Nostalgia sin ti
41 TROYE Pasado
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TROYE
Pasado
La puerta del dormitorio se abrió bruscamente y por ella desfiló Declan con aspecto de odiar cada segundo de su existencia. Tiró la mochila al suelo y se quejó de haber pasado la tarde estudiando en la biblioteca con los hermanos Rhodes.
—¿Eso es peor que gritarle a un cliente durante dos horas porque se ha olvidado el sonotone en casa? —competí por el trofeo al más desgraciado.
—No me malinterpretes, Arlet me cae genial, pero su tono de voz se te mete en la mente y empieza a repetirse con eco hasta que quieres darte cabezazos con la bibliografía del curso. Su concepto de silencio solo es viable en situaciones extremas, como entrar en coma o ganar una apuesta de ver quién se come más alitas de pollo en cinco minutos. —Se pasó una mano por la frente emulando un gesto de desfallecimiento—. No exagero, habla incluso en sueños. Tendrías que haberla visto paseando totalmente sonámbula cuando íbamos de campamento, se respondía a sí misma. Pero hoy ha alcanzado otro nivel… Ha recitado cada párrafo del temario de Historia del Arte en alto. Esa es su manera de retener conceptos.
—¿Has probado a utilizar tapones?
—Tapones, auriculares, música clásica… Ojalá tuviera un mando con el que ponerla en mute. A ver cómo le explico a mis padres que ni las optativas se me dan bien. ¿Crees que en tu módulo quedará hueco para un cateador de bachillerato?
—No te pongas en lo peor. ¿Y si estudias en casa?
—Troye, la secta se mantiene unida hasta en los peores momentos.
—¿Elijah no le dice nada a Arlet?
—El muy cabrón tiene memoria auditiva. Él solo se sienta a escucharla mientras le cotillea el Instagram a Jack Falahee.
Solté una carcajada y Declan se ofendió.
—Tú lo has querido —replicó amenazante—. Despídete de la tranquilidad leyendo novelas de ciencia ficción en esa azotea tuya a la que te escapas como un ermitaño. Haré que la próxima sesión de tortura con Arlet se celebre un domingo para que puedas venir.
Lo hice. Y sobreviví a aquella tarde y a las que le siguieron, aunque ni Declan ni yo conseguimos memorizar nada y tuvimos que hincar codos en casa.
En efecto, pronto ratifiqué eso de que «La secta se mantiene unida hasta en los peores momentos». Todo comenzó con un inocente «Tío, vamos a convertirte en un auténtico corquiano» de Elijah, y el listado que su hermana planificó en un calendario con actividades en la ciudad. Sin otra elección que asentir y dejarme arrastrar hacia los puntos más emblemáticos que aún no había visitado, destiné las horas libres de los fines de semana a salir con el grupo.
Acudimos a varios museos y galerías como la Crawford Art Gallery o el Museo Público de Cork, visitamos una feria gastronómica en Dunderrow, paseamos por los jardines del Nano Nagle Place y nos sacamos unas polaroids en la iglesia de Santa Ana, la catedral de Saint Fin Barr y el castillo de Blarney.
Una vez que hube tachado la Cork City Gaol y el Opera House, y cuando no quedó rincón turístico en Kinsale que no hubiese inspeccionado, iniciamos la segunda fase: fortalecer los lazos afectivos con mis amigos e interesarme por sus aficiones. Acompañé a Elijah a un curso de repostería para refinar su casi perfecta tarta de zanahoria, soporté una jornada de compras junto a Declan en tiendas alternativas cuyo hilo musical me descubrió sintonías de animes en japonés, y me ofrecí voluntario para ir con Arlet a una convención de danza que nos obligó a coger dos autobuses hasta Wexford.
El tercer sábado de diciembre, para celebrar el fin de los exámenes del primer semestre, Declan y yo nos presentamos en casa de los Rhodes con dos cubos gigantes de palomitas y el pijama en la mochila. Nos instalamos en la buhardilla, donde hicimos un maratón de Mr. Robot enterrados en mantas y almohadas, comiendo regaliz y palomitas de mantequilla bañadas en chocolate caliente.
A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, el señor Rhodes nos despertó para arrastrarnos hasta el puerto y ser nuestro instructor y guía en un viaje costero improvisado. Por mucho que tratase de reprimir las náuseas, el vaivén del barco me revolvió el estómago y vomité el desayuno mientras mis amigos retrataban mi semblante blanco y sudoroso, con la fortaleza de Charles Fort como telón de fondo. Más tarde, Declan me explicaría que aquella ruta era una especie de ceremonia de iniciación para mí. «Si consigues la aprobación del patriarca, te dan la bienvenida a sus brunch familiares», le escribí a Lilia en un e-mail.
Desde ese instante, cuando fijaba la vista en la pared al redactar correos o escuchar los audios de mi novia, mis pupilas buscaban ese pedacito cubierto por fotografías, entradas de museos, la cuenta de esa primera cerveza que bebimos haciéndonos pasar por mayores de edad en un pub del centro, notitas que nos tirábamos en la cafetería o el cordel que Arlet me regaló y del que colgaba un frasquito de cristal con agua del puerto que recogió en nuestra excursión marítima. «Para que recuerdes que, incluso con la pota cayéndote por la barbilla, estaremos a tu lado», me había cerciorado.
Con el tiempo me percaté de que, en ocasiones, no es necesario empuñar el lápiz para dibujar un decorado que te arranque una sonrisa o grabar tu nombre en un sitio para demostrar que estuviste allí. A veces solo precisas de los cómplices adecuados para descubrir que anhelar algo no equivale a estar a punto de perderlo, que la esperanza jamás se disipa si decides poner el contador a cero al despertar y que, pese a tus idealizaciones, un hogar no es aquel lugar del que no quieres marcharte nunca, sino ese que llevarás anclado al pecho si algún día te vas.
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