El libro de los sueños
XVIII De los ídolos
Contribuyen también a la perfección de los sueños la potencia de la acción divina, un espíritu preparado y fuerte y la ausencia de obstáculos; si se dan esta condiciones, todo sueño perfecto significa necesariamente algo importante. Y aunque algunas cosas tarden en cumplirse, sus inicios serán inmediatos, porque el sueño debe indicar un gran suceso, que se llevará a cabo siguiendo una larga concatenación de hechos. Cuando parece que algunas partes del sueño se cumplen y otras no se requiere una interpretación, pues es indicio de que a partir de aquel momento se registrarán muchos eventos. Añadamos que los viejos y los niños raras veces tienen sueños perfectos.
Algunos sueños se refieren a cosas que sobrepasan la capacidad de la mente humana, como por ejemplo que algo exista y no exista al mismo tiempo. Ya se explicó en el momento oportuno cuáles de estos sueños son perfectos.
XVIII
De los ídolos Los ídolos son sueños que muestran las cosas tal como son. Algunos, sobre todo entre el vulgo, consideran que estos sueños en concreto son divinos o enviados por los demonios. Pero no es ésta la realidad, tal como enseña la ley mosaica. José interpretó las vacas gordas que había visto el faraón en sueños no como vacas, sino como años de cosechas extraordinariamente abundantes. Explicó asimismo los sueños del panadero y de uno de sus compañeros de
forma enigmática y no de forma simple y directa[51]. Los argumentos siguientes pondrán en claro que estos sueños no son enviados ni por Dios ni por los demonios. Si así fuera, serían la causa tanto de las visiones como de los ídolos. Y, ¿por qué tendrían que ocultar lo que desean comunicar? ¿Y por qué, además, tanta ambigüedad? ¿Es que estos seres no pueden comunicar las cosas de manera clara, cuando así lo quieren? Y si son capaces, ¿por qué habrían de preferir rodearnos de imágenes oscuras, como si desearan privarnos de lo que pueden otorgarnos espontáneamente? Además, todos los ídolos están mezclados con las visiones, de modo que no es posible ver un ídolo puro, porque a todos les falta algo, dado que son invertidos y oscuros. Sueño, por ejemplo, que me encuentro con un amigo a quien no he visto hace mucho tiempo (cosa que me ha ocurrido varias veces), y al día siguiente le abrazo tal como lo había imaginado en el sueño; y, además, me lo encuentro en el mismo lugar en que había soñado encontrarle (también esto sucede). Aun así, no habré visto al amigo en el sueño tal como lo veo en la vigilia, porque es seguro que le faltará algo, o le habré visto con otro aspecto, con otra cara, triste en vez de alegre, o a la inversa. Podemos, por tanto, calificar a las imágenes del sueño de invertidas. Hay también algunas (o incluso muchas) cosas que aparecen en el sueño incompletas, defectuosas y oscuras comparadas con su apariencia en la vigilia. Hay mucha diferencia entre los objetos que en el sueño parecen defectuosos y su figura cuando los vemos despiertos. Y hay cosas presentes en la vigilia que no se ven en los sueños, como si no fueran captados ni advertidas. ¿Por qué, pues, si el ídolo es obra de los dioses o de los demonios, no son siempre perfectos y completos? ¿Y cómo es que quienes pueden prever con tantos siglos de anticipación el hundimiento de los imperios, que implica tantas vicisitudes y para lo que son necesarias tantas convulsiones, no son capaces de reconocer cómo va vestido un hombre en una hospedería? Parece, por lo demás, escasamente conveniente que los dioses se preocupen de cómo va vestido mi amigo, si lleva manto largo o corto, blanco o rosa; pero si son ellos los artífices de los ídolos, no sólo deberán tener en cuenta estos detalles, sino que lo deberían significar abiertamente. En fin, y ésta es la prueba más palpable de cuanto vengo diciendo, de ordinario los ídolos se mezclan con las visiones, como ya he demostrado antes con el ejemplo de mi suegro. Que tuviera siete hijos, que muriera y yo le llorara, todos estos elementos configuraban un ídolo perfecto; pero que azotara a los hijos para indicarles que su muerte les hundiría en la miseria y que sería sustituido por un desconocido eran, por el contrario, características vinculadas a las visiones oníricas, no a los ídolos. Es, pues, evidente la mezcla entre estos tipos de sueños. Si ves en un mismo ciruelo ciruelas verdes y amarillas, no por eso piensas que pertenecen a diferentes especies, sino a una sola, puesto que tienen un mismo origen. Y con mayor claridad aún, si observas frutos en parte verdes y en parte amarillos. ¿Cómo puedes entonces imaginar que las visiones y los ídolos no tengan una misma naturaleza y que no se deriven de una misma causa? Por otro lado, la característica determinante de las visiones más verídicas es que están unidas a un ídolo. Hay, además, un modo específico de reconocerlas, a saber, cuando a través del sueño aprendemos algo ignoto. Si soñamos, por ejemplo, con un animal que nunca hemos visto, del que nunca hemos oído hablar ni leído nada sobre él, y en el sueño presenta un determinado modo de actuar y unas características definidas, se trata de una visión digna de fe.
Me dirás que es patente el motivo por el que los sueños no pueden nacer de la divinidad o de los demonios. A saber, del mismo modo que es necio comportarse de otra manera cuando la razón nos enseña a comer pan si tenemos hambre y a beber vivo o agua si tenemos sed —y quienes actúan de otro modo y quieren obtener de Dios, de una forma especial, lo que nos ha enseñado a todos, verán frustradas sus esperanzas y recibirán un castigo—, así también es necio creer que sean Dios o los demonios quienes envían los sueños, cuando todos sus frutos son naturales y se nos ofrecen a todos con amplia generosidad. Algo así como si alguien, en vez de sembrar, estuviera esperando que las semillas le lluevan del cielo. No pretendo con esto negar que algunas veces los ídolos sean, efectivamente, enviados por la divinidad, como las curaciones cuando la medicina es impotente. Un ejemplo: el famoso «Levántate, coge al niño y vete a Egipto». Pero en estos casos se trata de milagros y es, por tanto, materia ajena al estudio del arte, lo mismo que las curaciones y las restantes cosas de este género.
Los ídolos, como he dicho, raras veces son puros, porque están de alguna manera mezclados con las visiones. Esto, por lo demás, es algo que acontece en todas las creaciones de la naturaleza y que es evidente incluso en los metales y en los frutos, que no son enteramente completos y perfectos, sino que tienen siempre alguna parte incompleta o impura. Por ello, si bien la naturaleza intenta siempre hacer perfecto el ídolo y maduro y perfecto el fruto, la materia, defectuosa y refractaria, hace que se añade una parte de la visión incapaz de transformarse en ídolo de modo que, muy a menudo, el sueño sea, en su totalidad, una visión. Por tanto, para distinguir al ídolo de la visión, porque ambos son (como ya he dicho) de la misma especie, se hace necesario proceder según el siguiente criterio: individualizar la parte más noble y mejor de la visión como lo que es perfecto respecto a lo imperfecto, y la parte vil y menos noble como lo que es impuro respecto a lo que es puro.
El ídolo es siempre imagen de algo posible y habitual; la visión casi siempre de algo imposible o absurdo. Además, el ídolo, por ser más perfecto y eficaz, mueve más la mente y es puro, mientras que la visión no suscita en el hombre tanta admiración y presenta siempre algo que se adapta menos a los sucesos acontecidos. De hecho, es tarea fácil distinguir al ídolo de la visión, dado que el primero sigue, en su conjunto, las leyes de la naturaleza y la segunda no. Lo más difícil es aprender a distinguirlos de los sueños que nacen de la memoria de los sucesos pasados (y que los griegos llamaban ἀναμνηστικά mientras que nosotros no poseemos un nombre preciso, aunque podría ser, más o menos, algo relacionado con la memoria, algo así como
sueños anamnésicos[52]). Ahora bien, el ídolo provoca admiración, el sueño anamnésico terror y dolor: porque incluso en el caso de que el sueño se refiera a una cosa alegre, aparecen necesariamente sentimientos opuestos vinculados al recuerdo de esta cosa. También a partir de las cosas precedentes se podrá distinguir entre el ídolo y el sueño anamnésico. En efecto, el segundo está precedido de afectos, palabras, pensamientos acerca de la cosa que después soñaremos, mientras que no ocurrirá así con el primero o, si ocurre, será de una manera muy ligera. Y ésta es la cosa más importante, porque nada hay tan difícil como saber distinguir entre estos dos tipos de sueños (hasta el punto de que muchos han llegado a creer que todos los sueños de este género proceden del recuerdo de pensamientos pasados, y no de una causa diferente y natural). Y así, cantó el poeta: «No te cuides de los sueños, / pues cuanto el alma humana desea en la vigilia / lo ve en los sueños», intentando privar así a los sueños de toda su credibilidad. Es, pues, necesario, no perder de vista esta sola cosa: que el ídolo tiene siempre algo de imperfecto que entra en el género de la visión, mientras que es raro que no aparezcan en el sueño anamnésico
cosas desatinadas y absurdas[53]. Y a partir de lo que le falta es fácil deducir a qué género pertenece un determinado sueño.
Además, en el ídolo las partes son perfectamente distintas y completas, se halla distante y no presenta repeticiones, mientras que el sueño anamnésico ofrece un movimiento incitador, sus partes no son tan diferenciadas, es breve y vuelve una y otra vez sobre las mismas cosas. Se explica así que el ídolo suscite gran admiración y que su impresión se mantenga también cuando nos despertamos, mientras que no puede decirse lo mismo, como ya hemos explicado, del sueño anamnésico. A lo que se añade que los ídolos aparecen de ordinario al alba y en ellos las cosas presentan colores y aspectos luminosos, dotados de cualidades divinas, y se oyen frases breves y apropiadas. En cambio, los sueños anamnésicos se tienen antes del alba, los colores apenas se insinúan y son más intensos que luminosos, los objetos presentan un aspecto y un movimiento agitados, no hay palabras, o son confusas y desordenadas, o componen largos discursos. Y, para mantenerme en los aspectos generales, todos los elementos de los ídolos son puros, distintos y bien ordenados, e incluso cuando significan cosas atroces el movimiento apenas las perturba, mientras que los sueños anamnésicos son impuros, turbulentos, enrevesados, oscuros, agitados y llenos de repeticiones. Es asombroso que, del mismo modo que con vilísimo cristal se falsifican las piedras preciosas mejor que con otras gemas, así también la naturaleza ha querido que los sueños anamnésicos, que son los más viles de todos, puedan parecerse mejor que ningún otro al género de los ídolos, que son los más nobles.
Hay, además dos características, de las que basta que se dé una, para que el sueño sea ídolo y no visión ni sueño anamnésico. La primera es que el sueño se extienda hasta el despertar, como las lágrimas o la risa, lo que evidentemente puede acontecer de dos modos: en forma de llanto propio y verdadero, y en tal caso es más fuerte, o bajo la forma de su efecto, es decir, de las lágrimas, y entonces no se trata de una cosa tan dura. La segunda es cuando la pasión no tiene objeto: por ejemplo, que se sueñe que se odia pero no se sabe a quién.