Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 89 de 94

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Nostalgia sin ti

84 LILIA Presente

84

LILIA

Presente

 

Sawyer y Stella ya están sentados en el interior de la cafetería cuando llego, tarde, escandalosamente tarde, por culpa de la rueda que se le ha pinchado a Violet en el trayecto hasta aquí.

—Perdón —me disculpo apurada, sentándome frente a ellos—. He tenido que coger el autobús.

—¿Troye no tenía una furgoneta? —Sawyer me guiña un ojo.

Va enfundado en un conjunto deportivo bermellón y se ha engominado las puntas del pelo. A su derecha, la pelirroja presume de bronceado con un vestido blanco de lazos anudados en la espalda.

—Me sorprende tu capacidad para recordar datos irrelevantes — contraataco, sonriendo—. Y sí, la tiene, pero también tiene un trabajo en el que la utiliza.

Me abanico con la mano y espero a que se me pase la combustión ocasionada por la carrera que he echado desde la parada hasta el local.

—Punto número uno —masculla mi amigo elevando el índice—: cualquier información referente al dios de las pecas es superrelevante. Punto número dos —le suma un dedo a su enumeración—: la próxima vez quedamos en su restaurante.

—¿Para que añadas su nombre a la carta y lo incomodes como hiciste con aquel camarero de Erasmus que trabajó aquí hace dos veranos? —se burla Stella.

—Los franceses ejercen un magnetismo muy fuerte sobre mí —admite él sin ruborizarse.

Me inclino en la mesa apoyando los codos y me muerdo el labio, inquieta.

—Chicos, me gustaría hablaros de algo —interrumpo, incapaz de templar los nervios. Que les haya citado aquí tiene que ver con el hecho de que Henderson me hiciera hablar de ellos en las últimas sesiones y me convenciese de la necesidad de reconciliarme con aquellas partes de mi pasado que anhelo conservar. Así pues, me enfrento a sus facciones preocupadas—. Os debo una disculpa gigante por lo mal que me porté cuando me marché a Laurden. Sé que solo queríais apoyarme y yo… os aparté de mi lado.

—Si te sirve de consuelo —manifiesta la pelirroja—, nunca dejamos de estar contigo, aunque fuera desde lejos. Nos tragamos cada competición en directo, incluso te hicimos una cuenta de fans en Instagram.

—Aún la tenemos y seguimos publicando fotos de vez en cuando — confiesa Sawyer—. ¿De verdad no lo sabías? Que usáramos el hashtag #YoEscuchéRoncarALilia lo hacía ultraevidente.

—Sois los mejores. —Trato de no parpadear para contener las lágrimas que amenazan con derramarse.

—Baja la intensidad. —Stella alarga los brazos a través de la mesa para atrapar mis manos entre las suyas—. Lils, imaginamos que debió ser complicado. Nosotros tampoco sabíamos muy bien cómo actuar, si hablarte te haría sentirnos más cerca o si te molestaría. La élite parece dura…

—Lo es —constato—. Pero no sirve como excusa, erais mis mejores amigos y os fallé.

—Eh, rectifica eso. Lo somos si todavía nos quieres en tu vida —opina Sawyer.

—Claro que os quiero en mi vida.

—En ese caso, nos tendrás, Lils —afirma Stella—. Aunque nos veamos con menor frecuencia o las videollamadas duren menos que hace años.

—Todos tenemos responsabilidades, pero eso no quita que os quiera con locura.

—No tanto como al guaperas de tu foto de perfil de WhatsApp, pero lo aceptamos —bromea Sawyer, sacando la lengua.

La complicidad me anima a dar un paso más. Les hablo de mis problemas con la alimentación, mi obsesión por el peso, el maltrato psicológico al que me sometió la seleccionadora sin que yo fuese consciente de sus tácticas y de cada mecanismo de defensa que me alienó de mi entorno, cuando lo que intentaba hacer era crear una burbuja segura en la que cobijarme.

—La mayoría de gente se avergüenza de ello —sentencio—, pero estoy yendo a terapia desde hace unos meses y noto la diferencia. No quiero transformarlo en un tabú, así que prefiero ser honesta. El psicólogo y la nutricionista me están ayudando muchísimo.

Más tarde, cuando mis amigos formulan la pregunta «¿Qué tomamos?», observándome con cautela, respondo: «Lo de siempre». Y me acerco al mostrador para pedir un yogur helado coronado por trocitos de Chips Ahoy y el tradicional batido de mango con tres cañitas. Un brindis por el trío del Didier inaugura el festín y, pese a que aparte los fragmentos de galleta y me centre en la cremosidad del yogur, sé reconocer que se trata de conductas propias de la enfermedad, y esa simple reflexión —la de admitir lo que está mal y poner de mi parte para modificar dicho comportamiento— me otorga esperanza.

—¿Sigues en contacto con Eva? —Stella le da el primer sorbo al batido.

—No. —Pienso en sus cartas, en que mi única respuesta ha sido el silencio, y la culpabilidad se derrama sobre mí como un jarro de agua helada.

—Eva, joder… Cuánto tiempo… —El rostro de Sawyer palidece.

—Tu íntima amiga Eva, Saw —ríe la pelirroja.

—Aún recuerdo lo mal que lo pasé en aquella videollamada —contesta él.

—Y yo aún recuerdo las tres horas de reloj que me tuviste con la oreja pegada al móvil hablando del incidente —replica Stella.

—Traidora despiadada… —arremete él.

—No seas así.

—Creo que voy a comerme un cupcake con doble de glaseado mientras vosotras os reís a mi costa —gruñe Sawyer.

—¿Qué tal va todo por el Didier? —cambio de tema.

—Vivo tan estresado ayudando a Gianna con las inscripciones para el campus de agosto que me han salido tres canas y se me está secando la piel. Duermo fatal y tengo pesadillas con madres gritonas que piden más protagonismo para sus hijas, todas ellas futuras estrellas olímpicas, por supuesto.

Ningún camino es fácil, así lo corroboran mis amigos al explicarme cómo sobreviven al verano: Stella hace de canguro para pagar el alquiler de un piso compartido que se le queda minúsculo y estudia para la recuperación de tres asignaturas en septiembre; Sawyer ve cómo el sueño de montar su propio club se aleja sin una economía estable. La etapa adulta se nos resiste y nada tiene que ver con haber fijado objetivos muy altos o conformarnos con lo asequible.

Los obstáculos son símbolo de progreso y decidimos afrontarlos con humor, juntos. Prometemos que solventaremos cada dilema por FaceTime como solíamos hacer a los dieciséis, apuramos el batido hasta que Stella se atraganta y lo llena de babas, y no nos despedimos hasta marcar en el calendario la próxima cita de batido y yogur.

—Eh, Lils, te llamaremos —avisa Sawyer antes de girar la esquina—. Ojalá respondas.

Y me digo a mí misma que descolgaré el teléfono.

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