Nostalgia sin ti
40 LILIA Pasado
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LILIA
Pasado
—Los problemas se quedan fuera de la sala —me advirtió Golkova antes de comenzar el entrenamiento a la mañana siguiente—. Si la rabia te sirve como fuente de motivación para superarte, úsala; si no, déjala y céntrate en el trabajo.
—Vale —contesté en un susurro.
—Lilia, esa gente que se esconde tras fotografías de amaneceres y gatos no te conoce. No han trabajado contigo ni saben lo que es el sacrificio. Mientras tú te mudas, abandonas tu club y a tus amigos y entrenas hasta la extenuación, ellos comen patatas fritas y critican ejercicios que no podrían hacer ni en sueños. Así que deja que esos cobardes sin aspiraciones sigan envidiándote desde el sofá de sus casas, nosotras vamos a sudar por una medalla. —Las comisuras de sus labios se alzaron, desafiantes—. Hay muchas niñas anhelando lo mismo que tú. Y pueden tener más o menos cualidades que pulir, pero lo que diferencia a un campeón de un amateur no es el talento, sino el carácter. La capacidad para insistir, no rendirse y continuar, incluso cuando los deseos parecen pesadillas. Demuéstrame que tienes lo necesario, demuéstrame que no nos equivocamos al elegirte. ¿Qué tal te suena eso?
—Bien —le di la razón, ya más segura.
—Fuerte, Lilia, dentro y fuera del tapiz. Ve a estirar, tengo una sorpresa para ti.
Siempre calentaba frente a la cristalera, hipnotizada por los rayos del sol mientras trenzaba mi cabello sentada en split.
Golkova ocupaba un lugar al lado del equipo de música, en el extremo opuesto a Bethany, y detenía las melodías para gritarnos correcciones de cualquier tipo. «La expresión de tu cara debería ser más dulce en esta parte», «No te confíes y sigue la trayectoria de la maza hasta que la recojas», «Fija la mirada en un punto cuando hagas los fouettés», «Estira las rodillas y los pies». A veces, cuando no aplicábamos sus consejos o el cansancio bloqueaba nuestra mente y no sabíamos reaccionar, Golkova nos retiraba la palabra y se comunicaba con nosotras a través de Bethany.
Pero esa mañana de noviembre estaba de buen humor. Tanto que decidió volcarse por completo en mi ejercicio de pelota.
—He encontrado una música más acorde para ti —me informó, poniendo un CD con O del Cirque du Soleil.
Ignoré la mueca de hastío de Bethany y solo pensé en lo afortunada que era mientras las notas lentas de piano inundaban la sala de entrenamiento. Golkova veía algo en mí que despertaba su interés y, si ella consideraba que tenía potencial, había esperanza.
—Pierna en alto, sujeta la pelota sobre el pie y brazos extendidos — demandó—. Veamos cuánto aguantas.
Me cronometró y, tras constatar que el aparato no caía al suelo, anunció que ese sería mi nuevo inicio, homenajeando a la gran Yulia Barsukova.
Invirtió varias horas en mí hasta que cada salto, equilibrio, paso de danza y giro fue de su agrado. Tras modificar una transición, me pidió que le mostrase algún manejo de aparato, una maestría que le otorgase mi sello de identidad a la composición. Hice alarde de flexibilidad de espalda mientras sostenía la pelota con el índice, frunciendo el ceño para expresar la melodía que me acompañaba.
Golkova halagó mi creatividad.
Bethany anotó algo en su agenda.
Eva aplaudió desde el tapiz contiguo.
Y yo sonreí. Haciendo girar mi pelota plateada, sentía el universo en la punta de los dedos. Me creía poderosa, capaz de lo imposible y merecedora de cumplir mi sueño.
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