Nostalgia sin ti
7 LILIA Pasado
7
LILIA
Pasado
Aquel verano, mi sonrisa desapareció al leer la lista de gimnastas convocadas para formar parte de la selección nacional la siguiente temporada.
El error garrafal en el Nacional, competición a la que la seleccionadora y los técnicos de la Federación acudieron para hacer seguimiento de las jóvenes promesas que representarían al país, me privó de coser la bandera irlandesa a mis maillots. En cuestión de un minuto y treinta segundos, había tirado a la basura meses de preparación. La penalización del error ensució mi ejercicio y le sumó segundos perdidos, titubeos y una mueca de disgusto que había tratado de disimular con poco éxito.
Tras recibir la noticia, bajé la pantalla del portátil con las manos trémulas, me sequé los ojos con la manga de la camiseta y salí al jardín a por la bicicleta amarilla con la intención de que la velocidad y la distancia difuminasen mi frustración.
Adiós al Centro de Alto Rendimiento de Dublín.
Adiós a los montajes que coreógrafos de renombre podrían haber ideado para mí.
Adiós a perseguir el sueño de unas Olimpiadas.
Si a los dieciséis no me habían llamado para entrar en la selección, mis deseos no serían más que motas de polvo en un Big Bang fallido.
Sin parar de pedalear, mi cerebro tomó las riendas y puso el piloto automático para conducirme al faro Hyland, el destino predilecto de mi padre cuando Violet y yo éramos dos crías hiperactivas que amenazaban con acabar con figuras, muebles y la paciencia de mi madre. Papá solía llevarnos a ese emblema del pasado para que nuestra energía desorbitada se diluyese subiendo y bajando escaleras, mientras él ejercía de árbitro entusiasta y nos premiaba con meriendas poco saludables. Aquel era nuestro secreto, una vieja costumbre que me reconfortaba, una vía de escape a través de la cual poder refugiarme si mis cimientos se desmoronaban.
Hasta ese momento, me había escabullido al faro en solo dos ocasiones: después de pelearme con Sawyer por pedirle a Gianna usar la misma música que yo en la rutina de mazas, y aquel domingo en el que me estiré sobre la moqueta del salón para pegar cristales de Swarovski en mi nuevo maillot y mi hermana irrumpió en la estancia descalza, pisando los montoncitos de diferentes tamaños y colores que había tardado horas en separar y que terminaron siendo una montaña indivisible.
Lo que no imaginaba al recostar la bicicleta en la fachada del faro era que muy pronto hallaría en él a un chico que se creía oscuridad, pero irradiaba luz, que escondía esperanza en una mirada triste y se vestía de melancolía, aunque era capaz de espantar a la aflicción con su risa.
Por aquel entonces, Troye Barlow no era nadie. Ni sonrisas honestas, ni una lista de canciones, ni confidencias a media voz. Tampoco la promesa de cumplir un sueño, ni siquiera mariposas revoloteando en mi tripa. Aún no. Hoy, al echar la vista atrás, quizá todavía.
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