El libro de los sueños
XIII De los sueños fatales
XIII
De los sueños fatales
Los sueños fatales pertenecen al mismo género que los importantes, pero pueden llegar a significar la muerte y revelan el curso total de la vida, no una sola desgracia o un momento aislado de felicidad. No son tanto señales que empujen a evitar tales sucesos sino más bien prueba de que están a punto de cumplirse. Un sueño es muy importante si es fatal y se extiende hasta la hora extrema y también si, aun no siendo fatal, anuncia un sólo género de males o de bienes, a condición de que alcance hasta el momento de la muerte. Como ya hemos explicado en el libro sobre el modo de obtener utilidad de las circunstancias adversas, hay dos clases de muerte miserable: morir pobre e infeliz sin hijos o con hijos necios; o feliz, pero sin hijos ni nietos, o con hijos y nietos a los que no amas ni sirven para nada. Por tanto, aquel instante que pondrá fin a la felicidad o a la desgracia, en suma, a nuestra condición de seres vivientes, puede o bien sobrellevarse o bien causar gran sufrimiento. Por eso es tan fundamental saber distinguir los sueños fatales y capaces de significar la muerte de aquellos otros que, aun siendo importantes, no pueden referirse al fin de la vida. Y aunque, como he dicho, no se distinguen de los que son importantes en virtud de signos o de causas especiales, y de ordinario acontecen en los mismos momentos, es, con todo, necesario prestar gran atención al decimonoveno, trigesimooctavo y quincuagésimo séptimo cumpleaños, porque en estas fechas particulares existe la posibilidad de trazar paralelos con la vida pasada. Así, por ejemplo, si en el año cuadragésimo segundo de mi vida se me ha asignado un cargo remunerativo y en el cumpleaños sexagésimo segundo, o en el aniversario de la elección, tengo un sueño, será importante, cualquiera que sea. Pero si apenas acabo de cumplir los cincuenta y siete años, el sueño será fatal.
Los sueños fatales son de tres géneros. El primero es el que muestra sólo la muerte, como le sucedió a Filipo, que soñó que moría en una cuadriga, aunque a esta visión se la consideró un oráculo. El segundo muestra el curso de la vida, como cuando el dictador César soñó que yacía con su propia madre: el sueño le anunciaba el dominio sobre la patria. El tercero, que es el
más preciso, muestra ambas cosas, como el de Septimio Severo[40], que vio en sueños tanto que llegaría a ser emperador como el estado de ánimo en que le sorprendería la muerte.
Los sueños fatales pertenecen de ordinario al género de los ídolos, porque nacen de una causa muy potente. Podrás objetar que un sueño de muerte no será fatal a menos que no muestre también la enfermedad que pondrá fin a tu vida. Te responderé que cuando la muerte es vaticinada con mucha antelación y mientras tanto cambia nuestro género de vida, parece ser ya conocido todo lo que ha acontecido en el intermedio y hasta el momento en que la muerte llega. Pues, como dice el poeta: «naciendo morimos y el fin está suspendido del primer instante».
Es diverso el caso en el que alguien, antes de haber sido alcanzado por una enfermedad, comprende de improviso que padecerá una dolencia que le llevará a la muerte: este sueño no parece, en efecto, que preanuncie nada, salvo la enfermedad misma y una vida entre achaques. Se tratará, pues, de un sueño importante, porque vaticina la muerte, pero no de un sueño fatal, porque no muestra el curso de la vida, sino sólo la enfermedad.
Los sueños fatales les vienen a menudo a los padres respecto de sus hijos,
como cuentan de Astiages[41]; pero opino que aquel sueño fue vano y lo mismo parece creer Jenofonte, que pasó por alto un evento tan relevante, porque Ciro recibió el reino de manos de su tío. No obstante, es cierto que, en el nacimiento de los hijos, sus padres tienen sueños fatales que les conciernen.
Así el sueño de Skanderberg[42], rey del Epiro, del que se cuenta que cuando estaba todavía en el claustro materno, su madre soñó que daba a luz una serpiente cuyo cuerpo ocupaba todo el Epiro, la cabeza se extendía hasta Turquía y devoraba a los turcos y la cola llegaba hasta Venecia. Hay otros ejemplos de este mismo tipo, algunos nuestros y otros ajenos. Ricardo el Normando, primer rey de Inglaterra, se vio en un sueño con las venas de los brazos cortadas y derramando sangre. Un tal Solidario soñó que este mismo rey era herido por una estatua de Cristo. Pues bien, cuando contó en público este sueño, uno de los presentes empezó a sollozar; se trataba del mismo que, en el curso de una cacería, y mientras intentaba herir a una fiera, mató por accidente al monarca. Y lo que es aún más notable, no se le impuso al homicida castigo ninguno, para que fuera patente a todos que el rey había muerto por disposición divina.
También a Guillermo 1 su madre (aunque no era la consorte legítima, sino una concubina) le predijo prosperidad. Igualmente Enrique de Inglaterra, el primero de este nombre, fue advertido en sueños para que huyera de las
torturas, y también éste fue un tipo de sueño fatal. A Ricardo III[43], rey del mismo pueblo, un sueño fatal le anunció que tendría una muerte miserable en el tormento.
En general, los sueños fatales revelan el tipo de vida que nos espera; narraré en otro lugar los tres que he tenido, porque no es del caso repetirlos. Son, además, fatales todos los sueños ligados a un evento prodigioso, como le ocurrió a un individuo que soñó que tenía una nuez en la mano y, al despertarse, vio que, en efecto, la tenía. Fue para él un signo de muerte. Fue