Nostalgia sin ti
71 LILIA Presente
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LILIA
Presente
No sé qué me empuja a montarme en la bicicleta y dirigirme al rincón en el que el chico de ojos celestes y yo nos dimos nuestro primer beso. Quizá la inercia. Quizá el corazón sea el órgano con más memoria de todos y sepa lo que es necesario para curar. O quizá se deba a que el nombre de Troye Barlow ha salido a colación con frecuencia en las últimas sesiones con el psicólogo.
A la cuestión «¿Qué lugar te aporta seguridad?», mi instinto contesta: «Los tapices y el faro de Kinsale».
La quietud nocturna me envuelve y recuesto la bicicleta en la fachada antes de entrar. Este faro es eso, volver a casa cuando creías que tu hogar se hallaba en otra parte. Y sentirte bien, en paz, protegida pese a la tormenta en la que estás aprendiendo a navegar.
Aquí, en este sitio abandonado en el que ya no se guía a los barcos, siempre habrá un bálsamo de sosiego, además de estrellas a las que pedir imposibles desde esa ventana que nos daba acceso al firmamento. En este pedacito de universo, Troye y yo somos dos críos que no ven oscuridad, sino la posibilidad de iluminar la penumbra con anhelos.
No obstante, mientras subo uno a uno los escalones hacia el punto más alto, titubeo y los bombeos de mi pecho se aturullan. ¿Estará él allí? ¿Me habrá esperado como dijo aquella noche en la que coincidimos en las calles del centro? ¿Conseguiremos regresar a ese verano de ingenuidad?
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