Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 50 de 94

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Nostalgia sin ti

46 LILIA Pasado

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LILIA

Pasado

 

La música tiene el poder de transportarnos. Conmigo lo hace y supongo que, pese a mi empeño por enterrar una etapa dorada que solo oscurece mi presente, siempre lo hará.

Humanity in Motion, de Nathan Lanier. Si cierro los ojos, esa melodía me conduce al pasado. A un minuto y medio en el que las notas de piano sonaban para mí. Y no las perseguía, tampoco luchaba contra ellas ni me resistía al vello erizado y al vuelco en el pecho. Me rendía a la música haciendo magia con la cinta, dibujando emociones en el público y los jueces a través de espirales y serpentinas, al incorporar el giro en dorsal que tanto me había costado dominar, manteniendo el penché de tres rotaciones y añadiendo un attitude con el relevé en alto para finalizar recorriendo el tapiz de punta a punta con varias zancadas sucesivas. Todo estaba medido al milímetro; no obstante, cada movimiento era más que una composición estudiada para alcanzar la máxima nota posible.

Golkova sabía equilibrar dificultad y expresión, camuflando riesgo y manejo del aparato con una historia que conquistaría a los espectadores. En esa rutina, vestida con un mono blanco de corte griego y pedrería dorada, yo era una estatua que cobraba vida tocando la varilla de la cinta al inicio del ejercicio, emulando el mito de Pigmalión y Galatea.

Podría repetir cada elemento incluso en sueños, porque mis músculos recuerdan exactamente la tensión, la fuerza necesaria y los reflejos precisos para ocultar los fallos. Una trayectoria inesperada, pasos de más para salvar una caída, el hormigueo en la punta de los pies y la extenuación durante los últimos segundos. «Atenta hasta el final», solía decirme con una voz que no sonaba a mí, sino más madura.

«Tiene potencial, pero aún le falta rodaje», reiteraba la seleccionadora.

Esa temporada participé en Miss Valentine, el Grand Prix de Moscú y de Kiev, y las World Cups de Pesaro, Bakú, Minsk y Kazán. Sin embargo, las plazas del Europeo y del Mundial quedaron reservadas para Eva. No me ofusqué, era inusual que promocionasen tanto internacionalmente a una recién llegada a la selección y estaba más que agradecida por la dedicación y el esmero que ponían en que cada gesto y respiración de mis ejercicios encandilase a los expertos. Sé que sin el apoyo de Bethany y Golkova no habría conseguido quedar entre las ocho clasificadas para disputar las finales del Grand Prix de Moscú, reconocimiento que me sirvió como motor para encerrarme en el gimnasio de sol a sol.

Cada competición era distinta y, a su vez, guardaba ciertas similitudes, como el sonido del despertador a horas intempestivas para coger un avión, facturar los aros envueltos en cinta aislante y así evitar que se chafasen — algo que no siempre conseguíamos—, aprovechar el retraso en los vuelos para hacer alguna compra en las tiendas del aeropuerto o adaptarnos a la comida y el agua del país, teniendo en cuenta los efectos que generaba dicho cambio en nuestro cuerpo.

Aunque desde fuera parecieran unas vacaciones, en aquellas citas deportivas no había hueco para hacer turismo, y el único paisaje que veíamos era la estampa que nos ofrecía la ventana del hotel. Los minutos de desconexión eran escasos, y duraban un trayecto en autobús del aeropuerto al hotel y del hotel al pabellón para realizar los entrenamientos oficiales. La presión se incrementaba al compartir tapiz con los demás equipos y advertir que otra chica hacía una rotación más que yo en los giros, llevaba una maestría similar a la que había creado con mi entrenadora y habíamos mantenido en secreto para evitar copias, o al dejar que los destellos de las mallas rusas me cegasen.

«Mente fría», me instaba Golkova al percatarse de que flaqueaba.

La noche antes del inicio del evento, Eva y yo nos sumíamos en un silencio peculiar, batallando contra una mezcla entre fatiga y nervios al caer rendidas en la cama, sin conciliar el sueño debido a la adrenalina. Si las cosas marchaban bien y mostrábamos el trabajo sobre el practicable, nos premiábamos con alguna barrita energética o chocolatina que sacábamos a escondidas de las máquinas expendedoras del pabellón.

Regresar a esa temporada con la memoria es tatuarse cada una de las letras que componen la palabra nostalgia. Es como si alguien respirase en mi nuca, las manos de Bethany sujetasen las mías y los brillos de mi maillot fuesen lo único que veo.

Mi ejercicio de cinta marcó un antes y un después. Me otorgó nombre y apellidos en la élite e hizo que, a día de hoy, los espectadores sigan recordando mi elemento más característico: agarrar la varilla con el pie izquierdo y crear un círculo completo, facilitando el equilibrio con las manos apoyadas en el tapiz hasta que la pierna superaba la cabeza, el gemelo me rozaba la frente y cogía el aparato con la derecha. Esa fue mi seña de identidad, el distintivo que otras reproducirían más tarde y acabaría protagonizando vídeos de YouTube, fragmentos en las noticias, fotografías con mi firma y pósteres que adornarían las gradas para animarme desde cualquier rincón del mundo.

Lilia Girard había llegado para quedarse.

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