Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 60 de 94

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Nostalgia sin ti

56 LILIA Pasado

56

 

LILIA

Pasado

 

No vimos nada de la ciudad condal. El avión aterrizó en el Prat y un taxi fue a buscarnos al aeropuerto para dejarnos en la puerta del hotel en pleno centro de Barcelona. Desde allí, subimos al autobús de la organización rumbo al pabellón.

Golkova había decidido que Eva compitiese con cuatro aparatos; yo con aro, pelota y mazas; Katerina Sloan, la gimnasta más joven del equipo nacional que explotaba su carisma y contorsionismo extremo en cada rutina, se presentaría al mundo con la cinta. También nos acompañaba el conjunto júnior, cinco diamantes de condiciones formidables. No había margen de error para mí, si quería subir al podio y sumar una medalla histórica para Irlanda en la competición por equipos —donde contaba la suma de las notas de cada gimnasta del país—, tenía que clavar los ejercicios. Perfectos, sin titubeos ni invenciones.

Y estaba preparada para ello.

El azar, caprichoso, le jugó un revés a Irlanda en el sorteo del orden de salida y nos concedió abrir la competición, algo que tradicionalmente repercutía a la baja en las notas. Los jueces no se atrevían a dar puntuaciones desorbitadas al inicio, pues esperaban a que salieran al practicable grandes potencias como Rusia, Bielorrusia, Ucrania o Italia para medirnos contra ellas.

La noche antes del debut no conseguí dormir más de dos horas. La adrenalina fue mi gasolina para afrontar la jornada de competición al día siguiente; inmersa en mi burbuja, visioné cada elemento mientras calentaba con los auriculares puestos para que nada me importunase. Me apliqué laca para fijar el moño, me maquillé acentuando los párpados y labios, y nuestra delegación salió del hotel sumida en un silencio sepulcral que ni Golkova, ni Bethany, ni Eva ni Katerina hicieron ademán de romper.

Lesiones, eternas sesiones de entrenamiento, sacrificios económicos, kilómetros que te separan de tu familia. Todos ellos se marchitaron en aquel pabellón turquesa vestido con el clamor de los aficionados, un arcoíris de banderas, periodistas ávidos de titulares impactantes, vallas publicitarias, flashes apoteósicos y esa moqueta inmensa en la que, además de competir, pretendía esbozar un sueño. Eso fue lo único en lo que pensé al subir el volumen de la música que brotaba de mis cascos, el sedante que anulaba los vítores de los asistentes antes de salir al lugar en el que mi vida se detenía mientras otros contaban los segundos.

Añoro el ritual de los minutos previos a mis actuaciones junto a Bethany. Sus manos me rodeaban la cintura en un abrazo cálido, yo cerraba los ojos para repetir una última vez el ejercicio mentalmente y expulsaba una bocanada de aire al finalizar. Sin errores, segura de que lo haría bien, ansiosa por iluminar el tapiz con la ilusión que vibraba en mí. Entonces Golkova me daba un beso en la nuca, ajustaba mi moño y me murmuraba: «Enseña lo que llevamos trabajando durante meses». Nunca se lo confesé, pero que hablase en plural me insuflaba confianza. Pertenecer a un equipo, lejos de parecerme una responsabilidad, se me antojaba el salvavidas que precisaba cuando las inseguridades gritaban que no era suficiente.

La expectación del público amortiguó la presentación del speaker. «Te toca, Lilia», confirmó Bethany. Respiré hondo, los nudos se desbarataron y mi sangre se tornó un elixir invencible con el que arañar corazones, crear magia con cada aparato y pulverizar los miedos. Podía escribir mi siguiente capítulo, uno en el que el nombre de Lilia Girard quedase arropado por las leyendas de quienes ya saborearon la gloria.

La grada temblaba, o quizá el seísmo provenía de mi interior, de ese trueno que se expandía activando músculos y reflejos conforme caminaba por la alfombra que conducía a un extremo del tapiz. Elevé la mirada al panel de jueces, les dediqué mi mejor cara de póquer y confié en que la rutina diaria estremecería a aquel polideportivo de Barcelona.

Empecé con el aro, un tango que destilaba garra, dramático y de acentos musicales secos, en el que la expresión facial era la clave para contar la trágica historia del ejercicio. Al ser el montaje con el que abría mi Europeo, Bethany me permitió estrenar el maillot rojo de cuello alto que habíamos reservado para el Mundial.

Con la pelota mostré mi versatilidad al ponerme en la piel de una bailarina de danza clásica enfundada en un diseño blanco con falda de tul transparente y cientos de cristales y perlas. Golkova había seleccionado un clásico: El lago de los cisnes. Pese a ser una de las interpretaciones más explotadas en la gimnasia, era el registro que más se asemejaba a mí, con movimientos delicados, gestos sutiles y un despliegue de elegancia.

Por último estaban las mazas, una composición épica empleando la banda sonora de Gladiator y un maillot plateado sobrio que simulaba una armadura de Swarovski en el torso. Todas ellas eran coreografías maduras y artísticas con las que resaltar mis virtudes; quedaba en mi mano demostrar mi progresión y agradecer la confianza que depositaban los técnicos otorgándome el puesto de segunda gimnasta del país.

Iba a conseguirlo, me había clasificado para ambas finales, me faltaba tan poco… Hasta que los coros de los espectadores me impidieron escuchar el pitido inicial del último ejercicio. Lo que debía ser un combate en el que me alzaría victoriosa con las mazas se transformó en una trinchera tras la que esconderme de la debacle que me alcanzó con ese giro en penché que protagonizaría mis pesadillas. Mi error fue mezclar ingredientes explosivos: una mala colocación, exceso de energía y la intención de completar cinco rotaciones que se quedaron en dos y media.

Estaba fuera de eje, consciente de que iba unos segundos por detrás de la música. Quise acelerar, ganarle la carrera al cronómetro para finalizar a tiempo e, inevitablemente, me caí. Tiré por tierra la posición de Irlanda en el ranking de los tres primeros puestos y me marché del pabellón cabizbaja, sin sonreír a la grada ni detenerme a firmar un autógrafo o hacerme una foto junto a las niñas que se agolpaban a la salida del complejo deportivo. Nada podía consolar mi pena, así que le escribí un mensaje a Eva para que no se preocupara y me permití ser humana en el autobús, de vuelta al centro. Ocupé un asiento del fondo y, con la chaqueta de la selección cubriéndome el rostro, lloré durante todo el trayecto.

«Jamás pierdas la humildad, Lilia. Tu calidad como gimnasta es efímera, dura lo mismo que una ceremonia de medallas. Ocurre algo similar con los fallos, no definen quién eres ni lo que conseguirás en el futuro», me había dicho Gianna a los trece, tras ganar cuatro oros en un torneo de clubes y sentir que tocaba el cielo. Y en Barcelona, cuando mi pecho se contaminaba con ansiedad y mis pulmones no se oxigenaban, quise que esa humildad se aplicase tanto para el éxito como para el fracaso. Quise que la angustia se extinguiese, que fuera momentánea, que un instante de caos no desordenase mi plan de asistir a unos Juegos Olímpicos.

A mi llegada al hotel, pasadas las nueve de la noche, la seleccionadora me abordó en el pasillo.

—Si no sale en los entrenamientos, no saldrá en pista —clamó.

—Yo… Lo siento —me disculpé avergonzada, al borde del llanto.

—Oh, nada de lágrimas. —Golkova se tapó los ojos con teatralidad y resopló indignada—. Los errores no sirven si no aprendemos nada de ellos, y espero que saques una gran lección del día de hoy. ¿Qué te advertía en Laurden una y otra vez? «Lilia, no comiences el ejercicio desde el principio si fallas, lúchalo hasta el final para que en competición puedas seguirlo sin que se note, sin improvisar o quedarte parada mientras reaccionas». Y ¿qué hacías tú? Ignorar mis consejos. Rebelarte. Cuestionar mis métodos. ¿A cuántas estrellas has creado tú, Lilia? Dímelo, ¿a cuántas?

—A ninguna.

—¿A cuántas he creado yo?

—A muchas.

—Bien, espero que retengas esta obviedad en la cabeza y la recuerdes la próxima vez que se te ocurra contradecirme.

—Claro, Daria. —Bajé la vista al suelo y mi tono disminuyó hasta convertirse en un susurro—. Sé que es tarde, pero ¿podría examinarme la rodilla un médico? Empieza a dolerme, aunque no está inflamada.

—Lilia, a veces hay que sobreponerse al dolor. Forma parte de la carrera de todo deportista, ¿o acaso crees que existe una varita mágica que elimina el sobreesfuerzo de ocho horas diarias? Si duele, es que estás haciendo las cosas bien. Trabajas y tu cuerpo lo nota. Los campeones se hacen a base de golpes.

Asentí, tragándome la impotencia con sus discursos sádicos.

—¿Qué vas a hacer para solucionar el desastre de hoy? —insistió, socavando en una herida que escocía—. Nos has avergonzado, Lilia, a mí, a Bethany, a los coreógrafos y a los fisios. A cada empleado de Laurden que os cuida para que solo tengáis una única preocupación: hacerlo bien en el tapiz.

—Prometo que competiré mejor en las finales por aparatos.

—No será necesario. Este ha sido tu último ejercicio en el Europeo.

—Si me das otra oportunidad…

—Te duele la rodilla, prefiero reservarte para el Mundial. Sería una pena que una contusión insignificante se agravase por no reposar unas horas.

Como si le importase mi salud, como si privarme de ganar una sola medalla no fuese un castigo. Me silenció con la amenaza implícita de no contar conmigo para el Mundial de Belfast, y supe que no estaba en condiciones de librar una batalla sin perder la guerra.

—No hemos acabado —agregó al verme avanzar hacia mi habitación—. Volvemos al pabellón, quiero ver diez repeticiones del ejercicio de mazas sin caídas. Ni tuyas ni del aparato —añadió con una sonrisa maliciosa—. Date prisa, hay un taxi esperándonos en la entrada del hotel.

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