Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 8 de 94

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Nostalgia sin ti

5 LILIA Pasado

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LILIA

Pasado

 

No recuerdo haber estado tan nerviosa en mi vida como aquel domingo.

Las gradas del polideportivo de Belfast, donde se celebraba el Estatal, eran un mosaico de pancartas con los nombres de las gimnastas que se jugaban la plaza en el equipo nacional. No estaba escrito en ninguna parte, pero todos sabíamos que iba a ocurrir. Prueba de ello era el asiento que había ocupado Daria Golkova, la seleccionadora de la Federación, junto a los jueces. Enfundada en un traje de chaqueta, con la melena rubia y corta delineándole el rostro redondo, se puso las gafas de montura negra y pasó gran parte de la mañana anotando nombres de alevines.

Me obligué a no pensar en que analizaría cada segundo de mis ejercicios durante la jornada de la tarde, y fui a calentar en la parte trasera.

—Póntelos mientras estiras. —Gianna me ofreció los auriculares con el iPod—. Te aviso en un rato para empezar con el aro.

Me perdí en su mirada aguamarina antes de asentir.

Gianna siempre me tranquilizaba con esa serenidad que irradiaba incluso en los momentos de máxima tensión. Ella y yo sencillamente conectábamos. A sus veinticuatro, mi entrenadora se diferenciaba de las demás por acudir a los eventos ataviada con el chándal púrpura del club, unas Converse plateadas de lentejuelas y su melena oscura recogida en una goma de cable de teléfono. Era estricta y disciplinada, pero también sabía diferenciar cuándo necesitabas recibir un sermón que te hiciera reaccionar o cuándo te convenía una charla en la que fueras tú la que le contase los escollos que te bloqueaban. Su humanidad había fortalecido nuestro vínculo a lo largo de los años, por eso se distanció de mí, para permitirme respirar durante el calentamiento, confiando en que me resultaría más fácil recuperar la concentración por mi cuenta.

Y es que ese día nada me salía bien. La pelota se me escapaba de las manos, el aro rebotó en la moqueta antes de impactar en mi frente, las mazas iban demasiado largas y se me hizo un nudo en la cola de la cinta minutos antes de salir a pista. Sin embargo, todo fue sobre ruedas en el tapiz. Al escuchar mi nombre por megafonía, soltaba todo el aire con el abrazo de Gianna y dibujaba una sonrisa en el rostro.

Los ejercicios me arropaban, la música sonaba acompasada a mis movimientos y los aparatos se deslizaban por mi cuerpo con armonía. Iban a fijarse en mí. Golkova anotaría mi nombre en mayúsculas, sin titubear.

Hasta que mi sueño se rompió en la última rotación, en el minuto cincuenta y tres, desequilibrándome en el giro en penché, cuando lancé la varilla de la cinta para sujetarme con las manos y no caerme en la moqueta. «No puede estar pasando», pensé. No escuché el «oh» generalizado del público, el aplauso animándome a continuar o los últimos acordes del violonchelo que narraba la historia de mi coreografía.

Seguí como Gianna me había enseñado: no pierde quien se equivoca, sino quien no lucha hasta el final. Y yo lo hice apretando los dientes, a sabiendas de que mis anhelos eran arena en mitad del desierto.

Sonreí al acabar el ejercicio, me despedí tirando un beso al aire y me tragué el dolor en silencio, incapaz de enfocar la imagen de los asientos a mi derecha. No quería ver a mi madre llorar, tampoco a Violet cubrirse la boca con la mano o a mi padre bajar la cámara de fotos porque no había nada que inmortalizar ese día. Solo angustia, esfuerzos malgastados y un corazón que quiso dejar de latir.

Acababa de cumplir dieciséis y sentía que mi universo se apagaba.

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