Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 94 de 94

Páginas del PDF

Nostalgia sin ti

EPÍLOGO LILIA Presente

EPÍLOGO

 

LILIA

Presente

 

Querida Eva:

¿Recuerdas cuando, en mi primer año en Laurden, te

pregunté cómo era ir a unos Juegos Olímpicos? Me hablaste de la presión, de la adrenalina y la intensidad, de lo visible que te volvías para los medios ese año y de la repercusión que tiene hacerse con una medalla en un evento de semejante calibre. Y, sin embargo, cuando me narraste lo que más te marcó de esas Olimpiadas, describiste a tus padres en la grada saltando abrazados y ondeando una bandera con tu nombre. No mencionaste las entrevistas, el foco mediático ni los patrocinadores. Y es que los atletas no abandonan sus vidas para perseguir la fama, sino para cumplir sus sueños.

Creo que me he equivocado todo este tiempo respecto a mi

modo de ver las cosas. Unos Juegos pueden ser que te llamen de la selección cuando ya lo dabas por perdido o participar en torneos internacionales recorriendo el globo terráqueo junto a tu mejor amiga. Así que no me siento una fracasada porque, durante el periodo en el que estuve en la élite, di el máximo de mí. Aproveché cada segundo. Aprendí. Y de lo negativo, hoy sé discernir una lección que me invita a ser más fuerte.

El trabajo hasta llegar a este punto de reconciliación con

el pasado es fruto de la terapia con los especialistas a los que he confiado las partes más feas de nuestro deporte, sin

edulcorarlo como hacía aquellas noches en las que no podía más y llamaba a mis padres llorando, jurando que me retiraría. «Puedes volver a Kinsale, pero no hoy», me sugerías tú. Ya habías pasado por algo similar con anterioridad y comprendías que solo necesitaba descansar, enfriar los comentarios mordaces de Golkova o esperar a que me acostumbrase al dolor de las lesiones. A la mañana siguiente, un entrenamiento bueno borraría las lamentaciones y mi amor por la rítmica seguiría intacto. En definitiva, eras consciente de que jamás debes rendirte en un mal día y no me permitiste tirar la toalla en mitad de un arrebato.

Sin ti, Eva, no lo hubiera soportado. No llegué a

agradecerte lo suficiente que fueras empática, generosa y buena conmigo. ¿Cómo tuve tanta suerte?

Tu caja de cartas me ha salvado en muchos momentos,

aunque no haya podido contestarte porque ni yo misma he comprendido hasta hace muy poco qué estaba sucediendo. Sentía que debía alejarme de la gimnasia para cerrar la herida y, quizá sea tarde, pero darte cabida en mi presente a través de un papel ha sido la única manera viable que se me ha ocurrido para curarme.

Mi vida no ha cambiado radicalmente, pero sí la forma en

la que afronto los problemas. Por ejemplo, trato de encontrar el equilibrio entre la persona que quiero ser y la que soy en la actualidad. Es un ejercicio que me propuso mi psicólogo: volcar mi ansia de control haciendo listas. En ellas escribo rasgos de mí que me gustaría mejorar, aficiones, bailes o comidas que me llaman la atención y no he probado aún, lugares que anhelo visitar, gente que me inspira, amigos con los que debería quedar más, temas que me interesan y de los que no hablo por miedo a que me juzguen… Una mezcla entre aquellos errores que puedo enmendar, particularidades que podría moldear para ser mi mejor versión y deseos que está en mi poder cumplir. Sienta genial ver que algo tan

insignificante como redactar palabras sea el primer paso hacia ese premio que todos merecemos: valorarnos y alcanzar la felicidad.

Lo más importante ahora es no agobiarme por el futuro,

no planificar más allá de dos semanas y respirar, aunque mi alrededor gire muy deprisa. La libreta que utilizaba en Laurden se ha convertido en un diario en el que cada noche anoto algo positivo que me ha ocurrido durante esa jornada. Y funciona, irse a la cama rescatando pensamientos agradables resulta alentador.

¿Te cuento un secreto? Regresar a los tapices para

entrenar a niñas ha sido de las decisiones más arriesgadas y gratificantes que he experimentado. A veces dudo, una voz dentro de mi cabeza repite que no estoy preparada para guiar a nadie. Pero otras veces, por el contrario, le devuelvo la sonrisa al reflejo de los espejos del pabellón y soy consciente de que los interrogantes sin respuesta no van conmigo. Tenía que probarlo, lanzarme al vacío, descubrir si valgo. Odiaría echar la vista atrás en diez o veinte años y preguntarme si hubiera sido feliz puliendo a las nuevas generaciones. Deseo motivar, transmitir los conocimientos que absorbí, reconciliarme con el amor de mi vida y resolver el enigma de quién es Lilia Girard hoy. Gimnasta, siempre, pero además una chica que no teme comenzar de cero.

Me apetece muchísimo verte, Eva. Por tus redes sociales

parece que te va genial en la universidad. ¿Ese macizo de mirada esmeralda que te acompaña en las imágenes de Instagram es tu novio? Yo he retomado mi relación con Troye. Continuaba en Kinsale cuando volví y me ha demostrado que ni mis pesadillas más macabras son capaces de aniquilar las mariposas que aletean en su vientre cuando estamos juntos. Él, al igual que tú, ha sido el ancla que me ha mantenido a flote durante el temporal.

Gracias de nuevo, Eva. Gracias por ser el mejor ejemplo

de deportividad, altruismo y amistad. Gracias por conocerme tan bien, por comprenderme, por regalarme un mapa de coordenadas con tus cartas.

Te quiere hasta el infinito,

Lilia

Sentada en el bordillo de la acera, releo mi caligrafía irregular con detenimiento bajo los rayos de sol del mediodía e ignoro las notificaciones emergentes de Sawyer, cuyos audios de cinco minutos me hacen sospechar que se halla al borde del colapso. Es un domingo tranquilo de septiembre y el viento agita las copas de los árboles a un ritmo pausado.

Apenas hay tráfico, por lo que estiro las piernas hasta tocar una línea blanca de la carretera con las zapatillas y me centro en la calma que transmite el canto de los pájaros, en la verdad que rezuma la tinta que he plasmado sobre el folio, en lo fácil y difícil que resulta dirigirte a alguien que ha sufrido lo mismo que tú.

Sin mayor dilación, arrugo la hoja hasta reducirla a una bola presa en mi puño derecho y me levanto para desechar mi confesión en la papelera más cercana.

No voy a enviarle estas reflexiones a Eva. Prefiero relatarle cada coma con los ojos vidriosos, una sonrisa genuina bailando en mis labios y los bombeos frenéticos retumbando en mis oídos. En persona, como antes, y solo preciso de unos segundos para ello. Al clavar la vista en la puerta de entrada del Didier, distingo a la rubia de ojos árticos y corazón cálido observándome con ternura en la distancia.

—¡Eva Ilinykh! —exclama un corrillo de gimnastas que golpea los cristales desde el interior.

—¡Eva! —grito yo, corriendo hacia ella con los brazos extendidos y las emociones a flor de piel.

—Te prometí que no era un adiós, que nos volveríamos a encontrar — murmura mi amiga mientras nos fundimos en un abrazo de los que te acarician las entrañas.

En menos de una hora, el polideportivo en el que crecí dará la bienvenida a la leyenda de sangre irlandesa y rusa para impartir una masterclass, pese a que yo solo advierta a la muchacha de carne y hueso. A la que nunca celebró la envidia, el rencor o el egoísmo. A la joven promesa que batió récords, lideró el equipo nacional durante años y, aun así, me tendió su mano sin recelos para ser hermanas de pasión.

—Siento haber tardado tanto en responderte, Eva —gimoteo entre sollozos.

—No es verdad. Lo has hecho leyéndome, sobreponiéndote a la retirada —declara con una sonrisa. Seca la humedad de mis mejillas con su camiseta; ella, que fue mi pañuelo en Dublín, regresa para mostrarme que las lágrimas tienen un matiz peculiar cuando celebran triunfos.

—Al fin juntas —musito.

—Juntas siempre.

Y sé que mi hogar, ese tapiz sobre el que paseo al cerrar los ojos, estará donde esté Eva. Y Troye, Gianna, Sawyer, Stella, Violet o mi familia. Porque, gracias a cada uno de ellos, he comprendido que puedes recomponerte tras un amor de los que arrasa con tu universo y te hace cuestionar lo que diste por sentado. La gimnasia rítmica hizo eso, me enseñó lo que es desvivirse por algo, y ahora estoy dispuesta a aplicar en mi rutina cada una de las moralejas que me ha brindado este camino de sombras y luces.

Hoy, más valiente y entera, continúo avanzando a través del sendero de la recuperación. Con paso firme, despacio, pero segura. Y sé que podré, que lo conseguiré y el término «rendirse» jamás formará parte de mi diccionario.

Retirarse no es el fin del mundo, solo te empuja hacia una etapa desconocida tras ese sueño de brillos, dedicación y objetivos que se transforman en realidad cuando te esfuerzas. Colgar las punteras no supone más que una transición hacia tu siguiente aventura. Porque por mucho tiempo que transcurra y aunque cambies de rumbo o pierdas la motivación y te desvíes de la meta, serás gimnasta. Y lo seguirás siendo siempre.

En ocasiones creerás que le entregaste un pedacito de tu alma al deporte, y lo hiciste. Querrás volver a él. Viajar al pasado. Reescribir tu historia. Alargarla, saborearla, aferrarte a cada momento con uñas y dientes. Pero solo te quedará la nostalgia; no la sensación de haber perdido algo, sino un álbum de recuerdos que te susurran lo alto que saltaste y lo mucho que adoras la adrenalina de volar.

Ese tipo de nostalgia.

OceanofPDF.com

Terminaste Nostalgia sin ti

Ester Isel

Libros como este

Después del libro

Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.