El libro de los sueños
IV De mis propios sueños
IV
De mis propios sueños
El año 1561, la noche anterior al primero de mayo, soñé que me llamaban para acompañar a Roma al cardenal Borromeo; pero para concederme el pertinente permiso no apareció el cardenal, sino Antiste Arcimboldo, ya fallecido, que había sido por algún tiempo director de la Academia. Soñé luego que se acercaba el jueves anterior a las Palmas y que me decía entre mí: sólo perderé una lección. De modo que tomé la firme determinación de emprender el viaje. Me desperté cuando el Sol estaba a punto de salir, me dormí de nuevo y se repitió el mismo sueño. Esperaba al cardenal en mi casa,
pero como se hacía tarde y no venía, pensé que habría partido sin mí[45]. Entonces una persona que no conocía me dijo: «No es adecuado que él venga a tu casa, eres tú quien debe ir a la suya. Creo que te está esperando». Fiándome de sus palabras, me levanté para salir. Mientras tanto, se me apareció el cardenal, tal como es en persona, seguido por ciento cincuenta hombres. Me decía entonces entre mí. «No podremos alojarnos todos en una sola vivienda». Aun así, me mantuve firme en mi propósito de unirme a su comitiva. Me disgustaba que, en el sueño, estuviera lloviendo. Me dije entonces que tendría que comprarme polainas, porque no tengo, como así es. Pero me desagradaba la idea de tener que comprarlas y pensaba que tendría dificultad en hallar las adecuadas para mí. Luego advertí que no había pedido permiso para partir tal como mandan las normas, porque tenía que solicitarlo del rector. Y, en fin, que si hubiera ido a comprar las polainas, mientras tanto el cardenal ya habría partido. Así que, zarandeado por todas estas cavilaciones y calculando los gastos y los peligros, decidí quedarme. Entonces me desperté. Dos días más tarde me llegó una carta de Roma para advertirme que el pontífice había nombrado al cardenal Borromeo legado en Bolonia, de modo que tenía que trasladarme a aquella ciudad. El desconocido que
favorecía mi causa era el jurista Francesco Alciato[46], hombre digno de toda loa. Pero el sueño anunciaba que la esperanza, al principio grande, sería vana. Y todo aconteció como en el sueño, con extraordinaria precisión, hasta el último detalle. Sólo queda el hecho de que todavía hoy no acierto a entender cómo pudo convertirse en humo un asunto que ya había recibido la aprobación de las autoridades públicas.
Hallándome en Sacco, el año 1528, soñé que padecía supuraciones y catarro de pecho. No sentí ningún temor, pero al año siguiente volví a mi patria donde, a causa de las fatigas, del sudor, del cansancio, de la lluvia, de la tristeza y de las vigilias, cogí la tos y tuve un acceso con catarro, debido a la bilis negra pútrida. Y durante nueve meses lo tuve tan agarrado que estuve a punto de desesperar de recuperar la salud. Pero no hubo supuración.
De mi retorno a la patria, de mis estudios, todo el mundo puede hablar, pues son cosas bien conocidas. Pero dado que tuve los sueños sobre Sacco y Gallarate mientras dormía, y mucho antes de dirigirme a estas poblaciones para ejercer allí mi arte, creo que debo considerarlo poco menos que como un milagro. Y supuse que el sueño anunciaba, en términos bastante claros, mi partida de aquellos lugares.
El 2 de octubre del año 1537, dos horas antes de la salida del Sol, soñé
con Prospero Marinone, íntimo amigo mío[47], que había muerto un año antes; estaba alegre y llevaba un manto púrpura. Mientras se me acercaba e intentaba besarme, le pregunté si sabía que había muerto. Dijo que sí y entonces le permití besarme. Lo hizo en la boca. Le interrogué si sabía quién era y respondió que sí. Le pregunté si la muerte es dolorosa y respondió que en el momento del tránsito no se ha muerto todavía. Pensé entonces que su respuesta se refería a los tormentos del alma. «¿Qué clase de dolor se experimenta?», le pregunté. «Como el de una fiebre aguda». «¿Querrías seguir con vida?», le pregunté. «De ningún modo», respondió. «¿Entonces la muerte es muy parecida al sueño?». No hubo respuesta. Yo intentaba proseguir mis averiguaciones y preguntarle muchas más cosas, pero no me respondió ya y me abandonó a mi tristeza. Prospero Marinone significaba la ciudad de Pavía, de la que era ciudadano. Su muerte, un cambio de vida. Su amistad y el beso, honores, utilidad y placeres, además de una compensación que conseguí al cabo de siete años. Las preguntas anunciaban preocupaciones acerca de la pérdida de la compensación y su partida contra mi voluntad que sería privado de una buena parte de aquella suma.
El 5 de febrero del año 1539, cuando ya no abrigaba ninguna esperanza de ser admitido en el colegio médico y creía que la causa estaba perdida, vi en sueños, al despertar del día, a Alejandro Magno que, en el curso de una cacería, quería matar a un león con sus solas manos, sin usar armas. Efestión se lo prohibía. Pero llegaron a un acuerdo: Alejandro intentaría matar al león mientras Efestión se mantenía en guardia con la clava. De repente, apareció un león de enormes dimensiones, Alejandro le agarró por las fauces e intentó desgarrarlas separándolas. Efestión, dándose cuenta de la situación, hirió al león con la clava en la cabeza, lo derribó de un solo golpe y salvó a Alejandro. Alejandro significaba la reanudación de la causa que hacía ya tiempo parecía perdida y representaba la autoridad del príncipe de Istonio, o del senador Francesco Sfondrati, mientras que Efestión creo que señalaba a Luca Della Croce, médico y amigo de Sfondrati. Me sigo preguntando todavía hoy día cuál pudo ser el origen del sueño, porque nunca antes había soñado con la figura de Alejandro ni de Efestión. Este sueño me sirvió de gran ayuda para alcanzar la victoria en aquella causa que ya había dado por perdida.
Dejando aparte los tres sueños fatales que he descrito en De libris propriis y en De utilitate capienda ex adversis, a saber, la subida al cielo y al paraíso terrestre y la ascensión a una colina de abundantes viñas, expondré ahora los otros sueños más notables: entre ellos el que tuve el 5 de marzo del año 1537, cuando vi que una estrella fulgente caía en el patio de mi casa, donde se apagó al instante. Este sueño anunciaba un favor del príncipe, aunque sería de breve duración. En septiembre me ocurrió conseguir la amistad del príncipe de Istonio. Y mientras soñaba, me decía a mí mismo que el sueño anunciaba muerte inminente: acabada la amistad, tuve que arrostrar una grave pérdida de prestigio.
El 17 de diciembre de aquel mismo año soñé con un cielo estrellado; parecía que faltaba Mercurio, pero al cabo de poco le vi en todo su esplendor, entre otras muchas estrellas, más grandes y colocadas sin ningún orden. .Veía a la izquierda unas quince estrellas, desde luego no menos, que se tocaban unas a otras, como si estuvieran unidas con un hilo, y otras estrellas brillantísimas que representaban una hermosa rosa. Mientras me deleitaba con su vista, oí una voz que me decía: «Espera el encuentro de la Luna con Mercurio». El cielo era el colegio de médicos, porque se observan las enfermedades en el curso del tiempo como las estrellas en el curso de la noche. La ausencia de Mercurio señalaba que no había sido admitido. El hecho de que le viera poco después, que sería aceptado. Verlo entre estrellas más grandes significaba que no gozaría de gran autoridad en aquel colegio, pues muchos me superarían en importancia. La serie de tantas estrellas indicaba que entrarían en aquel colegio muchas personas de la misma estirpe, en una sucesión ininterrumpida. La rosa anunciaba que habría disfrutado de un amplio consenso; y el encuentro de Mercurio con la Luna significaba que debería esperar la llegada del príncipe de Istonio.
El 16 de febrero del año 1540 creía hallarme acostado y que sobre mi cabeza fulgía un Sol enteramente oscurecido. Los rayos eran esplendentes, pero negros como la tinta. Y pensaba además que estábamos a 6 de abril, día en el que debía registrarse un verdadero eclipse de Sol. Veía también estrellas como fulgurando en la noche, cosa que me maravilló no poco. Al despertarme, comprendí que se trataba de un sueño funesto, aunque no era capaz de interpretar su mensaje, porque no había alcanzado todavía este punto de perfección en el arte y el Hado no me lo permitía. El eclipse de Sol significaba la muerte de un hijo mío, que ya había sido admitido en el colegio y que, por lo tanto, sólo podría acontecer mucho más tarde. A consecuencia del eclipse, que anunciaba su muerte, brillaron las estrellas, es decir, aparecieron y conquistaron cierta notoriedad médicos mediocres que, de otra suerte, habrían permanecido en el anonimato. El hecho, en fin, de que en el sueño el eclipse acontecía con precisión y en su fecha exacta, es decir, el seis de abril, significaba que moriría precisamente mi hijo, es decir, no presagiaba una muerte genérica, una separación o un destierro.
No causará disgusto, ya que he contado otras cosas a propósito de Alciato, que exponga ahora, como ejemplo evidentísimo, el siguiente sueño, para confirmar la credibilidad de estos fenómenos. Fue, si no me engaño, en el mes de octubre del año 1548. Soñé que Andrea Alciato, amigo mío y hombre famoso por los importantes escritos que ha dejado, estaba sentado a mi lado, en la habitación, junto a la mesa, con la cabeza apoyada en la mano. Su semblante reflejaba tristeza. Me pareció que me había visto pero no daba ninguna señal de ello. A su izquierda había una cama vacía; todo era blanco y, en tomo, una especie de toldo, a modo de telón, le impedía ver lo que había en el suelo más allá del lecho, pues estaba sentado del lado de mi almohada. Mientras pensaba entre mí cuál podría ser la causa de su tristeza y por qué fingía no verme, vi a los pies del lecho, a mi derecha, un joven de hermoso aspecto, vestido con ropaje celeste y de extraordinario esplendor. Le pregunté: «¿Qué le pasa a éste, que está así tan triste en esta habitación?». Él respondió: «Dentro de poco no tendrá sitio donde estar, no estará entre los vivos». Sentí tan gran dolor que me desperté. Murió a los tres meses. Ya antes había contado yo este sueño a muchos e incluso anuncié en público que dentro de poco moriría un hombre insigne.
Ni menos desagradará que repita una cosa que ya he escrito en otro lugar. En el mes de junio del año 1547, cuando tenía dos hijos, Giovanni Battista y Aldo, soñé que estaba solo con el mayor. Sufría mucho y sentía compasión de mí mismo. Cuando me desperté, cerca de la hora segunda, me pregunté qué amenaza me anunciaba aquel sueño. Llegó entonces la criada, Geronima Cícera, afligida y llena de temor, para advertirme que la vida de mi hijo menor estaba en peligro. Tenía fiebre y el ojo izquierdo convulsionado. Me levanté agitado tanto por el sueño como por el anuncio de la criada. Lo encontré con fiebre alta y fuertes contracciones en el párpado izquierdo. En un primer momento tuve realmente miedo, pero luego me puse a reflexionar qué debía hacer y con ánimo firme puse el máximo empeño en la curación del niño. Se curó. Sobrevivió gracias al sueño, pues en caso contrario no habría llegado a tiempo a su cabecera. Es, pues, evidente, que el sueño fue una advertencia.
La noche anterior al 15 de noviembre del año 1539 vi en sueños que me quitaban y luego me reponían un ventrículo lleno de comida. Sufría pensando que mis digestiones no serían ya tan buenas como antes. Al día siguiente, un criado se cortó todos los dedos de la mano izquierda, pero sin amputárselos: éste era el significado de la reposición del ventrículo. Y el hecho de que ya no pudiera hacer pleno uso de la mano estaba indicado en lo que acabo de señalar, esto es, que mi ventrículo no podría ya realizar sus funciones con la misma perfección que antes. El ventrículo significa un miembro de la servidumbre, pues está contenido en el cuerpo como el miembro de una familia que encuentra en ella su alimento. Y no tiene sangre, del mismo modo que el criado herido no era consanguíneo mío.
Referiré también un sueño extraordinario que sólo ahora, cuando lo describo, he logrado llegar a comprender. Si hubiera sido capaz de interpretarlo cuando lo tuve, me anunciaba todo lo que me ha sucedido después. Será, de todos modos, un ejemplo clarísimo de sueño especular, género que supera a todos los restantes (como ya he explicado) por la maravilla y la sutileza de la interpretación. Pero conviene que se sepa antes cuál era mi situación en el momento del sueño, porque de otra suerte no me resultará tarea fácil ofrecer su interpretación. Era el año de gracia de 1544, al alba del 18 de enero. Tenía tres hijos, el mayor de nueve años, mientras que el menor había nacido cuando me trasladé por vez primera a Milán para la práctica de la medicina. Vi en sueños a Prospero Marinone (a quien ya he mencionado), y aunque sabía que había muerto, le rogué que me tomara la mano, y añadí: «Aunque estés muerto». Se mostraba reacio a seguir mi invitación. No obstante, insistí en mi propósito hasta que consintió en darme la mano, y luego se alejó. Entonces mi hijo mayor le siguió mientras yo le llamaba, y como no quería volverse atrás, también yo los seguí, junto con otros muchos, hasta que lo encontré en el atrio de una casa aislada. Pero Prospero ya no estaba. Creí de pronto que me había despertado a causa de un objeto desconocido que se encontraba detrás de mi almohada. Imaginaba, pues, que estaba despierto y que analizaba las cosas que había visto como si las hubiera visto en sueños, y que me alegraba porque la visión del muerto no entrañaba ninguna amenaza ni para mí ni para mi hijo; me parecía, mientras alzaba la cabeza, que una luz que entraba por la ventana me invitaba a levantarme y partir. Entonces me apresuré a liberarme lo más posible del terror que me producía el objeto que parecía estar detrás de la cabeza, y mientras intentaba examinar otra ventana, para ver si entraba por allí la luz, vi la puerta abierta y, empujado por la maravilla y el terror, me pareció que me dirigía hacia ella tras haber cogido un bastón; y he aquí que en el umbral se me apareció de pronto la muerte y considerando que era un presagio funesto no rechazarla con el bastón intenté golpearla. Pero ella emprendió la huida y, mientras yo la perseguía, me pareció que se refugiaba en otra casa y que se escondía en la cloaca. Creí, por tanto, que aquello no implicaba ningún peligro para mí, sino que indicaba que en aquel lugar había un cadáver y me puso a meditar el modo de hacerle desaparecer. Soñé por segunda vez que me despertaba, pero en realidad seguía tan dormid orno antes. Ya no quedaba nada del sueño anterior, fuera del hecho de que la imagen me empujaba a creer que el cadáver de la muerte yacía en la cloaca y que me disponía a levantarme. Y he aquí que veo un cachorrillo negro y peludo, que jugando me quita los zapatos y me pregunté: «¿Quién habrá encerrado aquí a este perrito doméstico? Pues ayer yo no tenía perro y ha sido una bendición que no me haya despertado antes del alba, pues me habría espantado viéndole y oyendo este estrépito». Y así, mientras reflexionaba sobre todo ello, finalmente me desperté, y esta vez de verdad.
Prospero Marinone representaba la academia de Pavía: había nacido en aquella ciudad y era miembro de su academia. El hecho de que me pareciera que había muerto (como así era en realidad) significaba la muerte de la esperanza de trasladarme a Pavía, porque hacía ya casi cinco años que había rechazado aquella posibilidad que se me había ofrecido. Me dio la mano de mala gana, del mismo modo que el senado me dio, también casi contra su voluntad, lo que en un primer momento me había negado. Me estrechó la mano y así obtuve aquella posición dentro del año. Mi hijo le seguía y esto significaba que moriría cuando yo fuera por tercera vez a la academia. Así ocurrió: el año 1545 renuncié al puesto, volví por segunda vez el año 1546 y permanecí hasta el 1551. Volví por vez tercera el año 1559, y mi hijo murió en los primeros días del 1560; es evidente que no habría muerto, o no al menos con aquel género de muerte, si yo no hubiera retomado por tercera vez a Pavía. Esto es lo que significaba entrar en una casa aislada, mientras que yo tenía que quedarme en el atrio con los demás. Y no pude comprender antes el sentido (pues de haberlo hecho las cosas no habrían sucedido así) porque el sueño es especular y escalonado en tres niveles. El primer plano, que es el sueño más verdadero, es el más claro, mientras que los restantes presentan un significado cada vez menos patente.
Vengamos al segundo plano. Intentaba levantarme, es decir, quería retomar a mi trabajo: la muerte estaba en el umbral, y la puse en fuga componiendo, cuando regresé a Pavía, los libros De subtilitate, De rerum
varietate [48] y algunos otros. La muerte representaba, en efecto, la muerte de la fama y mostraba en este sueño fatal que estos monumentos serían eternos. La cloaca en la que se refugió la muerte significaba que algo permanecería oculto hasta el día de mi muerte, impidiendo que mi fama se hiciera inmensa entre hombres viles e inestables. Esto cuanto al segundo nivel.
El tercer plano es breve, bien porque significa un tiempo corto o bien porque las cosas que ocurrirán después de las significadas por el sueño no quieren darse a conocer. El perro negro y peludo anunciaba que mi tercer retomo a Pavía y mi situación familiar serían buenas, como así fue. Pero también podía significar un enemigo dentro de casa, del que todavía no habría recibido ningún grave daño, aunque sí un poco de temor y, por lo demás, placer y juego. Es también evidente que me estaba prohibido saber que, una vez que renuncié al cargo, ya no regresaría nunca más. Y ahora me parece que haber pedido una vez más un puesto habría sido en vano, porque en el sueño no encontré a Prospero y tal vez la causa de todo había sido mi hijo mayor, al que yo había seguido. El hecho de que en el tercer sueño no apareciera ya la muerte, sino sólo el cadáver oculto en la cloaca, significaba que antes de morir me vería liberado de todo temor y que podría leer en paz mis libros, aunque todavía no estaría a salvo de un resto de incertidumbre. Y que moriría a consecuencia de los esfuerzos por sacar el cadáver. El cadáver en sí significaba todo lo que podía servir de pretexto para suscitar en mis lectores una mala opinión sobre mí que ya no habría yo podido modificar. El objeto que en el segundo sueño se encontraba detrás de mi cabeza y me aterrorizaba representaba el deseo de escribir libros. Fue este deseo el que me despertó del sueño, es decir, de mi vida de ciudadano normal y, por tanto, al despertarme rechacé la muerte que estaba en el umbral de la puerta.
Cierta vez me vi en sueños interrogando a un desconocido acerca del curso de mi vida, y que me decía: tu fin será como el de Carlos Tela. Y que luego moría en medio de grandes tormentos y me hundía en profundísimas tinieblas. Sólo una vez en toda mi vida había visto a este Carlos. Tenía dos hijos. Yo ignoraba la existencia del mayor, que era ilegítimo. El menor era por aquel entonces muy pequeño. Carlos abandonó esta vida totalmente devorado por la podagra, dejando dos hijos y la mujer. Había sido condenado a la pena capital por malversación de fondos públicos, pero redimió la pena con dinero y fue absuelto cuando contaba unos cincuenta años de edad. Luego, cuando murió consumido por la fiebre y la podagra, dejó a sus dos hijos en una situación económica asaz ventajosa. Cuando me enteré de que había fallecido era incapaz de imaginarme en qué podía parecerse mi muerte a la suya, porque yo le aventajaba en diez años de edad. Por tanto no estaba aquí la semejanza, sino en que dejaba dos hijos, de los que el mayor llevaba muchos años al más pequeño, pues eran de madres diferentes. Por tanto, el sueño anunciaba tácitamente un cambio que de hecho se produjo. Muerto el hijo mayor, quedaba el menor, nacido de otra madre. Yo no podía interpretar el sueño, porque mis dos hijos son de una misma madre. Ahora bien, el hijo mayor, ilegítimo, dejaba un hijo —de mayor edad que el hermano menor—, que propiamente no era hijo, sino nieto, de Carlos. No importa que se produzca aquí un cambio de personas. De hecho, al ser el nieto mayor que el hijo pequeño la semejanza se mantiene, pues este nieto retiene la personalidad de su padre, es decir, sigue siendo el mayor. Así lo prueba también la regla
dialéctica de las mutaciones[49], según la cual no es necesario que las cosas permutadas sean idénticas, sino que basta con que exista una cierta razón para la conmutación especular, ni tampoco entra el cálculo del tiempo, ni es necesario que tenga yo un nieto de mayor edad que mi hijo pequeño. Lo que el sueño parece significar es que no tendré ningún nieto de mi hija. Y que la podagra que ya había empezado a molestarme iría en aumento. La conmutación de la pena capital por dinero significaba, como suele ocurrir en los sueños, la condena del hijo, a través de la cual se condena al padre. Y lo mismo de los bienes que los condenados suelen perder. Así, pues, al compararme con aquél, el desconocido (como dije) me enseñaba en el sueño cosas verdaderas y oscuras. Es respuesta divina, pues aunque no conocemos a los dioses sabemos que dicen cosas verdaderísimas, aunque oscuras. Por lo demás, no son los desconocidos quienes suelen referimos lo oculto, sino nuestros familiares íntimos y nuestros amigos. Que muriera con grandes tormentos me indicaba que emprendería otro género de vida, lleno de dificultades y de preocupaciones, como le ocurre a quien está rodeado de tinieblas.
El año 1538, cuando, agobiado por innúmeras calamidades, tenía depositada mi esperanza en el patrocinio del Sumo Pontífice Paulo III, vi en sueños que tenía en el regazo un pavo real asaz inquieto, que al poco se echaba a volar, y que recogía a continuación a un faisán y su polluelo, que convivían juntos con tal armonía que el sueño me produjo un gran placer. Llegado el día, me desperté y comprendí que mi esperanza en el pontífice era vana, aunque había procurado atraerme el favor de ilustres varones. Pero se abría paso otra esperanza que, aunque menor, podría convertirse en realidad. Me levanté, pues, y fui a visitar a Juan Bautista Speciano, prefecto de los delitos capitales, hombre erudito y amigo de los dedicados al estudio, y a Juan Jacobo Raynoldo, ahora prefecto de la anona, por cuyo medio aquel mismo día trabé amistad con el príncipe Alfonso Istonio, que me ofreció dinero y me ayudó de múltiples maneras y con cuyo patrocinio fui aceptado en el colegio. Y habría obtenido otras muchas cosas si hubiera yo sido tan prudente como él benéfico y liberal. Pero los hados lo impedían. Éste es el sexto sueño del que he obtenido utilidad; por el primero, fatal, me vi impulsado a escribir; este segundo me llevó a la amistad con el príncipe; el tercero, de Alejandro, para insistir en el asunto del colegio, en contra de todas las sentencias adversas; el cuarto, para salvar la vida de mi hijo pequeño; y los dos últimos, varias veces repetidos, para escribir los libros De subtilitate y De rerum varietate.
Cierta noche soñé que me hallaba en la curia principal de la ciudad y que llegaban aves de todo género, entre ellas dos pavos reales de deleitable aspecto. Uno de ellos se echó a volar mientras que al otro, que se había posado sobre las verjas de hierro, la gente empezó a tirarle piedras. Le recogí entonces en mi seno y, aunque débil, parecía revivir. Al día siguiente, me llamaron para atender a la hija de Antonio Leva, príncipe de Ásculo, que estaba enferma, pero falleció antes de que yo llegara. Esto es lo que significaba el pavo real que había emprendido el vuelo; poco después me avisaron para curar a un niño que acaba de nacer y estaba aquejado por muchos males que, como aquellas piedras, le ponían al borde de la muerte. A veces parecía mejorar, pero luego recaía, y al cabo de pocos días también él falleció. Ocurrió el año 1535.
El año 1536, al rayar el alba de un domingo, soñé que me comía un huevo de avestruz en la mesa del antes mencionado prefecto de las penas capitales. Despertándome del sueño, comprendí que aquella misma semana obtendría, gracias a su intervención, el dinero que me debía un duro acreedor. Y, en efecto, lo obtuve el último día, es decir, el sábado. El domingo es el primer día de la semana, el huevo de avestruz tiene una dura digestión y este ave grande, noble y poderosa, señala la naturaleza del deudor.
Una noche soñé que tenía en las manos un gran becafigo (algunos lo
llaman ictérido), y me parecía que se escapaba volando[50]. Capturado de nuevo, lo encerré en la jaula. Al día siguiente vino una persona a ofrecerme dinero en pésimas condiciones y yo —también advertido por el sueño— lo rechacé. Cuando se marchó, sólo el sueño me daba la esperanza de su regreso. Volvió aquel mismo día y recibí el dinero en condiciones óptimas. Las aves indican esperanzas alegres y justas, y también dinero y ganancias. De acuerdo con su naturaleza, las aves grandes y hermosas representan príncipes, ganancias y dones espléndidos, pero la mía era pequeña y modesta.
Una noche soñé que estaba recogiendo, muy contento, muchas hermosas piedrecillas cristalinas en la orilla de un río. Al día siguiente un individuo me ofreció un libro bellísimo por un precio tan ridículo que casi podía creer que me lo estaba regalando. Adquirirlo fue como habérmelo encontrado. Los libros tienen un precio vil comparado con otras mercancías, lo mismo que el cristal comparado con las piedras preciosas.
Estaba a punto de partir para Pavía cuando, a comienzos del mes de enero de 1545, soñé que me hallaba en la patria con Prospero Marinone. Me abstuve de hablar con él porque sabía que había muerto, y él, al advertirlo, montó en un caballo blanco; considerando que era muy poco decoroso por mi parte dejarle partir sin saludarle, le dije en el puente de la Puerta Romana, cuando tomaba la dirección de Roma: «¿Cuándo volveré a verte?». Él, sonriendo, respondió. «En el mes de octubre». Yo le repliqué: «¿Cuál?». Porque el mes de octubre puede ser el próximo o dentro de veinticinco años, es decir, se trata de una fecha muy imprecisa. Él seguía sonriendo y se alejó con mi acompañante a quien no conocía. Pues bien, como he dicho otras muchas veces, lo que Prospero Marinone me decía mientras se alejaba era que aquel año perdería el cargo que entonces tenía. Y así ocurrió. Pero al año siguiente, y de acuerdo con sus palabras, en el mes de octubre se me restituyó aquel mismo cargo. Su partida para Roma significaba o que yo me dirigiría a esta ciudad una vez definitivamente perdido aquel cargo o también (cosa que me resulta difícil de creer) que me sucedería en el cargo un romano.
Una noche vi que un hombre que había sido enemigo mío intentaba herirme. Paré los golpes con ambas manos y sobre ellas cayeron las acometidas. Cuando me desperté no conseguía interpretar el sueño, porque aquel antiguo enemigo y yo nos habíamos reconciliado, una vez resuelta la causa del litigio. Por otra parte, mi autoridad había aumentado hasta el punto de que le habría acarreado graves consecuencias emprender un pleito contra mí: se trata de Pietro Francesco, señor de Belgioioso, hombre insigne por su nobleza y su poder. Pero aquel mismo día encontré un hombre, antiguo enemigo mío, a quien otro, fingiéndose amigo, le había causado varias heridas y cortado la mano, tal como el sueño predecía. Pues en efecto, de acuerdo con todo cuanto he escrito en el libro precedente, aquel hombre debía tener alguna relación conmigo.
En el año 1538 contaba entre mis amigos al médico Pedro Bossio. Desterrado por otros médicos, alquilé la casa que tenía en el lugar. Le vi una noche condenado por el senado, bajo el apremio de otros médicos, a desgarrarle la piel hasta el hueso y a llevar permanentemente sobre la ceja derecha, pegada con cola resistente, una tablilla de madera, de más de un palmo de longitud: destino que admiró a la mayoría, movió a compasión a algunos y provocó las burlas y los insultos de otros. Pero mientras yo esperaba que abandonaría la ciudad hasta que la cola se disolviera y pudiera quitarse la tablilla, no hizo nada de esto, sino que se paseaba con ánimo sereno por las calles. Y así deformado, desempeñaba sus tareas habituales. Habiéndome despertado, y siendo aquel el día en que tenía que pedir al prefecto Xenodoquio el cuidado del orfanatrofio del que ya de hecho tenía la posesión, comprendí que me estaban preparando una injuria no leve y que sufriría un gran deshonor, de modo que decidí no presentar la demanda. Pero como no podía esperar crimen tan enorme, pues les garantizaba con mucho la mayor utilidad en beneficio de la ciudad, al fin formulé la petición, que me fue denegada con gran vergüenza por mi parte. Todo se desarrolló, como suele decirse, ante mis propios ojos. Pero lo sobrellevé con ánimo sereno, lo que fundamentó sólidamente mi reputación, pues pudo así comprobarse que yo era alguien que ni renunciaba ni se descomponía. El senado representaba al colegio de los prefectos: yo encarnaba la persona del médico que había sido rechazado y en cuya casa habitaba.
Una noche soñé que un médico, que había fallecido aquel año, parecía morir en mi cama. Para cerciorarme de si estaba realmente muerto, le oprimí con fuerza los miembros. Había expirado. Cuatro días más tarde ocurrió que un amigo mío, que había sufrido un ataque apopléjico, mandó a buscarme. Para ver si vivía, le apreté los miembros y le pinché la carne. Murió al cabo del mismo número de horas que había sobrevivido en mi sueño aquel médico. Los dos eran amigos míos, la persona del uno indicaba la del otro y el género de muerte estaba siempre relacionado con una acción mía.
Una noche soñé que seguía paso a paso a mi padre, ya muerto, que me llevaba a la casa de un notario, también ya fallecido. Pocos días después presenté una protesta respecto a ciertos actos de mi padre ante el mismo notario y en aquella misma casa.
Cierta noche soñé que me encontraba con dos hombres a los que casi nunca había visto. Se inició una discusión y todo concluyó para mí en un gran fastidio. Al día siguiente me encontré de forma inesperada con uno de ellos y mientras él hablaba del tercero, a quien yo apenas conocía, aparece éste inopinadamente (o eso creo), de lo que acabé con un enorme tedio. En tales circunstancias es esencial tener un espíritu sencillo y franco.
Cierta vez soñé que se hundía la mitad de la biblioteca en la estaban todos los libros, salvo los de medicina (que se salvaron gracias a que aquella sección había quedado en pie). A continuación, mi discípulo Ludovico
Ferrari[51], erudito en todos los campos del saber excepto los medicinales, tuvo que enfrentarse a múltiples fastidios y se vio obligado a interrumpir durante algún tiempo sus ocupaciones. Por tanto, el sueño significaba no mi desgracia, sino la suya, porque ambos nos dedicábamos a los mismos estudios y en el mismo lugar, y lo único que nos distinguía era la medicina.
El 16 de julio del año 1539 soñé que mi padre avanzaba, vistiendo la toga como solía, mostrándome una gran cantidad de libros de diversas formas. Entre ellos había uno elegantemente escrito en varias lenguas. Me ordenó que leyera la palabra ὅμοιος. Cuando la pronuncié, me dijo que debía procurar no leerla erróneamente. Yo le dije: «No lo haré, por supuesto, pero aclárame la pronunciación». Entonces él, que parecía estar de acuerdo, me dijo: «Me basta, sólo quería advertirte porque esto te afecta». De hecho, el término se compone de ὁιοος, que significa “de qué especie” (o “cómo”) y ὁμός o también ὁμόν, o incluso ὅμοιος, que significa “uno, similar, idéntico junto con, igual a”, en definitiva, “algo o alguien totalmente igual” (se entendía que a mí). El 3 de septiembre siguiente fui aceptado, tras largas fatigas, en el colegio de médicos, como le había sucedió a él en el colegio de juristas. En los años siguientes practiqué la medicina como él había practicado la jurisprudencia, hasta el día de su muerte. Iba pocas veces al colegio, porque le irritaban algunas personas (como he oído decir) y por este mismo motivo, y además porque estaba en Pavía, tampoco yo asistía a menudo, y mucho menos después de la acerba muerte de mi hijo.
El 19 de octubre de aquel mismo año, tras haber sido aceptado, como he dicho, en el colegio, soñé que me encontraba entre mis compañeros. Esperábamos que nos trajeran dados para jugar y mientras tanto yo señalaba a los otros un arco iris que acababa de aparecer. Cuando se extinguió, me pareció que surgía otro que apoyaba sus extremos en el techo de la casa y en la tierra. Tras enseñárselo, los otros quisieron tocarlo, pero yo no me atreví. Me volví de espaldas y esperé que fuera el arco iris el que me tocara a mí sin daño alguno, pero me di cuenta de que desaparecía. Los compañeros representaban a los médicos entre los que era mi destino ejercer el arte, el arco iris un cargo que me ofrecerían, pero que de hecho (y como ya he mencionado) no recibiría. El segundo arco iris significaba una oportunidad que me ofrecerían en la patria y que acabaría por aceptar, porque el arco iris reposaba sobre el techo de la casa. Y así como quería tocarle mientras estaba allí, pero no me atrevía, así también serían indecisos los inicios de mi futura ocupación. Luego cobraría mayor confianza, como indicaba el hecho de que volvía las espaldas y me concentraba en la práctica de la medicina. Pero el arco iris desapareció y, por tanto, la academia fue trasladada a su lugar de origen. Era como si me hubieran dicho: «Si quieres partir, debes abandonar la patria y la profesión de médico».
El 19 de febrero del año 1540 soñé que me apoderaba con fuerza y apretaba entré las manos un búho, para arrancarle tres plumas apropiadas para escribir. Y soñé asimismo que un campesino, a quien conocía, había sido injustamente condenado a la cárcel y luego dejado en libertad, con el cuerpo dolorido y la cara toda cubierta de arañazos. Aquel mismo día me tropecé con el médico Giovanni Pietro Boffio, que había sido rechazado, como he dicho, por los otros médicos; y a él, como al búho, también las otras aves le habían impedido la práctica de la medicina. El campesino del sueño fue arrojado a la cárcel. Y del mismo modo, Giovanni Pietro Boffio había sido enviado a la prisión por médicos que, dada la común profesión, eran para él como conciudadanos. La cara arañada anunciaba un resultado infausto. Cuando intentó por segunda vez ser admitido, fue de nuevo rechazado y de manera aún más humillante que la vez primera. Las tres plumas que yo había arrancado eran los parientes que por su consejo se dirigieron a mí tras verse impedido en el ejercicio del arte.
El 1 de enero del año 1543 soñé que veía un antiguo sepulcro marmóreo, adornado con una bella inscripción que me complacía mucho. Entre los amigos estaban presentes otro Gerolamo Cardano y el matemático Ludovico Ferrari. Aquel año escribí el De sapientia, en el que consignaba muchos proverbios antiguos. De hecho, a los sepulcros se les llama monumentos y también a los libros. Las letras antiguas significan la autoridad y el testimonio de los sabios del pasado. Pero la imagen del sepulcro indicaba que aquellos libros gozarían de escasa estima, pues son pocos los que tienen la costumbre de contemplar los sepulcros, por hermosos que sean, si no es cuando están ociosos. Los amigos anunciaban que la obra sería divulgada. Y como tuve este sueño el primero de enero, quería decirse que los libros serían iniciados y concluidos aquel mismo año.
El día 11 de agosto del año 1555 soñé, un poco antes de salida del Sol, que cabalgaba una mula, vestido con un manto, con Gerolamo Cardano, también en mula, pero con toga, y que nos salieron al paso tres rústicos, por el análisis de cuya orina cobró cuarenta ases, pero a mí me desdeñaron. Este episodio significaba que yo viviría fuera de mi patria, a causa del manto, y que él ocuparía mi puesto, por la compañía y el habito, que acudirían a consultarle muchos enfermos, aunque rústicos, pues no nos había salido al paso uno, sino tres, y que las ganancias serían estimables, por la cantidad de ases. Asimismo, que tendría entre los farmacéuticos muchos amigos, pues se hospedaba entre ellos cosa que yo no hacía.
El 16 de septiembre del año 1547 soñé que Giovanni Battista Speciano, durante algún tiempo prefecto de las penas capitales, muerto poco antes del sueño, me tomaba la mano. Pero yo, sabiendo que había muerto, la retiré y le pregunté: «Dado que has muerto y que yo estoy dormido, dime algo de la vida que se lleva allá donde tú estás». El: «Es todo lo contrario de cuanto puedas imaginar». Luego, habiendo desaparecido: se presentó en su lugar un joven macilento, pálido, con la cara hundida y una larga túnica académica, forrada por dentro de piel y por fuera de color ceniza. También a este joven, a quien no conocía y que por otro lado había muerto, como el otro, le pregunté por mi futuro. Me dijo: «No quiero decírtelo, porque te sentirías demasiado triste». Entonces le pregunté: «¿Moriré?». No contestó. «¿Qué me ocurrirá entonces?». «Serás herido por un mulo o una mula y a partir de ese momento te sostendrán siempre grandes y fáciles ganancias». «¿Cómo te llamas?». «Gerolamo Frigerio Giovanni Battista». Esto significaba, a mi entender, que mi hijo, que llevaba mi mismo nombre no me sobreviviría. La imagen representaba el horrible y yerto Genio de la Vejez, no por la pobreza (de hecho me había librado de ella), sino por la opresión que produjo en mi espíritu, dado que su nombre y el hecho de que no sabía quién era declaraban que se trataba de mí. El mulo señala un trabajo sin fruto, ὰγονομόχθος, que indica esterilidad y falta de hijos, pues los mulos no tienen descendencia. Y si se analiza el término ἡμίονος, el sueño indicaba un mulo o una mula, porque la palabra se aplica a los dos. De este término se deriva la división en dos mitades, de ἥμισος, como para anunciar frustración y falta de prole, algo así como quedar partido por la mitad. Ya lo había anunciado, por lo demás, la primera parte del sueño, sin que fuera en realidad necesaria ninguna ulterior confirmación. Es como si dijera: sin hijos, horrendo y reseco, por supuesto sin esperanza alguna de engendrar, temblando de terror y frío. Todo esto significaba el nombre del genio, que era el mío, salvo que habría transferido mi fe en los muertos. A partir de aquel día, y aunque no había comprendido en su totalidad el significado del sueño, nunca tuve el ánimo sereno y viví siempre entre grandes zozobras. Si el joven hubiera dicho «por un mulo», sin añadir «O por una mula», habría significado carencia total de hijos, porque no había sido posible explicar el término con la palabra ἡμίονος sino sólo con ὰγονομόχθος. Y aquel joven pálido y en todo contrario a mi aspecto, salvo por la cara alargada (que yo también tengo), parece significar la vejez extrema. De hecho, las personas decrépitas se convierten en macilentas y pálidas, aunque antes hayan tenido un hermoso aspecto.
Cuando tenía (si no me equivoco) diecinueve o veinte años, vi en sueños, cierta noche, a una mona que hablaba, y me dije: «Si es capaz de hablar milagrosamente, también podrá adivinar el futuro». Así, pues, le pregunté: «¿Cuánto tiempo viviré?». Y ella respondió al instante: «Cuatro años». Y yo: «¿Nada más?». Y ella: «No». Según cálculos, los cuatro años de Júpiter daban cuarenta y ocho y, por tanto, yo no moriría antes de los 67, aunque podría equivocarme en algo. O, calculando las letras, y suprimido el primer V (que no se oye en la pronunciación), quiso decir que yo habría de vivir unos 77 años.
El día 5 de mayo del año 1550, dominado por el sueño desde las 9 hasta las 11 horas (era domingo), soñé que me había casado con una segunda esposa y que se la presentaba a la primera, que había muerto, y con la que había llevado una vida apacible. Pero aquélla, triste, callaba. Al poco tiempo desapareció la nueva esposa. Cuando desperté, recordaba muchas cosas de la primera, que sabía que había muerto y que al final también me pidió que dispusiera cinco sacrificios. Después me tocó a mí, con mi consentimiento, y me pegó un trozo de papel en la frente, que al cabo de poco se desprendió. Yo lo acepté de mala gana (pues sabía que estaba muerta), para que no se marchara enfadada. Finalmente me pareció que también me presentaba a mi madre, que había muerto diez años antes que mi esposa, pero a la que yo creía en el sueño que aún vivía. Y veo que entre ella y mi esposa estaba mi hijo Giovanni Battista, pero como de unos 7 años, y no de 16, que son los que realmente tenía. Temiendo, pues, que su madre, que yo veía que estaba muerta, quisiera arrebatármelo, pedí a mi madre que se lo llevara ella. Pero no lo hizo, a pesar de mi insistencia. Pedí a mi esposa que no lo tocara. Ella me ordenó que estuviera tranquilo. Finalmente, mi madre se lo llevó por un puentecilla.
Este sueño es de lo que a pesar de sus muchos datos dan a entender pocas cosas. Significaba que yo había vuelto a mis estudios y a mis placeres, pues aquella misma noche había soñado que componía poemas tras haber leído algunas composiciones de Alciato. La nueva esposa era mi alma estudiosa, a la que me dedicaba olvidando el cuidado de los hijos. Los cinco sacrificios: el primero afectaba a mi madre, el segundo a mi esposa, el tercero a Giovanni Battista que estaba sentado junto a ella, el cuarto me afectaba a mí, el quinto no quedaba claro. En cuanto al orden en que los otros habrían de morir, el sueño lo puso de manifiesto en el caso de los dos primeros.
El día 7 de enero del año 1558 me pareció, en sueños, que estaba, al amanecer, junto a la Puerta Ticina y que allí escuchaba que uno decía a otro: «¿Acaso tomarás una esposa con seis mil libros?». Yo al oírle, lo tomé a risa, porque hacía poco que mi hijo, ahora feliz, se había casado con una mujer sin dote; yo así lo creía, aunque él no negaba. Me pareció que al momento deseaba tener otro sueño, ya que estaba soñando. Y así ocurrió. Me pareció que subía, durante hora y media, en compañía de un criado joven y de una mula, por un camino ancho y empinado, hacia una ciudad muy hermosa, para mí desconocida, en la que había muchos palacios. Al preguntar a una mujer el nombre de la ciudad, me respondió: Es Bacheta. Me maravillaba el hecho de que, aunque la mujer hablaba italiano, yo nunca ni en parte alguna había oído tal nombre, a pesar de que era en verdad una ciudad magnífica. La mujer añadió que en la ciudad no había más que cinco palacios, aunque yo insistía en que de lejos había divisado muchos, más de veinte, entre los que sobresalía uno de gran belleza y tonos dorados. Vi entonces que el muchacho desaparecía con la mula. Le llamé repetidas veces pero no obtuve respuesta. No era capaz de ver dónde me hallaba, porque un edificio me estorbaba la vista. Me pareció entonces que despertaba del sueño y que se lo contaba a un conocido que, de toda formas, no había aparecido antes en el sueño. Al preguntarle, asombrado, qué ciudad era aquella y cuál su nombre, me respondió: Nápoles. Yo repliqué: ¿Qué tiene ver que Bacheta con Nápoles? A
lo que contestó: Esto lo dejo a tu interpretación[52]. Y al instante me desperté, lleno de estupor, como nunca antes me había ocurrido con ningún otro sueño.
Empecemos por lo más conocido: por el vergonzoso matrimonio. En aquel momento no yo podía interpretar lo que oportunamente se me había anunciado (paso por alto toda otra consideración, pues el sueño me mostró que, según las palabras oídas, yo caería en aquella vida tan difícil). El sueño significaba que yo emprendería un género de vida muy espinoso, porque el camino era empinado y la caminata prolongada, y porque montaba una mula y no un caballo (en un época en la que poseía dos caballos asturcones y ninguna mula). El camino significaba el ejercicio de la medicina, en el que había hecho grandes progresos durante año y medio (y esto significaba la hora y media). Me trasladaba a una ciudad nueva para desempeñar mi oficio, como ocurrió en el siguiente mes de agosto. Quedarme sin mula vaticinaba que me consagraría con todo empeño a escribir libros, lo que me contrariaba, porque implicaba la entrega a la ambición humana y al lucro, dos males de los que apenas nos podemos librar. Los palacios representaban todos los volúmenes que debían ser publicados antes de mi muerte, gloriosos para mí en cuanto autor, deleitosos para los demás en cuanto lectores. El otro palacio, el más nuevo y dorado, pienso que era el Theonoston. Cuanto a la afirmación de la mujer, de que sólo había cinco palacios, el futuro aclarará este extremo (que yo ignoro).
Que retornara el muchacho con la mula significa que yo no había renunciado al deseo y la incierta oportunidad de ejercer de nuevo la medicina. Su respuesta demuestra que no había abandonado del todo la preocupación de educar a mi hijo menor mediante la contemplación, lo que quizá pueda ocurrir. Pero a lo mejor es sólo una esperanza, aunque no faltará la ocasión.
Cuanto al nombre “Bacheta”, que en latín vulgar se dice verga (vara), puede indicar que yo sería abatido por muchos sufrimientos, como así ocurrió: dolores de gota, hernia (de la que rápidamente me preocupé para que no me llegara hasta el escroto), sarna de la mala, pequeñas enfermedades, además de la contumacia de los criados, de los fraudes, de los errores de mi hijo menor (el único que me quedaba), para que no me faltara ningún tipo de molestias hasta este día, el siete de los idus de mayo.
Si quieres que lo diga en griego: μαραίνῶ, “languidezco, me extingo”, οίμο “gemido, aullido, llanto”, σκοτκλή relativo a la mesa de los condenados, por envidia, y por la muerte injusta de mi hijo, ρασδός, “rama de palma, vara”, o también, bajo el nombre de una vulgar vara, designa una prueba. La diferencia entre uno y otro significado sólo se aclara por su uso, activo o pasivo. Pero ¿por qué Nápoles? Puesto que lo nuevo no era el oficio de escribir, quería decir, atendida la etimología del nombre, Νία y πόλυς, que encontraría muchas y grandes cosas, pero no recientemente (entendido como adverbio).
Lo que escuché en sueños fue: Tamant. En otra ocasión se me mostró esta leyenda: «La desgracia del comentarista es misericordia digna de compasión». El 5 de febrero del año 1540 soñé que cantaba con dos cuñadas: «Estarás todavía seis días entre sufrimientos», y que en la última palabra yo cantaba una maravillosa melodía. Tamant significa, al parecer, una desgracia grande y repentina, pues la letra T suena mal, y mnta son letras duras que no encierran ningún sentido. Cuando hablamos de los genios significan algo inesperado, que después de la repetición «la desgracia del comentarista es misericordia digna de compasión», los griegos lo expresan del siguiente modo: uno, dos, tres, positivo, comparativo, superlativo, mientras que para los latinos es el mal supremo y miserable. En cuanto a «seis día estarás entre sufrimientos», aludía, por el número perfecto, al fin de la vida, o a la muerte, o al nacimiento de un sobrino, a partir de aquel año. En realidad, cada cosa tiene un significado bastante rebuscado, sobre todo Tamant. Pero quiso Dios que no siguiera más adelante. Y aunque Tamant signifique dos mil seiscientos setenta, es mejor omitir cualquier conjetura antes de verme salpicado de la sospecha de ligereza.
El día de la Ascensión del año 1561 soñé que cabalgaba en una mula muy grande. Ya había salido el Sol cuando vi encima de mi cabeza una mujer desnuda que se reía mientras defecaba y orinaba. Pero como no tengo mula, sino una jaca, el sueño significa que aceptaré un cargo que me darán las autoridades de una gran ciudad, que será trabajoso y útil, aunque no a la altura de mi reputación. Esto es lo que se me decía en la primera parte del sueño. Creo no haber estado muy lejos de dicho cargo, y si no lo conseguí no fue por culpa de quien quería dármelo, sino por mi mala suerte, que no consiente que pueda yo estar en mi patria, en una situación segura y honorable. Y aunque desagrada la vulgaridad del sueño, agrada la promesa de vida que encierra. Son cosas tan fuera de lo común que apenas es posible creerlas.
Pues, ¿qué dirías si las cosas recientemente ocurridas las leyeras ya descritas de este modo en el libro tercero de los Paralipómenos? Por lo demás, se reprende a diario, pero sin que haya enmienda, que los hombres no tengan en cuenta la rectitud, la equidad, la dignidad, la erudición, la salud pública, la utilidad, sino que se preocupan únicamente por satisfacer sus deseos, sobre todo en la República y no tanto entre los monarcas. El motivo es claro. Los hombres famosos no saben favorecer a nadie, no desprecian ni suplican, no quieren prometer, así que siempre llevan la peor parte. Más me conviene, pues, alejarme honestamente que permanecer en peligro. Estando a seguro, Dios no me abandonará, ni tampoco la virtud, en tan torpe y depravado siglo. De donde concluyo: como los que conducen al elefante poniendo la vara ante la trompa, así me ha conducido la fortuna sin desviarme.
Cierta vez soñé que me encontraba con mi abogado (de hecho soy muy dado a pleitos) y que me mordían la pantorrilla. Descubrí que se trataba de un ratón, lo capturé y lo maté. Apareció entonces una multitud de ratones, que en parte me mordían y en parte me hacían cosquillas. Los maté a todos, pero acudieron de inmediato otros muchos. Finalmente, tras haber dado muerte a uno bastante grande, me liberé de todos los demás. Comprendí que los ratones significaban todos aquellos con los que andaba en pleitos, porque muerden, pero no matan, como ocurría con los ratones. Y, por último, tras haber matado a tantos, debía liberarme completamente de ellos a consecuencia de la muerte de uno solo. Así ocurrió: poco después, tras la muerte del procurador del Colegio de médicos, acérrimo enemigo mío, fui admitido en aquel gremio. Y a partir de entonces se calmó la multitud de las personas que me molestaban, excitadas por mi litigio con los colegiados. El sueño se cumplió, pues, a la perfección y en todos y cada uno de sus detalles. El sueño incluía también una molestia pasada y señalaba su liberación futura, como aconteció a fines de aquel mismo año a causa de las órbitas de los astros de que he hablado anteriormente.
El año 1538, antes de la llegada de la primavera, soñé que mi madre estaba a los pies de la cama, es decir, sentada a un lado, de tal modo que parecía estar de pie. Llevaba el vestido rojo y estrecho, largo hasta el suelo, que se ponía de ordinario cuando se ocupaba de las tareas domésticas. Me llamaba con ojos luminosos para que me fuera con ella. Yo le dije: «¿Por qué? ¿No estás muerta?». Respondió: «Sí». «¿Y entonces cómo quieres que vaya contigo si sólo puedo hacerlo muriéndome?». Y ella entonces: «Porque será mejor para ti y vivirás más tranquilo». Yo me negaba con todas mis fuerzas y ella insistía con palabras cada vez más enérgicas y más apremiantes. Al fin vi que se alejaba irritada. Fue una buena idea anotar diligentemente el sueño, porque me anunciaba el primer peligro de muerte que he corrido en mi vida: se presentó poco después, en el verano siguiente. Durante nueve días enteros estuve oprimido por palpitaciones cardíacas y al final por un vómito que procedía de la bilis verde o de algún veneno que había tomado; mi situación era tan grave que la salvación llegó cuando ya se habían perdido todas las esperanzas.
La madre del sueño reprobaba la vida no bastante virtuoso que yo llevaba por aquel entonces. Sus ojos lanzaban chispas como los de las personas airadas, y con ellos condenaba mis hábitos y costumbres. Yo me hallaba sometido por aquel entonces a tribulaciones muy graves y continuas, pero no hasta el punto de preferir la muerte a la vida. Sólo veintiún años más tarde, en la circunstancia funesta de la ejecución pública de mi hijo, me sentí verdaderamente aniquilado.
Y respecto de mi hija estéril, del nieto todavía niño, hijo de mi primogénito, de mi hijo menor, todavía no lo bastante crecido como para encarnar mis esperanzas, que de todos modos son importantes, mi madre parecía decir: «Cuando mueras, tu esperanza de descendencia no será mayor de la que tienes ahora. Ahora te sobrevivirían dos hijos, y cuando mueras serán igualmente sólo dos, defraudando tus esperanzas de una larga estirpe. Por tanto, cuando mueras tus esperanzas en esta dicha no serán mayores que las que tienes ahora. Y, además, si murieras, no tendrías que soportar ningún tormento ni tomar parte en ningún acontecimiento cruel que les sobrevenga a alguno de los tuyos, mientras que si vives te verás obligado a sufrir todo esto». Pero el hecho de que yo siguiera negándome indicaba larga vida. Y de la insistencia con que mi madre me llamaba deduzco que debo esperar, sin ninguna duda, aquellas desgracias. Y por eso no puedo esperar una vida feliz tampoco en el futuro.
El día 23 de junio de 1561 soñé, dos horas antes de que amaneciera (lo que significa que era algo que sucedería más tarde), que, aun siendo invierno, quería bañarme en agua fría en un lugar agradable y apartado, al que yo solía acudir en verano. Esto significa que las rentas disminuirían y que viviría en condiciones modestas, pues en el sueño me veía escondido, y que no padecería ningún quebranto, ya sea porque no había entrado en el lugar o porque se trataba de un sitio agradable.
El 20 de julio del año 1541, a mediodía, y después de haber comido fruta y un poco de queso de oveja, soñé que acudía a un magistrado para defender mi causa contra una posible reducción de cien coronas de oro de mi sueldo. Pero apenas abrí la boca, comenzó a cubrirme de insultos con gesto airado. Entonces intenté decir algunas apaciguadoras palabras con ánimo de excusarme, pero él, presa de la ira, me apretaba el cuello con ambas manos y me propinaba codazos. Yo le suplicaba humildemente que me dejara y me perdonara, pero él me acometía con los codos con furor creciente y con todas sus fuerzas, hasta el punto de que temí perder la vida o ser entregado a sus criados para que azotaran aún con mayor crueldad. Cuando se cansó, me dejó completamente molido y me echó de la estancia. Pero yo, temiendo que desde las ventanas del piso superior me arrojara piedras sobre la cabeza, no me atrevía a salir fuera, de modo que no me sentía seguro ni marchándome ni quedándome, y me acometieron dolores aún más fuertes que los que experimenté cierta vez, tras la mue11e de mi hijo. Recuerdo, en efecto, haber soñado que me conducían al suplicio, pero con menor tormento y tristeza de ánimo. Me decía a mí mismo: «¡Ay de mí! Cuando todos se enteren de esto, ¿cómo podré salir de casa? Si no le acuso, quedará impune esta afrenta; y si le acuso vendrá a saberse algo que tal vez me avergüence revelar. Y, además, ¿qué castigo querrán imponerle los magistrados para vengar una injusticia ciertamente realizada contra mí por uno solo de ellos, pero tal vez con el consentimiento de todos? Y el gobernador provincial no querrá ocuparse de defender mi causa contra aquel magistrado, porque en definitiva no puede hacerlo». Mientras así cavilaba, se me acercó primero un viejecillo, que no me hizo nada, y a continuación un adolescente, armado de espada, que creo era su hijo. Temí ser victima de una nueva ofensa. Pero ninguno de los dos me causó mal alguno, a pesar de que simularon una acción violen ta. Mientras tanto, me pareció que podía salir con seguridad de la casa. Caminando por la calle me encontré con un conciudadano, a quien no conocía, amigo íntimo de aquel magistrado, como pude conjeturar por sus palabras. Entonces decidí exponerle mis quejas. Y dije: «Aunque se arrepintiera, que bien podría ofrecerme para compensar tan grave ofensa? Además, está tan airado que podría acabar por irritarse más aún contra mí». Y entonces me desperté de este molestísimo sueño.
El magistrado se refiere al senado académico. Y como se trataba de uno de los prefectos de la academia, significaba una cuestión académica. Como por decreto real me habían quitado cien coronas, que yo esperaba que el gobernador provincial me restituiría, como era mi derecho, lo que el sueño anunciaba es que no las obtendría. Pues si me las hubieran devuelto, el senado académico no me habría golpeado las costillas, es decir, no habría deshonrado a escondidas mi ancianidad. El hecho de que yo pidiera ayuda a los amigos significaba que el senado se había comportado duramente. De hecho, el magistrado del sueño era uno de los que condenaron a mi hijo y, por consiguiente, el senado abrigaba hacia mí los mismos sentimientos que tenía hacia él. El sueño significaba asimismo miedo a lo peor, es decir, a quedar a su merced. Que finalmente pudiera salir indicaba que me liberaría del temor, pero no del deshonor; habría sido empresa vana intentar aliviar mi deshonra sirviéndome de amigos poco allegados. Experimenté en verdad un dolor todavía más amargo que el que sufrí por la muerte de mi hijo, porque el sueño me forzó a admitir que había muerto de injusta muerte.
Al día siguiente, tras haber comido lo mismo, dormí desde un poco antes de mediodía hasta la hora cuarta, es decir, casi durante seis horas. Tuve dos sueños maravillosos. En el primero me parecía ser un adolescente y por esta razón estaba muy contento. Me encontraba al lado del más poderoso de los monarcas, ante el que alardeaba de mi paciencia y mi lealtad incorrupta. El me otorgaba sus preferencias frente a todos los jóvenes restantes y me manifestaba en silencio su estima; yo estaba siempre más cerca de él que todos los otros, y me pareció que creía mis palabras y que confiaba en mí. Lo veía tranquilo y sereno (por lo demás, tenía la impresión de que se había librado de los opresores males que le afligían y retornado, por así decirlo, a su primera juventud, pues se encontraba en la plenitud de sus fuerzas y era capaz de soportar cualquier adversidad), cuando he aquí que la amante del rey, me tocó con gran lascivia, pero yo fingí no enterarme. Cuando conseguí escabullirme, se lo conté a una viejecita en la que tenía gran confianza y que sólo conocía en sueños. Pero luego comencé a pensar y mas aun a temer por mi vida, cavilando que si yo revelaba el asunto al rey, me haría ajusticiar y que, si no lo revelaba, ella, a la postre, me traicionaría y lo diría todo y que, si no lo hacía, yo tendría que considerar que aquella mujer, fiel a mí, traicionaba al rey. Si complazco a esta jovencita, me decía, no podré mantener oculto el asunto ante tantas miradas; y si no la secundo, no querrá tener en mí un testigo de su delito, una vez que me lo ha confesado. Por tanto, en ambas disyuntivas tendré que morir. Se hará burla de mi incorrupta fidelidad y acabaré en boca de todos como un hombre malvado y falso. ¡Ay de mí, y de cuantos infortunios me ha rodeado mi desventura, encadenándome sin esperanza alguna! Pero poco después soñaba que era médico, no sé si del mismo rey o de otro. Mientras me encontraba en la corte, fui llamado por una pobre mujer. Tras haber acudido a su lado con escasa esperanza de beneficios, me pareció que había dejado atrás a un adolescente a pie y un caballo o una mula (no recuerdo bien); el joven me buscaba en vano a mí y yo a él. Mientras hablaba al rey de esa mujer y me excusaba de haber acudido a su lado movido por la compasión, me desperté. La amante del rey significaba la lealtad y yo, tentado por ella, estaba un tanto inquieto, pero por esta parte no me vendrá ningún daño. El rey significaba el trabajo y por eso, vuelto a la práctica habitual de la medicina, me veré forzado a soportar cuanto me ocurra, pero seré aceptado en esta situación y llevaré una vida suficientemente honrosa. Esto es lo que indicaba el segundo sueño, según un intérprete de gran prestigio. Serán pocos mis pacientes ocasionales (de hecho en el sueño estaba consagrado al rey) y acudirán muchos plebeyos a los que no podre visitar. Es también evidente que todo esto ocurrirá dentro de dos años. Mientras tanto viviré y estaré bien. Si practico la medicina sin interrupción, del sueño se deduce que el primer evento ocurrirá en el año 1563.
El día 17 de febrero del año 1539 soñé que estaba en la cuna pontificia, a quien presentaron dos lobos del país. El más pequeño se acercó a mí. Como estaba desarmado, lo agarré por la boca, se la separé y él se marchó, cansado. Pero a continuación me atacó el mayor; yo lo degollé con una pequeña espada, que en el sueño tenía. Atendido lo que significan los lobos, el sueño daba a entender que en aquel mismo año vencería a dos adversarios: a uno, el más viejo, lo rechazaría por la fuerza; al otro, el médico Bernabove Cruce, las apremiantes súplicas de los amigos, le tomarían inofensivo. Y así sucedió al pie de la letra.
El año 1536, cuando todavía me perseguía con su hostilidad el Colegio de médicos, ejercí durante el verano la medicina en casa del Conde (dignidad del gobierno longobardo) Camilo Borromeo. Tras haber realizado allí muchas curaciones con éxito, y visto que no me pagaban y que yo era pobre, determiné abandonar aquella ocupación. Así lo hice. Pero ocurrió que a los pocos días (ésta es la fuerza del Destino), pasé a caballo ante la casa. Su esposa, de nombre Corona, de la familia de los Samalios, estaba, contra su costumbre, delante de la puerta. No hacía tal cosa más de dos o tres veces al año. Cuando me vio, pasando por alto que yo me había despedido, me llamó para atender a una criada enferma. Entré de mala gana y la enferma, para suerte mía, sanó al día siguiente. Yo había decidido no volver más.
Al otro día, o como mucho tres días más tarde, veo al amanecer, en sueños, una enorme serpiente extendida en el suelo cerca de mí. Temía que me devorara. Y aunque estaba quieta y se limitaba a mirarme, tuve tanto miedo y terror que me puse en guardia. Comprendí meridianamente que sobre mi vida pendía una gravísima amenaza y si hubiera advertido que la serpiente era el distintivo de la familia de los Borromeos y que incluso estaba pintada en la pared de la casa y en muchos sitios del interior, habría evitado el peligro. Pero, como ya dije, frecuentemente las cosas que han de suceder se presentan de tal forma que sólo se descubre lo justo para no oponerse a los Hados.
Yo meditaba ansiosamente de dónde me amenazaba el peligro (había comprendido que era una amenaza real, como si ya estuviera dentro de él, por la gran claridad del sueño). Cuando salí a comer y me dirigía a casa, salieron a mi encuentro mi madre y mi esposa, rogándome que fuera lo más rápidamente posible a casa del Conde, pues su hijo de siete años (el único que le había quedado entre los muchos que había tenido) estaba enfermo. Yo empecé a pensar qué decisión tomar, pues ellos, una vez que habían advertido que yo quería dejar el cuidado de su casa, no me darían ni me ofrecerían nada. Recordaba el sueño de la mañana; pero ante las súplicas de aquellas mujeres tan queridas para mí, sin atender a que él tenía entre sus distintivos la serpiente, ni a la pintura de la casa, voy allá. Advierto que el muchacho tenía, a mi parecer, una fiebre ligera. Pero a la cuarta pulsación compruebo que el pulso se había parado enteramente, y deduje, por las subsiguientes exploraciones, que le aquejaba un mal grave. No sospechaba, sin embargo, que le amenazara una muerte segura, pues todavía no habían sido traducidos al latín los libros de Galeno sobre las pulsaciones, ni yo había progresado entonces tanto que fuera capaz de descifrarlas. Entre tanto, la enfermedad seguía su curso, agravándose cada vez más, hasta el tercer día. Cuando la madre me preguntaba por su hijo, yo, sin ánimo de engañarla, le respondía que me parecía que tenía una fiebre ligera y que la enfermedad no era grave, pero que, a partir de la cuarta exploración del pulso, éste se había detenido definitivamente en el carpo, lo que me tenía suspenso y me hacía sospechar que algo se ocultaba. Como ella me preguntara muy a menudo qué podría encubrirse en esto le respondí que lo ignoraba (respuesta ingenua, aunque poco prudente, pero fue la única que se me ocurrió, confesando de este modo mi propia impericia).
Así, pues, al tercer día por la mañana, llamado por la madre y advirtiendo también por mí mismo la evidentísima presencia de gusanos, y sobre todo por el aliento, escribo la receta de un medicamento en verdad muy comprobado, y que me ha proporcionado mucha fama, porque ha devuelto la salud a muchos niños en la localidad de Sacco. Ya tenía el criado la receta en las manos y estaba a punto de ir al boticario cuando (digo la verdad), me asaltó cierta preocupación y me dije a mí mismo: ¿Y si este síntoma del pulso fuera señal de muerte, y mis émulos dijeran que ha muerto por el veneno de la medicina? Esta gente ha demostrado que me aprecian poco; yo soy pobre, estoy mal visto por el Colegio de médicos; sufro mucho por la envidia; no me apoya ningún pariente. A pesar de todo, yo perseveraba en mi propósito, hasta tal punto aquel medicamento había consolidado, para desgracia mía, la total confianza que tenía en él. Nada hay dichoso que le pueda ocurrir al hombre que no pueda tomarse en su infortunio por alguna imprudencia o mala suerte. Una medicina tan saludable para los enfermos, que me había proporcionado tanta fama, ¡qué poco faltó para que fuera ocasión de mi ruina! Acordándome del sueño, dije: En verdad, tu vida va a correr un grave peligro. ¿Y si este niño muere por haberle administrado esta medicina? Nunca te enfrentarás a una situación tan peligrosa como ésta. Tienes que evitarla. Dando vueltas a estos pensamientos, como fulminado por un rayo, hago volver al criado. Le digo que falta algo; recojo la receta y la escondo. Escribo otra. Redacto un medicamento a base de cáscara de arroz, esmeralda, espuela de caballero y perlas; al atardecer lo traen. Vuelvo y me encuentro con que tres de los principales médicos de la ciudad le habían hecho vomitar el medicamento y reprochaban al padre del niño que, dejando aparte a tan famosos amigos, se fiara de mis servicios, de mí, que era un inexperto en medicina. Y añaden que el muchacho estaba en una situación muy crítica. Pero tras haber analizado diligentemente la receta que yo había prescrito, concluyeron que era buena y ordenaron que se le administrara de nuevo. Esto sólo me favoreció a mí, pues la mañana siguiente, antes del amanecer, me mandaron llamar: le había sobrevenido al niño una fuerte convulsión, de la que murió a las siete horas. El padre ordenó que no me ausentara. Yo obedecí, más por miedo que por voluntad, y para no despertar sospechas acerca de mi equivocación.
Muerto el niño, yo quería marcharme, pero no podía. El padre me suplicaba que le diera una oportunidad de ver a su hijo, pues los amigos lo mantenían alejado de él a la fuerza. Finalmente, con ayuda de las mujeres, pude ausentarse sin daño y sin deshonor, pues ya con anterioridad había curado al padre de muchas enfermedades, y en particular de una que a juicio de otros médicos era incurable. Pero si le hubiera dado el primer medicamento y no hubiera obedecido al sueño, sin duda alguna habría perecido. A pesar de esto, el padre, sin tener en cuenta mis anteriores servicios y mostrándose implacable por algún daño impreciso, me difamaba por doquier entre la nobleza. A cualquiera se le alcanza cuánto me perjudicó en el ejercicio del arte de la medicina, tanto en mi fama como en mis ganancias. Pues mientras él estuvo en vida (y vivió, después de este suceso, unos doce años) toda la nobleza me rehuía como a un demente y sólo por esto me odiaba más que a una serpiente. Pero como más tarde se puso de manifiesto, no por eso viví desalentado; al contrario (como ya he dicho en mi segundo libro de las fábulas), seré tenido por hombre famoso e importante por todas las generaciones. Sin este suceso, en efecto, no me habría volcado enteramente en los estudios, aunque hubiera querido, ni hubiera podido, sin este sueño, evitar la muerte. Solamente por este sueño he escrito el presente libro, pues entiendo que sería cosa indigna no consignar aquí lo que ha sido el motivo que me ha impulsado a escribirlo. Por tanto, aun en el caso de que la interpretación de los sueños no hubiera producido ningún otro provecho, ¿no es bastante que yo deba a este sueño los veinticinco años que ya he vivido, y los que aún he de vivir, los hijos engendrados, tantos libros escritos y fama tan duradera?
Una noche soñé conmigo mismo y con otro Gerolamo Cardano, también médico (su tío y mi padre eran hijos de dos hermanos). Vestíamos los dos jubón de seda púrpura y ropa con pliegues, pero sobre la mía llevaba cosido otro manto de lana vulgar y color ceniza. Esto significaba que los dos entraríamos en el Colegio, que llegaríamos a la vejez y acumularíamos riquezas (aunque no muy grandes); con todo, a mí me alcanzarían hartas desdichas. El color de la ceniza es, en efecto, el color de la pobreza y de la desventura. Y todo ocurrió así, y con más exactitud de la que yo habría deseado.
La noche siguiente al domingo 25 de agosto de 1561, más o menos a la salida del Sol, soñé que una mujer castraba perras en casa de un herrero que me parecía conocido, aunque por el momento no caía en la cuenta. Luego otra mujer la castraba y las dos pertenecían al mismo dueño. La mujer castrada concibió, pero abortó. Fue castrada del lado izquierdo a la luz de una lámpara y bajo mis propios ojos; no me pareció que la otra le hiciera una incisión profunda, sino más bien superficial. Me pareció también un tanto obesa, lo que me asombró, porque tenía la cara macilenta. Pero la mujer no extraía los ovarios. Le dije, pues: «¿Por qué no extraes los ovarios?». Y ella respondió: «Con esto es suficiente, verás que nunca podrá engendrar, porque del lado derecho no ha llevado nunca a término la concepción, sólo lo ha intentado». El arte del herrero significa estrépitos y sediciones en la casa, castrar quiere decir cercenar el placer, como se ha visto antes. La mujer significa un hombre de perversas costumbres, como se ha dicho en el libro tercero.
Algo después soñé con un ramo de ciruelo silvestre traído de la India (allí se le considera masculino, mientras que en latín es femenino). Estaba en flor y tenía hojas muy parecidas a las del visco. Les dije: «Plantad este ramo, pues de lo contrario morirá». Pero, en vez de plantarlo, lo que pensaban era comerse el fruto. Esperaban ver brotar las yemas con sólo sembrar el hueso. En cambio, se decían, si plantamos el ramo se morirá. Yo respondí que la época propicia es el mes de diciembre, durante el cual, y a pesar del frío, la tierra genera. Me pareció que los convencía, pero no vi que plantaran el ramo. Este sueño significa que había enseñado algo de cierta utilidad al prefecto de la ciudad del que por entonces me cuidaba, pero que él no lo tuvo en cuenta. Le había expuesto una razón a la que él, aunque dando la impresión de estar convencido, no había hecho caso. Y por esto (pues nadie siente Los males que no son suyos), irritado conmigo no me dio permiso para partir. Este sueño es, al mismo tiempo, mezcla de recuerdos del pasado y causa eficiente, según determinadas reglas. Aquel mismo día aconteció lo que el sueño anunciaba, y todos los restantes detalles se cumplieron dentro de las dos semanas siguientes. Los ciruelos (en latín, pruni), indican, ya en razón de su mismo
nombre [53] pruna , carbones encendidos, es decir, ardor y espíritu vehemente. La palabra ciruelo, en mi lengua materna, indica tanto el árbol como el fruto y también una herida grave, es decir, daño. Dado que se trataba de un ramo que todavía no había dado frutos, significaba el peligro, prolongado en el tiempo, de muchas deshonras y desgracias. Pero nada de esto se cumpliría, porque el ramo no tenía raíces. El hecho de que sea del género masculino señala quedos daños serán más graves.
Pocos días después soñé que estaba con dos compañeros en una casa que no conocía. De hecho conozco a sus moradores, pero en el sueño me resultaban desconocidos. Mientras nos hallábamos en la habitación superior (mis compañeros eran jóvenes elegantes, aunque no de costumbres intachables, y uno de ellos sólo llevaba un jubón de lana), llegó el dueño de la casa, también él un hombre joven que, al parecer, sabía que su mujer, asimismo joven pero no tanto, estaba con nosotros. Cuando entró, yo y el que llevaba manto estábamos descansando, mientras que el otro se levantó y desde una altísima ventana se precipitó hacia el lugar por donde había entrado. El dueño de la casa corrió tras él, por las escaleras, espada en mano. Entonces yo, pensando que mi compañero, aunque no se había arrojado de un salto, sino que había bajado y rodeado luego la casa, estaría completamente molido, abandoné también el lugar. Dos días más tarde me encontré con él, montado a caballo. Le pregunté por qué no parecía estar contento y por qué paseaba solo, cosa que me asombraba. Me contestó que hasta entonces nunca había tenido miedo. Cuando salió fuera de la habitación se había caído, pero pudo mantener el control de la caída de modo que no se hizo demasiado daño y todo se redujo a una ligera herida en el pie. Pero me maravillaba que su mujer le riñera por tal motivo y me pareció que temía por él. Esto significa para mí un mal atroz, que intentaré evitar aunque sea a costa de un mal peor, no sin admiración de todos.
Antes de venirme a Milán soñé que durante dos días caminaba sobre lechos en la curia con gran fatiga y dificultad. Estaba allí para reclamar un dinero que me habían prometido. El sueño significaba que lo que había pensado que sería cosa fácil resultaría dificilísimo. Ojalá todos los sueños fueran tan claros. No necesitaríamos estos libros.
La noche anterior al día de mi aniversario, el 24 de septiembre del año 1561, el menor de mis hijos, y el único que me sobrevive, vio durante el descanso que hacía una torta con manteca, que se convirtió en mármol. Él mismo mandó que la llevaran desde el templo que está muy cerca de nuestra vivienda al templo de san Miguel, que está frente por frente de la casa y también bastante cerca. Este sueño habría pronosticado la muerte de mi hijo si él no hubiera colaborado, pues el mármol no puede ser consumido. Colaboró cuando la hizo llevar a un templo en el que, aunque cerca de casa, no solemos sepultar a nuestros antepasados. De modo que hay que inclinarse a pensar que el sueño significa que la realidad se le iría tomando cada vez más dura. El resto no vale la pena interpretarlo.
Ayudará a entender esta interpretación un sueño que tuve aquella misma noche o, por mejor decir, ya avanzado el día. Vi que en el portal de una casa, que en el sueño me resultaba conocida, entraba una gran perla, del tamaño de un zapato y rodeada de una especie de moldura verde, muy trasparente, como el cristal; pero por la parte trasparente no estaba rodeada del color verde. Impulsado por la ilusión de una gran riqueza volví al lugar para ver si había quedado allí algún otro objeto, y encontré una preciosísima sandalia de mujer, cuya suela y tacón estaban hechos de la misma piedra. Yo me hacía esta reflexión: Este hallazgo en poco difiere de un robo; y si no fuera porque llevo en las manos la eumetris (que, cuando la tengo conmigo, me produce sueños variados, gratos y felices y, aunque me despierte tres veces en una noche, tengo otros tantos sueños) diría que este sueño, unido al anterior, pronostica unas bodas espléndidas para mi hijo, que mi esposa concebirá y que el feto no sobrevivirá. Es evidente que desde que llevo esta piedra todos mis sueños son inútiles, pero no me desprendo de ella porque los sueños que me proporciona son felices. Resulta así agradable vivir largo tiempo, pues durante el sueño disfrutas de dicha y con las visiones alegres del sueño recuperas casi la mitad del resto de la vida, que después nos es arrebatada. Y la llevo también por un augurio, puesto que la piedra precioso eumetris, que significa bien proporcionada, la elegí al azar, ya que no recordaba ni su nombre ni su etimología: la recibí como un augurio. También puede ser, teniendo en cuenta el carácter de mi hijo, que sea un sueño vacío y que no signifique nada digno de atención.
El 13 de noviembre del año 1561 soñé que encontraba seis coronas de oro en un hueco de la pared, bastante ancho y profundo. Y poco después otras cuatro de doble peso. Y, en fin, cuatro manillas de oro pesadas, con dardos de un palmo de longitud. Las manillas eran redondas, en forma de anillo y era difícil esconderlas, porque estaban unidas por las puntas y esto me disgustaba y temía ser descubierto. Finalmente, conseguí ocultarlo y conservarlo todo. Por aquellos días se había marchado de mi casa un joven muy agradable, cuya compañía me deleitaba no poco en medio de tantas adversidades, pues además de ser de ánimo alegre se distinguía por su lealtad. Se había visto obligado a marcharse por culpa de un pérfido criado, pero cuando un alumno suyo se enteró me suplicó que le dejara volver. Era, pues, el día en que había prometido que regresaría. He añadido esta información para que los lectores comprendan el papel que desempeñan las preocupaciones, las ansiedades, los obstáculos. Habría sido más claro por medio de un ídolo que no a través del oro, con su significado oculto, pero por aquel entonces mi espíritu, embarazado por difíciles negocios, no comprendió el sueño de esta manera. Ahora bien, como en este sueño todo remite al oro, conviene tener en cuenta sus múltiples significados: grandes preocupaciones, inquietudes a causa de su precio, impedimentos derivados de su peso y tristeza debido a su pálido resplandor. El joven regresó aquel día, tal como señalaba el sueño. Tras una larga conversación, se quedó conmigo. Así, pues, las seis primeras coronas significaban los seis primeros días. El joven regresó un lunes, y el sábado siguiente partió mi único hijo, de modo que renacieron las preocupaciones, ahora mucho mayores. Aquellas puntas significaban dolores; y, en efecto, a
los pocos días murió un alumno queridísimo, Guglielmo Cattaneo[54], a quien había mandado llamar de Inglaterra. Aquel asunto supuso la pérdida de cerca de cuarenta coronas de oro, más otras veinte la marcha del hijo, y cuando falta el dinero las molestias se multiplican hasta el infinito. Se trataba, pues, de un sueño mixto, aunque parecía simple. He querido describirlo para que comprendas cómo las cosas de poca importancia se mezclan con las más graves de modo que se presentan bajo un solo sueño, pero referido a muchas cosas.
La noche siguiente a la partida de mi hijo tuve un sueño horrible, pero que me pareció muy claro, del que deduje que volvería de nuevo bajo mi autoridad, ya famoso y con mejor disposición de ánimo. Pero no acertaría a retenerlo a mi lado con seguridad, a causa de mis flaquezas. Este sueño estuvo en desacuerdo total con mis suposiciones; ahora bien, si lo que ocurrió no debía ocurrir, no se habría producido el sueño, ya que los sueños no tienen lugar simplemente a causa de las imágenes que aparecen, sino que se nos ofrecen para mostrarnos sucesos futuros. ¿Quién no verá el poder de los sueños? Pues si mi hijo hubiera retornado empujado por el recuerdo o por el afecto que me tenía, el suceso sólo podía estar significado a través del hijo, y no a través de ninguna otra cosa.
Quiero finalmente expresar el gran placer que me proporcionaron tres libros que me fueron mostrados en los sueños. El primero es el tratado De subtilitate, el segundo el Micropresbycon. Ya me he referido a ellos profusamente en otros lugares. El tercero se me presentaba con frecuencia; veía sus grandes dimensiones, pero al buscarlo en la tienda del librero, donde lo había visto, no lo encontraba. Deduje que lo había vendido; se me había olvidado leer el título, pero veía que trataba de todo. Me dominaba un deseo tan grande de tenerlo que, aun despierto, no encontraba sosiego. Me preguntaba a mí mismo qué tipo de libro sería aquél. Finalmente, leyendo por casualidad, el día 1 de enero de 1562 si no me equivoco, el libro X de Celio Calcagnini, que había comprado hacía tiempo, comprendí que el sueño me indicaba que el libro no estaba en la tienda, sino que lo tenía yo. Me dirás: ¿Tan importante es el libro? De ninguna manera: los temas son ciertamente hermosísimos, pero el contenido no responde a lo que promete el título. Se diferencia muy poco de una sencilla gramática; puedes ver las razones en el libro primero. Quizá, además, en este libro, así como en el Micropresbycon, se encierre algún secreto fatal para mí. Lo único cierto es que quise evitar, por vergüenza, cosas sin importancia que, a veces, por algún motivo desconocido e incierto, manifiesto en el sueño con gran vehemencia. No obstante, en estos últimos días el libro me ha sido de gran utilidad.
Me queda por explicar algo que hace extremadamente difícil la interpretación de los sueños. Me refiero a uno famoso que tuve el 9 de febrero de 1562. Se trata aquí de distinguir entre el elemento anamnésico y las visiones. De hecho, no hay nada que más estorbe la interpretación y más falaz haga esta disciplina que la mezcla de estos dos elementos, cosa, por otro lado, frecuentísima, que (como acabo de decir) constituye un gran estorbo para la interpretación y la predicción. En realidad, son poquísimos los sueños en los que no se dé alguna mezcla de elementos procedentes de recuerdos del pasado que contaminan todo el sueño. De este modo, no sólo se altera el método de la predicción, sino que los hombres, al ver que una parte de los sueños se compone de memorias pretéritas y que en algunos es una parte importante, si no la más señalada de todas, acaban por creer que es el elemento anamnésico el que constituye la totalidad de la materia de los sueños.
Soñé, pues, lo siguiente: convencido por un joyero a quien no conocía en el sueño, entregué a mercaderes españoles todos los anillos que poseía, menos dos, uno que solía llevar siempre conmigo, de amatista, y otro con una gema rosa y oblonga de escaso valor según me parecía en el sueño {aunque de hecho no tengo ningún anillo así, ni parecido). Pero el joyero ni rendía cuentas ni me daba el dinero, aunque afirmaba que dos días antes había vendido y entregado mis joyas. Y me describía la modalidad de la venta que, según él, era ventajosa y se había concluido en buenas condiciones. Las condiciones eran que yo recibiría el montante al cabo de dos años y que los mercaderes se habían obligado a pagar en oro, aunque sin un compromiso por escrito. Alababa y ponía por las nubes el precio del oro que había conseguido y consideraba que el negocio era óptimo. De los dos compradores, uno era traficante en seda y del otro no recordaba a qué se dedicaba, ni yo lo sabía en el sueño.
Y como yo me lamentaba de haber vendido mis joyas a personas desconocidas y tan pobres que tenían que endeudarse para poder pagar, él me replicaba que el tejedor era riquísimo. Cuando después me dijo que el comprador pagaría en oro, me informé del valor de mis piedras preciosas. El me decía lo que vahan. Pero yo le replicaba que yo había vendido algunas gemas a un valor superior al que tenían, entre otras una piedra de luna en quince coronas de oro, mientras que el joyero aseguraba que había sido tasada sólo en tres. «¿Qué importa —me decía— que hayas querido venderlas a un precio más elevado? Debes estar contento si el comprador te da el precio correspondiente a su valor». Pero me molestaba haber concluido la venta con personas desconocidas y sin una garantía por escrito y, además, a mercaderes que vivían tan lejos. Pues si no mantenían el acuerdo, me vería en la necesidad de entablar un pleito en España, abandonando cualquier otra ocupación, o resignarme a dar por perdidos todos mis bienes y mis ganancias. Me arrepentía, pues, de haberme desprendido de tantas piedras preciosas raras, acumuladas a lo largo del curso de mi vida, y todo por una módica ganancia y, además, insegura. Y aunque me pagaran, los beneficios acumulados serían de escasa cuantía comparados con las sumas que tuve que desembolsar para adquirirlas. Le acusaba, pues, de haberme inducido con su intervención a un grave error. Y él, para defenderse, me replicaba que no me había obligado, sino simplemente aconsejado, porque en definitiva la decisión última era mía. La única cosa que me consolaba era la idea de que no se hubiera llevado a cabo la venta y, lleno de esperanza, me decía que abriendo mi cofre encontraría las piedras, pues no recordaba haber sacado de él los anillos. Pero él insistía en que se los había dado y que, por tanto, ya no los tenía yo. Le pregunté entonces cómo se llamaba. Se quedó un poco en
suspenso y luego dijo de mala gana: «Me llamo Stefano»[55]. Le pregunté a continuación su apellido, y le costó más aún decirlo. Al final pronunció la palabra «Metz», una ciudad que poco antes había sido duramente asediada por el emperador, pero que no pudo conquistar debido a la enérgica defensa del rey de los franceses. Seguí preguntando dónde vivía en Milán, pues en el sueño me parecía que estaba allí. Respondió que no tenía domicilio fijo, sino que viajaba de una parte a otra, y añadió que había ido a vivir a un barrio donde había un monasterio de monjas, cuyo nombre me dijo. Pero yo no lo recordaba. Me informó además de que podría dar con él siempre que quisiera en la calle de los joyeros. A sus respuestas, mientras que por un lado pensaba que las cosas eran como él las decía, por otro lado me consolaba bastante creyendo que las gemas seguían en mi poder. Mientras tanto, soñaba que en el piso superior de la casa tenía camas, con un gallito atado a un elefante y otra fiera noble de piel con manchas como las panteras. No recuerdo cómo era ni cómo se llamaba, pero me mantenía a distancia y no me fiaba. Cuanto al elefante, descubrí que era manso si le daba pan y esto me produjo gran contento. A la salida del Sol los dos animales eran alimentadas por Geronima, una vieja criada que ya se había marchado. El día anterior, durante la cena, la conversación giró en torno a las joyas, de modo que toda la materia del sueño era anamnésica. Esto significa que durante algún tiempo estaré a punto de volverme loco esperando enriquecerme; la esperanza es concreta, pero rodeada de peligros y obstáculos, sobre todo si se trata de libros preciosos: ellos son, en efecto, las gemas, mientras que el oro de los anillos representa una ganancia de la que te arrepentirás, sobre todo porque la recompensa no es segura. Como mantenía viva la esperanza, dependerá de mí renunciar a aquel negocio y conservar mis anillos. Es, en efecto, evidente, que será mi voluntad la que determine de qué intento apartarme en el sueño. El significado de las fieras quedaba aclarado a través de la presencia de la vieja criada. Como eran jóvenes, los animales señalaban dos adolescentes, el elefante el hijo, la fiera un joven versátil, famoso por la elegancia de sus estudios y por sus conocimientos musicales. Todos los aspectos de esta historia significan el nombre y el apellido de un príncipe. Le serviré, pues, y seré recompensado, aunque ahora no tenga nada.