Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 55 de 94

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Nostalgia sin ti

Capítulo 51

 

 

Querida Lilia:

¿Recuerdas el primer podio al que subimos de la mano?

Fue una competición menor, un torneo amistoso que propuso la Federación Francesa para rodar los ejercicios de sus jovencísimas séniors, y al que invitó solo a Irlanda y a Alemania a participar para aumentar la motivación de su selección.

En ese evento descubriste que se puede llorar con una

medalla de oro al cuello. De rabia e impotencia, sintiéndote derrotada al ensuciar tu trabajo con errores tontos.

Quisiste contener el llanto, apretaste los puños y clavaste

la vista en el techo del pabellón para reprimir el escozor que amenazaba con quebrarte en público, ante fotógrafos y espectadores. Pero no funcionó y una lágrima, solo una, se derramó por tu mejilla derecha. Entonces reparaste en el grupo de niñas que te observaba con admiración desde las gradas y optaste por ser heroína en lugar de mártir.

Fallar y escuchar el himno de tu país es un castigo,

aunque muchos se quejen en redes sociales, nos acusen de comprar a los jueces o pongan en entredicho cada nota que nos han dado a lo largo de nuestra carrera. Resulta curioso cómo un ejercicio puede manchar meses de sacrificio e ilusión. Un lanzamiento mal calculado en el que el aro rueda por el practicable y tú corres tras él sin asimilar que semejante debacle esté siendo retransmitida por televisión. Minuto y medio. Noventa segundos. A eso se reduce nuestra reputación. Una mano temblorosa que no sujeta el aparato con precisión y todo se va al traste.

Esa noche, al llegar al hotel, te derrumbaste. Golkova no

te permitió realizar tu exhibición en la gala de clausura y tú, a modo de protesta, te negaste a asistir a la cena que la organización había preparado para las gimnastas. «No quiero bailes ni pastel, solo deseo retroceder unas horas y salir al tapiz centrada para desempeñar un buen papel», confesaste entre lágrimas.

Sustituí el vestido de la cena por el pijama y te acompañé

en tu luto hasta que la alarma del móvil sonó a las seis y, sin haber pegado ojo, bajamos al hall del hotel para reunirnos con la delegación antes de poner rumbo al aeropuerto, de regreso a casa.

Los interrogantes ofensivos de un periodista que nos

esperaba a las puertas de Laurden provocaron que te rompieras de nuevo. Sabías que buscaba titulares escabrosos con los que conseguir visitas en su revista digital, pero, aun así, te dolió. Estabas de acuerdo con su dictamen, creías que era cierto que habías conseguido un metal en ese torneo gracias a mí, permitiste que sembrase el germen de la duda en tu interior y que redujera un éxito colectivo a unas reglas que jugaron a tu favor sin que lo merecieras.

Te lo dije en su momento y quiero reiterarlo por escrito:

formas parte del equipo cuando las cosas van bien y cuando van mal. Nadie, solo nosotras, presenció las jornadas de entrenamiento que se alargaban, los domingos libres en los que renunciamos a perdernos por el centro de Dublín para puntuarnos la una a la otra, repitiendo enteros hasta que las deducciones eran mínimas. Competir en la modalidad individual no significa que seamos rivales. Por eso te quité el teléfono de la mano cuando marcaste el número de tu hermana, dispuesta a pedirle que te reservase un vuelo directo a Kinsale.

Estabas harta, para ti no merecía la pena seguir

esforzándote y una cascada de lágrimas te impedía

vislumbrar tu sueño con claridad.

Pero me hiciste caso, dejaste reposar la decisión y, a la

mañana siguiente, cambiaste de parecer al verme entrenar en el tapiz de al lado. «¿Vas a rendirte tan pronto?», te reté, reproduciendo fragmentos de tus coreografías para que percibieses la complejidad de aquellas composiciones sin menospreciarlas por el hecho de ejecutarlas tú. Y te gustó mi idea porque corriste a por tus aparatos con fuego en la mirada y me mostraste que la llama de la rítmica no se había apagado. Todavía no.

Si superaste lo inimaginable, ¿por qué debería ser distinto

ahora?

No te rindas tan pronto, Lilia. Lucha, en el deporte y en la

vida. Te quiere,

Eva

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