El libro de los sueños
VI De la utilidad que se obtiene del conocimiento de los sueños
VI
De la utilidad que se obtiene del conocimiento de los sueños
Si aprendes en poco tiempo pero a través de una intensa práctica a distinguir los sueños verdaderos, obtendrás una utilidad nada pequeña y poco común. Y aunque suceda equivocarse en la interpretación, el error será tanto menos gravoso cuanto menor es el sacrificio y el tiempo dedicados a esta disciplina, que supera bajo todos los aspectos a todas las demás artes de género parecido. Para empezar, no exige el estudio de tantos libros o el conocimiento de otras disciplinas, sino que basta con que sepas contar como un tracio, ser tan experto en gramática como un soldado, tan filósofo como un judío, tan médico como un sármata o tan teólogo como un lapón. No son obstáculo para este arte la pobreza, la esclavitud, la cárcel, los viajes, las enfermedades, el exilio, el sexo, la edad (salvo la infancia), ni el humilde origen de la familia o la estirpe, ni la pereza, la ira del rey y casi ni siquiera tu propia estupidez. En este sentido, no podré alabarla más de lo que la ensalzó Sinesio. Dijo, en efecto, que este tipo de adivinación es el más humano, porque todos pueden practicarlo, es tenido por particularmente digno de los filósofos por su sencillez y eficacia suma y es piadoso porque no es violento. Y es también, en cuanto que puede ser ejercitado en todas partes y sin necesidad de ceremonias, el más divino. Esta ciencia nos acompaña mientras viajamos, navegamos, combatimos o estamos de vacaciones. No pueden impedirla ni las leyes ni las amenazas de los tiranos. Pues, ¿quién puede ser descubierto o obligado a temer, si no se delata él mismo? La matemática, la nigromancia, la astrología y los restantes géneros de adivinación pusieron en graves peligros a quienes los practicaron; pero este arte es, en cambio, seguro, porque no necesita ni sacerdotes ni instrumentos. Más aún, si se quisiera, podría condensarse en las dos reglas que expondré a continuación. Quien, añadiendo otras dos, llegue a cuatro, será todavía más ilustre. Sólo ella es, entre todas las restantes, tan noble porque todo en ella procede del alma y en el alma se encuentra su origen y su asiento. Es, pues, el alma misma quien la hace tan certísima y garantiza la validez de sus leyes frente a las de las restantes disciplinas adivinatorias.
No encontrarás entre los cristianos, los judíos o los mahometanos ningún ejemplo de astrología, del arte de conseguir los auspicios, de las aruspicinas, de la fisiognómica y menos aún del arte oracular, sino sólo ejemplos de interpretación de sueños. Los antiguos idólatras, aunque también tenían en estima los otros géneros de adivinación, consideraban que la interpretación de los sueños es la más segura cuando podían practicarla y sólo recurrían a las otras artes cuando no podían tener sueños. No gozamos, en efecto, de la libertad de adivinar por medio de los sueños cuando queremos, como ocurre en las otras artes, y aquí radica la única desventaja de esta disciplina, aunque compensada por otras muchas y diversas ventajas. Pues, ¿qué hay de más divino que conocer el futuro por medios naturales? ¿Y conseguir así, con un solo arte, el conocimiento de todas las cosas, y no el de unas pocas que nos ofrecen muchas disciplinas para sus campos específicos? La medicina puede predecir, por medios naturales, la vida y la muerte; la agricultura, las cosechas; el arte de la navegación, los tiempos serenos y los tempestuosos; la fisiognómica, los hábitos: la interpretación de los sueños, todas las cosas. Por eso es capaz de servir oportunamente para el presente y para el futuro. En el presente, la ciencia del futuro, que es casi divina, se basa en la espera; de hecho, cuando las cosas van bien se goza con la esperanza del futuro, y cuando van mal de la esperanza de que la opresión no será inmediata. Y es incluso aun más útil en lo concerniente al futuro, pues acrecienta el bien y acelera su venida, con mucha frecuencia aleja los daños y si no consigue disminuirlos o al menos mitigarlos, los hace al menos más tolerables. Soportamos, en efecto, las desgracias porque las comprendemos, o bien porque reconocemos que acaecen por voluntad divina y no por acaso (del que solemos acusar a la fortuna), ni por crueldad de los hombres (que es cosa acerba), ni por error de nuestra parte (cosa tan sumamente molesta).
Pasando a los ejemplos, y dejando aparte lo que diré a su debido tiempo respecto a Sinesio, a José, a Sila y Augusto, ¿cuánto crees que ayudó a
César[36] el sueño que le anunciaba el dominio de la patria? ¿Y a Septimio
Severo[37] el suyo que le predijo, junto con el Imperio, la máxima felicidad? ¿Y cuánto a Temístocles, que alertado en sueños pudo escapar a una muerte cruel? A mí me han sido más útiles los sueños que el conocimiento de los astros, a pesar de que este último ha precedido en muchos años al que ahora tengo de los sueños. Pero no ha llegado demasiado tarde, porque no existe una gran tradición acerca del conocimiento de los sueños. De hecho, todos los libros escritos sobre esta materia con anterioridad al mío no siguen ningún método ni abordan el tema de los sueños divinos. También esta ciencia es divina y se halla oculta en cámaras profundísimas, salvo para aquel a quien Dios quiera revelársela abiertamente. Por eso era necesario que yo descubriera ésta, como otras muchas artes, y que fuera advertido de ello. Esta advertencia se hacía necesaria porque yo no sabía que a su tiempo podría entender el arte, pero ahora que lo entiendo ya no la necesito. De hecho, los sueños desaparecieron justamente cuando vi con claridad el fundamento de las imágenes, tal vez porque ni ahora ni nunca se violen las decisiones del Destino. Me preguntarás: ¿cómo es posible escapar al Destino? Éste será el argumento específico de los libros sobre esta materia. De todas formas, se nos presentan como en un espejo las cosas futuras, presentes y pasadas, precisamente porque reluce en nuestra alma aquella serie de imágenes: las cosas pasadas y presentes no se pueden enmendar ni corregir, mientras que las futuras se nos aparecen de manera confusa y nebulosa. Si el significado es, por ejemplo, el de un golpe, verás desvanecerse la imagen onírica correspondiente para luego golpear, si puede. De igual modo, también la imagen del Destino y de las causas celestes aparece en nuestra alma, aunque no como golpe, sino como vibrante dardo ya lanzado. Esta imagen sólo raras veces tiene dimensiones y límites claros, como ocurre en los sucesos humanos adversos: algunos los podemos evitar con facilidad, otros sólo con muchas dificultades, frente a otros nos podemos ladear, aunque acusando los golpes y hay, en fin, casos, en que nos vemos forzados a sucumbir. Así, pues, considérate satisfecho por ahora con ver en sueños no la imagen de una herida, sino la sombra de un dardo arrojado, del que también podemos escapar, aunque rara vez lo conseguimos.
Además, si las imágenes se nos aparecen con mucha antelación respecto de los acontecimientos, no comprendemos su significado ni podemos captar su naturaleza ni de dónde provienen, como cuando sólo se logra intuir que está en marcha una conspiración contra la propia vida. Cuando el acontecimiento está próximo, se descubre el peligro, pero si ya los enemigos te cercan y se arrojan rápidamente sobre ti, la celeridad y cercanía del ataque no permite deliberaciones y casi siempre sucumbimos. Por eso, las personas sagaces que comprenden a tiempo la situación toman precauciones, recaban consejos ulteriores acerca de las visiones que han tenido y, cuando asoma el peligro, saben adoptar las decisiones correctas con prontitud y rapidez. Son muchos los que fracasan porque ignoran, descuidan o desprecian la interpretación de los sueños. Aunque, como ya he dicho, esto no implica directamente al Destino, porque en los sueños no se muestran los acontecimientos en sí sino —a través de imágenes— sus causas.
Por tanto, esta disciplina pertenece al género conjetural, como la medicina, la agricultura o el arte de la navegación, aunque unas persiguen sus objetivos mejor que otras. Así, pues, si se utiliza con prudencia este instrumento, la aproximación a las cosas será más profunda. Si, por el contrario, lo usamos de manera imprudente y temeraria, atraeremos sobre nosotros una desgracia rayana en la infamia. ¿Hay algo, en efecto, más verdadero que los oráculos del Delfos? Y, con todo, algunos causaron los males más graves, porque fueron mal interpretados. También la medicina, el arte militar y la náutica, aunque en sí mismos aportan bienes, han resultado ruinosos para muchos. Con mayor razón debe actuarse con cautela en las artes conjeturales. Si alguien, como he dicho, utiliza este saber y esta capacidad de interpretación pensando más en la acción que en la previsión, será tenido por harto sabio y hábil. Un médico avisado, por ejemplo, cuando reconoce la inminencia de una crisis, no se limita a predecirla, sino que más bien impone al enfermo abstinencia de alimentos, le proporciona medicinas, le aplica sangrías y le traslada a un lugar cálido. Y el marino, cuando advierte la inminencia de una tempestad, arría la vela, prepara el ancla y lleva la nave a puerto y, si no puede, a alta mar. De igual modo, el agricultor entendido, cuando teme la helada, no poda los árboles, y cuando teme la lluvia, no arroja la simiente, para que no se pudra. Todo lo cual significa que no basta con conocer lo que es bueno, sino que es preciso aprender también a usar este conocimiento del modo más conveniente. Cuando te halles libre de toda forma excesiva de amor propio (φιλαυτία), no te arrepentirás de haber aprendido esta disciplina ni condenarás su contenido. Y procurarás también que esta ciencia no se difunda entre el vulgo, sino sólo entre los amantes de la sabiduría. No conviene comunicársela a quienes, por presunción, y creyéndose sabios, se burlan de lo que no aprueban, ni a los curiosos, que aunque tienen muchos sueños, son casi siempre vanos. Y hará bien el intérprete en no ejercer su arte sino con compensación, y no pequeña, porque de ordinario la remuneración acredita el arte.