Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 69 de 94

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Nostalgia sin ti

64 TROYE Presente

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TROYE

Presente

 

Salgo de la escuela de pintura con la mochila repleta de tubos vacíos y los dedos teñidos de colores resecos. No he parado ni un segundo, pero eso no apacigua el hormigueo en mis yemas al alzar la vista de mis pies y observar el arcoíris de las fachadas de Kinsale yéndose a dormir para cederle el protagonismo al firmamento. Las estrellas titilan con sigilo y una ráfaga fresca se arremolina silbando mientras me pregunto si está mal sentirse satisfecho con solo otear el cielo. ¿Admirar lo cotidiano equivale a estar conforme con el presente o significa que has renunciado a tener ambiciones mucho mayores?

No fui consciente años atrás, durante esa etapa en la que todos buscamos un propósito en la vida, una cualidad que nos haga diferentes y únicos. Sin embargo, en la actualidad estoy convencido de que hay quienes discernimos luz en lo sencillo, que algunos hallamos gratificación en el proceso, jugando a ensayo y error, ilusionándonos por pequeños detalles, haciendo especial lo ordinario.

En mitad de la quietud, unas ruedas chirrían sobre los adoquines. Antes de distinguirla entre la oscuridad, oigo a Lilia cortar el viento montada en su vieja bicicleta amarilla, cruzando la calle Guardwell a toda velocidad. Sonrío por inercia al recordar que ambos cupimos en ese sillín y que recorrer la madrugada sujetándome a su cintura, inmerso en su perfume de coco, fue mi ritual favorito.

Me asalta la duda, ¿adónde irá?

«A vuestro faro fantasma», contesta mi cerebro.

Al lugar en el que las margaritas saben a beso y las canciones de The 1975 se bailan sentados.

A ese rincón en el que llorar con un desconocido alivia la acidez.

Imposible, solo yo viajo al verano de hace tres años.

Me meto pulgar e índice en la boca y silbo. Ella frena y gira la cabeza hacia ambos lados hasta que se percata de mi presencia a su espalda. Dobla la rodilla para bajar de la bici y su gesto se tuerce, pero lo camufla con una coraza de fortaleza. La misma armadura que me enfundo yo al discernir una bolsa colgada de su brazo. Vuelve de hacer la compra. No pedalea hacia el faro. Continuamos en invierno.

—¿Por qué me sigues? —Alza una ceja y yo camino hacia el punto en el que se encuentra.

La calle está desierta.

—No lo hago. Solo paseo.

Siempre supe que Lilia sería un latido desordenado, esa arritmia con la que aprendes a convivir porque no tiene remedio ni cura. Lo entiendo al vibrar por enésima vez con ese cosquilleo tan característico que domina mis dedos cuando hay algo del mundo que ansío retratar. Esta noche, aquí y ahora, sacaría mi cuaderno y grabaría en él el movimiento oscilante de su media melena al viento, los ojos avellana entrecerrados por el escepticismo, los nervios acumulándose en cada arruga del vestido de mariquitas que sus manos fruncen. Y le pintaría ilusión a su mirada, diálogos a sus labios y un mañana degustando los sueños que las lesiones le han robado.

Hay amores que te enseñan a discernir lo que quieres de lo que no. Otros te hacen madurar, ser tolerante, respetarte o voltear el mapa en busca de un nuevo planteamiento. Pero ella no, ella fue una flecha en el pecho, inocencia, dulzura, vislumbrar las alturas a la caza de anhelos. Lilia fue una emoción de la que no deseas ni quieres escapar. Por eso continúo preocupándome por ella, por eso sigue ahí, dándole cuerda a un corazón solitario.

—¿Te apetece dar una vuelta? —propongo.

—Tengo prisa.

—Vaya, esperaba una excusa más elaborada.

—No esperes nada de mí.

—Porque estás apagada, ¿no? Esa es tu defensa.

—Es lo que ocurre cuando te arrebatan una parte de ti —apunta con sequedad—. Cuando te quitan tu identidad…, ¿qué te queda entonces? — Aprieta los nudillos alrededor del manillar—. No sé por qué estoy explicándote esto.

—Porque sabes que te comprendo.

—¿Tú, comprenderme? —Su respuesta destila sarcasmo.

—Por si nadie ha tenido las agallas de decírtelo, no es justo que juzgues así a la gente. Lo creas o no, el universo no es una competición de problemas. Cada uno tiene los suyos. —Me doy toquecitos en la frente, frustrado—. Joder, Lilia… No todos tenemos que aspirar a ir a unos Juegos Olímpicos para sentirnos fracasados.

Su carrera no ha terminado bien, pero ¿qué relevancia tiene eso? Definir a una persona por lo que ha conseguido implica quedarse a medias. Tan importante como el presente es el camino que te ha conducido hasta aquí y el destino que guardas en el pecho, por muchas paradas obligadas que debas hacer en tu ruta. Sé que Lilia no opina igual, quizá por eso me empeño en mostrarle mi punto de vista. Nuestra valía no se mide con hazañas heroicas.

—¿Quieres hablar de aspiraciones, Troye? ¿Es eso? Necesitaba un descanso, lo necesitaba desde hacía mucho porque el deporte de élite te desgasta, te consume. Pero no ahora y, desde luego, no así. —Sus hombros se balancean acompasados a su respiración agitada—. Siento que me han arrancado el corazón, que sigo aquí, pero nada me hace palpitar ni emocionarme. He dejado de vivir y solo tengo diecinueve años. La única emoción que no se marcha jamás es un tipo de melancolía horrible que me recuerda lo que ocurrió y lo que no llegó a suceder. Todos esos planes que imaginé, los sueños que me propuse convertir en realidad… se han transformado en humo.

—¿No piensas hacer nada al respecto?

—La razón por la que me levanto cada mañana vacía es porque no voy a poder recuperar lo que experimentaba sobre los tapices. ¿Qué sabrás tú de eso para mirarme así, como si fueras consciente del error que cometo al dejar pasar los días sin disfrutarlos? ¿Quién eres para darme consejos o reprocharme cómo me adapto?

—Alguien que tachaba un día más en lugar de sumar experiencias a su rutina. Comencé a hacerlo cuando te fuiste, Lilia. No me emocionaba, solo pasaba hojas del calendario como quienes cuentan las semanas que faltan para Navidades, Pascua o verano. La vida no debería ser eso, pisar de puntillas sin sentir absolutamente nada.

—Nunca me lo contaste.

—Hay muchas cosas que me guardé, pero no creo que este sea el sitio adecuado para debatirlo. —Doy dos pasos al frente, ella queda detrás y sé que es el momento de la despedida—. Algún día nos encontraremos y removeremos el pasado, Lilia.

—No avanzamos en la misma dirección.

—Puede que demos vueltas negando lo evidente, pero ambos acabaremos regresando al faro.

—Lo dudo.

—Llevaré provisiones para compartir, por si acaso.

—No te molestes.

—Lilia, a veces volver al lugar en el que empezó todo no significa retroceder.

—¿Ah, no? Y ¿cómo lo llamas, perder el tiempo?

—Aceptar que algunos sitios, como el faro, forman parte de quiénes somos. Y que no está mal llamarles refugio.

La oigo colocar los pies en los pedales con celeridad y quiero seguirla, perseguirla, alcanzarla y prometerle que podemos desenredar los tres años que hemos estado separados, aunque sea mentira. Una parte de mí lo sabe y me obliga a permanecer donde estoy, lejos de Lilia y de aquello que fuimos mientras su presencia se torna una caricia del viento y su silueta se oculta entre la negrura.

Abatido, me pregunto cuánto tiempo se necesita para olvidar el primer amor.

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