Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 47 de 94

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Nostalgia sin ti

43 TROYE Pasado

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TROYE

Pasado

 

La nieve se asentaba sobre el jardín y cubría los coches aparcados a ambos lados de la calle para celebrar el 25 de diciembre.

El número 4 de Butchers Row se había transformado en una postal nevada con luces intermitentes bordeando la barandilla del porche y un ramito de muérdago que pendía del farolillo de la entrada. De cada ventana colgaba un Papá Noel trepando por su escalera, y Declan y yo le habíamos dado un toque juvenil al nuestro reemplazando la típica indumentaria roja por unos retales holgados con el estampado de Pac-Man.

Esas iban a ser mis primeras Navidades de verdad, en una familia que me incluía en la tradición de hacer galletas de jengibre, decorar el inmenso abeto natural del vestíbulo y desenvolver paquetes antes de desayunar tortitas con sirope de arce.

—¿Por qué no podemos comer un bocadillo? —Declan irrumpió en la cocina al mediodía, ataviado con un gorro de Santa Claus. Nadie le respondió, por lo que volvió a fijar la vista en la PSP que Dustin le había dado antes de irse a preparar los encargos a domicilio del Adler’s Place esa mañana.

—No es día de bocadillos —reprendió su madre.

—Mierda, me he salido de la carretera. —Declan aporreó los botones de la consola y puso los ojos en blanco al escuchar la sintonía que confirmaba el final de la partida—. Eh, Troye, ¿te apuntas a batir mi récord de diez miserables puntos?

—Luego. —Eché un vistazo alrededor.

Jacqueline estaba de los nervios enfrentándose a la única comida del año en la que el plato estrella del menú le correspondía a ella. Dejaba un rastro de cuencos sucios, paños mojados y botes de salsa abiertos que yo me encargaba de limpiar y colocar en su sitio.

—Hijo, no es momento de bromas —increpó Jacqueline. Del moño le salían mechones que se le pegaban a la frente debido al sudor.

—No es ninguna broma, la ropa me explotará si sigo zampando a este nivel. —Declan se levantó la sudadera de ovnis para que viéramos los pliegues de grasa que le sobresalían por la cinturilla del pantalón.

—Ve a ponerte una camisa decente.

—¿Por qué? Elijah me ha dado su aprobación —la desafió.

—Un porqué más y te meto en la olla —lo amenazó ella, abriendo mucho los ojos—. Cámbiate ya, antes de que llegue tu padre.

Como por arte de magia, el timbre sonó y Jacqueline perdió la paciencia. Volvió a fregar los cubiertos que estaba secando y estuvo a punto de tirar una copa con el codo.

—Abre la puerta, Declan —pidió, controlando el pavo que se calentaba en el horno.

—¿Me cambio o abro? ¿Por qué no lo hace Troye?

—Porque es el único que está contribuyendo a que mi salud mental no se evapore.

Antes de que alguien saliera de la cocina, Dustin metió la llave en la cerradura y masculló: «Mierda, se han mojado», refiriéndose a las bolsas que acababa de apoyar en el suelo helado.

Llegaba con las sobras del restaurante, bandejas de suculentos entrantes con los que nos alimentaríamos una semana. Coronó la mesa del comedor con un centro del Adler’s Place compuesto por velas plateadas alrededor de una flor de Nochebuena, y se dio una ducha antes de sustituir el uniforme por el jersey de renos que le había tejido su madre años atrás.

Comimos en el salón, rodeados de fuentes de salmón ahumado, patatas asadas, pavo relleno y la guarnición de guisantes, zanahorias y brócoli. De postre, pudin con salsa de fresas. No lo verbalicé, pero supongo que lo advirtieron a través de mi lenguaje corporal y la risa contagiosa que se propagaba con breves anécdotas y comentarios chistosos. No recordaba haberme sentido tan a gusto en una familia de acogida, tanto que le pedí un deseo a los copos que vi caer por la ventana: «Ojalá mi vida a partir de ahora consista en coleccionar instantes junto a ellos».

Más tarde, cuando en el cuenco de minced pies de compota de ciruela solo quedaron los restos y la sensación de saciedad dio paso a una pesadez en el vientre, dimos por concluido el festín culinario. Dustin y yo nos ofrecimos para fregar los platos mientras Jacqueline recogía las migas del mantel. Aprovechando que Declan se apoderaba del mando y con el pretexto de estrenar la libreta de dibujo y los óleos que me habían regalado, subí al dormitorio para conectarme a Skype y hablar con Lilia.

Descolgó al tercer tono y la pantalla de mi teléfono se iluminó con su rostro.

—Feliz Navidad, Lilia.

—Feliz Navidad, Troye. —Su preciosa sonrisa se ensanchó—. Estás muy guapo.

Me había arreglado más formal, con una camisa color cobalto y unos vaqueros oscuros para las fotos con los Adler, aunque apenas se notaba la gomina del flequillo que Declan insistió en aplicarme.

—Qué va, tú sí que estás guapa.

—Mentiroso, llevo puesto el pijama. —Bajó la cámara del portátil para enseñarme la parte de arriba de borreguito. Lilia estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas y la lámpara de la mesilla de noche encendida—. ¿Qué tal han ido tus primeras fiestas con Dustin y Jacqueline?

—Bien, francamente bien —admití satisfecho—. No sé cómo he tenido tanta suerte. Hay días en los que me acuesto pensando que vivo en un sueño, ¿te ocurre lo mismo?

—En un sueño con mi novio y mi familia muy lejos, pero sí, me ocurre.

Lilia se cubrió la boca para bostezar y se disculpó con un ligero rubor en los pómulos.

—¿Ni siquiera descansáis el 25?

—Sesión matinal obligatoria, la de la tarde ha sido opcional.

—Y has vuelto a entrenar porque eres la persona más perfeccionista que conozco. —Odié la pantalla por no permitirme atravesarla y acunar con las manos la cara de mi novia.

—Todas lo hemos hecho —se restó méritos.

—¿Cómo consigues tener la motivación siempre arriba?

—Resulta fácil cuando paseas por Laurden y ves todos esos pósteres de gimnastas olímpicas. O cuando la seleccionadora se levanta y abandona la sala porque no soporta presenciar ni una caída más. —Puso los ojos en blanco, volvió a bostezar y bajó el mentón, mortificada al escuchar mi risa —. Eh, me he levantado muy temprano.

—Y volverás a madrugar mañana. Así eres tú, Lilia. Disciplinada, incansable, ambiciosa, constante, y me encanta. Animas al resto a que nos esforcemos, a que busquemos maneras de superarnos.

Su semblante se suavizó al oír que, para mí, su sacrificio era un ejemplo y no un castigo.

—Ojalá estuvieras aquí. O yo allí, contigo —musitó.

—¿Eso significa que me echas de menos? —Tensé la cuerda, aunque sabía que las réplicas románticas no iban a suceder mientras Lilia compartiera habitación. La prudencia dominaba sobre los sentimientos, o eso creía yo hasta que se inclinó hacia el portátil y de su garganta brotó una declaración firme.

—No te imaginas cuánto. Echo de menos estar contigo, besarte… —Se mordió el labio y sentí un tirón en la parte baja del vientre—. Todo contigo.

—¿Estás sola? —Fruncí el ceño.

—Eva ha salido un rato. —Más tarde admitiría que le había pedido unos minutos de privacidad.

—Lilia…

Uno. Dos. Tres… Diez segundos interminables de silencio resonaron en mi dormitorio hasta que la escuché responder.

—Troye…

Contenidos, sonrojados y cohibidos, así pasamos varios segundos más observando la imagen del otro, sin atrevernos a añadir nada. Hasta que un «Ahora, así, esto es lo que tenéis por el momento» me empujó a abrazar la incertidumbre.

—Te quiero —pronuncié alto y claro.

Pensé que se enfadaría por decírselo en una videollamada y no en persona. Pensé que las ganas que tendría de besarla después serían horribles y me arrepentiría de semejante declaración antes incluso de que las palabras salieran de mi boca. Pero entonces llegó su réplica.

—Yo también te quiero.

—Un millón de veces.

—Un millón de veces más —cercioró ella.

Y nadé en un bálsamo de paz antes de que un estallido de pirotecnia me sacudiera el pecho. Experimenté ganas de reír y llorar a la vez. Sentí que estaba lejos, pero su voz me lamía la piel. Entendí que la magnitud de un «te quiero» se refleja en cada mirada, sílaba y gesto tras moldearlo con tu voz.

La conversación se dilató y tuve que recostar el teléfono en la madera del escritorio para camuflar el temblor de mis manos.

Hablamos de la lista de novelas que le prestaría cuando volviera a Kinsale por vacaciones, me contó cómo llevaba los ejercicios y en qué competiciones los mostraría, se disculpó para contestar a las felicitaciones de sus amigos Sawyer y Stella, y retomó la charla con una sonrisa radiante y un nuevo «te quiero». Aun así, la frialdad de internet me supo a poco.

La echaba tanto de menos que solo podía hacer una cosa: cobijarme en nuestro faro. Así que después de tumbarme en la litera a fantasear con el aroma a coco de Lilia, el tacto sedoso de su melena y la cadencia con la que mis labios recorrerían los suyos de tenerla entre mis brazos, me puse la chaqueta, bajé las escaleras con sigilo y me escabullí al exterior por la puerta trasera.

Me creía astuto hasta que oí un «Eh, intruso», y me di por aludido.

—¿Adónde vas, tío? —inquirió Declan.

El cielo había oscurecido y un manto de nubes opacas ocultaba las estrellas. La nieve seguía derramándose bajo el fulgor de las farolas.

—A dar una vuelta. Necesito despejarme.

—Mentiroso —me acusó—. Vas al puñetero faro.

—Vuelve a casa —le advertí.

—Ni de coña, voy contigo. —Dio un paso al frente y yo retrocedí de espaldas.

—Vuelve a casa —repetí.

—¿O qué? No voy a dejarte solo.

—Quiero estar solo, Declan.

—¿En Navidad? Suena deprimente.

—Escucha, me muero por estar con Lilia. La echo de menos y leer sus mensajes o verla a través de una pantalla no me calma. Necesito… pasar unas horas en ese sitio que es solo de los dos. No te ofendas, pero preferiría que siguiera siendo así.

—Estás loco, tío. Como una cabra —sentenció.

—Aparta —gruñí cuando me barró el paso.

—Tendrás que pasar por encima de mi cadáver.

—Exagerado, un soplo de aire y estarás retorciéndote en el suelo.

—Mira, Troye, ni comprendo tu patético plan de ir a cascártela a un faro en pleno diciembre ni voy a dejarte que lo hagas solo.

—Declan, hay tantas cosas que puntualizar en la burrada que acabas de decir que no se me ocurre por dónde empezar.

—Cierra el pico. No vas a hundirte, ni esta noche ni ninguna otra. Si quieres ir al faro, cojo unas mantas y te acompaño. Pero nada de buscarla en YouTube y llorar memorizando sus coreografías. Ponemos una peli y fingimos que no estás enfermo de amor, ¿de acuerdo?

—Agradezco tu…

—No me has entendido —me interrumpió—. No estaba proponiéndolo, es lo que vamos a hacer. Lilia se sentiría fatal si supiera que vas lloriqueando por los rincones. Ella se está preparando para ir a unos Juegos Olímpicos, ¿y tú mientras a qué te dedicas? ¿A suspender asignaturas y organizar fiestas pijama en faros? Tío, necesitas un plan, uno de triunfador para contárselo a vuestros hijos. Quiérela, sí, pero guarda un poco de amor para ti también.

Declan me salvó de sufrir una hipotermia esa madrugada. Tiró de mi muñeca y me arrastró de vuelta al sofá para hacer un maratón de Harry Potter engullendo galletas caseras. Me despertó con un codazo en el riñón cuando comencé a roncar en la escena en la que Harry entra en el laberinto del Torneo de los Tres Magos. Y lo más importante, me dio una lección valiosa que me ayudaría a reaccionar: para amar bien, de verdad, hay que empezar por quererse a uno mismo.

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