El libro de los sueños

Gerolamo Cardano · Capítulo 103 de 109

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El libro de los sueños

XV De los oráculos y de lo que podemos adivinar en la vigilia

El cuarto criterio está vinculado al ciclo solar. Lo que en el sueño acontece después de muchos cursos solares concierne a los descendientes; y también lo que acontece después de la puesta del Sol. A la inversa, lo que acontece muchos años antes, y a la salida del Sol, indica nuestros antepasados. Y lo mismo las cosas que aluden a la ruina de la casa o a su restauración. Los brotes indican los sucesores; los árboles viejos y cosas parecidas, los antecesores; el abuelo al nieto, el hermano del abuelo al nieto del hermano; el biznieto al bisabuelo, la bisabuela al biznieto de una hija o de un nieto, o a la biznieta. Y así sucesivamente. Los significados siguen siempre un orden inverso, como en general cuando falta la concordancia de los tiempos.

 

XV

De los oráculos y de lo que podemos adivinar en la vigilia

 

Una vez examinados los sueños, hay que pasar a considerar los oráculos, puesto que es verosímil que ambos tengan una misma naturaleza. Durante los sueños, el alma, menos estorbada por los sentidos, está más libre para adivinar el futuro y para captar las imágenes del destino; pues aunque las imágenes de las cosas futuras no circulan sólo en los sueños, sino siempre, y no sólo de noche, sino también durante el día y a cualquier hora, y relucen en el alma como sobre una rueda, no las percibimos, porque nuestro espíritu está ocupado. Esto demuestra que el alma es el principio de nuestro cuerpo, pero no su fuerza, pues si lo fuera no estaría impedida sino, al contrario, estimulada por los sentidos. Sólo pueden captar los oráculos aquellos a quienes la naturaleza ha concedido tener numerosos sueños y, además, clarísimos y nítidos. Pues, en efecto, quien no es capaz de recibir tales imágenes cuando la naturaleza, gracias al sueño, está libre de impedimentos, o sólo lo es raras veces y de manera imperfecta, ¿cómo puede esperar conseguirlo cuanto está inmerso en el mundo de lo sensible?

Deberemos además estimular la parte del alma que está implicada en esta operación, compensando lo que se dispersa a causa de las acciones de la vigilia. Conviene, además, remover los impedimentos hasta donde nos sea posible: me refiero a todos los movimientos de los sentidos, internos y externos, que no están ni excitados ni estimulados. Los impedimentos que gravan el alma disminuyen gracias a las purgas con eléboro y a la abstinencia de comidas y bebidas. Pueden también prestar ayuda al alma, como ya se ha dicho, las piedras y, sobre todo, los vapores. Es, pues, muy beneficiosa la abstinencia de vino y de los alimentos que turban el entendimiento, así como todo lo es picante o de difícil cocción y lo que genera bilis negra o excita los deseos eróticos. Este último género de comidas es sumamente nocivo en un doble sentido: porque excita la imaginación y porque los placeres venéreos turban el cuerpo y el alma y la hacen impura. Por eso se elegía para la adivinación a la virgen Pitia, cuya alma no estaba turbada gracias a la pureza y a la naturaleza, más suave, propia de su sexo. Cuando estaba llena del dios, se mostraba plenamente invadida por el espíritu de la tierra, que la hacía parecerse a una persona ebria. De donde el poeta: «No tiene un solo rostro ni sólo un color, ni la cabellera ordenada: sino que el pecho anhelante y los fieros espíritus se hinchen de furor y parece más alta, ni tiene su voz sonido mortal. Es la potencia del dios, ahora más cercano, el que alienta en ella».

¿Qué ocurriría, pues, si el alma y el cuerpo estuvieran ya de por sí ebrios en sus gestos y en sus movimientos? De donde se sigue que es necesario tomar unos determinados alimentos y unas concretas bebidas, a horas regulares y con moderación, y también llevar piedras preciosas que tranquilizan y serenan el ánimo, como esmeraldas, amatistas, zafiros y topacios. Hay además quienes afirman que algunas piedras tienen, en virtud de sus peculiares cualidades, estos mismos poderes cuando se las coloca bajo la lengua, por ejemplo, el ojo de tigre y el de la tortuga india (llamada quelonio).

Por mi parte, me inclino a creer que consiguen provocar un efecto parecido cuando se las ponen no bajo la lengua, sino cerca del corazón. Además, aun admitiendo que existan piedras de esta naturaleza, opino que son de una especie rara y que, incluso entre ellas, son poquísimas las que poseen realmente tales poderes. Así lo observamos en el caso de las piedras hercúleas, que pueden atraer un gran trozo de hierro, pero si las llevamos

lejos, sólo tienen este efecto en determinadas personas[8]. Por eso han sido pocos los que han intentado esta vía. Y cuando tuvieron éxito, fue más bien debido a un golpe de suerte.

Son más conocidos y más eficaces —como ya he dicho— los vapores. Y entre éstos, más en particular los de las aguas de algunas fuentes, como la que se encuentra en Beocia, cerca de Trofonio. Pero nada hay tan seguro como las cavernas, en las que, gracias a los vapores de la tierra, aparecen en la vigilia imágenes de diversa naturaleza y mucho más numerosas que las que se presentan en los sueños alejados de ellas. A este hecho se ha referido

Aristóteles y también Plutarco[9]. Así vaticinaba en Delos una virgen. Cuanto al antro de Trofonio, el influjo que ejercía sobre sus visitantes era mucho más

fuerte si bebían el agua que allí había, pues entonces todos tenían visiones[10]. Los falsos sacerdotes han transformado este fenómeno en una religión, debido también a que ignoran sus causas naturales. Pero no debe pensarse que se obtienen ídolos y respuestas directas, sino ambiguas y parecidas a las de los sueños. He llevado hasta este punto su análisis porque su interpretación sigue los mismos criterios y principios de la onirocrítica.

Estas visiones se les presentarán a los hombres puros y a las vírgenes, a los hombres sencillos y las mujeres, a las personas sobrias y abstemias con mayor frecuencia que a los demás. A algunos les puede sobrevenir la adivinación de modo natural; y de entre ellos a unos sólo una vez, a otros dos, y hay quienes adivinan continuamente. Se trata de una facultad que fácilmente se pierde y difícilmente se conserva. Del mismo modo, hay mujeres que sólo tienen un hijo en toda su vida y durante todo el resto son estériles.

Es cosa bien sabida que Adriano intentó tener esta facultad tras la muerte

de su amado joven Antinoo[11], no creo que por deseo de adivinar, sino más bien por saber algo del alma del amado. Tampoco hay duda de que este

mismo afán asaltó también, ya antes, a Nerón[12]. Pero son vanos todos los esfuerzos contra la naturaleza: en la búsqueda de estos fantasmas sólo se tropezará con obstáculos. Si con artificios, recurriendo a vapores perfumados, se provocan oráculos, su contenido será vil y simple y de todas formas será el cielo quien los envía. Se considera que todo lo que viene a la mente en el acto de la adivinación, como una poesía, un pensamiento, una visión o una incitación, es una respuesta. De hecho, es raro que se presenten ídolos puros y no imágenes embrolladas, como les ocurría incluso a las pitonisas. Los ídolos se les presentan más a unas personas que a otras, según la propensión natural a la adivinación: no debe imaginarse que todas las vírgenes que ejercían las funciones de Pitia tuvieron la misma aptitud para aquella tarea. De ahí que la autoridad de los oráculos unas veces aumentaba y otras disminuía, según la capacidad de los vaticinadores. De este mismo modo, a veces es mejor consultar a otros sobre temas del propio oficio que fiarse de uno mismo, porque nuestra mente está muy alborotada y todo el cuerpo en agitación. Por eso solemos considerar a los profetas como exaltados y medio locos, tanto en el momento de la visión como después.