Nostalgia sin ti
34 TROYE Pasado
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TROYE
Pasado
Lo que sentí después de recibir la noticia de Lilia fue egoísta porque, por mucho que me alegrase ver la felicidad pintada en sus rasgos, pensé que la persecución de su sueño implicaba abandonarme.
«Alégrate por ella, capullo egocéntrico, alégrate de que esta chica tan maravillosa vaya a tocar las estrellas que tanto habéis memorizado durante estos meses», me dije. Quizá en ese momento ya lo sabía o mi intuición me lo advirtió, aquella noticia desharía para siempre el bonito nudo en el que convergían nuestros caminos. Íbamos a separarnos, ella rumbo al firmamento, yo hacia las tinieblas del subsuelo, y no habría escalera lo suficientemente larga para conectar ambos mundos. El del triunfo y la decadencia. Lilia era una pluma liviana y yo, un cúmulo de piedras ejerciendo la fuerza de la gravedad.
Mi estúpido plan durante aquellos días consistió en anticiparme a lo que sucedería para que mi cerebro lo asumiera de manera madura y racional sin sufrir una caída a varios metros de altura, claro que para eso debería haber sido maduro y racional en lugar de un gilipollas. Me vestí de cobardía y usé una pantalla a modo de escudo protector, convencido de que, si no volvía a verla y no escuchaba su risa cantarina ni olía de nuevo su colonia y no me llevaba el aroma impregnado en la ropa, podría seguir adelante como si no nos hubiéramos conocido. Creía que podría continuar sin Lilia si no le concedía una despedida, extendiendo el periodo de negación tanto como hiciera falta. Pero mi tentativa de salir ileso se fue al traste en cuestión de horas.
Necesité sentir que la perdía para percatarme de que nuestro final no podía llegar así, comportándome como un idiota, apartándola de mí con inseguridades antes de que la gimnasia lo hiciera. Si íbamos a terminar, debía ser mirándonos a los ojos, haciendo honor a cada instante que habíamos pasado juntos en Kinsale. Nada de ensuciar la despedida con chulería para que los cortes cicatrizaran antes ni insultar a aquellos recuerdos que nos quedaríamos mucho después de que ella se marchara. La honestidad era la única opción viable.
Faltaba un día para que Lilia cogiera el avión cuando la cité en el polígono en el que saltamos una valla y subimos para colorear un muro en blanco semanas atrás.
La vi llegar con la bicicleta y permanecí en la azotea, muy quieto, imaginando la cara que pondría al ver el despliegue que había organizado en la escalera de incendios. En cada peldaño había dispuesto un pósit turquesa sujeto con pequeñas piedras para que el viento no los moviera. Los papeles formaban parte de un mensaje global que cobraría sentido según ascendiese. Todos ellos recogían motivos por los que había comprendido que debía irse a Dublín. Y aunque para Lilia solo fueran evidencias, consideraba que era importante despojarme de la coraza y enseñarle mis cavilaciones. Quizá no era tan relevante el contenido de aquellas notas como la razón por la que las había escrito. Porque estaba arrepentido, me daba pavor perderla, pero sabía que su talento se desperdiciaría en el pueblo. Y si aquella chica me gustaba, la admiraba y cada vez que le había reiterado que persiguiera sus sueños era con la mano en el corazón, entonces debía seguir apoyándola.
Lilia se coló en el patio trasero del local, trepó la valla y se detuvo ante la escalera con curiosidad. Giró la cabeza en todas las direcciones, buscándome, pero no me distinguió en las alturas, camuflado con ropa oscura. Se sacó el teléfono del bolsillo del chándal granate para llamarme y debió cambiar de opinión, porque volvió a guardarlo y se encorvó para leer la caligrafía manuscrita de los pósits.
«Hola, Lilia», rezaba la primera nota.
«Esto es una disculpa», proseguía la segunda.
«A menudo el miedo a perder a alguien nos paraliza. En mi caso, entender que ibas a marcharte sacó a pasear a esos fantasmas que llevo conmigo desde que tengo uso de razón».
«Por eso no he respondido a tus llamadas ni mensajes».
«Intentaba acostumbrarme a tu ausencia, recuperar mi vida sin formar parte de la tuya».
«Pero no me apetece pasar página ni apartarte. Comprendo que te vas persiguiendo un sueño, y no huyendo de mí».
«Voy a hacerte una promesa, Lilia, una que cumpliré pase lo que pase».
«Siempre estaré ahí. En lo bueno, en lo malo, en las entregas de medallas o en esos eventos en los que no haya trofeos ni celebraciones».
«Quiero que sepas que te admiro y te respeto. Que aplaudiré todos tus logros para que te sirvan como impulso. Que jamás frenaré tu vuelo porque tu talento es magia y con él invitarás a soñar a muchas otras gimnastas».
—Y el día que vuelvas siendo una estrella —recité de memoria el último pósit—, te estaré esperando justo aquí.
Me aparté del muro para que observara la parte restante: la silueta de una gimnasta saltando, pintada con espray negro sobre el laberinto de trazos en rojo y azul. Había tomado como referencia una de las imágenes con las que Lilia actualizaba su estado de WhatsApp. La fotografía original tenía como telón de fondo la entrada del Didier, y ella se elevaba abriéndose de piernas en lo que denominaba zancada, con la espalda flexionada y la cabeza tocando el gemelo izquierdo.
Esperé a que su reacción se reflejase en sus facciones, pero no ocurrió nada. Sobrevivimos en aquella quietud electrizante y añadimos una vuelta más a ese reloj que contabilizaba nuestro tiempo perdido.
La brisa del atardecer balanceó los mechones cortos que se desprendían de la coleta de Lilia y su mirada avellana se clavó en mí. Desafiante, con expresión ceñuda e inquisitiva, se mantuvo firme hasta que de sus labios brotó un solo adjetivo.
—Imbécil.
Tropecé con un saliente del suelo y estoy seguro de que ella achacó mi torpeza al karma.
—Me he ganado ese apelativo con creces. —Suavicé la voz, manteniendo la calma.
—Estoy de acuerdo. —Expulsó una bocanada de aire y prosiguió con rabia—: Ni te imaginas las ganas que tengo de gritarte por ser un cobarde que no da la cara, Troye. ¿En qué mundo vives?
—En uno mucho menos coherente que el tuyo.
—Y no se te ocurre otra cosa para redimirte que escribir mensajitos en pósits del Vintage By Brooks. ¡Superromántico! —Gesticuló en exceso con las manos.
—Eh, me los han descontado del sueldo —reprendí, sin creerme que la tienda entrase en nuestra discusión.
—Tienes una letra horrible, ¿lo sabías?
—Uno de los motivos por los que ya no voy al instituto.
—¿Eres bipolar o solo te gusta tomarme el pelo? Te digo que me marcho y actúas como si hubiera dejado de existir —masculló más decepcionada que molesta—. Estos días han sido complicados, y no solo por ti, Troye. Mi vida va a dar un giro de ciento ochenta grados y cada persona de mi entorno lo remarca, pero me habría encantado saber qué opinabas tú. Sin filtros ni clichés edulcorados, sin un jodido «Me alegro por ti» antes de desaparecer. —Apretó la mandíbula y se detuvo para pausar la retahíla de recriminaciones—. Necesitaba la visión de ese amigo que se atrevió a contradecirme cuando llegué al faro llorando, dispuesta a permitir que otros acabasen con mi carrera. —Vi el ejercicio de contención que hacía para no herirme, eligiendo con sumo cuidado las frases—. He querido plantarme en el porche de los Adler cada noche para descargar mi ira. Por suerte, entraba en razón antes de subirme a la bici.
—Ojalá hubieras venido.
—Sí, claro, es fácil que hagan el esfuerzo por ti, ¿verdad? —Se masajeó las sienes—. Ojalá hubieras tenido tú el coraje de ser sincero. Cuando pasan de mí, Troye, no voy detrás recogiendo las migajas. He aprendido la lección.
—Te habría escrito tarde o temprano, Lilia. Yo solo…
—Mira, sé que funcionas a otro ritmo y precisas de un periodo más largo para abrirte o adaptarte a las circunstancias, pero la gente no siempre está dispuesta a esperar.
—Puede que mi cerebro funcione mal. No lo sé, no me había encontrado en una situación así antes, y tampoco sé de qué modo hubiera actuado mi yo del pasado. Lo que sí sé es que mi primer instinto es anular aquello que pueda hacerme daño, y tú tienes ese poder. No ha estado bien y merezco que me insultes tanto como te apetezca.
—Troye…
—Pero antes —la interrumpí—, me gustaría decirte una cosa. Varias, en realidad. Esta es mi forma de pedirte perdón, Lilia. Soy un desastre. Estoy acostumbrado a despedirme de circunstancias temporales y de personas que no llegan a traspasarme la piel, pero tú… Tú eres diferente. Contigo el tiempo se mide de otra manera. Te conozco de unos meses y me haces tanto bien que me aterra que te alejes. Eres una especie de terapia. Psicóloga, amiga y confidente, novia y chica mandona que me echa una buena bronca cuando lo necesito. Todo en un cuerpo diminuto, pero increíblemente fuerte. —Le sostuve la mirada y bajé las defensas para que me viera sin armadura—. Lo siento. Cuando me contaste lo de la selección me asusté, vi la parte mala, la que afecta a este vínculo que hemos creado, pero no se trata de eso. Se trata de ti, de tu trabajo y tu futuro. De la oportunidad que mereces. No sé cómo he sido tan insensato. La Lilia que pelea por sus sueños me gusta un millón de veces más que la que se lamenta por perder algo que ella misma tira a la basura. Lo siento, lo siento muchísimo. Te dije que quería todo contigo, y todo también incluye apoyarte en la distancia.
—Para de disculparte, Troye.
—Sé que te vas de Kinsale, pero no de aquí. —Señalé el dibujo del muro—. Y lo decía en serio, te mereces a alguien que crea que eres un jodido sueño, y que te apoye mientras cumples el tuyo. Un tío afortunado que, a falta de flores, comparta contigo Twix, Cheetos y también toda su mierda, aunque sea a trescientos kilómetros, a través de un teléfono. Te mereces a alguien que se presente en tus competiciones con una pancarta inmensa que él mismo haya pintado. Que te vea entrenar, se sepa tus ejercicios de memoria y siga buscándote en YouTube. Que no te escriba en Twitter ni Instagram, pero tiemble cuando piense en ti, hable contigo o te vea en una videollamada, que acepte que vuestra vida real va a ser esa durante algún tiempo. Yo quiero ser ese alguien para ti, Lilia. Voy a serlo si me lo permites.
—Podías habérmelo repetido estos siete días.
—No podía, me daba miedo.
—El qué.
—Darme cuenta de lo mucho que me importas y añadir tu nombre al de las personas que me han dejado cicatrices.
—¿Qué ha cambiado?
—Sigo asustado, pero me da más miedo que te vayas sin saber que me ayudaste y que una parte de ti se queda conmigo. Aunque lo nuestro se acabe.
—No tiene por qué terminar —musitó con los ojos acuosos—. Si nos comprometemos a ser maduros y a comunicarnos, no creo que resulte tan difícil.
—¿Estás dispuesta a darme un voto de confianza? —Sentí un vuelco en el pecho.
—No me queda elección, ¿sabes? —dulcificó el tono—. Entre tu habilidad para besar, tu buen gusto musical o tu destreza dibujando, me quedo con algo tan simple como tener una conversación contigo, con siestas, riñas y abrazos incluidos. —Cruzó los metros que nos separaban hasta que estuvimos a un palmo y me regaló una sonrisa que no merecía—. Y la ventaja principal es que podremos seguir hablando mientras cada uno se encuentra en una punta distinta del país.
—Tengo la impresión de que te has olvidado por completo de lo bueno que soy besando. —Enarqué una ceja.
Lilia se aferró a mi jersey y me derritió con su semblante sosegado en mitad de la vorágine que nos envolvía.
—Ayúdame a refrescar la memoria —susurró.
La acogí entre mis brazos y seleccioné Driftwood de entre la música de mi móvil para que esa canción de Travis guardase la suavidad de los labios de Lilia.
Recuerdo aquella tarde a su lado; la más corta que viví, la más larga para mi memoria. Agridulce. Con aroma a adolescencia. Teñida de un aura idílica tras la que se escondían imperfecciones. Repleta de suspiros, nuestro propio lenguaje de silencios y miradas cómplices.
Al día siguiente, pedí fiesta en el trabajo y fui a despedirme de ella al aeropuerto. Después deambulé por el pueblo hasta regresar a nuestro muro, acaricié los colores secos con las yemas de mis dedos y no me atreví a pintar nada encima para preservar intacto el único escenario tangible de nuestra separación. A veces aún subo a esa azotea, cierro los ojos y nos veo allí, juntos, desgastándonos los labios, vulnerables e ingenuos. Y quiero salvarnos, pero no sé cómo.
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