Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 85 de 94

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Nostalgia sin ti

80 TROYE Pasado

80

 

TROYE

Pasado

 

Ese miércoles de abril iba a ser como cualquier otro. Quejarnos del madrugón al advertir un cielo gris por la ventana, desayunar un cuenco de cereales en silencio y despedirnos de Dustin y Jacqueline con un «hasta luego» desgastado, sin echar la vista atrás al coger las chaquetas para asistir a las soporíferas clases del instituto, dando por hecho que todo seguiría igual a nuestra vuelta.

Los Adler fregaron y recogieron los platos acumulados sobre el mármol antes de marcharse al restaurante. Era miércoles, el día más flojo de clientes, por lo que Dustin aprovechaba para hacer llamadas a los proveedores y limpiar la cocina mientras Jacqueline le daba un repaso a las mesas y sillas del salón de grupos.

—A Carl se le ha estropeado el camión de reparto —anunció Dustin cerca de las diez—, voy a por el coche.

—Cariño, hay suficiente pavo para hoy —puntualizó Jacqueline, haciendo un cálculo estimado—. Podemos cambiar el menú del viernes y sustituir la milanesa de ternera por lubina.

—Los Frances han reservado, y no les gustan las improvisaciones.

—¿Por qué no esperas a que Carl encuentre una solución? Edenburn está muy lejos.

—No me arriesgo a esperar más y tener que alternar pasta y pescado lo que queda de semana —dijo su marido, al que le gustaba ser previsor—. Estaré de vuelta a las doce y media.

—¿Esperas que sirvamos la comida sin ti? A Ingrid no le hará ninguna gracia emplatar sin tu supervisión.

—¿Eso es lo que te preocupa, enfrentarte al mediodía sola? —Rio entre dientes y le acarició la mejilla a Jacqueline para aliviar su expresión de hastío—. No me retrasaré, lo prometo.

Le dio un beso a su esposa y salió por la puerta buscando las llaves del Ford plateado en los bolsillos del abrigo. Un trueno anunció tormenta y Jacqueline resopló indignada, ajena a que esa sería la primera promesa que Dustin rompería.

Nerviosa e irritada, la matriarca de los Adler se peleó con Ingrid cuando le tocó limpiar cada uno de los platos con el borde manchado de aceite o salsa antes de servirlos a los comensales. Blasfemó. Las palmas le sudaron. Se tomó un descanso de cinco minutos para llamar a su marido y la tentativa fue directa al buzón de voz. Al cerrar la cocina a las tres, ya había urdido varias versiones de un sermón implacable con el que culpar a Dustin del temporal, la ridícula propina que dejaban los Meller, el cerco de salsa napolitana que saludaba desde el cuello de su uniforme o esa generosa porción de tarta de fresa que había ingerido para paliar el estrés de cerrar sola el restaurante.

La ira navegaba en su interior cuando el teléfono sonó, ella soltó las oraciones destinadas a Dustin con desdén, y el policía que se hallaba al otro lado de la línea tuvo que cortarla para comunicarle la peor noticia de su vida.

Su esposo había sufrido un accidente. El golpe frontal que un kamikaze ebrio le había dado al Ford resultó ser fatal. El coche dio cinco vueltas de campana e impactó contra la arboleda que bordeaba la carretera. Dustin murió atrapado en el vehículo antes de que llegase la ambulancia.

El joven de veintisiete trató de excusarse tras ser detenido a varios kilómetros del siniestro, alegando no haber visto a nadie al invadir el carril contrario, respaldándose en la cortina de lluvia que mermaba la visibilidad o inventando un vago «No llevaba las luces encendidas». No asistimos al juicio y no quisimos leer los periódicos; fuera cual fuese la sentencia, nada nos devolvería a Dustin.

El funeral tuvo lugar dos días después, pero el luto nos acompañó cada mañana al salir de casa y pronunciar un «hasta luego», al tomar aire con la angustia arañándonos el pecho, cada tarde al encajar la llave en la cerradura y cruzar los dedos para que ningún suceso sacudiese la realidad, privándonos de algo que dábamos por sentado.

La ausencia de Dustin ralentizó el tiempo y estancó cada reloj en ese miércoles gris que nos atrapó con su niebla de agua. Jacqueline no lograba levantarse de la cama, Declan perdió la sonrisa y yo… Yo quise desempeñar el rol de salvador en mitad de la hecatombe, porque aquella familia me lo había dado todo y no soportaba presenciar cómo los cimientos de ese hogar que consideraba ya mío se desmoronaban.

Pese a que mi contribución para propiciar que cada jornada resultase más llevadera consistía en cuidar pequeños detalles como hacer la compra, encargarme de la limpieza de la casa o preparar tortitas los domingos, Jacqueline lo agradeció y empezó a acompañarnos durante la comida y la cena. Me seguía la conversación si mencionaba cualquier nimiedad sobre el instituto, y me ofreció cincuenta euros para que los gastase en mi traje de graduación.

—Iría contigo, Troye, pero… —No concluyó la oración. Cogí su mano y la retuve entre las mías para que se mantuviera en el presente, a mi lado.

—Lo entiendo, Jacqueline —susurré, y no lo soporté más. Me puse en pie y le di un abrazo emotivo que me recordó al que ella me había ofrecido a mi llegada a Kinsale.

Declan, sin embargo, se aisló. Solo Arlet conseguía sacarle más de dos monosílabos, y tuve que asumir que algunas personas nacen con mayor predisposición que otras para dar consejos y transmitir paz. Lo comprendía y conocía bien su angustia, el vacío de perder un anhelo, pero eso no me convertía en la compañía idónea para rescatarlo del pozo oscuro y profundo en el que se hallaba.

—Arlet es un grano en el culo, pero sabe arrancarte el corazón y reanimarlo para que vuelva a latir —admitió Elijah una tarde de junio de camino a la tienda de ropa para eventos más popular del pueblo. Él iba sobre el skate y yo daba pasos el doble de largos para no quedarme atrás—. Tú y yo valemos para escuchar, Troye. Ella te zarandea hasta que lloras, gritas y te quedas tan exhausto que no guardas nada dentro. Ni bueno ni malo. Y eso es lo que necesita Declan, resetear.

—Ojalá volviera a ser él…

—Mi hermana te diría que te equivocas, que el Declan del pasado ya no existe.

—Lo sé.

—Y, aun así, te empeñas en vivir mirando por el retrovisor.

—Suerte que os tengo a vosotros para que… —Mis palabras quedaron suspendidas en el aire al elevar la vista y toparme de bruces con Violet Girard.

Iba acompañada de su grupo de amigas y ojeaba el díptico de la cartelera mientras echaban a suertes el estreno por el que se decantarían esa tarde.

—Troye, hola —dijo al pasar por su lado. Las facciones alegres que retenía de ella del Mundial de Belfast se esfumaron y en su rostro apareció una mueca similar a la de cada vecino al darnos el pésame—. Siento lo de Dustin.

—Gracias, Violet —contesté con un abrazo fugaz y un tanto incómodo.

Mis pies se preparaban para seguir a Elijah cuando Violet abrió la boca y de ella salieron dardos directos a una herida que nunca llegaría a cerrarse.

—Lilia me lo contó… Vuestra discusión.

—Nuestra ruptura.

—Me caes bien, Troye, y creo que te preocupaste por mi hermana, que la apoyaste y lo hiciste lo mejor que pudiste… Lamento que Lilia no te haya correspondido igual. Cuídate, ¿vale?

—Igualmente.

No le pregunté si se refería al hecho de que su hermana no me hubiera mandado ni un miserable mensaje tras el funeral, o si había realizado un cálculo general sobre el porcentaje de esfuerzo que cada uno había puesto en la relación y Lilia se quedó en números negativos. Tampoco precisaba ahondar en el asunto.

—Eh, Troye. ¿Estás bien? —Elijah me dio una palmada en la espalda.

—Genial —ironicé.

—¿Dejamos lo del traje para otra tarde?

—De eso nada, no voy a permitir que los recuerdos ensucien el ahora.

—Así se habla, Troye. Seremos los tíos con más swag de esa graduación de la cárcel.

—No pienso ir de rapero como tú y Declan…

—O te alías con nosotros o ya sabes lo que te espera… Camisa de leopardo, mallas fucsias y las zapatillas más cantosas de Aliexpress para ser el escolta de Arlet.

—¿En serio?

—Nuestra secta tiene un código de vestimenta específico. —Sonrió y ahí estaba su luz proyectándose sobre cada resquemor y trazo de melancolía.

En un descuido, le quité el skate a Elijah y le obligué a perseguirme calle abajo durante una carrera en la que el júbilo se sobrepuso a la añoranza.

 

El día de la graduación, Kinsale recuperó su color. Jacqueline decidió rescatar un vestido coral del armario y colgarse al cuello la vieja Nikon de Dustin para inmortalizar cada instante. Retrató cómo Declan se ajustaba la pajarita de marcianitos, mi expresión de espanto al descubrir que sacaba de la cómoda una a juego para mí y nuestros semblantes de emoción al abrir dos regalos inesperados: relojes a juego con las iniciales grabadas.

—Para mis chicos mayores —musitó Jacqueline con la mirada acuosa antes de salir hacia el instituto.

La explanada de hierba estaba cubierta por un escenario y sillas plegables con cojines camel. Los docentes se congregaban en las escaleras de la entrada para recibir a cada familia e invitar a los estudiantes a sentarse por orden alfabético.

—Adler y Barlow, seguidos —comunicó el director, que había accedido a que asistiera a la ceremonia de bachillerato para que Jacqueline no tuviera que soportar dos eventos.

—Y Rhodes también. —Elijah soltó una carcajada cuando estuvimos solos y se puso a la cola, adoptando su cara de circunstancias al garantizarle al conserje que su apellido era «Bhodes».

La elegancia clásica del atuendo de Elijah —un traje de pingüino negro con una flor blanca en la solapa, cuyos pétalos manchados por gotas carmín homenajeaban su película favorita, Entrevista con el vampiro— contrastaba con el palabra de honor de lentejuelas magenta de su hermana.

—Estás deslumbrante —apuntó Declan, y ella optó por tomárselo como un piropo.

—Literalmente —coincidí al percatarme de que había añadido purpurina a la plataforma de sus deportivas.

—Un chaleco reflectante hubiera sido más discreto —apuntó Elijah frunciendo el ceño.

—No habéis sido nada arriesgados —rechistó Arlet, examinando el esmoquin gris perla de Declan y mi apuesta de camisa y pantalones azabaches.

—Nadie osaría hacerte sombra, sis.

Ninguno de nosotros subió a la tarima a dar un discurso alentador, tampoco se graduó con honores ni manifestó su deseo de estudiar Medicina, Física o Ingeniería. Elijah seguiría adelante con su plan de licenciarse en Dirección y Administración de Empresas, y Arlet había rellenado la solicitud para varios centros de Arte Dramático. Declan y yo éramos una incógnita en el aire, pero eso no nos impidió beber de aquella paz al lanzar el birrete al aire, posar para las fotografías que adornarían los muebles del salón o fugarnos del instituto y seguir la fiesta en la cancha, descalzos sobre las líneas desgastadas.

—¿Qué hacemos ahora? —Declan nos pasó una bolsa de Doritos que nos pintaba la lengua de naranja.

—Coger aire, soltarlo, disfrutar… —respondió Arlet, cerrando los ojos.

—¿No se supone que este momento es uno de los que marcan tu vida? —pregunté, atesorando el fulgor del cielo para imitarlo más tarde en un lienzo.

—Solo si tú quieres —aseguró ella.

Elegí que aquellas horas fueran risas, una disección del último capítulo de Parks and Recreation, los cinco tiros que no hicieron canasta, las pizzas grasientas que compartimos en el jardín de los Rhodes y la idea de lanzarnos a la piscina con la ropa puesta. Sin cavilaciones trascendentales ni miedos.

No me había propuesto llegar a ninguna parte porque para mí el día a día suponía un regalo en sí mismo. Allí, iniciando una guerra de agua junto a mis mejores amigos, traté de arrinconar lo que echaba de menos y no estaba en mi mano recuperar. Y lo supe, que no necesitaba grandes planes, ir a la universidad ni colgar mis lienzos de una pared para que los críticos les pusieran un valor monetario y no emocional. Era feliz con la cotidianidad de un café matutino, reproduciendo la sonrisa de los hermanos Rhodes en mi cuaderno, sumando segundos junto a Declan frente a una pantalla o multiplicando mi afecto por Jacqueline con cada abrazo.

Kinsale era mi hogar y esas personas, mi pulso. No se me ocurría un plan mejor que el de invertir mis horas al lado de quienes me hacían perder la noción del tiempo, agradecido de cada segunda oportunidad que me brindaba ese nuevo comienzo.

Aquella noche, tras debatirlo en profundidad con Declan, nos reunimos en el sofá para tenderle una emboscada a Jacqueline.

—Queremos reabrir el restaurante —anunció Declan—. Lo hemos hablado y…

—No quiero escuchar una palabra más —zanjó ella. El Adler’s Place había permanecido cerrado una larga temporada y evitar mencionarlo incrementaba la congoja que le producía el último lugar que había visto con vida a Dustin, por mucho que se obcecase en que evadirlo era la solución para combatir los fantasmas—. Lo perdimos por culpa de ese sitio…

—No, mamá. Lo perdimos por culpa de un subnormal borracho. Papá no tuvo la culpa y el restaurante tampoco. Es su legado, él hubiera querido que siguiéramos.

—Vamos a hacerlo —intervine—, vamos a honrar su memoria y la de cada generación Adler. No voy a estudiar una carrera, y no se me ocurre una manera mejor de contribuir y agradeceros lo que hacéis por mí que sacando adelante vuestro negocio.

—Nuestro negocio —corrigió Declan.

—Chicos, valoro ese espíritu, pero no tengo fuerzas para…

—Nosotros lo haremos por ahora —remarqué—. Tú tómate un tiempo.

—¿Cómo pensáis cocinar?

—A Ingrid le gustaría volver, mamá. Y Troye y yo estamos familiarizados con la carta, hemos repartido a domicilio y conocemos a los clientes habituales.

—Sois jóvenes, tenéis que centraros en vuestro futuro haciendo algo que realmente os llene.

—Seguiré con las clases de pintura —cercioré—. Y obligaré a Declan a ojear algún módulo de grado superior.

—Déjanos hacerlo, mamá. Te demostraremos que merece la pena.

Asintió y, por primera vez desde el fallecimiento de Dustin, un amago de sonrisa bailó en sus labios.

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