Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 14 de 94

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Nostalgia sin ti

11 LILIA Pasado

11

 

LILIA

Pasado

 

—Cuéntame algo de ti, Troye —le pedí en nuestro segundo encuentro en el faro.

Él chasqueó la lengua y me dedicó una media sonrisa chulesca para neutralizar mis ansias mientras buscaba una ruta alternativa con la que distraerme.

—Mi grupo favorito es The 1975, ¿lo conoces? —Apoyado en el alféizar, su flequillo castaño se revolvía con el viento y yo, quince o veinte centímetros más baja que él, lo contemplaba templando la curiosidad de sentir su tacto entre mis dedos.

—No —admití ilusionada ante aquel dato irrelevante—. ¿Tienes alguna canción en el móvil?

—Yo… No tengo móvil.

Sus pómulos se ruborizaron y palpó la tela de los vaqueros con los dedos en un gesto que me alertó de su incomodidad. No intuí que trataba de desviar mi atención al pantalón para que no reparase en los agujeros de su camiseta de algodón.

—Debes ser el único adolescente del planeta que sobrevive sin tecnología —añadí para restar importancia al asunto. Quería información, pero no a costa de que nuestra confianza se quebrase. Saqué mi teléfono del bolsillo y entré en YouTube—. Dime algún single que te guste de ese grupo.

—Vas a gastar los datos.

—Valdrá la pena si son tan buenos como dices.

Nos sentamos a escasos centímetros con mi móvil entre los dos, impidiendo que nuestras rodillas se rozasen y, con la espalda recostada en la pared, nos entregamos a las notas que vibraban a través del altavoz. Empezamos por la más conocida, Somebody Else, y recorrimos el sendero hacia la depresión de la mano de My Medicine y Fallingforyou antes de remontar con los temas más bailables, The Sound, Chocolate y It’s Not Living (If It’s Not With You).

«Un grupo de música no es nada», me había dicho minutos antes. Pero, tras ver la reacción que generaba en él la voz de Matt Healy llenando compases electrónicos, cambié de parecer. Siguió el ritmo del bajo con un pie, inclinó la cabeza hacia delante y su celeste se aclaró hasta adquirir la tonalidad exacta de un firmamento despejado. Su rostro no era el de un gladiador que arrastra desconfianza y violencia, sino el de un Peter Pan sobrevolando Nunca Jamás.

«Voy a llenar el móvil con estas maravillas», le di la razón, y reímos por encima de los acordes que nos envolvían cuando le invité a bailar. «No tengo tanta coordinación como tú», denegó mi oferta. De ahí pasamos a diseccionar mis listas de reproducción, la mayoría de ellas cortes de un minuto y treinta segundos de duración que yo misma había hecho con el propósito de adaptar mis canciones preferidas a ejercicios de gimnasia.

—El nuevo código nos permite llevar música con letra —le expliqué.

—¿Y alguien las usa?

—Pues claro, cualquier novedad es bienvenida. Las rusas y ucranianas han puesto de moda a Muse, Queen o Lady Gaga, pero las más repetidas son Run Boy Run, de Woodkid, y clásicos como el Bolero de Ravel, El lago de los cisnes o el Canon de Pachelbel.

—¿Por qué no las borras? Esas canciones ocupan espacio y van a servirte de poco —me picó.

—Debería —asentí, deslizando un dedo por la pantalla.

—¿Ya te has retirado oficialmente?

—Casi.

—¿Qué te falta?

—Hablar con mi familia y mi entrenadora.

—¿A qué esperas?

—No lo sé. —Agallas, seguridad, una afición a la que entregarme para olvidar que fui gimnasta—. ¿Podemos cambiar de tema?

—Claro. Déjame adivinar, vas a hacerme un interrogatorio.

—Punto para ti.

—Una tregua, necesito azúcar para enfrentarme a mi oponente. —Sacó una barrita Twix y la partió por la mitad. Me ofreció el trozo más grande y le dio un mordisco al suyo—. Estoy listo. Dispara —dijo, lamiéndose los restos de caramelo del labio inferior.

Mastiqué la galleta despacio, con la vista fija en mis manos manchadas de la cobertura de chocolate que se derretía. No tenía pañuelos con los que limpiarme, así que imité a Troye y me chupé los dedos.

—Sigo esperando —me animó él.

—¿De qué huyes tú, Troye? —El interrogante salió antes de que pudiera extinguirlo en la mente. No buscaba equiparar la balanza, que lo que le había explicado con anterioridad se viera recompensado con datos personales para comparar nuestro grado de daño y vulnerabilidad. No, lo que pretendía era construir un puente hacia él, coincidir a mitad del camino y tenderle mi mano para acompañarle y que Troye me acompañase a mí—. ¿De qué te escondes en este faro?

Me observó de soslayo y entendí que iba a esquivarme por enésima vez. Después su mandíbula se relajó, entrecerró los ojos tratando de enfocar entre las sombras y habló en un susurro:

—Huyo del tiempo y del apego. Nunca he tenido un «dónde estoy» duradero como para poder plantearme un «hacia dónde voy». Y aquí, en este faro, no existen relojes ni el presente, solo las olas rompiéndose, un cielo al que contarle mis secretos y una chica con tantos sueños como miedos. —Sonrió, tensando la boca en una línea tímida, pero sincera—. Aquí puedo escuchar canciones sin atribuírselas a personas, ordenar mis pensamientos y exprimir cada segundo dibujando cosas que jamás le enseñaré a nadie.

Con el transcurso de los meses descubriría que Troye solo era un tipo duro cuando vestía esa coraza de hierro, la que empleaba para esconderse, protegerse, mantener de una pieza al niño asustado que sobrevivía detrás. Le costaba admitirlo, pero se moría por querer a los demás: a quienes había perdido, a quienes no llegó a tener, a quienes entraban en su vida y no sabía si tenía permiso para cogerles cariño por miedo a que se marchasen. Sin embargo, no hablamos de eso aquella noche.

Se me ocurrió hacer una ronda relámpago de preguntas para romper un hielo que se reducía a vapor. Troye no captó mi referencia a Friends, por lo que descarté mi primer interrogante y ordené los siguientes. «Responde con lo primero que te venga a la cabeza, sin pensar», le pedí. «Nos arrepentiremos de esto», vaticinó él.

Entre sus gruñidos y mis carcajadas, Troye reveló que le había dado la primera calada a un cigarrillo a los doce, y admitió con las orejas rojas que la tos que le provocó casi termina haciéndole vomitar. Su primer beso le produjo un efecto similar, y fue unos meses después. Me instó a ver Westworld y Breaking Bad. Eligió gofres antes que tortitas, bocadillo de atún como cena especial. Aseguró con tono solemne que su personaje literario preferido era Sirius Black, y me ofreció la mitad de un segundo Twix. «Si vas a preguntarme por qué no te lo he dado antes en lugar de dividir uno para los dos, déjame advertirte que no estás lista para mi honestidad», replicó, haciéndose el seductor. Y, lo confieso, liberarse de las cadenas, guiñarme un ojo y regalarme una sonrisa ladeada le sentaron bien.

Hablamos de todo y nada, pisamos de puntillas por temas poco trascendentales y ahondamos en lo mucho que le costaba adaptarse a los Adler.

—Negaré haber dicho esto, pero a veces me da miedo que sean demasiado buenos. Por si los pierdo.

—¿Por qué piensas así? ¿Ha pasado algo?

—No. —Se encogió de hombros y contrajo los músculos hasta ocupar menos espacio—. Pero si cambian de opinión sobre mí… Si no encajo en lo que quieren que sea…

—Quieren que seas Troye, nada más.

—Todos tenemos expectativas. Yo, por ejemplo, me empeño en anular mi personalidad para que cualquiera me indique cómo actuar. Me contengo, selecciono muy bien qué exteriorizo. Tú, en cambio, tomas las riendas sin cuestionar quién eres. Esperabas que me marchara del faro cuando nos conocimos y crees que llevas siempre la razón. Al menos respecto a tu carrera deportiva.

—No es verdad, no siempre llevo la razón —rebatí, pero las anécdotas junto a Violet y mis compañeros del Didier que acababa de contarle avalaban su sentencia.

—Lilia, ¿convencer a las gimnastas para que montases una coreografía de Navidad a los nueve no denota dotes de mando? —Reí y acaté a regañadientes—. Eres una líder nata. Una líder un pelín autoritaria que tuvo suerte de que su entrenadora no la sancionara —añadió, sacando la lengua —. La cuestión es que resulta inevitable no esperar algo de los demás, somos humanos, queremos controlar nuestro entorno y confiar en nuestros instintos. Los Adler tienen un hijo de mi edad y llevan veinte años casados, cuesta ajustar una pieza a un puzle completado.

—¿Y si lo hablas con ellos? Para que entiendan tu punto de vista.

—Las cosas dan menos miedo cuando no se pronuncian en alto — musitó, y me percaté de que esa frase resumía el limbo en el que me hallaba con la gimnasia.

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