Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 49 de 94

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Nostalgia sin ti

45 TROYE Pasado

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TROYE

Pasado

 

Los estudios no eran mi fuerte o eso había creído en el pasado, cuando la inestabilidad de cambiar con frecuencia de centro escolar y de familia me impedía centrarme en temarios abstractos que no despertaban nada en mí. Quizá por eso no me extrañó que el profesor Doreght, de Artes Aplicadas, me hiciese señas al final de la clase para que me acercase a hablar con él.

—Barlow, me gustaría comentar el trabajo que entregaste en diciembre, antes de Navidad. —Cerró la puerta para que el alboroto del pasillo no entorpeciese la conversación.

—Claro. —Crucé los dedos para que la charla no terminase con una nota de advertencia a casa o una tutoría improvisada con los Adler.

Rebuscó entre los papeles de su maletín y se ajustó las gafas antes de releer los garabatos en rojo que había escrito en la portada.

—Concepto interesante, buen uso de la perspectiva y la profundidad… Sí, un merecido excelente. —Pasó las páginas adornadas con rostros de desconocidos que había plasmado una tarde escrutando a los vecinos pasear —. ¿Desde cuándo haces retratos?

—No lo recuerdo. —Me encogí de hombros—. Desde siempre.

—¿Te has formado en alguna academia?

—Soy autodidacta, me sale por instinto.

—Barlow, no lo dejes. Tienes algo especial, una manera muy interesante de ver las cosas.

—Gracias, profesor.

Me reuní con Declan, Elijah y Arlet en la cafetería después de guardar los manuales de la asignatura y las lecturas obligatorias en la taquilla. Los alumnos ya habían rebañado sus raciones y se enfrascaban en acalorados debates. Sorteé varias mesas hasta llegar a la que ocupaban mis amigos al fondo.

—Llegas tarde, tío —increpó Declan—. Te he guardado un plato de macarrones y helado de stracciatella, pero la pasta ya debe de estar fría y el postre ha pasado de sólido a líquido.

—Gracias por la bandeja. —Le choqué la mano y ocupé el sitio libre frente al que aguardaba mi menú intacto.

—¿Malas noticias con Doreght? Te he visto por el cristal de la puerta.

—Al contrario. —Pinché cuatro macarrones con el tenedor y me los metí en la boca—. Me ha felicitado.

—¿Qué has hecho para caerle bien al profesor más estricto del planeta? —Arlet se quitó un auricular y pausó el videoclip de YouTube que estaba memorizando segundo a segundo.

—No lo sé, ¿entrar puntual al aula, no interrumpirle con preguntas sobre los exámenes finales y poner el móvil en silencio para que el tono de Baby Shark no provoque risas hasta en el aula contigua?

—Muy gracioso, se te está pegando el humor de Elijah —gruñó, volviéndose a poner el auricular derecho para centrar su atención en What She Wants, de Arizona.

—Si a Doreght le gusta algo de lo que has hecho, debes ser un crack — opinó Elijah.

—Solo eran unos dibujos…

—¡Este chaval nos sacará de la pobreza! —exclamó Declan—. No te ofendas, Elijah, pero a tus redes sociales les hace falta contenido más original para que podamos llamarte influencer.

—Traidor. —El mayor de los Rhodes hizo bolitas de una servilleta usada y se las tiró contando puntos. Dos si le daba en la frente, cuatro en un ojo y seis al hacer canasta en la boca.

 

Esa noche, después de acabar los deberes del día siguiente y desterrar a Declan al salón para estar a solas en la habitación, el «¿Puedo llamarte?» que le envié a Lilia surtió efecto. Fue ella la que se animó a iniciar la videollamada.

—Ahí está la chica más bonita de Kinsale y Dublín —dije cuando su rostro apareció nítido en mi pantalla. Llevaba el pelo suelto para que se le secase al aire tras la ducha, y se había puesto el pijama—. ¿Eva nos escucha?

—No, sigue en el fisio.

—Genial, porque me apetece decirte que te quiero y sé que no respondes si hay alguien delante.

—Yo también te quiero.

Me quedé embelesado al contemplarla, con una sonrisa tonta en la cara. Lilia se tumbó recostando la tripa en el colchón para estar más cómoda.

—Troye, ¿te has quedado mudo?

—No, solo embobado. Cuéntame qué tal ha ido tu día.

Comenzó por lo mal que le sentaba madrugar, pasando por lo mucho que adoraba su ejercicio de pelota, y finalizó riéndose de las dos cajas de modelitos que su madre le había mandado para que no repitiese ropa cada semana. Solo por el tono que empleaba podía suponer que le había ido bien.

—Adelyn y sus problemas del primer mundo. —Se rio y las mejillas se le redondearon con el gesto—. Ah, espera, casi se me olvida… Hoy ha llegado un maillot nuevo para mazas.

—¿Otro?

—Usamos uno para cada ejercicio —me explicó—. Te he enviado una foto por WhatsApp.

—Te has cortado la cabeza. —Solo se veía su cuerpo enfundado en un diseño naranja y dorado con cada centímetro cubierto por cristales y plumas en los hombros.

—¿Qué más da? Solo quería enfocar el maillot. ¿Te gusta?

—Es increíble, y te sienta como un guante.

—Todavía no sé si Golkova me dejará estrenarlo en la próxima competición. Primero le gusta ver qué llevan las rivales. En Laurden hay un armario con una docena de mallas que no se usaron en su momento.

—¿Tan importante es el vestuario?

—Todo cuenta, Troye, y más ahora que las rusas innovan a cada segundo. Flecos, cuellos con flores descomunales, mangas abombadas, incluso tocados en el moño simulando coronas. Se trata de sorprender, de la impresión que causas al entrar en el tapiz, y eso se consigue con el peinado, el maquillaje, la expresión, el modo de caminar… Perdona, te estoy aburriendo.

—En absoluto. Me encanta escucharte, Lilia.

—Soy una monotemática. ¿Qué tal por Kinsale? —Se detuvo y oí la puerta abrirse—. Espera, es Eva.

—Hola, Troye —me saludó su compañera desde una esquina—. Me voy a llenar la bañera hasta arriba, pégame un grito si me quedo dormida ahí dentro.

—Vale —contestó Lilia, incorporándose en la cama—. ¿Qué tal tu día? —me preguntó algo cohibida mientras su amiga se encerraba en el baño.

Quise mencionarle el excelente de Artes Aplicadas, ya que había sido lo más sobresaliente de mi lunes, pero me pareció una estupidez en comparación con su rutina de élite. No pretendía ser el centro, con acomodarme en mi litera y dejar que su voz me envolviese tenía más que suficiente.

—Bien, nada destacable —resumí—. ¿Por qué no me hablas más de ese cambio de coreografía que vais a hacer en el ejercicio de cinta?

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