Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 4 de 94

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Nostalgia sin ti

Parte I: Enamorarse de un Sueño

PARTE I

ENAMORARSE DE UN SUEÑO

 

No puedes ponerle un límite a nada. Cuanto más sueñas, más lejos llegas.

MICHAEL PHELPS,

nadador y el deportista olímpico

más condecorado de todos los tiempos.

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LILIA

Pasado

 

Era la última semana de mayo. Un atardecer de tonos anaranjados se colaba por la cristalera del pabellón en el que pulía fragmentos de mis ejercicios antes del Estatal. Solo faltaban unos días para la gran cita en la que las mejores gimnastas del país competiríamos por más que una medalla. Estaban en juego las plazas para el equipo nacional, por eso habíamos sumado un par de horas a la jornada de entrenamientos de los fines de semana y salía antes de clase, además de rascar minutos de sueño priorizando el descanso a estudiar para los parciales del instituto. Gianna insistía en que reposar y mantener la mente fresca era la terapia más efectiva contra las lesiones, así que hacía caso a las directrices de mi entrenadora.

Mi música de pelota se detuvo y el sonido metálico de la puerta abriéndose captó mi atención. Por ella desfiló Violet, enfundada en un vestido veraniego de flores y sandalias, con los bucles rubios cubriéndole la espalda. Ella, que ya había finalizado la temporada al no clasificarse para el evento del domingo, lucía un bronceado fruto de las tardes en el césped del jardín.

Me hizo señas para que me acercase, y yo miré a Gianna en busca de su aprobación antes de tomarme unos minutos de descanso.

—Hasta y media —matizó, escrutando el reloj de su muñeca.

Me puse de pie, me sequé el sudor de la frente con la toalla malva que me acompañaba en las sesiones de repeticiones hasta la saciedad y me aproximé a mi hermana.

—Hoy te recojo yo. —Violet sonrió, jugueteando con las llaves del Range Rover.

—¿Mamá te ha dejado el coche? —pregunté dubitativa.

Violet era dos años mayor que yo, pero mis padres la consideraban la pequeña. Que suspendiera un curso, se hubiera sacado el permiso de conducir a la tercera o incluso eligiera mal las tallas de ropa en compras online suponían premisas más que suficientes para que nuestros progenitores cuestionasen su criterio constantemente. Yo, sin embargo, opinaba que mi hermana era la chica con el corazón más grande de la galaxia. Se equivocaba, tropezaba varias veces con la misma piedra, pero jamás se excusaba y de su boca brotaba un perdón sincero tras cada error.

—¿Tan extraño te parece? —Se ofendió.

—¿Seguro que ya manejas bien el embrague? —Me mordí la parte interior del carrillo para contener la risa.

—A la perfección, enana. —Me revolvió el pelo sin importarle que mi coleta medio deshecha estuviera empapada de sudor. Sacó del bolso uno de los batidos de frutas caseros que preparaba mamá y me lo ofreció—. ¿Te queda mucho?

—Tres enteros sin caídas. —Sorbí el líquido dulce de plátano, sandía y melón.

—Ven, quiero darte una cosa —cuchicheó, tirando de mi brazo hacia los bancos de madera de la esquina.

Me senté a regañadientes bajo la atenta mirada de Gianna en la distancia, y continué sorbiendo mientras Violet colocaba en mi regazo un paquete fino, coronado por un lazo rojo aplastado.

—Ábrelo. —Posó sus ojos avellana en los míos.

Con los dedos aún temblorosos por el esfuerzo de aquella tarde, rasgué el papel y descubrí un regalo que sigue dibujándome sonrisas. Una cinta Chacott pintada de azul cielo, fucsia y blanco, los cuales se difuminaban a lo largo de los seis metros de tela. Era el diseño que llevaba meses admirando por Instagram, en la cuenta de una tienda de gimnasia especializada en decoración de aparatos.

—Es preciosa, Violet.

Y cara, por eso no se lo había mencionado a mis padres. En casa nunca dijeron «no» y el entusiasmo de mi madre se traducía en maillots nuevos cada temporada y pelotas que se reemplazaban al perder su brillo. Precisamente porque no necesitaba encender la cerilla cuando tenía ante mí una hoguera, me callé. En los últimos meses había roto tres pares de mazas durante los entrenamientos, me conformaba con seguir usando el aro del año anterior y coser la cola de la cinta deshilachada formaba parte de mi rutina.

—Recién salida del horno, acabo de recogerla ahora —explicó Violet—. Para que te dé suerte la semana que viene.

La observé alejarse, me guiñó un ojo desde la puerta y desapareció. Al contrario que mamá, mi hermana comprendía lo incómodo que resultaba entrenar con la familia escrutando cada uno de tus movimientos. Por eso me esperó en el coche, paciente, hasta que salí pasadas las nueve.

Ella no solo me daba espacio, sino oxígeno, una mano amiga, palabras de confianza cuando me hacía diminuta. Donde otros veían a una chica indecisa y dispersa, yo vislumbraba a mi guía, a esa estrella polar que centellea mientras tengas un destino al que ir.

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