Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 86 de 94

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Nostalgia sin ti

81 TROYE Presente

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TROYE

Presente

 

—¿Adónde vamos? —pregunta Arlet, saliendo del bloque de pisos de Clondrohid donde reside junto a dos amigas que estudian Arte Dramático.

Lleva el pelo tan alborotado como en el instituto y sigue atreviéndose a combinar estampados de cebra, leopardo y figuras geométricas de tonos estridentes. Y me encanta que sea así: más, contradicciones con sentido, osadía y singularidad.

—A comprar óleos.

—¿Ese era el plan urgente que no podía esperar?

—El mismo.

—Troye, estás siendo críptico y muy irritante.

—He recorrido cincuenta kilómetros hasta aquí con la furgoneta, no quiero quejas —bromeo.

Buscamos una tienda de pintura en el GPS del móvil y lleno dos bolsas con acuarelas y pinceles. El rostro de Arlet se arruga en una mueca de confusión, pero no se opone cuando la invito a pasear por los alrededores con un café helado en la mano.

—Hace años me hablaste del paso del tiempo, de cómo cambia a las personas. Y yo no quise aceptarlo —recuerdo con nostalgia en esta mañana de junio—. Supongo que he tardado en averiguarlo o necesitaba experimentarlo para comprender que cambiar está bien, es positivo porque implica que has vivido. Pero todo eso tú ya lo sabías.

—En efecto, intruso.

—Nunca os lo he dicho porque no soy un cursi que disfrute con los sentimentalismos, pero antes de que los Adler me acogieran, soñaba con encontrar una familia que me quisiera por cómo era, sin tratar de moldearme a su antojo. Pensaba que la hallaría a través de un papel que formalizase la adopción, en un plato de comida o en un regalo de cumpleaños. Y lo hice, Dustin se portó genial conmigo y Jacqueline es una madre ejemplar. Pero hubo dos hermanos que me avasallaron en la cafetería y me enseñaron que hay familias sin lazos de sangre ni el mismo color de piel. De ellos aprendí que existen hogares que ya están completos antes de que aparezcas y, aun así, deciden hacerte un sitio.

—Troye…

—Sé que lo pasaste mal queriendo a Declan en la distancia; a mí me ocurrió algo similar con Lilia. Y no sé, me has pillado sensible, pero eres la «todo» más superlativa y estupenda que conoceré jamás, Arlet. Gracias por recordarme que debía quererme, por obligarme a ir a la escuela de pintura, por pincharme para que reaccionase en esas épocas en las que no vivía, solo respiraba.

—Vas a hacerme llorar —musita ella, tratando de no parpadear.

—Te pegan más la risa y los discursos, así que, ¿por qué no me ayudas con algo?

—Qué necesitas. —Su mirada verde se ilumina con determinación.

—Que me acompañes como has hecho desde que te conozco. — Recuesta la cabeza en mi hombro y le doy un beso en el pelo. Avanzamos hasta la furgoneta y guardamos las bolsas en la parte trasera—. Me queda un último recado. ¿Te apetece una vuelta hasta el Didier? Te dejo elegir la música del viaje.

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