El libro de los sueños

Gerolamo Cardano · Capítulo 107 de 109

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El libro de los sueños

III Ejemplos de otros sueños del segundo y tercer género de significados

Cuando murió Dante Alighieri, su hijo buscó un libro suyo y, al no encontrarlo, se sumió en una gran tristeza. Una noche se le apareció su padre y le indicó el lugar en que estaba escondido. Al despertarse, lo buscó y encontró en el punto señalado, de modo que con esta ayuda pudo salvarse aquella obra para la posteridad.

Antes de la batalla de Filipos, un soldado de Tesalia vio en sueños a Julio César que le decía: Avisa a Octavio que combatirá con éxito y que tendrá algunas de las cosas que yo solía llevar cuando era dictador. Y le pareció que Octavio recibía el anillo con el que César solía sellar las cartas. Por mi parte, no me fío de estos sueños por medio de terceros que, además, son favorables a los príncipes; muchos son producto de la esperanza de lucro y sospecho que encierran no pocas cosas falsas.

Se cuenta que el día anterior a aquel en que el rey Enrique de Francia sufrió una herida que le acarreó la pérdida de un ojo, su mujer Margarita soñó que arrancaban un ojo a su marido, pero él, por la necesidad impelente del Hado, no prestó atención ni siguió la advertencia de no montar a caballo. Y así, mientras galopaba, se astilló la lanza y le penetró en el ojo un fragmento de madera, o una esquirla de bronce según otros, y murió al cabo de pocos días.

Celio Rhodigino, de veintidós años de edad, que interpretaba para Antonio Boldu, patricio veneciano, el libro séptimo de Plinio, estaba atormentado por el hecho de que había una explicación de este autor, cuyo contenido había olvidado, y también en que figuraba. La noche siguiente vio en sueños el libro, la página y la parte de la página del texto en cuestión. Una vez despierto, comprobó que todo concordaba hasta en el último detalle.

 

III

Ejemplos de otros sueños del segundo y tercer género de

significados

 

Antes de alzarse con el poder, Julio César lloró largo tiempo un día delante de la estatua de Alejandro Magno, porque no había llevado todavía a cabo ninguna empresa excelsa a una edad en la que Alejandro ya gobernaba el mundo. La noche siguiente soñó que violaba a su propia madre y confuso por esta visión confió el sueño a los intérpretes. Le respondieron que significaba que tendría el poder sobre todo el mundo y la Tierra toda. La Tierra es, en efecto, la madre de todos nosotros y le había parecido que la dominaba. ¿Quién dudará que aquel sueño debió impulsarle no poco a apoderarse del imperio, como si le perteneciera? Es, pues, evidente la utilidad de la interpretación de los sueños, ya sea para evitar peligros o para conquistar la gloria. Y si los dioses quieren verdaderamente engañamos, no podemos escapar de sus manos. Este mismo Julio César, la noche anterior a su muerte

soñó que volaba entre las nubes y que estrechaba la mano de Júpiter[17]. Este sueño anunciaba su muerte, de acuerdo con el tercer género de significados: y así, una vez muerto, fue consagrado entre los dioses y tuvo su propio sacerdocio, de modo que pareció poderoso y unido a Júpiter. El sueño no anunciaba sólo ni principalmente su muerte, sino que su hijo le sucedería en el imperio.

Accia, madre de Octavio, soñó, mientras todavía lo llevaba en el vientre, que sus entrañas se elevaban hasta las estrellas y que luego se extendían por todo el arco del cielo y de la Tierra. Las entrañas significaban el hijo que tenía en el seno, cuyo poder se desplegó por toda la Tierra hasta tal punto que fue considerado una divinidad. También Octavio, padre de Augusto, soñó que del útero de Accia surgía la luz del Sol. Y así, las gestas de Augusto brillaron entre los hombres de su tiempo como la luz del Sol en el mundo. Este mismo Octavio, tras haber sacrificado a Líbero a la usanza bárbara, vio en sueños a su hijo coronado de laurel y montado en un carro arrastrado por doce caballos de blanquísimo color. Tenía estatura divina, estaba armado del rayo, llevaba el cetro en la mano y portaba las insignias de Júpiter Óptimo Máximo y una

corona radiante[18].

Tras la consagración del templo de Júpiter Capitalino, Quinto Catulo soñó dos noches seguidas. En el primer sueño vio que Júpiter Óptimo Máximo elegía un niño entre los muchos que jugaban alrededor del altar vestidos con la toga pretexta y que ponía en su seno la enseña del Estado para que la llevara en la mano. La noche siguiente soñó que aquel mismo niño estaba en el seno de Júpiter Capitalino. Estaba a punto de ordenar que lo quitaran de allí cuando se lo impidió una advertencia divina, porque aquel niño debía crecer para proteger el imperio. Al día siguiente, Quinto se encontró con el que poco después sería llamado Augusto por haber acrecentado el poder de Roma. Y mientras que parecía ser un desconocido para todos los demás, Quinto lo miró maravillado y afirmó que era muy parecido al niño con el que había soñado. Existen otras versiones del primer sueño de Catulo. Algunos dicen que de entre todos los niños que le pedían un tutor, Júpiter indicó uno sobre el que

concentraba todas sus expectativas[19]. Y tras haber recibido un beso de él, se llevó los dedos a la boca. Estos sueños difieren poco de los del primer género, pero como el último podía referirse a la defensa del Estado, lo hemos trasladado al segundo género.

Tras haber acompañado a Gayo César al Capitolio, Marco Cicerón contó a sus familiares el sueño que había tenido la noche anterior. Un niño enviado del cielo, de rostro noble y con una cadena de oro, se había parado a la entrada del Capitolio y Júpiter le había dado un látigo. Y de pronto Cicerón afirmó que la persona que había visto en el sueño era Augusto, por aquel entonces un niño desconocido para casi todos, a quien su tío César había

hecho venir para celebrar sacrificios[20].

En el día de su último cumpleaños, el emperador Tiberio soñó que ordenaba trasladar desde Siracusa el Apolo Témeno, estatua de dimensiones y belleza extraordinarias, para ponerla en la biblioteca del nuevo templo pero que la estatua le decía que no sería él quien la consagraría. Y, en efecto,

falleció antes del transcurso del año[21].

Un hombre llamado Casio soñó que sacrificaba un toro a Júpiter. Al día siguiente, la estatua de Júpiter Olimpio rompió a reír a grandes carcajadas, de modo que los operarios arrojaron sus herramientas y huyeron. Poco después, otro Casio, el tribuno Casio Querea, dio muerte al emperador Calígula. El día anterior a su muerte, este mismo Calígula soñó que se sentaba en el cielo junto al hijo de Júpiter y que el dios le empujaba con el dedo pulgar del pie

derecho y lo precipitaba en tierra[22]. Quien no conozca perfectamente la historia no podrá comprender el significado de este sueño. Calígula fue el único emperador adorado como dios en vida; por eso le parecía que estaba junto al trono de Júpiter, si nos atenemos a la explicación relativa al segundo tipo de sueños. El hecho de ser empujado y precipitado en tierra significaba su muerte, porque mientras viviera no se le podía privar de aquel honor ni tampoco habría sido divinizado. Calígula solía tener sueños terribles, entre

ellos la imagen de Pelasgo[23] que hablaba con él, lo que indica una vida plagada de temores, molestias, peligros y, además, breve, porque no se puede hablar con Plutón ni con nada muerto si no se muere primero.

El emperador Claudia, enteramente dedicado a la crápula, el vino y la lujuria, no tuvo sueños. Su sucesor, Nerón, tras haber dado muerte a su propia madre, soñó que mientras pilotaba una nave le arrebataban el timón y que su mujer Octavia le arrastraba a espesísimas tinieblas. Ora le invadía una multitud de hormigas aladas, ora, cuando estaba a punto de consagrar el teatro de Pompeyo, le rodeaban los simulacros de diversas gentes, contra cuyo avance se protegía. Su caballo asturcón, por el que sentía un gran aprecio, se transformaba en mono en la parte baja del cuerpo, sólo le quedaba intacta la

cabeza y lanzaba agudos relinchos[24]. Se daban cita aquí cinco sueños, aunque en razón de la brevedad los dos primeros aparecen juntos como si fueran sólo uno. Tras asesinar a su madre, usurpó el imperio, que a su vez le fue arrebatado todavía en vida. El segundo sueño, acerca de Octavia, se realizó mucho después, cuando la mató, y significaba que moriría por la espada, porque también la que le arrastraba a las tinieblas, es decir, a la muerte, había muerto de forma violenta. Las hormigas aladas significan sediciones populares. El hecho de verse estorbado por los espectros de las familias señalaba una facción de Pompeyo enemiga de los Césares y, al mismo tiempo, anunciaba que otros pueblos le abandonarían: entre los primeros estuvieron los galos. La metamorfosis, en fin, del caballo asturcón en mono significaba que sus soldados desertarían y que de emperador sólo le quedaría el nombre. Podría también ocurrir que el sueño tuviera otro significado si nos atenemos al tercer criterio, pero no podemos afirmarlo, porque desconocemos las costumbres de aquella época.

Tras haber vestido la toga viril, Galba tuvo el siguiente sueño: la Fortuna estaba ya cansada de estar allí, delante de la entrada de su casa. Si él no la llevaba dentro, podría venir cualquier y apoderarse de ella. Cuando se despertó, abrió la puerta y encontró, junto al umbral, una estatua de bronce de la diosa, de más de un codo de altura. Fue un signo del destino, puesto que había tomado la toga viril. Podría referirse a un ídolo, pero en realidad señalaba la posesión del imperio. Tampoco puede afirmarse que se tratara de un prodigio, ya que cualquiera habría podido colocar allí la estatua, por la razón que fuere, creando de este modo las circunstancias que dieron origen al sueño. El mismo Galba, antes de morir asesinado, soñó que la imagen de la Fortuna se quejaba de que le había sido negado un don prometido y amenazaba con retomar los dones que había otorgado. Galba había ofrecido en secreto, a Venus Capitolina, un collar con incrustaciones de perlas y piedras preciosas, porque quería colocar en un lugar de mayor lustre aquella

joya, que debería haber adornado el templo de la Fortuna en Túsculo[25]. Este sueño habría podido pertenecer al primer género, pero puesto que la estatua habla (y no se da a conocer, en cambio, el asesinato de Galba) lo hemos trasladado al segundo.

Otón y Vitelio, sucesores de Galba, entregados a los brazos de las rameras, no pudieron tener sueños importantes. A Vespasiano se le anunció en sueños, mientras se encontraba en Asia, que su felicidad se iniciaría cuando a Nerón le extrajeran un diente. Al día siguiente, avanzó por el atrio del palacio un médico mostrando el diente que acababa de sacar al emperador. Cuanto al propio Nerón, en los últimos días de su vida soñó que era invitado a conducir el carro de Júpiter Óptimo Máximo desde su santuario a la casa de Vespasiano, y de dar vueltas alrededor. Como si el sueño quisiera aludir al hecho de que, a pesar de los tres emperadores intermedios, el sumo poder

imperial descansaba allí, en la familia de Vespasiano[26].

Como preanuncio de los años de su imperio con sus hijos, Vespasiano tuvo este sueño: se le apareció una balanza en el centro de la entrada del Palatino, con los platillos en equilibrio; en uno de ellos estaban Claudio y Nerón, en el otro él y sus hijos. De hecho, Nerón y Claudia tuvieron, cada uno de ellos, el imperio, durante catorce años, y entre los dos veintiocho.

Vespasiano lo conservó catorce años, y otros tantos sus hijos[27].

Su hijo Domiciano soñó, porque antes de ser asesinado, que Minerva, a la que adoraba hasta extremos supersticiosos, abandonaba su santuario, diciendo que no podía seguir protegiéndole, porque Júpiter la había desarmado. Tito no tuvo ningún sueño que le preanunciara el imperio porque, en su condición de hermano mayor, lo recibió por vía hereditaria; ni tampoco soñó su muerte, porque fue pacífica. Entre los sueños más transparentes se puede mencionar el de Domiciano, que en el corazón de la noche anterior a la de su asesinato se sintió hasta tal punto aterrorizado que se levantó de la cama. Este mismo Domiciano, poco antes de padecer muerte violenta, soñó que le nacía en la cabeza una joroba de oro. Este sueño anunciaba la prosperidad del siglo

siguiente, gracias a los excelentes gobernantes que rigieron el imperio[28].

Sócrates presagió en sueños la grandeza (por así decirlo divina) de Platón. En efecto, justamente el día antes de que el padre de Platón se lo presentara, vio un cisne que, levantando la cabeza hacia el cielo, cantaba dulcemente. La razón es evidente: dado que se trata de un ave consagrada a Apolo, anunciaba la dulce elocuencia de Platón por la suavidad del canto y también su grandeza

divina, porque levantaba la cabeza hacia las alturas[29]. A mi entender, Platón es divino sobre todo por el gran agradecimiento que mostró no sólo a Sócrates, su maestro, sino también a sus numerosos discípulos, a los que inmortalizó en sus obras.

Al mismo Sócrates, la noche anterior a su injusta muerte, se le apareció una hermosa mujer, de aspecto festivo, vestida de blanco, que le decía: «El

tercer día a partir de hoy llegarás a la fértil Ftía»[30]. Se trata de un verso sujeto a las reglas del ritmo. Dado que Sócrates estaba encarcelado y se encontraba lejos, sólo muriendo podría llegar en tan breve espacio de tiempo hasta Apolo, a qui en estaba consagrado el oráculo. Este sueño no anuncia sólo la muerte sino también la fama inmortal de que gozan quienes son acogidos por el oráculo. El nombre Ftía alude al verbo φθίω y a φθίνω, que significan “pierdo a consecuencia de un golpe”, a φθίμενος, “desfalleciente, muriente”; φθείρω, “corrompo”, o, más bien, φθείρομαι. Todos estos términos tienen, como ya he dicho, un doble sentido. Y este sueño, si fue enteramente verdadero, invitaba a la esperanza en una vida mejor.

El sueño de Ulises es tan maravilloso como inseguro debido a su antigüedad y a la ligereza de los griegos. Se le aparecía a menudo una imagen encantadora, mitad divina y mitad humana. Y cuando se esforzaba por abrazarla, la imagen le respondía con voz humana que aquella unión era impía, porque siendo ambos de una misma sangre y un mismo origen, el uno moriría a manos del otro. Mientras seguía interrogando e indagaba en el sueño más a fondo, le parecía que una señal imperiosa salida del mar les separaba. Narrado el tema a los intérpretes, todos coincidieron en que debía guardarse del hijo; y por eso relegó a Telémaco, el único a quien tenía por hijo, a la isla de Cefalonia, custodiado por guardias. Pero, por su imprudencia, pereció a manos de otro hijo, Telégono, tenido con Circe (lo que explica que la imagen

tuviera aspecto divino, porque Circe era una diosa)[31].

Ni tampoco debe menospreciarse lo que escribió Hipócrates. Lo diré con sus palabras: Estando pensativo y solícito a propósito de Demócrito, aquella misma noche, al inicio del alba, tuve un sueño del que no pienso que encerrara ningún peligro. Pero me desperté maravillado. Me parecía que estaba delante de Esculapio y que nos hallábamos ya cerca de las puertas abderitanas. Pero Esculapio no ofrecía la imagen acostumbrada, amable y serena, sino que tenía la ropa desgarrada y horrible aspecto. Le seguían espantosos dragones de toda clase de reptiles, que avanzaban lentamente, con horribles silbidos, como en los desiertos y los desfiladeros. Le seguían también otros compañeros, llevando cofrecitos con medicinas perfectamente sellados. Luego el dios me extendió la mano, que yo tomé con grandísimo placer y le rogué que siguiera conmigo y no me privara de ejercer la medicina. Digo la verdad: «Para nada me necesitas por el momento —dijo— pues la diosa común a los mortales y los inmortales te guía en tu camino». Y al dar la vuelta, veo una mujer, hermosa y alta, sencillamente vestida, espléndida, con las pupilas de los ojos destellando pura luz, hasta el punto de que dirías que era el fulgor de las estrellas. El dios desapareció. La mujer, tomándome de la mano, me guiaba con lento paso y benigno talante por la ciudad. Y cuando nos hallábamos ya cerca de la casa que pensaba me habían asignado como alojamiento, desapareció como un espectro, diciéndome solamente: «Mañana te recogeré en casa de Demócrito». Y cuando ya se daba la vuelta, supliqué: «Te ruego, magnífica señora, que me digas quién eres, con qué nombre debo llamarte». «La Verdad», me contestó. «Y la que ves que se acerca (y de pronto se me apareció otra), no de mal aspecto, aunque más audaz y excitada, se llama Opinión, y vive entre los abderitas». Habiéndome despertado, interpreté por mí mismo el sueño, a saber, que Demócrito no necesitaba médicos cuando el propio dios de la medicina se alejaba, pues no tenía ni ocasión ni materia para recetar remedios. La verdad de que Demócrito está sano se queda en Demócrito. La opinión de que está enfermo es de los abderitas. Creo, Filomeno, que aquellas cosas fueron verdaderas. No desprecio los sueños, sobre todo cuando conservan un orden. Que lo conserven o no es cosa que sólo la experiencia puede determinar.

Filisto, varón docto y diligente, que vivió en la época de Dionisio el Viejo, escribió que la madre de Dionisio soñó, cuando todavía le llevaba en el vientre, que había dado a luz un sátiro. Habiendo descrito el sueño a los galeotes, intérpretes de prodigios de Sicilia, éstos le respondieron que había engendrado un hombre destinado a ser famosísimo en Grecia y de fortuna

perdurable[32]. En efecto, los sátiros tienen forma humana y todos los admiran. Pero si hubieran añadido (y mi opinión es que lo hicieron, pero por temor al tirano se suprimió esta parte) que Dionisia se convertiría en un déspota desalmado, como se desprende de las costumbres de los sátiros, habrían contribuido a aumentar el prestigio del arte. Señalemos, de acuerdo con Galeno en el libro acerca de la vida en el útero, que las mujeres, cuando llevan todavía en su seno a los hijos, ven a menudo en sueños su suerte. Cipselo y Pericles fueron formidables para Grecia ya en el vientre de sus madres. Parece, pues, que un espíritu todavía purísimo, recién descendido del cielo, puede ver el futuro y revelárselo a sus padres.

La madre de Fálaris vio en sueños las estatuas de los dioses que ella misma había consagrado en su casa, y entre ellas la de Mercurio, que rociaba

la tierra con sangre, vertiéndola de una copa[33]. Al tocar la tierra, la sangre parecía hervir, de modo que toda la casa parecía ensangrentada. ¿Qué otra cosa podía significar este sueño sino la crueldad de aquel hombre, por la sangre hirviente y por su tiranía? Tal era el significado de la estatua de Mercurio.

Ciro vio en sueños que el Sol brillaba sobre la tierra e intentó cogerlo con las manos, pero se le escapó. Tras haberlo intentado por tres veces, y en vano,

los magos le dijeron que su reinado duraría al menos treinta años[34]. El Sol indica al rey y si su reinado hubiera durado sólo tres años Ciro no habría podido tener este sueño, porque un rey tan insigne y casi tan único como el mismo Sol no puede extinguirse en tan poco espacio tiempo. La experiencia lo confirmó: comenzó a reinar a los treinta y nueva años de edad y murió a los sesenta y nueve.

Cuando Aníbal conquistó Sagunto le pareció en sueños que era llamado al consejo de los dioses. Una vez allí, le daban la orden de llevar la guerra a Italia. Se puso al frente del ejército el comandante que los dioses le habían señalado y comenzó el avance. El comandante ordenó a Aníbal no volver la vista atrás, pero éste, no pudiendo resistir mucho tiempo y empujado por el deseo, miró a sus espaldas. Vio entonces una bestia inmensa e imponente, rodeada de serpientes, que dondequiera avanzaba abatía todos los árboles y arbustos y los techos de las casas. Y mirándola estupefacto, preguntó al dios qué era aquel monstruo. El dios le respondió que era la inmensidad de Italia y que debía obedecer la orden de seguir avanzando, sin preocuparse de lo que

dejaba a sus espaldas[35].

Marco Cicerón, desterrado a una villa de la campiña de Atina, había estado despierto durante casi la noche y sólo al llegar el día se durmió profundamente. Y aunque tenía absoluta necesidad de emprender un viaje, había dado orden de que no se le llamara ni se hiciera ruido. Cuando era ya casi la hora segunda del día, se despertó y contó el sueño siguiente: le parecía hallarse solo en un paraje triste y que Cayo Mario, con los fasces laureados, le preguntaba por qué estaba triste. Cicerón le respondió que porque había sido expulsado con violencia de la patria. Entonces Mario le tomó la mano derecha e, invitándole a estar de buen ánimo, se lo confió al lictor para que le llevara a su propio sepulcro o monumento, donde estaría a salvo. Cuando se despertó del sueño, Cicerón exclamó: «Me están preparando un retomo rápido y

glorioso. Este sueño me colma de alegría»[36]. El sueño no erró ni en lo mínimo. Pocos meses después se emitió, en el templo llamado Monumento de Mario, un decreto del senado que permitía el regreso de Cicerón a la patria y se le devolvían, con gran generosidad, todos los bienes confiscados. Mario portaba justamente los fasces imperiales, porque a su vuelta del destierro Cicerón fue nombrado cónsul y volvió glorioso a la patria. Por otra parte, el sepulcro no podía remitir a la muerte, porque Cicerón no pertenecía a la familia de Mario; por tanto, lo que significaba realmente era el templo de este último. Por lo cual Cicerón, llevado de su habitual soberbia, dice sin el menor empacho que nada podía haber más divino que este sueño.

Quinto Cicerón, por aquel entonces jefe de la provincia de Asia, vio en sueños que su hermano Marco caía despedido del caballo a la orilla de un gran río, se hundía y desaparecía. Quinto, que le profesaba mucho afecto, se inquietó por su suerte. Pero poco después le vio reaparecer contento en la otra parte del río y se abrazaron felices. Aunque el significado era muy claro, consultaron a los intérpretes, cuyos vaticinios se cumplieron al pie de la letra. El río representaba una asamblea del pueblo hostil a Cicerón, que lo condenó y deseaba destruirle; pero salió a flote y esto, en el sueño y por el tipo de significado, difiere poco del ídolo: en suma, le fueron restituidos todos los

bienes que le habían quitado[37].

A mi amigo Agostino Lavizario, de Como, le pareció en un sueño que se hallaba sólo, en una navecilla, en un mar tempestuoso. Había vientos y torbellinos, el cielo estaba encapotado, de modo que desesperaba mucho de su salvación. Se sujetó al mástil y pendía de él, pero una vez hundida la nave no le quedaba ya ninguna esperanza. Me preguntó por el significado del sueño. Le respondí que siempre estaba ansioso por vencer y que, por consiguiente, nunca calmaría sus deseos. Pero significaba algo más: que cambiaría de estilo de vida y que una molestia actual estaría a punto de llevarle a la desesperación. Vivió, a partir de aquel sueño, más de veinte años, pero siempre asediado por múltiples calamidades.

En el año del Señor de 1456, una noche, mientras la peste devastaba Milán, mi padre, Fazio Cardano, vio en sueños un genio (para nosotros sería más bien un ángel) que descendía del cielo a grandes pasos, vestido de azul. No tenía alas y, durante el sueño, mi padre se imaginaba que anunciaba la muerte a aquellos a quienes llamaba. Por tanto, se escondió en una gruta cercana y se cubrió con las hojas de los árboles para quedar oculto. Cuando el genio descendió sobre la tierra, llamó por su nombre a mi padre, pero él siguió escondido sin responder. Entonces el genio, tras haber llamado tres veces, dijo: «No quiere venir». Y se marchó. Al despertarse, mi padre comprendió que aquel día le amenazaba un grave peligro; ordenó, por tanto, cerrar con llave la puerta de la casa y no dejar entrar a nadie sin su permiso. De todas formas, confió la llave a la criada. Y mientras él trabajaba concentrado en el estudio, ella olvidó la orden y dejó entrar a Giovanni Scorpione Fabbro, que se acercó cuando mi padre no lo esperaba y le contagió la peste. De hecho, se había escapado a escondidas a lo largo de los tejados del barrio en el que la peste había arrebatado ya la vida a once personas. Gracias a una medicina que tenía a punto contra el contagio, mi padre logró protegerse y escapar con vida. En el sueño esto estaba significado en el hecho de que pudo esconderse en aquella gruta. Y no sé si considerar este sueño como fuente de salvación o de peligro.

Cuando yo tenía tres meses, a mi madre, Clara Micheria, le quedaban dos hijos de su primer marido, Antonio Albero: Tommaso, de trece años, y Caterina, de nueve; otros cuatro se le habían muerto. Una noche de diciembre del 1501 vio un estrado que se extendía de una a otra parte del cielo y a la bienaventurada Virgen María que lo cruzaba precedida de los cuatro hijos que ya habían muerto, y seguida de los dos que aún vivían; al despertarse comprendió que los dos hijos supervivientes morirían pronto. Y aquella noche, hablando con ellos, supo que habían cogido una enfermedad a consecuencia de la cual fallecieron ambos al cabo de ocho días. En la ciudad, en efecto, la peste causaba estragos.

El médico Arnau de Vilanova [38] refiere que una persona veía a menudo en sueños un gato negro pequeñísimo que le mordía un dedo. Pocos días después aquel dedo fue atacado de carcinoma y a continuación murió.

Se cuenta que Laodice soñó que había concebido de Apolo y que recibió de él, como regalo, un anillo con el dibujo de un áncora. Se lo dice a continuación a su marido Seleuco, rey de Asiria, encuentran a continuación el anillo en la cama y se sabe así que ella había concebido aquella misma noche. Nacido el niño, aparece de nuevo en el coxis la señal del ancla. Todos los descendientes se caracterizan por llevar esta misma señal en este lugar del cuerpo, cosa más propia de prodigios que de sueños.

Se refiere de Augusto que, exhortado por un sueño, solía recoger ofrendas en un día determinado cada año; y que, a causa de otro sueño, en el que le parecía que Júpiter se lamentaba, puso en el templo de Júpiter Tonante

campanillas y envió devotos[39]. Pero no se interpretaron correctamente los sueños, pues recoger ofrendas vaticinaba el dominio del mundo y los devotos enviados casi como en secreto anunciaban a los fieles de Cristo, Dios y Señor.

Severo Afro[40], que reinó felizmente y murió a una edad muy avanzada, tuvo tres sueños que le mostraron el imperio romano. En el primero, se amamantaba de una loba, como Rómulo, que fue el primero que reinó en Roma y que, según la leyenda, se alimentó también con la leche de este animal. Luego soñó que un caballo se lanzaba por la vía Pertinaz y que le invitaba a él, que estaba ornado de fáleras, a subir a su grupa. Montó de un solo salto y el caballo le transportó: lo cual significaba que el pueblo le aclamaría y que ocuparía el lugar de Pertinaz. Así ocurrió, por lo que Afro consagró una estatua de bronce al recuerdo de este sueño. Además, antes de estos sucesos le había parecido en sueños que era llevado al cielo en un carro ornado de pedrería arrastrado por cuatro águilas de forma humana pero de excepcional tamaño. Oyó que sería transportado durante ochenta y nueve años, que a continuación yacería durante mucho tiempo en el cielo en un círculo de bronce y que, cuando ya temía caerse, sería llamado por Júpiter y colocado entre los dos Antoninos. Ser llevado al cielo significa acceder al imperio, porque a los emperadores se les adoraba como dioses. Las águilas, con su potencia, significaban los estandartes militares. La forma que tenían indicaba una fortuna superior al destino humano. Y, en efecto, además de hacerse con el imperio, Afro derrotó a los persas y a los partos, hasta entonces invictos. Las ocho décadas de que había oído hablar indicaban el tiempo de su vida y, en efecto, vivió mucho tiempo. El círculo de bronce en el que estuvo recluido durante mucho tiempo significaba la crueldad que estuvo a punto de costarle el imperio y que le excluyó del elenco de los buenos emperadores. Soñar ser colocado entre los dos Antoninos anticipaba el hecho de que al cabo de mucho tiempo su urna fue depositada entre ambos. O tal vez esta imagen significaba que, dada la estupidez y la deshonestidad de los emperadores posteriores, Afro fue, en definitiva, enumerado entre los mejores.

Cinna, amigo de César, soñó, después de la muerte de este dictador, que le invitaba a cenar, pero que le relegaba a un lugar vacío y oscuro; irritado por este sueño, y consumido además por la fiebre, decidió no salir de casa; pero ante la pompa de las honras fúnebres, se olvidó de su propósito y apareció en público; la plebe, confundida por la semejanza del nombre, porque entre los conjurados figuraba un tal Calius, dio muerte a este inocente.

C. Fannio había escrito tres libros desfavorables a Nerón. Cierta vez que estaba recostado (como solía), vestido en la cama y dedicado al estudio, creyó ver que se presentaba alguien parecido a Nerón, tomaba los libros del escritorio, hojeaba atentamente el primero, luego el segundo y el tercero y acabada la lectura, sin decir una sola palabra, se marchaba. Fannio, que había pensado redactar algunos libros más, comprendió que había llegado a su fin su obra y su vida. Y, en efecto, falleció al poco tiempo.

El dictador Sila vio en sueños un demonio que le llamaba por su nombre. Al instante, aunque estaba perfectamente sano, convocó a los amigos, escribió por la mañana, con la máxima rapidez que le era posible, las tablas con su testamento y lo selló, porque se le había vaticinado que su muerte era inminente. A la noche siguiente le atacó la fiebre y a los pocos días murió. Hay quienes dicen que consumido por los piojos. Valerio Máximo, que narra el sueño, refiere en otro lugar que murió a causa de un derrame sanguíneo provocado por la cólera contra un ciudadano.

A Hiparco Pisístrato hijo, tirano de Atenas, le pareció que alguien le decía en sueños: «Tolera el león lo intolerable, lo tolera con ánimo dolido. Nadie contrapesa justamente las penas con espíritu injusto». Como se acercaban las célebres fiestas panateas de la ciudad, quiso buscar un intérprete; pero luego, olvidando el asunto, salió con la comitiva, y Harmodio y Aristogitón le dieron allí muerte. Pocos días antes había visto que Venus le rociaba con la sangre que tenía en la copa. De hecho, los conjurados Harmodio y Aristogitón eran amantes.

Pausanias, rey de Laconia, había violado a Cleonice. Y aunque luego la joven volvió a él, sospechó que lo hacía con dolo o que le mataría en cuanto tuviera el menor descuido, pues veía que en sueños le decía repetidas veces: «Reflexiona bien, una mala cosa es una grave injuria». Hastiado, se embarca hacia Heraclea para expiar sus faltas. Oye entonces, por segunda vez, que el fantasma desaparecería cuando volviera a la patria. Apenas regresado, murió. Y así desapareció el fantasma.

Adriano soñó que su padre le administraba una bebida soporífera y al cabo de poco murió. El sopor, en efecto, significa la muerte. O el caso de Diógenes, que a quienes le preguntaban qué hacia, pues parecía dormido, respondió: «Ha venido a visitarme un hermano. Pero Dios es Padre».

Estando Temístocles prisionero de los persas, aunque desterrado todavía señor de cuatro ciudades, soñó, de día, que la madre de los dioses le decía: «Evita al cabeza del león si no quieres tropezar con un león. Y por este

consejo me consagrarás a tu hija Mnesiptolema»[41]. Al despertarse, renunció al propósito que tenía de ir a la ciudad del León por la vía llamada Leóforo. Poco después se descubrieron las tramas de Episio, prefecto de la Frigia Superior, que le había tendido insidias. Hecho prisionero, fue castigado por el crimen que había proyectado. «Ve, pues, y desbarata a tus enemigos»: éste era el peligro que había que evitar y por el que el demonio le pedía una recompensa.

Había un cierto individuo incapaz de conseguir los grados académicos por su ignorancia. Su hermano soñó que había perdido un anillo paterno. Lo estuvo buscando durante mucho tiempo y al final lo encontró en una gruta, de donde lo sacó sirviéndose de un largo bastón. Cuando me contó su sueño, le dije que su hermano conseguiría sin dificultad el título con la ayuda de un hombre de gran estatura. Y cuando me confirmó el suceso hasta en sus últimos detalles, fue tenido poco menos que por milagroso.

Otro amigo nuestro, también bastante ignorante, que estaba aterrado y temblaba de pies a cabeza debido a su escasa preparación, soñó la noche anterior al examen que se iba de caza al campo, rodeado de perros y con otros amigos. Se les echó encima una cuadrilla de bandoleros que los hicieron prisioneros a todos menos uno, al parecer amigo de los asaltantes. Pero no vieron al soñador, que se había escondido entre las mieses, aunque con temor de que sus propios perros lo delataran. Al día siguiente vino ansioso a contármelo. Le respondí que debía estar de buen ánimo. Los salteadores significaban los peligros de equivocarse, los perros de caza que temía le traicionaran eran las pruebas del examen; el amigo de los ladrones era yo mismo, valeroso contra el error; las mieses entre las que se había escondido las cosas que se había aprendido de memoria. Y con gran admiración por su parte, todo sucedió según mis explicaciones.

Estuve curando durante algún tiempo a un sacerdote. Apenas recobrada la salud, soñó con una procesión de clérigos en la que figuraba él mismo entre los primeros, pues de hecho se le tenía en mucha estima. La procesión debía estar presidida por el Sumo Pontífice, que había muerto algunos años antes. Pero como el Pontífice no llegaba, el soñador, que llevaba el estandarte, movido por el arrepentimiento, lo entregó a otro cuando ya el sol declinaba, y se marchó. Cuando me contó el sueño, pensé que no era oscuro. La procesión era un cortejo fúnebre, su presidente pertenecía a la misma orden que el sacerdote y había muerto. Dado que el soñador había entregado el estandarte y se había marchado, se había, por así decirlo, arrepentido de morir. El que se había hecho cargo del estandarte, que era de la misma orden, patria y grado, moriría al cabo de poco tiempo. Así sucedió, en todos sus detalles. El sacerdote que había ocupado el puesto del soñador, aunque el año anterior estaba perfectamente sano, murió cincuenta días después. También él se encontraba entre los clérigos de mayor rango y era de la misma patria.

Alejandro Magno, que llevaba ya mucho tiempo asediando a Tiro de Fenicia, vio en sueños a Hércules, a quien invocaba con frecuencia, que sacaba la mano por encima de las murallas, le cogía y le llevaba dentro de la ciudad. Pocos días después vio de cerca a un sátiro que aplaudía con semblante alegre; pero cuando le quiso coger, retrocedía y se escapaba; al final, tras muchas tentativas frustradas, accedió a sus súplicas y se puso en sus manos. Cuando al día siguiente narró el sueño a los adivinadores, le dijeron que conquistaría la ciudad sin la menor duda. Porque sa quiere decir tuya y

Tiro [42] es el nombre de la ciudad. Es decir sátiro significa Tiro es tuya.

Muchos de los príncipes de Tiro vieron en sueños que Apolo, a quien tributaban una gran veneración, les decía que quería pasarse al lado de Alejandro, porque le disgustaban las costumbres de la ciudad. Entonces sujetaron la estatua del dios con cadenas y clavos de oro y le dieron el nombre de Apolo Alejandrino Tránsfuga. Hace quinientos años, los tirios todavía frecuentaban la fuente cerca de la cual había visto Alejandro al sátiro. Así fue conquistada y destruida al ciudad.

Varoniano (de quien ya hemos hablado antes) vio en sueños que el emperador Joviano le nombraba cónsul, y así se lo contó a dos amigos. Muerto Juliano, le sucedió efectivamente al frente del Imperio Joviano, pero mientras Varoniano estaba a la espera del consulado, el emperador falleció repentinamente. Varoniano fue, en efecto, nombrado cónsul, pero por el nieto del emperador difunto. El error se debía a la semejanza del nombre.

Justo Romano, del Piceno, vio que de sus genitales salía púrpura. El entonces emperador, Constancia, comprendió bien el sueño y su interpretación: la púrpura era el adorno propio de los emperadores. Por tanto, y para cortar de raíz todo posible mal, le hizo desaparecer. Sólo le sobrevivió una joven llamada Justina, célebre por su virtud y su hermosura. Cuando Severa Augusta la vio en los baños la ponderó hasta tal punto ante el joven Valentiniano que (de acuerdo con la ley, que permitía a los emperadores tener dos mujeres) la tomó por esposa, junto a Severa. Y así, vistió la púrpura, según había predicho el sueño.

Una mujer rústica contó a la mujer del pastor real que había visto en sueños que daba a luz a la Luna, que iluminaba toda Bretaña. Dio a luz una niña que fue acogida y educada por la esposa del pastor, que había amamantado también al hijo del rey. Enamorado éste de la joven, la tomó por esposa apenas alcanzó la pubertad. Del matrimonio nació Echelstano, destacadísimo por su virtud y su fortuna entre todos los reyes britanos. El sueño no es aquí sólo heraldo de la egregia fortuna, sino también su guía y su inductor.

El patricio Ecelino Romano tomó por esposa a Adaleda, de la familia de los condes de los Montes Rábidos. La primera noche vio que la colina, sobre la que se había construido una fortificación romana, se alzaba y levantaba hasta el cielo y que luego se licuaba y (como suele ocurrir con la nieve), se deshacía y desaparecía. Al sueño le siguió el destino de los hijos. En efecto, el hijo mayor, del mismo nombre que el padre, Ecelino, a partir de la módica fortuna paterna, se apoderó de Verona, Vicenza, Padua, Peltre, Cividale, y la región de la Marca Tarvisia. El hermano menor, de nombre Alberico, ocupó la ciudad de Tarvisio y otros muchos lugares. Pero algunos años más tarde, Ecelino, herido y capturado, perdió el reino y murió cerca de Soncino. También Alberico, tras perder Tarvisio, buscó refugio en la fortaleza de B. Zenón. Pero, traicionado por los suyos, dieron muerte, ante sus propios ojos, a sus seis hijos y quemaron viva a su mujer Margarita y a dos hijas. Y él mismo, tras ser sometido a diversos géneros de tormentos, entregó el espíritu. Así, tal como el padre había previsto, desapareció por la violencia toda la estirpe.

Estando Jenofonte en el ejército de los griegos, y todos ellos con gran peligro de sus vidas a causa de la perversidad y la perfidia de los bárbaros, se había quedado ligeramente dormido cuando le pareció ver en sueños que la casa paterna era alcanzada por un trueno del cielo y que de pronto toda ella

aparecía envuelta en temblorosa claridad[43]. De simple ciudadano había ascendido, por elección junto a otros varios, a jefe de las operaciones militares. Más tarde, ya solo en el mando y superando múltiples peligros y trabajos, devolvió incólume el ejército a la patria. Tuvo una ancianidad dichosa, con abundantes riquezas. Pero se le consideraba un exiliado. El trueno significaba múltiples y agitados altercados y un gran nombre lejos de la patria, pero también graves riesgos y cambios de estado. El rayo, hechos ilustres y la ira de la República ateniense, que le condenó al destierro, así como peligros procedentes de los reyes. Que toda la casa quedara bañada en luz señala que sería conocido de todos por sus insignes hechos y que daría claro lustre a su familia.

Cierta vez se acercó a Hyburio Hebneo, intérprete de sueños, un hombre y le dijo: He soñado que tenía unos granos de cebada en la mano, me los llevé a la boca y me los comí. A lo que el intérprete le dijo: Que te aproveche. Pero cuando se marchó, preguntó a los circunstantes si alguno le conocía. Uno de ellos dijo: yo le conozco, y sé dónde vive. Entonces el intérprete añadió: Observadle bien, porque dentro de poco morirá, pues ha consumido su propio sustento. Y, en efecto, falleció al cabo de cuatro días. Y es que cuando las personas han consumido todos los alimentos, recurren incluso a los granos crudos; en este caso, la cebada estaba destinada a hacer pan. Entre nosotros, esto es verdad respecto del trigo, no de la cebada y, por tanto, en nuestro caso sólo habría significado enfermedad. Si se comen granos crudos suelen generarse enfermedades largas, como escribe Hipócrates en su libro Sobre la

medicina antigua[44].

A Cimón, hijo de Milcíades, que estaba preparando una expedición contra los egipcios, le pareció ver en sueños que un perro le ladraba y que, entre ladridos, pronunciaba este verso: «Ven a mí y te haré amigo de mis cachorrillos». Ascifilo Posidonio interpretó que indicaba su muerte, porque el perro es enemigo. La voz emitida entre ladridos se refería a los reyes de los medos, cuyo imperio se componía a medias de griegos y bárbaros; hacerle amigo era morir, pues nada hay más grato para nuestros enemigos que nuestra propia muerte. De sus cachorrillos, es decir, con los egipcios, pues le convenía hacerse su amigo si moría en Egipto (como así sucedió). Si el sentido hubiera sido más claro y no tan abstruso, habría interrumpido el viaje y evitado la muerte.

Al procurador del colegio de médicos del que hablaré más tarde, cuando mencione mis propios sueños, le ocurría que cada vez que soñaba ver a su madre triste caía enfermo. Y la razón es clara: pues como los hijos son queridísimos para sus madres, su tristeza significa una calamidad para el hijo, y no tanto en el caso del padre, porque los padres no suelen entristecerse por las enfermedades de los hijos, salvo que sean graves, dado que el ánimo de los hombres es más constante que el de las mujeres. Por lo demás, tenía una naturaleza enfermiza, aunque lo cierto es que este sueño se mantuvo durante muchos años.

Un individuo soñó que tenía el miembro erecto y en la punta un pequeño orificio. Cuando me preguntó por su significado, le respondí que le anunciaba deshonra, pues el miembro erecto significa dignidad, pero un agujero sobre la dignidad es deshonor. Aquel mismo día se vio envuelto en serios litigios, hasta el punto que le parecía verse privado de su honra, y sólo como por milagro consiguió librarse.

Matteo Ferrari Gradi cuenta de un caballero que, cada vez que soñaba que comía, tenía al día siguiente dolores de cálculo. Y si soñaba que comía algo de difícil digestión, el dolor se prolongaba durante varios días. La tazón: porque empleamos la misma palabra para «probar» el dolor y las comidas.

Me he encontrado con un hombre que, cuantas veces estaba a punto de obtener ganancias, la noche anterior soñaba que comía uvas blancas. La uva blanca anuncia, como compensación de las fatigas, un fruto túrgido y abundante, mientras que la uva negra señala fruto escaso y poco azucarado. Aquel sueño se repitió con regularidad durante casi doce años, y luego desapareció.

Cuentan de Séneca que la noche en que le confiaron la educación de Nerón soñó que le nombraban preceptor de Calígula, pues, en efecto, la crueldad de Nerón parecía imitar la de éste su tío materno, aunque fue mucho mejor que él, pues aunque por la duración de su mandato pudo causar tantos funerales en Roma como el propio Calígula, no tantas y tan crueles destrucciones.

A Domenico Confaloniero, sacerdote del pueblo de Candía, ahora ya anciano, le aconteció hace mucho tiempo, siendo joven, ver en sueños que su casa se hundía. Leyó entonces el libro de Salomón sobre los sueños y sacó la conclusión de que le preanunciaba su muerte o la de alguna de las personas más principales de su casa. Poco después le llegó una carta que le comunicaba que un hermano suyo había contraído una grave enfermedad; mientras estaba preparando el viaje, vino un mensajero para hacerle saber que el enfermo había muerto. Haciendo cálculos, comprobó que la muerte se había producido a la misma hora en que había tenido el sueño. De estos ejemplos podemos colegir que es mayor la fuerza del que presiente que la pasión del alma ajena que se aleja.

Al emperador Valentiano, la víspera de su muerte, y sin que estuviera enfermo (murió repentinamente), se le apareció su mujer vestida de negro, con los cabellos desordenados y manteniéndose a distancia, que le indicaba que la fortuna anterior le abandonaba con luto.

Polícrates, tirano de Samos, se sentía completamente feliz y dichoso, pero su hija le veía de vez en cuando, en sueños, pendiente en lo alto y que Júpiter le lavaba y el Sol le ungía. Poco después fue vencido por Oroetes y crucificado, de modo que fue lavado por la lluvia y ungido por el sol porque, al licuarse la grasa, parecía ungido. Pero de los sueños antiquísimos sólo he propuesto este ejemplo, porque me merecen poca fe.

Los amigos de Ptolomeo Cerauno, que dio muerte a Seleuco el Macedonio, vieron cómo en un juicio era arrebatado por los buitres, condenado a los lobos y sus carnes repartidas. Y así sucedió, porque poco después fue vencido y muerto por los gálatas y su cadáver descuartizado y arrojado a los buitres y los lobos, tal era la crueldad de sus enemigos.

A Diógenes, patrón de navío, le pareció que su nave había perdido la proa y que el vigía había muerto. Pero a otro, en cambio, le parecía que llevaba a sepultar al vigía en Mileto y que la nave había perdido la proa. Hay aquí un ejemplo de significación mutua de que ya hemos hablado en páginas anteriores.

El filósofo Alejandro soñó que había sido condenado a muerte y que todas sus justificaciones apenas conseguían librarle de la crucifixión. Pero puesto que era un hombre enteramente consagrado al estudio de la filosofía, desechó aquel temor. Al día siguiente entabló una discusión con otro filósofo, de la escuela cínica, en el curso de la cual recibió tan gran bastonazo en la cabeza que sólo a duras penas salvó la vida.