Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 32 de 94

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Nostalgia sin ti

29 TROYE Pasado

29

 

TROYE

Pasado

 

El penúltimo jueves de octubre fue el aniversario del restaurante de Dustin, que había pasado de generación en generación por manos de los Adler hasta llegar a las suyas y convertirse en el local más distinguido de Kinsale. En él se celebraban desde reuniones de negocios, cumpleaños o bodas hasta encuentros de antiguos alumnos y comidas familiares los domingos. Su oferta gastronómica tradicional con productos frescos del mercado y los menús de grupo diarios le llevaron a encabezar la lista de mejores opciones de la zona. Además, Jacqueline entregaba el excedente que sobraba al comedor social del condado.

El Adler’s Place era referente y apuesta segura, y sus dueños, unos ángeles caídos del cielo. En consecuencia, cuando se aproximaba la fecha señalada, los vecinos les obsequiaban con flores, bombones, botellas de champán o verduras de sus huertos.

La cocina de casa albergaba una docena de jarrones con claveles, rosas, lirios y tulipanes. Sin consultarlo, sonrojándome ante la idea de pedirle a Jacqueline si podía regalarle uno a la chica que me gustaba, cogí el dichoso ramo de margaritas fucsias que llamó mi atención y lo metí en la mochila para dárselo a Lilia ese sábado.

Me esperaba sentada en el bordillo de la acera, con la bicicleta volcada y el móvil en la mano para escribirme un mensaje que recibí cuando ya estaba a escasos metros de ella. Avancé con sigilo y, aprovechando que estaba de espaldas, le di un susto que la hizo desequilibrarse y rodar hacia la carretera desierta.

—Eres imbécil —rugió con una mano sobre el corazón y pliegues en el entrecejo.

La observé unos segundos. El pelo le cubría la cara y fruncía los labios en una mueca que me hizo reír. Parecía un dibujo animado con las piernas abiertas.

—Lo repites mucho, y la verdad es que nunca te he dicho que fuera una eminencia. —Le ofrecí una mano para ayudarla a ponerse en pie.

Lilia me examinó desde el suelo, como si fuera la primera vez que me estaba viendo. Después se levantó de manera apresurada.

—¿Qué pasa?

—Nada —objetó, pero su expresión indescifrable no cambió. Se colocó bien la manga desbocada de la sudadera gris y jugueteó con la costura de los bolsillos del vaquero—. Estoy asimilando mi gran error. He dejado mi coartada en manos de Violet, que, en resumidas cuentas, es la persona con peor suerte de la galaxia. Todas sus tostadas caen al suelo por el lado de la mermelada y ha salido más de una vez al tapiz de competición con las rodilleras puestas. Ah, y si un medicamento produce alergias al uno por ciento de la población, le toca a ella seguro. Creo que esta noche deberíamos hacer algo épico, como celebrar mi funeral y subirlo a YouTube antes de que mi madre me corte el cuello cuando descubra que la que está metida en mi cama es Violet.

Me entró la risa floja al constatar que Lilia estaba nerviosa, hablaba rápido y se trababa en algunas palabras, manteniendo la mirada esquiva si mis pupilas se sumergían en las suyas.

—Me halaga que te arriesgues así por mí y prometo que tu muerte prematura por una barrita de chocolate merecerá la pena.

—No te hagas el listillo, esta escapada no es por ti. Necesitaba aire fresco —puntualizó, agarrando el manillar de la bicicleta.

—¿Adónde quieres ir?

—Echo de menos el faro.

—Al faro pues. —Me acomodé tras ella en el sillín.

No mentiré, llevaba semanas añorando a Lilia. Sujetarme a ella y hundir la nariz en su melena mientras atravesábamos la negrura de Kinsale me resultó tan placentero como escuchar música.

El ambiente seguía raro al llegar al faro. Opté por escupir cada comentario gracioso que se me ocurrió y permití que contraatacase con réplicas irónicas. El humor sería mi aliado para romper aquel muro de hielo que la distancia había interpuesto entre nosotros.

Ascendí por las escaleras a paso lento, contando cada peldaño para que el azar me asesorase. Pares, no sacaba el ramo de la mochila; impares, se lo entregaba y cruzaba los dedos para que no volviera a llamarme imbécil. Ganó la segunda opción. Tragué saliva, me aclaré la garganta, me despeiné el flequillo unas cinco o seis veces y traté de mantener la calma cuando mis piernas quisieron emprender la huida.

—¿A qué debo este honor? —Lilia olió las flores.

No me dedicó un mohín de disgusto ni retrocedió; decidí tomármelo como una señal positiva.

—A nada. —Me encogí de hombros—. Son del restaurante.

—¿Intentas ligar conmigo? Porque regalarme un regalo de otro no suena muy romántico.

—No entiendo mucho de romanticismo, Lilia. Y no creo que para conquistarte sean suficientes unas flores.

Me hubiera gustado rebobinar y mantener aquella declaración de intenciones bajo llave, pero su rostro se iluminó con curiosidad.

—¿Ah, no? —Se sentó.

La imité antes de negar y liberar un tallo del lazo que los unía para arrancarle algunos pétalos a la margarita. En mi cabeza, todos decían: «Cada segundo a su lado es un puñetero tesoro», así que me lancé sin esperar a que Lilia tirase de mí como solía hacer. En esa ocasión deseaba ser yo el valiente.

—No pretendo incomodarte ni nada de eso. —Comencé a hilar mi discurso con una introducción que allanase el terreno—. Y si continúo hablando, la cosa va a ponerse muy cursi. No sé si tú… quieres oírlo realmente.

—Te escucho, Troye.

—No me digas que no te he avisado. —Puse los ojos en blanco y Lilia emitió una carcajada sonora que tiritó en mitad del silencio. Ambos estábamos tensísimos.

Mastiqué la inquietud hasta convencerme de que ser franco con ella era necesario. El miedo jamás es excusa suficiente para no decirle a alguien importante que lo es.

—Volviendo a tu pregunta… —arranqué—. No, no creo que un ramo sea suficiente para Lilia Girard. Te mereces a alguien que opine que eres un jodido sueño porque se despide de ti cada madrugada echándote de menos, ya sea a través de una pantalla o en un faro abandonado. Te mereces a un tío afortunado que, a falta de flores, comparta contigo Twix, Cheetos y también toda su mierda, porque confiar en alguien tiene más valor que solo querer quitarle la ropa cuando estáis a solas. Te mereces a alguien que se presente en tus competiciones con una pancarta inmensa que él mismo haya pintado. Que te vea entrenar, se sepa tus ejercicios de memoria y siga buscándote en YouTube. Que no te escriba en Twitter ni Instagram, pero tiemble cuando está a tu lado, en la vida real. Y que sepa callar cuando todo este rollito empalagoso se le esté yendo de las manos…

—¿Tú harías todo eso? —inquirió bajito.

—Eso depende. ¿Tú querrías que lo hiciera?

Me quitó la flor de entre los dedos y siguió deshojándola ella.

—Puede —contestó con un hilo de voz.

—Supongo que ya no hace falta que me preguntes en qué estoy pensando. Acabo de darte algunas pistas más que evidentes.

—Quieres besarme. —Sonrió y se armó de valor—. Y como sé que no vas a preguntarme en qué estoy pensando, te lo pondré fácil. Quiero que me beses. Y besarte. Que nos besemos…

Lilia se enroscó a mi cuello y se quedó allí colgada, esperando a que mi boca tomase la iniciativa. Cogí aire, apoyé mi frente contra la suya y delineé la curva de su nariz con la punta de la mía para llenarme los pulmones con su respiración.

Llevaba tantas semanas fantaseando con el tacto de sus labios que, en ese instante, cuando la estreché entre mis brazos y su risa tímida erizó la piel de mi cuello, me deshice por dentro. Iba a suceder, la utopía de hallar un hogar en otra persona se materializaba. Ese impulso, que había frenado porque precisaba familiarizarme con la cadencia de sus latidos antes que descubrir los lunares de su cuerpo, era al fin libre. Y allí estábamos. Solos, Lilia y yo. Sin pasado, futuro ni interrupciones.

Mis labios rozaron los suyos y quise retratarnos por si el recuerdo se me escapaba o algo se torcía y no encontrábamos el camino de vuelta. Y debí hacerlo, todavía me arrepiento, porque de todas las cosas que pinté en mis cuadernos, ese beso es la única que jamás supe capturar. Cuando me propuse hacerlo, había olvidado el calor que irradiaba su pecho contra el mío, la mezcla de su perfume de coco y el aroma mentolado de mi champú, el cosquilleo que me mordió las entrañas al poner una mano sobre su corazón y advertir el pulso frenético que la hacía vibrar, la carrera que emprendió el mío hasta acompasarse.

—¿Esto significa que estamos saliendo? —susurró al separarnos.

—No lo sé, ¿tú quieres salir conmigo?

—Troye, responde primero —me pidió con una sonrisa ladeada.

—¿Prefieres la versión larga o la corta?

—Las dos.

—Decide.

—Primero la corta, después la larga con escenas eliminadas, tomas falsas y créditos.

—Un aperitivo: cuando estamos juntos desconecto, cualquier estupidez me parece interesante y los minutos vuelan.

—Vale, ahora la versión extendida —me animó complacida.

—¿Preparada para otro discursito empalagoso?

—Ajá.

—Ya sabes mi teoría sobre la caducidad de las cosas. No creo en los «para siempre» y, sin embargo, me encantaría seguir viniendo al faro, ponernos hasta arriba de comida poco saludable, escucharte hablar del universo de tapices que tanto adoras, besarte, dibujarte mientras duermes, negarme a bailar contigo… Y salir por ahí alguna tarde, acompañarte al instituto, aunque sea a través de un audio de WhatsApp, y pasar tiempo a tu lado.

—¿Nada de meternos en estanques o ponerle música a una tormenta?

—También. Todo eso. —Me incliné para depositar un beso dulce en su boca—. Todo contigo.

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