Nostalgia sin ti
65 LILIA Pasado
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LILIA
Pasado
No sé cómo Eva y yo gestionamos la rivalidad que alimentaron entre nosotras en Laurden. Golkova opinaba que el estímulo más poderoso para hacer mejorar a una gimnasta era mostrarle los logros de su competencia, pero no creo que ese método funcionase conmigo. En mi tercer año en la élite, empezaba a ser consciente de lo cuestionables que resultaban ciertas tácticas.
La rubia destacaba por su manejo de aparato y su técnica. La apodaban «mariposa de hielo» después de que en la World Cup de Sofía se le cortase la música en mitad del ejercicio y siguiera impasible desplegando sus líneas infinitas, su relevé perfecto y una concentración inquebrantable. Y pese a la gran ventaja que tenía gracias a sus cualidades innatas, su gran baza era una mente privilegiada para aislarse de su entorno y focalizar la energía en el objetivo primordial: ganar.
Yo, sin embargo, brillaba gracias a mi capacidad para contar historias. Me guiaba por las emociones y mi carácter temperamental. Mientras que Eva podía soportar gritos sin inmutarse, a mí solo me sacaban del agujero de la negatividad unas palabras de ánimo o un abrazo.
Nunca entendí por qué en Laurden comparaban la noche con el día. Estábamos acostumbradas a entrenar en tapices contiguos, a dejarnos la piel para que los ojos de Bethany o Golkova se posasen en nosotras y nos corrigieran cualquier nimiedad. En ocasiones resultaba duro, pero no existía otro sistema.
Las temperaturas en julio superaban los treinta grados y, puesto que el aire acondicionado estaba prohibido porque afectaba en la trayectoria de la cinta al lanzarla, el modo más efectivo de sobrevivir a las largas jornadas de entrenamiento era empleando un pulverizador con agua.
Tras pasar varios minutos escrutando la pantalla del móvil, Golkova detuvo la música y se levantó de su asiento.
—Chicas, acabo de recibir un correo del comité organizador de Stars Elite Challenge, una competición en Dubái. Me gustaría enviaros a ambas, pero el presupuesto de la temporada ya está cubierto con el calendario que cerramos en septiembre, solo podemos permitirnos que una de vosotras asista.
Así comenzó la batalla. La seleccionadora organizó un control interno con jueces nacionales para la semana siguiente y prometió que la que ejecutara los ejercicios sin fallos y obtuviera mejor puntuación sería la elegida.
—A sabiendas de que te darán la plaza a ti, pienso esforzarme —le confesé a Eva, convencida de que mi amiga no tenía rival—. Para que vean que quizá no soy la gimnasta con la tipología más imponente o empeines de goma, pero que mi compromiso con la Federación es serio.
—No eres consciente del poder que tienes —reprendió Eva—. Huyes de él, escondes esa garra que podría cautivar al público y marcar la diferencia. Eres correcta y expresiva, pero en la sala veo algo más… Arte. Traslada eso a cada competición.
—Me da miedo que la burbuja explote y todo se termine. Que un día esto me supere y vuelva a casa —admití. Las tres temporadas en la selección no me garantizaban nada.
—No lo hagas. No te cortes las alas antes de alcanzar las estrellas. Cree en ti, es solo el principio.
Me vendé la rodilla y apreté los dientes. La lesión del Europeo de Barcelona requería de una recuperación lenta, pero yo no podía permitirme un descanso de meses. Había cientos de niñas a la espera de la oportunidad que yo había tenido, aguardando la llamada de la selección. Nadie me reservaría el sitio si me ausentaba, y quejarse se consideraba sinónimo de pereza y debilidad.
Debía ser fuerte, tenía dos horas de entrenamiento por delante. Y siete días más en los que perfeccionar las rutinas.
«Las gimnastas solo sonríen, aunque por dentro no logren detener el llanto», me dije antes de ponerme en pie y hacer varios rodamientos con la pelota.
El sábado tuvo lugar el control a puerta cerrada. Mientras Eva y yo calentábamos en el segundo tapiz, el personal de mantenimiento instalaba varias mesas y sillas frente al espejo para el panel de jueces.
—Lilia —me llamó Bethany agitando la mano—. Golkova quiere que uses estos maillots hoy.
Me dio cuatro perchas con diseños de la selección de años anteriores, más discretos, con menos brillo, los que solían reciclar para que llevase alguna gimnasta de club que esporádicamente se costeaba el viaje para competir en torneos menores representando a Irlanda.
—Si te pesa menos la pedrería, quizá saltes más alto —argumentó la seleccionadora, y una parte de mí la creyó.
Ahora sé que era un intento de desestabilizarme, que aquella pantomima solo suponía un aliciente más para que la leyenda de la «mariposa de hielo» adquiriese un nuevo nivel. Más entrevistas, combustible para una gimnasta que ya había saboreado la medalla olímpica y perdía la motivación por momentos.
—Eva, has nacido para pisar un tapiz. No cabe ninguna duda de que la plaza es tuya —recitó Golkova, halagando la estabilidad del giro cosaco de cuatro rotaciones, la recogida de aro fuera del campo visual que realizaba con las piernas y el rebote de una maza en el practicable en mitad de una zancada.
Para mis cuatro ejercicios perfectos solo tuvo un escueto «Al fin dominamos ese penché».
Más tarde me enteraría de que poco importaba ese control; el nombre de mi amiga estaba inscrito en el registro nominal de Stars Elite Challenge desde el mismo día en el que los organizadores contactaron con la seleccionadora. Pero aquel sábado no lo sabía, así que competí como si fuera mi última actuación y forcé la rodilla, sobrepasé el límite.
Hoy, al echar la vista atrás, duele y siento lástima de la joven ingenua que creía que su valía se demostraba en el tapiz y no en los despachos, al contrario de lo que mi madre siempre aseguró.
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