El libro de los sueños
Libro II: De las Características Propias de los Sueños
LIBRO II
DE LAS CARACTERÍSTICAS PROPIAS
DE LOS SUEÑOS
I
De cómo se distinguen los sueños según sus diferencias
No debe admitirse, en contra de lo que muchos creen, que del estudio de los sueños pueda extraerse —como ocurre con la geometría, la medicina o la arquitectura— una teoría que lleve al hombre al conocimiento perfecto, exacto y específico de su objeto. No lo permite, en primer lugar, la naturaleza misma del destino. Las cosas futuras son verdaderamente futuras, y si tuviéramos conocimiento perfecto de ellas antes de su realización nos hallaríamos ante la siguiente disyuntiva: que las dichas cosas futuras previstas no acontezcan o que nuestra voluntad no sea libre; y las dos posiciones son absurdas. No puede ocurrir, en efecto, que el futuro no sea futuro, ni tampoco que no ea libre lo que lo es. Vemos, además, que todas las ciencias que ilustran sobre el futuro, como la astrología, la fisiognómica, la metoposcopia, la quiromancia, no llegan a una verdad absoluta ni tienen la capacidad de definir sus objetos concretos al modo como lo hacen las ciencias naturales o las artes. Las ciencias adivinatorias se mantienen en niveles genéricos y no avanzan más por la simple razón de que no pueden hacerlo. Aunque es verdad, en efecto, que Venus promete fortuna benigna y que Mercurio es fuente de estudios y de sabiduría, son innumerables las clases de estudio y de buena fortuna. Y si Marte, unido a Júpiter, significa la medicina, para poder llegar a la definición específica de lo que se busca quedan aún por conocer diferencias poco menos que infinitas: el tipo de medicina, la ciudad en que se practica, bajo qué príncipe, en qué rama o especialidad, cuándo, a qué precio, etc., etc.
Pero hay todavía un tercer obstáculo, de más entidad que estos dos, a saber, la naturaleza misma del alma y el número infinito de las visiones posibles. Son, en efecto, infinitas las cosas que aparecen o pueden aparecer, y ¿cómo encerrar lo que es infinito en una obra, por muy voluminosa que sea? De todas formas, el alma es finita cuanto a su ser en acto, como cualquier otra naturaleza, excepto la divina. Yerra aquí del todo en todo Cicerón cuando
insiste en el gran poder de la memoria[1], recordando la de Hortensio (de quien se dice que fue fortísimo en esta materia), la suya personal, cuando recitaba la segunda Filípica, la de Ciro, que recordaba el nombre de todos los
soldados de su ejército (y eran casi doscientos mil), la de Mitrídates[2], de ser cierto que conocía la lengua de los veintidós pueblos que componían su imperio; o, en fin, la de Cineas, que de un día para otro reconocía a los senadores y aprendía saludarlos por su nombre, y hacía lo mismo con los más distinguidos del orden ecuestre. Ni tan siquiera la memoria de Séneca, que era capaz, según él mismo declara, de aprender y recitar, en una edad ya avanzada, hasta dos mil nombres, es argumento a favor de la inmortalidad del alma y de su naturaleza infinita, o al menos no lo es más que en el caso de
Corvino Mesala[3], de quien se dice que se había olvidado hasta de su propio nombre. Nada, en efecto, que sea común a los mortales, por muy extraordinario que parezca, puede convertirse en argumento a favor de la naturaleza infinita e inmortal del alma. Estamos tan alejados de lo excelso como de lo infinito; puedes tener la vista de un lince o ser tan sabio como Aristóteles, pero esto dista tanto del infinito cuanto pueda estarlo la cosa más lejana. El único argumento a favor de una naturaleza infinita es que sea capaz de dar vida a toda cosa, como la memoria platónica, la potencia absoluta o la materia prima. Por tanto, nada de lo que podamos contemplar y exaltar es inmortal. La inmortalidad suele ocultarse en las cosas más viles. El alma del vil escarabajo dura eternamente, mientras que la belleza del arte de Fidias o de Apeles desaparece con presteza. En estas cosas podemos vislumbrar la inmortalidad o la infinitud en potencia, pero no en acto. En otro lugar analizaremos si existen seres o poderes vivientes capaces de conocer el infinito en acto y cuáles son las cosas que los diferencian de nosotros y de Dios.
A este propósito, es preciso recordar que ningún ser viviente se conoce a sí mismo, salvo Dios. Los seres vivientes se conocen a sí mismos en Dios, del mismo modo que los hombres y las almas se reflejan en las acciones. De donde se deduce que todo cuanto actúa salvo Dios actúa según su naturaleza y no según el modo de una mente artífice. En resumen: los elementos se mueven y conocen sus metas, pero ignoran cómo se mueven. Las plantas se nutren, crecen, producen flores y frutos, pero no saben cómo lo hacen; los animales mueven los miembros de manera adecuada, sin reflexionar sobre ello, como nosotros mismos podemos experimentar. Ni siquiera Galeno, con toda su anatomía, es capaz de dirigir un músculo para mover un dedo hacia adelante o hacia atrás. El dedo se mueve según la voluntad, el músculo según la naturaleza. Son, pues, las obras del cielo las que gobiernan nuestras vidas, como las de todos los demás seres vivientes, sin que sepamos cómo acontece. Por donde se advierte que el conocimiento procede de Dios, sin que los seres vivientes a quienes les llega comprendan cómo lo reciben. Pero ¿hay en ellos, como en los ángeles y en los hombres, una mente? La hay, sin duda, pero no es ella la que rige sus cuerpos. Estos seres vivientes dominan su cuerpo según la naturaleza, mientras que a la comprensión se llega por medio de la mente.
Del mismo modo que damos a los perros comida ya preparada para ellos, sin que sepan cómo se la hemos preparado, así se le muestran al alma silente todas las cosas futuras, pero sólo raras, muy raras veces, las percibe, porque se ve estorbada por la comida, ofuscada por los humores, impedida por las preocupaciones o porque está turbada por el movimiento incontrolado de las cosas sensibles. Son, pues, infinitos por su propia naturaleza no sólo los sueños, sino también los tratados que se proponen estudiarlos. Todo aquello que toma como objeto de su examen una realidad concreta debe ser finito, mientras que el tratado de los sueños no podrá, por pura lógica, conducir a nada definitivo ni se le podrá circunscribir ni dar por concluido de una vez por todas. Por este motivo, resulta inevitable que la ciencia de los sueños sea una materia de suma dificultad: es ardua porque su misión consiste en intentar contener en lo finito realidades infinitas. Existen varias posibilidades para abarcar bajo un solo principio las cosas infinitas. Por poner un ejemplo, todo cuanto es, ha sido y será se comprende bajo un solo principio, a saber, Dios. Pero no debe pensarse que sea Dios el principio único, ya que para cosas diversas son diversos los principios que tienen un poder infinito, como el hombre para los hombres o la hormiga para las hormigas. Así, pues, dado que todo buen tratado parte de la mente (que tiene un poder infinito como es infinito el número de las cosas), es necesario, para que pueda llegar hasta los objetos de su estudio, que esté predispuesta de tal modo que contenga varios significados bajo una misma palabra. Toda doctrina de esta índole resulta ser de una dificultad extrema. Por esta razón, cuanto más capaz sea un tratado de abarcar una vasta materia, mayores dificultades encierra. A decir verdad, la doctrina que se ocupa de los objetos limitados puede ser fácil y alcanzar la perfección, porque ninguna de nuestras acciones es infinita. Pero dado que puede concederse algo no sólo a los textos, sino también a los lectores y a quienes hacen ambas cosas, es decir, a quienes escriben y leen, en todo tipo de discurso se dan cita varios preceptos. Quien lee, busca, en efecto, la claridad, mientras que la elegancia y el orden en la exposición son necesarios tanto para quien lee como para quien escribe. Y dado que escribir enseña y leer deleita, en todo cuanto se escribe son de prever estas cuatro cualidades: la dificultad, que está condicionada por la infinitud de la materia, la claridad, el
orden de la exposición y la elegancia[4].
De estas cuatro cualidades, sólo la primera se refiere la divinidad, mientras que las restantes no sólo no la conciernen sino que la contradicen. En efecto, desde nuestro punto de vista el orden expositivo se refiere a los elementos que tienen una cantidad determinada, mientras que para Dios afecta a todas las cosas, que son infinitas, y nada de lo que posee una cantidad determinada puede ser infinito. Es difícil contentar a todos. Sólo a los filósofos (y no a todos, sino sólo a los más ilustres) les place lo infinito, porque son los únicos capaces de comprenderlo, mientras que los demás lo odian, porque se opone a la claridad. Por el lado contrario, una exposición clara de lo que es objeto de especulación es aborrecida por los filósofos auténticos, porque está alejada de la divinidad, es absurda y carece de fuerza intrínseca. Los retóricos, por su parte, exaltan todo lo que es espléndido, claramente perceptible y bien estructurado, y se desentienden de la fuerza argumentativa que los latinos llamamos demostración y los griegos ἀπόδειξις y que los filósofos buscan por encima de cualquier otra consideración. Por eso, no es en absoluto digno de fe cuanto ha escrito Cicerón sobre temas tales como el arte de la adivinación, porque daba la misma importancia a la profundidad intelectual de una doctrina que a la claridad y la elegancia de su exposición. Y no sólo no se trata, como ya he dicho, de una misma cosa, sino que son modos contradictorios entre sí, porque lo que se expone con claridad no puede contener otra tanta sutileza ni otro tanto rigor, mientras que la claridad es justamente el presupuesto del estilo elegante. Así, pues, Cicerón, habituado a engañar a las masas con la fuerza de la persuasión, no se preocupó por demostrar cómo son en realidad las cosas, sino por atraerse a los espíritus hacia su opinión. Y las palabras más elegantes (que abundan en los escritos ciceronianos, porque estaba muy versado en la oratoria) son las peores, muy parecidas al veneno mezclado con miel, porque mientras deleitan con su dulzura engañan, y engañando matan. Es, pues, absolutamente intolerable que Cicerón concluya su De divinatione afirmando que ha disertado sobre estas materias no porque se inclinara personalmente hacia una opinión concreta, sino para dejar en suspenso los juicios y las
interpretaciones[5]. Verdaderamente, ¡qué ilustre filósofo el que en un tratado tan extenso no consigue otra cosa que hacemos sentir inseguros! Habría sido mejor engañar que sembrar dudas. ¿Qué he ganado malgastando tanto tiempo en su estudio, salvo haber perdido las certezas que antes tenía? ¿Vale la pena fatigarse tanto para adquirir ignorancia? Si hubiera sido un verdadero gran filósofo, el único modo de hablar correctamente de estos temas tan relacionados entre sí habría sido deducir toda la materia a través de una cadena de ἀπόδειξις, como hizo Arquímedes en su libro Sobre la esfera y el
cilindro[6].
Así procedía Aristóteles [7]. Nosotros seguimos su método de tomar como punto de partida los primeros principios, aunque en algunos pocos tengamos opiniones diferentes. La verdadera causa del error y del descrédito en que se hundió el arte de la adivinación a través de los sueños se halla en la afirmación de Cicerón de que era incapaz de distinguir a los falsos de los verdaderos. Y si no se lleva a buen puerto esta operación no es posible encontrar en ellos —como ya hemos explicado anteriormente— ninguna causa ni criterio de verdad. Por tanto, en este punto no nos distanciamos
mucho de la opinión ciceroniana[8]. Pues en efecto, si Cicerón hubiera acertado a distinguir los sueños falsos de los verdaderos, habría aceptado también la adivinación a través de los sueños; como no lo consiguió, acabó condenándolos a todos ellos por igual. Pero le oímos disertar sobre el tema con excesiva ambición porque, siguiendo su costumbre, se hacía a sí mismo demasiadas concesiones.
Aduce, en primer lugar, en contra de todo género de adivinación, el siguiente argumento, archiconocido y ya obsoleto: si el futuro está ya decidido por el hado, de nada sirve la adivinación; más aún, el conocimiento anticipado de los males no sería para nosotros otra cosa sino fuente de tormento. Y si no es así, no existe ciencia ninguna de las cosas futuras, porque pueden no acontecer. ¿Qué diría yo, si tuviera que responder al mismo tiempo a las dos objeciones? Podría demostrar, sin engaño alguno, que en ambos casos es útil la ciencia de la adivinación. Recurriendo a un ejemplo, si no está escrito en el destino, pero es necesario que, según unos determinados procedimientos, sea yo llevado a la cárcel, pero gracias a las advertencias recibidas en un sueño puedo evitarlo, ¿no sería un verdadero sofisma, no sería una estupidez negar la utilidad del sueño que me ha advertido? ¿En qué se diferencia este sueño de la advertencia que pueda hacerme una persona que acierta a darme buenos consejos durante la vigilia? ¿Debería contestar a esta persona, si me pide algo, que su advertencia no me ha servido de nada, porque mi encarcelamiento no estaba escrito en el destino? ¡Magnífica respuesta! ¿Qué hizo Cicerón con su Servilia, cuando le advirtió de la conjura? ¿La tuvo por indigna del premio? ¿Por qué gastó tanto dinero en espías, y no sólo en ella? ¿No es mejor ser advertido en sueños que no a través de una prostituta? ¿O de un espía sin escrúpulos? ¿Qué delirio, qué locura es ésta? Contaré a continuación cómo conseguí entrar, gracias a un sueño, en un colegio de médicos, justo cuando ya había perdido todas las esperanzas. ¿Recordaré sólo de pasada el sueño y, una vez cumplido el evento, me mostraré ingrato hacia
Dios, como hizo Cicerón a propósito del sueño de Mario[9]? De momento lo aceptó y lo consideró útil, pero luego, una vez vuelto del destierro, se burló de la providencia divina, no digo de los dioses (lo que habría sido menos impío). Cicerón se parece a esos navegantes facinerosos que, una vez calmada la tempestad, abjuran de los votos hechos a los dioses, aunque su impiedad es asaz menos grave, porque sus votos fueron arrancados por el temor y el peligro. Sólo el más ingrato de los hombres no se mostrará agradecido por los dones gratuitos. He aquí por qué Cicerón no habría merecido, a causa de su ingratitud, recibir más avisos en sueños, aunque los hubiera pedido. ¡Ojalá hubiera podido recibir yo, que sí los agradezco, avisos acerca de lo que habría de ocurrirle a mi hijo! A buen seguro no estaría ahora muerto.
Lo que le pasó a Cicerón, a causa de su vida impía, le aconteció también a
Sócrates[10] gracias a su demonio y para gloria de su nombre. Aquel demonio que le había advertido en situaciones menos graves no consiguió ponerle en guardia ante el inminente peligro de su vida. Pero tal vez —¿cómo negarlo?— tanto en Cicerón como en Sócrates y en mí mismo, la causa haya sido siempre
la misma, es decir, los pecados[11]. Pues, en efecto, aunque advertidos, no nos arrepentimos como habríamos debido. En el caso de Sócrates, aunque no llegó al desprecio, fue presa de las dudas; yo no me mostré agradecido por el
beneficio recibido y Cicerón, a pesar de ser augur[12], despreció la advertencia, porque no sólo se burló del beneficio recibido, sino también de su autor. Y el artífice de los sueños verdaderos es —como ya he dicho— sólo Dios, por su infinita sabiduría. Por eso Moisés enseñó acertadamente que hay un solo y único Dios.
Pero supongamos que todo acontece según el designio del destino. Entonces, dado que está determinado que no debo ser encarcelado, entra en el orden de los sucesos que sea avisado en sueños. Si hubiera podido evadirme por mí mismo, con la sola ayuda de la noche, ¿no tendría que dar las gracias a Dios, que ha predispuesto precisamente aquella noche, aunque de todos modos la noche viene necesariamente? Y ello con mayor razón si se tiene en cuenta que se trata de un beneficio específico, mientras que la noche viene para todos. Y, en fin, ¿por qué, cuando deseamos saber algo, rezamos y hacemos votos y promesas y luego, una vez cumplidos nuestros deseos, los
despreciamos? Querría añadir aquí las palabras que trae Flavio Josefo[13] en su tercer libro de la Guerra de los judíos, que vienen muy a propósito para el asunto de que estamos tratando, aunque no tanto para la persona en cuestión. Cuando Josefa tuvo conocimiento de la actitud hostil y amenazadora del pueblo, recordó los sueños con que Dios había dado a conocer las futuras calamidades de los judíos y lo que les acontecería a los príncipes romanos. Era, en efecto, capaz de interpretar los sueños y sabía extraer conjeturas de lo que la voluntad divina daba a conocer de manera ambigua. Poco después, en una conversación con Vespasiano, le dijo: «Yo había vaticinado que, al cabo de 47 días, Iotapata quedaría destruida y que yo caería vivo en poder de los romanos». Y como Vespasiano admitió la verdad de aquellas afirmaciones, creyó también en la promesa de Josefa que, advertido en sueños, le predijo el imperio. Por eso, Josefa, liberado de las cadenas, llevó una vida feliz y
alcanzó una posición muy elevada junto al emperador[14]. Del mismo modo,
Sila[15], el dictador al que llamaremos afortunado si es que alguien en vida puede ser digno de este nombre, contó a menudo con la ayuda de las advertencias en sueños y les concedía una gran importancia. Lo mismo
Augusto[16] y, ¿hubo alguien más afortunado que él? El propio Sinesio, que alcanzó en esta disciplina las más altas cumbres del saber, afirma haber evitado gracias a ellos los más graves peligros. Y con razón, porque sólo este género de adivinación es (como ya he dicho) espontáneo y enviado por Dios, mientras que de los otros puede decirse que son violentos, porque se esfuerzan por averiguar lo que Dios no quiere dar a conocer. En conclusión, la adivinación a través de los sueños es una especie de don, mientras que los otros tipos de adivinación son arrancados con engaño, arrebatados con injusticia y obstinación o incluso conseguidos con la violencia. Pues reflexiona ahora cuán grande es la diferencia entre los dones, los hurtos y las rapiñas.
Pero Cicerón afirma que los sueños no son enviados por Dios. En primer lugar, porque Dios no se cuida de cosas viles; en segundo lugar, porque tales sueños les acontecen no raras veces a hombres desalmados o a quienes los desprecian y, en fin, porque no se tienen cuando se les necesita. A decir verdad, Dios concede estos sueños con generosidad, sólo que no se sabe de qué modo los manda. Los envía, como el Sol y la lluvia, sobre buenos y malos, sobre agradecidos y desagradecidos, aunque quienes los desprecian acaban pagando las consecuencias. Dios ha dispuesto las cosas de tal modo que los sucesos futuros impriman su imagen en el alma. Pero si alguien, con sus comidas, sus bebidas y sus preocupaciones, impide que su alma los reciba, ¿diremos que Dios le niega este don?
¿No deberá más bien recaer la culpa sobre la persona misma? Y aun en el caso de que Dios se los negara a alguien, ¿qué importancia tendría? Lo que no es debido, puede concedérserlo a quien le place. Y si falta este don en situaciones extremas, como ocurrió en el caso de mi hijo, ¿quién podrá reclamar a Dios? Para empezar, ¿quién puede afirmar que Dios no me ha ofrecido la oportunidad o si más bien la culpa es mía, por no haber sabido aprovecharla? Pero admitamos que Dios no me la ha concedido. ¿Es que puedes airarte contra quien te ha concedido mil dones, sólo porque no te los ha concedido todos? ¡Qué ligereza, cuánta temeridad!
Cicerón formula una tercera objeción, argumentando que las obras de Dios no pueden acontecer en vano, mientras que entre los sueños la mayoría son vacuos y son muy escasos los que aportan una verdadera utilidad. Pero entonces habría que preguntarse también por qué cae tanta lluvia en vano o por qué siempre sale el Sol. El orden divino es de por sí estable y está perfectamente regulado. Muchas cosas perecen en virtud de los cambios y de la inestabilidad de la materia. Pensemos en el gran número de liebres que se matan y cuán pocos leones. Pues con todo, al final siempre hay más liebres que leones. La Providencia divina que gobierna las cosas inmortales es distinta de la que se ocupa de las cosas inferiores. Fue un bien, y casi diríamos que una necesidad, que en las disposiciones del Destino entrase la providencia de los sueños, aunque se pierda una gran parte de sus frutos. De hecho, los libros que hablan de estas materias proporcionan un gran número de ejemplos ilustrativos. Muchos de ellos son atribuidos al arte, a la admiración y a la imagen del culto divino. Un número nada desdeñable de sabios no presta atención a lo que hace el vulgo, que ignora los bienes y es incapaz de soportar los males. Pero ¿cuántas piedras preciosas se ocultan en las entrañas de la tierra? ¿Y cuál es su utilidad, puesto que sólo unas pocas de ellas llegan a manos de los hombres?
Cicerón se pregunta por qué la adivinación no se produce durante la vigilia. Pero, ante todo, ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? ¿Tal vez te concedes el derecho de hacerlo en virtud precisamente de aquella tan extraordinaria facundia que Dios mismo te ha dado? ¿Querrías ser acaso tú, gusano infecto, el juez de sus razones? Si así fuera, todo sería un desbarajuste, un portento. No existiría este orden natural, sino una inútil curiosidad. De todas formas, si lo deseas también puedes tener —mediante la templanza y la continencia— sueños tan claros como si estuvieras despierto. Pero —sigue argumentando Cicerón— ¿por qué es necesario un intérprete? Dios podría mostrarnos todo esto con absoluta claridad. Y así lo hace: somos nosotros quienes, por nuestra deficiencia, enturbiamos los sueños. Todavía otra objeción: los sueños interpretados y los ídolos son de la misma naturaleza. Pero ¿por qué no te preguntas entonces cuántas flores caerán en vano, sin haberse transformado en frutos? ¿Por qué en Italia los sicómoros dan tan inmensa cantidad de flores pero ningún fruto? Me replicarás que se opone a ello la materia. Pues bien, en el caso de los sueños son la materia y las acciones humanas las que crean obstáculos. Añade Cicerón: si todos los sueños proceden de Dios, ¿por qué muchos son falsos? Y si no todos proceden de Dios, ¿por qué los que son divinos se confunden con estas tonterías y estas nieblas? Mi querido ilustre filósofo: dirige los rayos del Sol hacia la tierra y las nieblas se disiparán. ¿Es posible enviar a los mortales desde lo alto alguna cosa que no se mezcle y se confunda con lo que es mortal? ¿Y ya por eso sería mejor que no enviara nada? Continúa Cicerón: ¿de qué manera podemos distinguir los sueños? ¿Como el Sol de las nubes, como la privación de la posesión, como el impedimento de la capacidad y de la acción, como el contrario de su contrario? Y acaba, en fin, por caer en el ridículo cuando dice que Dios revolotea sobre los lechos para infundir sueños a los que están roncando. ¿Quién no advierte que al proceder así no buscaba la verdad, sino el aplauso de los hombres y la fama de sabio? Porque es esto justamente lo que él deseaba obtener y no parece para nada interesado en analizar la posibilidad de adivinación a través de los sueños.
Es, pues, común el modo como se envían los sueños, un modo que nosotros podemos estorbar y que tal vez es la causa misma de su veracidad. Pero como en los mortales nada es común salvo el principio, como el corazón en los animales, ni el hombre nace de cualquier cosa, sino de un hombre y una mujer, ni el grano nace en los pantanos, ni los peces en terreno seco, ni las flores sobre las higueras o las encinas, ni en cualquier estación, así también es necesario que existen y se encuentren en el hombre las causas generales de los
sueños. Ahora bien, se dice que los garamantes[17] nunca sueñan y que hay personas que no han tenido casi nunca sueños verdaderos a lo largo de toda su vida. Aunque es cierto que la moderación y la abstinencia pueden ayudar a
muchos a tener sueños, algunos, aunque sean más continentes que Zenón[18], jamás los tendrán. Más aún, muchos filósofos que no sólo por libre elección, sino también por pobreza, como los sacerdotes de nuestro templo que llamamos capuchinos, observan una continencia extraordinaria en la comida y el sexo, tienen sueños maravillosos, pero muchos de ellos son vanos (aunque no por esta razón). Por tanto, aunque la moderación en las comidas es necesaria para tener sueños, no siempre de la conducta morigerada surgen
sueños y predicciones. No leemos que la Pitonisa[19] fuera especialmente moderada en la comida, sino sólo que era virgen y estaba consagrada al dios. Y así como la sabiduría y la fertilidad no nacen de una abstinencia férrea, sino que son más bien dones innatos de algunos hombres y de algunas naturalezas, a las que, de todas formas, ayudan la continencia y la templanza, otro tanto cabe decir de los sueños. Podemos hablar, pues, de una capacidad general de extraer presagios a partir de los sueños, pero una capacidad que está de todas formas regida por leyes precisas de la naturaleza, como la facultad de procrear, de aprender las letras, de ser dichosos y de llevar una vida agradable y feliz. Sabemos que no todos tienen esta facultad, pero no sabemos quiénes la poseen. No es sólo de los prudentes, de los eruditos o de los inocentes, pero si entre los hombres de esta índole hay alguno que lleva a cabo grandes empresas y disfruta de una felicidad duradera, será él quien tenga estos sueños y quien sepa distiguirlos con acierto. De hecho, no podemos deducir presagios sin haber primero llevado a cabo una selección y, en este campo, el criterio más importante es, precisamente, saber hacer las distinciones adecuadas.
Decíamos que es cosa singular y prueba de la máxima ignorancia que el escrito de Cicerón sea tan desacertado como elegante. Cuando el alma está sostenida por los miembros, por el cuerpo y por los sentidos, todo lo capta, lo piensa y lo percibe con mayor certeza. Cuando, por el contrario, le falta el soporte físico, se abandona a la languidez del cuerpo y actúa sola, se agitan en ella formas y acciones y al soñador le parece oír y ver muchas cosas. Palabras de hermoso efecto y dignas de Cicerón, peto sin ningún sentido para quien sabe algo de filosofía. Hay aquí más errores que afirmaciones, y éstas son casi tantas como las palabras. Esto es lo que les acontece a cuantos tras haber lisonjeado al pueblo y a la chusma se dedican a doctrinas más profundas. Pero ya nos hemos demorado bastante de este tema. Debe insistirse, con todo, en un aspecto: el estudio de Sinesio ha demostrado ser laborioso, magnífico, pero no tan útil, si se le mide por la fatiga que le ha costado. Debemos esforzarnos aún más por llegar a discernir los sueños verídicos de los vanos, al modo como los joyeros saben distinguir a la primera ojeada las piedras preciosas auténticas de las falsas. Una vez alcanzado este objetivo, deberemos pasar a analizar el género, porque la tarea más difícil no es tanto identificar los sueños cuanto más bien saber discernir cuáles son de género divino y cuáles turbulentos.
El género de los sueños verdaderos se da en los hombres superiores, en quienes han alcanzado o alcanzarán una gran fortuna y en el momento de emprender un trabajo. Cuando se acerca la hora del nacimiento de los hijos, sus padres ven en sueños cosas que les atañen. También aparecen sueños verdaderos en horas de grandes preocupaciones y de peligros y, sobre todo, ante la inminencia de la muerte. Así, pues, estos sueños se presentan a veces cuando las preocupaciones nos atormentan y más a menudo aún cuando nos encontramos en graves aprietos; y como no son los peligros los que siguen a los afanes sino a la inversa, los afanes a los peligros, es verosímil que ambos procedan de las mismas causas. Establecido, pues, que no son los afanes la causa de los peligros, sino los peligros la causa de los afanes, quiere decirse que los sueños mismos proceden de disposiciones celestes. Y del mismo modo que para imprimir una figura es necesario que la materia sea sólida (pues de hecho las imágenes no se imprimen bien ni en el agua ni en el fango) y que los golpes sean enérgicos, así también para tener sueños verídicos se requiere que sea enérgico el movimiento celeste y que el alma no esté corrompida, sino que sea ligera y sólida, de modo que pueda recibir bien la impronta de las formas. Pero Cicerón añade: es extraordinario que sólo aquel día, y nunca antes, me aconteció tener un sueño divino, si es que lo fue. La causa es absolutamente clara y se encuentra en la tumultuosa aglomeración de los pensamientos. Lo que Cicerón pretendía en realidad era conocer a todos los ciudadanos de una cierta fama, a sus familias y a sus parientes; quería estar al corriente de sus amistades, de sus odios y de sus causas y, además, de sus propiedades, de sus casas, sus villas, del censo y del dinero de cada una de aquellas personas.
Se había dedicado al estudio no sólo de la retórica, del latín y del griego, sino también de la historia y de la filosofía, y participó, además, en muchos procesos judiciales, defendiendo y atacando con largas arengas las actuaciones de un buen número de ciudadanos. Es, pues, comprensible que, entre tantas imágenes, le quedara poco espacio para los sueños. Sólo soñó cuando el dolor expulsó de su espíritu muchas de ellas: lo que se le apareció en sueños fue la mayor causa de desgracias de su vida, y no fue ciertamente cosa liviana. En definitiva: sólo pudo soñar una vez en su vida, ni una sola más.
Cuatro parecen ser, pues, las causas por las que se tienen sueños verídicos.
Un alma superior y sólida, nítida como un espejo[20] (porque quien tiene tales sueños lo recuerda todo y, de ordinario, está dotado de agudo ingenio). Un movimiento enérgico (en virtud del cual se tienen con mayor frecuencia sueños verídicos cuando nos hallamos en medio de grandes peligros, al principio de grandes empresas, a la espera de cambios de fortuna o en el momento en que está aflorando alguna cosa). Sigue la abstención de estudios (por lo que me concierne, en el año 43 de mi vida creo que no tuve ningún sueño porque por aquella época estuve enteramente concentrado en los estudios). Así, Sócrates sólo pudo tener sueños cuando estaba ocioso o desganado en la cárcel y Sila y César pudieron tener más sueños verdaderos
que Hortensio o Cicerón, o Eudemo[21] más que Aristóteles. La templanza y la continencia son, además, fuentes de todo bien. Se debe, pues, prestar gran atención a lo que dijo Hipócrates: que las cosas que ocurren contra naturam son las más vehementes. Y así, deben ser eficacísimos y absolutamente verídicos los sueños divinos que acaecen cuando no se da ninguna de las cuatro causas mencionadas —por ejemplo, los que se tienen cuando nos cercan múltiples pensamientos, o hemos comido y bebido en abundancia, o nos entregamos a las pasiones y los placeres o los que les sobrevienen a personas no muy destacadas. Cicerón replica a esto con su historia de
Antifonte[22]. A un corredor que había soñado que le llevaban en carro, y a quien otros intérpretes habían vaticinado la victoria, porque en Olimpia a los vencedores se les coronaba y paseaba montados en un carro, Antifonte le dijo: serás vencido por muchos, porque el que va en carro está precedido por cuatro caballos (según los usos de la época). Y refiere otros dos ejemplos de este mismo género. Pero se aferra a este argumento con ánimo tendencioso y no con la mente abierta. De hecho, ser paseado sobre un carro no es la única cosa cierta para el corredor. No deben extraerse interpretaciones a partir de una sola imagen, salvo algún caso aislado, sino que es bueno tener también en cuenta los restantes elementos que componen la imagen onírica.
Debe tenerse presente que son tres los géneros de sueños que parecen enviados por Dios: los significantes, los admonitorios y los engañosos. De los dos primeros tipos se podrán encontrar numerosos ejemplos en el libro cuarto. El sueño engañoso ocurre cuando una persona ve lo contrario de lo que le
acaecerá. Por tanto, no entra en este género el sueño de Amílcar[23], a quien le pareció que cenaba con gente de Siracusa. Así fue, en efecto, pero no en calidad de vencedor, sino de prisionero. Puede citarse como ejemplo de sueño engañoso el del atleta que está a punto de competir en Olimpia y sueña que es coronado, cuando en realidad llega el último a la meta. Esta imagen onírica no es insensata, porque admiramos a los vencedores que son coronados, pero también los admiran los vencidos que, como llegan los últimos, van cediendo el paso a todos los demás. Pero no conozco ningún ejemplo ilustre de este
género de sueños salvo el de Pompeyo[24] cuando perdió la batalla, de Farsalia. La noche anterior había soñado que todo el pueblo de Roma le aplaudía en el teatro y que a continuación adornaba con el botín el templo de Venus. Este sueño debería haber sido presagio de victoria, pero lo cierto es que en aquella batalla Pompeyo no sólo fue derrotado sino que poco después, cuando andaba buscando refugio, fue asesinado a causa de la traición del egipcio Aquiles y toda su estirpe fue exterminada.
Conviene, pues, descubrir la causa de estos sueños y saber reconocerlos. No es verosímil, en efecto, que cuando Dios envía indistintamente y casi secundum naturam sueños de este género a los hombres intente en realidad engañarlos. Esto es evidente sobre todo en el caso de Pompeyo, que no fue forzado a entablar combate por el sueño, sino por la astucia del enemigo y la crueldad de los suyos. Es cierto que tales sueños no engañan sino a quien debe combatir o en una batalla o en un duelo de honor. De hecho, no recuerdo haber leído ni oído hablar de ningún otro a quien le haya pasado algo parecido. Y esto me lleva a pensar que estos sueños ocurren a causa de una excesiva tensión de los espíritus cuando deseamos algo ardientemente. En tales casos, son más fiables los sueños indirectos. Por ejemplo, el sueño de Sila que, cuando estaba a punto de librar una batalla contra el hijo de Mario, soñó que éste aconsejaba a su hijo no entablar el combate al día siguiente, porque sería un jornada infausta para él. Y esto le resultó de mayor utilidad que si hubiera soñado que el padre le exhortaba a combatir, porque este sueño, en su valor admonitorio, le resultó más claro que si hubiera soñado ser llevado en triunfo en un carro; y este segundo sueño habría sido, a su vez, aún menos claro que si hubiera soñado que combatía y se alzaba con la victoria. En realidad, la índole oblicua del sueño es en cierta medida prueba de la presencia de un oráculo divino, mientras que la excesiva transparencia y la claridad permiten sospechar que el sueño sobreviene a causa de la excesiva presión y obstrucción de las imágenes del día anterior. Por tanto, en estos casos es preciso analizar toda la evolución del sueño, los signos y las conjeturas colaterales y, en especial, el ardor del propio espíritu y el de los soldados y los caballos. Pero esto no entra en el arte, que nos señala, en cambio, otro aspecto. Aunque es cierto que el sueño secunda, de manera ambigua, los propios deseos, debe considerarse atentamente si no hay en él algo que pueda de alguna forma tener una indudable referencia al futuro. Por ejemplo, aparecer ensangrentado, o también, cuando el ejército de César estaba hambriento, contemplar a su propio ejército atormentado por el hambre, o que los soldados de César van delante en el cortejo y a continuación vienen los tuyos (en el triunfo los vencidos, encadenados, abrían la marcha) o verse cubiertos de polvo. Pompeyo soñó, como hemos dicho, que adornaba el templo de Venus, pero esto no le anunciaba victoria sino más bien que el resultado de la batalla le sería aciago, porque su enemigo ponía énfasis en afirmar que descendía de Venus. Por todas estas consideraciones, Pompeyo entendió que el sueño era sospechoso. Pero debo añadir que tengo mis dudas respecto a este sueño de Pompeyo narrado por Plutarco, porque estoy seguro de que Cicerón, a quien aquel hecho le afectaba muy de cerca, no lo hubiera echado al olvido, ya que podía aducirlo como nueva prueba de la verdad de sus opiniones. Fuera como fuere, todo cuanto hemos dicho tiene un sólido fundamento.