Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 20 de 94

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Nostalgia sin ti

17 LILIA Pasado

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LILIA

Pasado

 

Mi madre tenía razón, estaba enamorada de la gimnasia rítmica y dejarla era mutilar una parte de mí. Pero ni me atrevía a abandonarla por completo ni me animaba a ir al Didier a matar las horas de aquel verano sin sueños.

Me levantaba temprano y no era capaz de salir del dormitorio hasta haber completado los ejercicios de flexibilidad sobre la alfombra. Después desayunaba y salía con Violet a correr para alejarme de mamá y sus sermones sobre la constancia, aunque lo cierto es que me preocupaba no estar en forma. ¿Y si un día me arrepentía de haberme alejado de la rítmica y deseaba volver? ¿Y si quería sacarme los cursos de entrenadora o juez? ¿Y si regresar al deporte hacía que despertase en mí el afán competitivo?

Comencé con excusas, pequeños pretextos para no cerrar la puerta del todo, y así fui sorteando las horas agridulces del estío. Entre dos aguas, en ese limbo que no osaba afrontar. Mi único contacto directo con el club era a través de Sawyer, Stella y las videollamadas que me hacían para sonsacarme datos que ni yo misma poseía.

—¿Piensas volver al Didier? —inquirió mi amiga, ondulándose el pelo con espuma.

—Tu baño tiene eco, tía —terció Sawyer, tumbado en una hamaca del jardín con un bañador de rayas y los pies estirados como si Gianna estuviera espiándole por una ventana secreta.

—Si vuelves a interrumpirme, te corto esos empeines tan bonitos que tienes —bromeó Stella, adoptando esa expresión severa que siempre nos producía un pelín de miedo—. Lilia, contesta.

—Prefiero no hablar de eso. —Me tumbé en la cama, con las piernas apoyadas en la pared—. No tengo nada decidido.

—Vale, me sirve —asintió ella, sonriendo.

—No la has oído bien con el eco —puntualizó Sawyer—. Te ha dado largas.

—Mientras no me dé un no por respuesta, estaré satisfecha.

De repente me sentí acorralada, al igual que durante esas noches en el faro en las que Troye insistía sobre mi carrera deportiva y yo solo quería gritar. Quizá por eso desvié la conversación. O quizá solo precisaba contarle a alguien lo que ocurría durante mis escapadas, por si, al hacer partícipe a otra persona de mis aventuras prohibidas, las convertía en tan reales como si las viviera a la luz del sol. Así que me atreví a susurrarlo bajito para que nadie de casa se enterase, aquella información estaba a salvo con mis amigos. Al fin y al cabo, entre nosotros no había secretos.

—He conocido a un chico. —Escupí cada palabra con el pulso latiéndome en los oídos.

—¿Por eso no vuelves a entrenar? —Stella tomó asiento en la encimera de mármol del lavabo—. No me digas que vas a seguir el ejemplo de esas gimnastas del Este que se enamoran locamente, se casan jovencísimas y tienen su primer hijo antes de los veinte.

—Sé más romántica. Déjala que viva su historia de amor —masculló Sawyer antes de darse la vuelta para igualar el bronceado de la espalda con el del torso.

—Bájale intensidad, Saw. Tirar a la basura su carrera deportiva por un revolcón no es romántico, sino triste.

—¡Nadie ha mencionado el sexo! —Marqué límites y me cubrí la boca con la mano al percatarme de lo alto que lo había dicho.

—Siempre con condón, y nada de dejar que un tío te lave el cerebro e influya en tus sueños —expuso mi amiga, tajante.

—Stella, no soy idiota.

—Las hormonas nos atontan —bufó ella.

—Habla por ti, pelirroja. —Sawyer se rio—. Eres la única de este trío que ha salido con un chico.

—Con cuatro, para ser exactos —puntualicé.

—Nada de juzgar —repuso Stella—, solo fueron unos besos. Todo con ropa. Además, si fuera un tío, me estaríais felicitando con palmaditas en la espalda.

—Touché —reconocimos Sawyer y yo al unísono.

Me incorporé en el colchón y recosté la espalda en el cabezal.

—Cuéntanos más sobre tu historia de amor —pidió Sawyer.

—No hay historia de amor —corregí.

—Solo serotonina y malas decisiones —rechistó Stella.

—Bajadle intensidad los dos. Solo he dicho que he conocido a un chico. Nada más. Ni sentimientos, ni besos, ni tocamientos… Nada. Cero.

—Perdónanos, Lils, es el primer chico del que hablas y la euforia nos ha poseído. ¿Cuándo es la boda? ¿Habrá menú para celíacos? ¿Te acompañamos a las pruebas del vestido?

Mi carcajada traspasó las paredes y Violet, que estaba durmiendo la siesta, dio un golpe a modo de queja. A Stella, sin embargo, no le hizo ni pizca de gracia.

—Cuéntanos cómo es físicamente para que Sawyer pueda alimentar su mente calenturienta y sigamos adelante con temas más interesantes —rogó con un mohín de hastío, y colocó el móvil enfocando al techo mientras se depilaba el bigote.

—Pues es alto, moreno, ojos azules, tiene pecas…

—¿Tiene pecas? —reiteró Sawyer—. ¡Tiene pecas, me muero! Sigue, sigue…

—Le gusta dibujar, es un poco enigmático. O parco en palabras.

—Qué más, qué más…

—No hay mucho más que añadir —zanjé, me apetecía quedarme los detalles para mí.

—¡Jodeeeer! —gritó Stella—. Maldita cera…

Cuando volvió a enfocarse, tenía los ojos llorosos y la piel que rodeaba el labio superior estaba irritada.

—Y ¿cómo os habéis conocido? —preguntó Sawyer.

—¿Os acordáis del faro Hyland al que solía llevarnos mi padre a Violet y a mí? Salí a correr por las afueras del pueblo y decidí subir. Troye estaba allí.

—Troye… —Mi amigo suspiró—. Voy a mudarme a Kinsale, Lils. Y Stella también, cuando se recupere de su drama facial.

—La depilación no es un drama —dictaminó ella—, más bien una tortura impuesta a la mujer.

—Que tú sigues rigurosamente, pelirroja.

—Quiero pasar a la historia por mis manejos de aparatos, no por tener pelos en las piernas.

La charla halló su nuevo foco de interés: las imposiciones sociales. Y así, de manera dispersa y caótica, pasamos la tarde. Por absurdo que parezca, compartir aquella información con mis mejores amigos me reconfortó. Ese verano no imaginaba que llegaría el día en el que hablar con ellos, lejos de hacerme sentir más ligera, sumaría una opresión asfixiante a mi pecho.

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