero yo solo advertí una melodía, la de la risa nerviosa de Lilia que camuflaba un suspiro. Las nubes se vistieron de plateado y el cielo se deshizo en tormenta. Inmóviles, elevamos la vista a las alturas para admirar el espectáculo de relámpagos y llovizna.
—¿Corremos hasta el Didier? —me preguntó, calándose la capucha.
Negué.
—Parecen solos de batería —musité, refiriéndome a los truenos.
No hizo falta más. Lilia presionó un botón del móvil y a través de los altavoces sonaron canciones aleatorias de la lista de reproducción que comenzamos en el faro. Guardó el teléfono en un bolsillo y me invitó a bailar mientras una cortina de agua nos acariciaba.
Al día siguiente recibí tres llamadas perdidas de Lilia y varios mensajes de WhatsApp.
LILIA
No pases de mí
Estoy en la cafetería y no coges el teléfono…
TROYE
El jefe me observaba
Algunos trabajamos, pequeña mandona
Vale
No molesto más
Eh, espera
Me he metido en el baño para disimular
Genial
Bien
Ok
¿Eso es todo lo que ibas a decirme por teléfono?
No…
Me gustó que vinieras a verme ayer
Que visitaras mi segunda casa
Y que te bebieras el batido sin rechistar, que estuviéramos a punto de besarnos y que nos mojáramos, porque lo nuestro es meternos en estanques o bailar bajo la lluvia
No sé
Solo quería decirte que puedes contarme lo que sea
El lugar de donde vienes puede marcarte, pero la dirección de tus pasos dictamina la persona en la que quieres convertirte
Así que no pienses en el orfanato como en algo que te avergüence, sino en el punto de partida para medir lo lejos que vas a llegar
Lilia modo coaching motivacional on
Puede
Gracias
Te dejo
Será mejor que salgas del lavabo o tu jefe pensará que te estás haciendo una paja
Espera
A mí también me gustó todo eso
Excepto la lluvia
La odio
Tenía muchas ganas de besarte
OceanofPDF.com