El libro de los sueños

Gerolamo Cardano · Capítulo 5 de 109

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El libro de los sueños

III De las causas de los sueños

Todo el análisis discurre, como hemos visto, sobre la diferencia entre las cosas vistas en sueños, el modo de verlas y las disparidades entre quienes las sueñan. De donde se sigue la división de la materia en tres libros. El cuarto se dedica a una selección de sueños.

 

III

De las causas de los sueños

 

Volvamos ya, pues, a las causas de los diversos géneros de sueños. La causa de los que proceden de los alimentos y las bebidas —como suele acontecer en los estados de embriaguez— es el movimiento generado por los vapores que exhalan las cosas ingeridas. Se ha visto, en efecto, en el libro Sobre la

inmortalidad de las almas[17], que el sueño es quietud de los espíritus y que la vigilia es el producto de su vehemente movimiento, mientras que el ensueño remite a un movimiento trémulo e imperfecto. De donde se sigue que todos los sueños se derivan de un leve movimiento de los espíritus y, por eso, cuando dormimos profundamente apenas soñamos. Decimos, pues, que todos los géneros de sueños nacen de un ligero movimiento de los espíritus y están constituidos por la misma materia, a saber, por el recuerdo de las cosas vistas y oídas, y que fuera de esto no hay sueños. Pero si ocurre ver en sueños, por ejemplo, una quimera, no es forzosamente necesario haberla visto en realidad, sino que basta con haberla visto pintada o haber oído decir cómo es o conocer al menos cada una de las partes de que se compone, a saber, león, serpiente y cabra.

Cuando alguien sueña una cosa que le es extraña, por ejemplo una persona desconocida o una planta informe, se trata sencillamente de una imagen defectuosamente recordada o del fruto de una trasposición. Una persona desconocida no es sino una persona que todavía no acertamos a identificar perfectamente. Así lo demuestra el hecho de que todos los hombres, incluso los más conocidos, cuando los vemos al cabo de mucho tiempo, nos resultan «desconocidos»:

Es, pues, indudable que todos los sueños proceden de un conocimiento imperfecto, de la trasposición y de la mezcla de cosas vistas. Si fuera, pues, verdad que los recién nacidos tienen sueños ya en los primeros días de su vida, habría aquí una prueba irrefutable de la inmortalidad del alma y de que desciende de las bienaventuradas sedes, ya que todo sueño es reminiscencia. Los neonatos no pueden tener, obviamente, memoria de las realidades terrenas, porque todo recuerdo nace de un conocimiento antecedente y ellos no conocen nada del mundo que nos rodea. De donde se desprende necesariamente que las cosas que ven en sueños —si ven algo— las hayan conocido en otro lugar.

Pero volvamos ya a nuestros sueños que, como se ha demostrado, coinciden en la causa eficiente y en la materia. Su causa eficiente es, en todo caso, un movimiento moderado de los espíritus, mientras que la materia consiste en el recuerdo —íntegro o defectuoso— de cosas vistas. La comprobación de que existen diversos géneros de sueños obliga necesariamente a admitir que hay diferentes causas, porque de una misma causa nacen siempre unos mismos sueños. No debe interpretarse el movimiento moderado que da vida a los sueños en un sentido tan rígido que no se prevea la existencia de diversos grados en su interior. Pero si el movimiento es más violento y agitado (aunque dentro siempre del género

moderado), surgirán sueños perturbados, imperfectos y confusos[18]. De este tipo nacen otros dos géneros de sueños. El primero de ellos es el que se deriva de los alimentos. Aquí los sueños son más confusos, imperfectos y discontinuos; el segundo procede de los humores. La razón de que de los alimentos y las bebidas surjan sueños más imperfectos, incompletos y oscuros comparados con los producidos por los humores es que de las comidas y bebidas no se elevan vapores de un modo tan constante como de los humores, sobre todo si no falta el vino. De ahí que los sueños que se derivan de la comida sean menos continuos, menos coherentes y ordenados, y más turbulentos, confusos y diversos que los provocados por los humores, que son más constantes, ordenados y coherentes, debido al menor ímpetu que los acompaña. En cambio, los sueños que se producen con menor perturbación son más claros y también, por así decirlo, más compuestos, porque en ellos se

funden múltiples recuerdos[19]. Los recuerdos tienen, efectivamente, más peso en el sueño que en la vigilia. Dichos sueños son, casi siempre, la simple condensación de cosas vistas, oídas o imaginadas durante el día, o pocos días antes, o incluso mucho tiempo antes: Y entonces reproducen la concatenación de las cosas casi en su totalidad. Finalmente, los sueños ordenados, que nacen con un movimiento mínimo de los espíritus, son en sí ligeros, vienen provocados, sin ninguna gran agitación, por causas superiores y tocan tan en lo profundo al alma que ésta permanece poseída, también durante la vigilia, por una cierta admiración.

Si, pues, podernos pasar de los efectos a las causas concretas, es inevitable que en cada una de las especies haya inserta una verdad. Si se tienen sueños turbulentos, muy agitados, dispersos, oscuros, incompletos y poco coherentes, diremos que proceden de la comida y la bebida. Ocurre así de cinco modos distintos. O porque los alimentos tienen la naturaleza de la cabeza del pulpo, de la col, de la cebolla, del ojimiel, del cilantro fresco —como ya he dicho—, a los que podemos añadir el fruto del bejuco, casi todas las especies de yerba mora, el beleño, la mandrágora, el vino espeso y abundante, en suma, todo lo

que provoca el sueño y cría bilis negra[20], como las legumbres y las habas. O también a causa de la cantidad y de la variedad de las cosas ingeridas, o a causa del orden equivocado, cuando se comen en grandes cantidades o alimentos de diversas clases y se mezclan diferentes bebidas, o también cuando a los alimentos crudos se les añaden otros alimentos, o si el alimento que se toma provoca perturbaciones digestivas. Si, por el contrario, se ven cosas más coherentes, perfectas y ordenadas, con ímpetu menos violento, se trata de un sueño que nos puede decir algo verdadero y señala qué humores abundan y cuáles son las afecciones. En la ira, en la carrera, en la lucha y en los fuegos reconoceremos la bilis; en los incendios acompañados de miedo y furia, en la oscuridad, en terremotos, en los relámpagos y los truenos, en la fuga, en el fango, en las cárceles, en la muerte, en el luto, en las tinieblas, en la desesperación, la bilis negra; en las inundaciones, los ríos, la lluvia, las tempestades, el granizo, la nieve, el frío, el hielo, los cenagales, la pituita; en los prados, en los lugares amenos, en los sonidos, en los placeres, las delicias, las hermosas pinturas, los perfumes suaves y el equilibrio bien calibrado los buenos humores; del abrazo de las mujeres, de la preparación para el abrazo, de los besos y caricias, deducimos la abundancia de semen; de un lago de sangre, de las rosas rojas, de la púrpura y del vino, la abundancia de sangre. Una característica de los sueños que proceden de los humores es que son recurrentes, siempre iguales, y se mantienen siempre dentro del mismo género. Pero no ocurre así con los sueños que se derivan de las comidas y bebidas, a menos que haya una causa precedente.

Por lo que hace a los sueños que nacen de la memoria y dado que —como ya he dicho el líneas anteriores— tocan más ligeramente el ánimo y son en su mayor parte mixtos, proceden de causas parecidas, esto es, de los afectos vehementes, que decimos que son siete: el temor, la esperanza, la alegría, la tristeza, la ira, el odio y el amor. La avaricia está contenida en el amor, en la esperanza, en el temor y cosas parecidas; la envidia puede ser reducida al odio, al amor y a la encendida esperanza. Además de los afectos, todos estos sueños demuestran la existencia del recuerdo de las cosas vistas y acontecidas en el pasado, y son en sí mismos verdaderos.

Pero estos aspectos no entran en nuestra consideración, porque no ilustran de por sí sobre las cosas futuras, sino sólo sobre las presentes y las pasadas. Por poner un ejemplo, aunque las visiones que nacen de los humores anuncian, como enseñó Hipócrates, no sólo las enfermedades, sino también su naturaleza, no lo hacen por sí mismas, sino señalando la cantidad de los humores, dado que es verosímil que se produzca la enfermedad correspondiente a la calidad del humor, especialmente cuando hay sobreabundancia de humores maléficos. No se ha llevado a cabo todavía un estudio exhaustivo de estas tres causas, pero lo cierto es que para comprender de dónde vienen los sueños divinos es indispensable llevar adelante el análisis de la causa, como en el caso de los géneros más conocidos. Es necesario indagar, por ejemplo, qué cosa es la que suscita las imágenes, sobre todo en los sueños que nacen de la memoria, pues en los otros dos géneros la causa es el vapor provocado por los alimentos y los humores. Es, además, necesario que las imágenes (porque éstas son, como ya se ha dicho, la materia de todos los sueños) estén o en el cuerpo o en el alma o en los espíritus. En realidad, no pueden encontrarse solamente en el cuerpo, porque, por ejemplo, las plantas y los animales carecen de memoria. Y en los espíritus no se podría conservar por mucho tiempo el recuerdo —pensemos, por ejemplo, en el recuerdo de las cosas que hemos hecho en la infancia— porque la regeneración de los espíritus no es nunca constante. Además, un desvanecimiento haría desaparecer la mayor parte, mientras que en realidad la memoria permanece de ordinario totalmente intacta. Ni tampoco en el alma, que sería entonces eterna como la vida, porque ésta es la naturaleza del alma. De donde se sigue que la memoria es doble: una de ellas es como el acto primo y reside en el

cuerpo[21], en el aliento vital, en el cerebro o en una parte de él, y la prueba es que a veces se desvanece totalmente cuando se producen alteraciones cerebrales. La otra es la que está en acto mientras contemplamos, y es la visión de la imagen provocada por los espíritus pero actuada por el alma. Es, pues, necesario que los espíritus sean movidos, para que puedan a su vez mover al alma y suscitar aquella imagen. El alma, en efecto, está siempre en acto y dispuesto a contemplar, pero no así los espíritus. Por tanto, sea cual fuere la cosa que mueve dentro de nosotros a los espíritus, sea en la vigilia o en el sueño, es necesario que éstos se la den a conocer al alma. Siendo, pues, patente la causa del modo, ya sea en los humores o los alimentos, será también evidente el origen de los sueños de este género. Pero respecto de los sueños que nacen del recuerdo del pasado, y dado que nada puede moverse a sí mismo, es necesario comprender también el origen. Y la explicación debemos buscarla a través de lo que sabemos. Y puesto que, como ya hemos dicho, este tipo de sueños no nace sino de afectos violentos, es necesario

admitir que en tales afectos los espíritus no gozan de quietud perfecta[22]; pero aun sin esta quietud total, su movimiento no es tan constante que pueda suscitar imágenes nítidas. Por eso los sueños son a veces impalpables y sutiles. Por tanto, así como el fuego, con un leve movimiento que provoca calor, aumenta a menudo espontáneamente, así también los espíritus, calentándose, muestran mejor las imágenes concebidas de ordinario recientemente. Y así es como nacen los sueños de la memoria.

Los sueños que proceden de una causa superior están provocados por una alteración del movimiento debida a la intervención de cuerpos celestes. Esta alteración está de tal modo dispuesta que mueve en el alma, según ese mismo orden, las especies adecuadas al efecto que se quiere crear, produciendo así

una especie parecida a aquel efecto[23]. Imaginemos un artesano que posee muchas piedras de diversos tamaños y colores y con habilidad bastante para reproducir en un tablero la imagen de cualquier cosa, sea hombre, animal o planta. Es evidente que la representación será más o menos exacta según la mayor o menor habilidad del artesano, la forma, el color, el tamaño y la cantidad, más o menos suficiente, de las piedras y, a veces, también según la forma, más o menos conocida y común, de la cosa que se quiere reproducir. Son, pues, tres las causas que generan diferencias: la disposición de los astros propicia o deficiente; el carácter raro o común de la cosa a representar, la cantidad de las imágenes que posee el soñador y su forma, adecuada, o no, a la cosa que debe aparecer en el alma del que tiene los sueños. Cuando estas

tres condiciones se den en grado perfecto, surgirá el ídolo[24]. Por tanto, si debo ver, por ejemplo, en sueños al hombre que me herirá o a uno muy parecido, la fuerza celeste podrá representarlo mediante hombres parecidos cuanto al oficio, el modo de vestir y el nombre. Y en tal caso tendremos necesidad de una interpretación. Además, la causa del movimiento de los espíritus será de ordinario una realidad física, porque los cuerpos son, por así decirlo, débiles y sólo pueden ser movidos por cualidades físicas, y no directamente por influjos celestes. Se ha demostrado en el libro primero de las

Disputas médicas[25] que estos influjos son incorpóreos, pero no pueden penetrar en nosotros sin la mediación de cualidades corpóreas. Por tanto, el calor, unido a aquel influjo, mueve los espíritus, provoca las imágenes correspondientes a dicho influjo y crea la imagen que corresponde al evento futuro con una habilidad admirable y sutil. Así se explica que este orden pueda ser fácilmente obstaculizado y aún mucho más fácilmente perturbado por los humores, los alimentos y los afectos inmoderados ya presentes. Ahora bien, cuando concurren las cuatro condiciones enumeradas y es eficaz el influjo que debe provocar la representación de la cosa —es decir, cuando nos hallemos en presencia de estas condiciones: el carácter común, las formas y las imágenes conservadas en el alma adecuadas tanto en razón del número como del tamaño y la forma de la cosa que se debe significar, la ausencia de obstáculos, una cierta disponibilidad (por así decirlo) del alma de quien tiene los sueños y, como quinta condición, que la cosa no esté significada mediante un ídolo— se requiere evidentemente una particular habilidad de interpretación. Los indios, por ejemplo, acostumbran hacer bellísimas reproducciones con piedras o plumas. Algunos de ellos son capaces de descubrir al instante en la imagen una persona conocida; otros, en cambio, necesitan mas tiempo y mucha reflexión, y hay todavía un tercer grupo que, aun conociendo bien a la persona significada, nunca sabrán distinguirla en la figura. Se advierte así claramente que esta capacidad de reconocer es innata y que se necesita un intérprete. Pero no hay mejor intérprete que el soñador mismo, si domina el arte, porque tiene pintada ante los ojos la imagen real y al mismo tiempo la representación onírica, de tal modo que posee el criterio para hacer corresponder una a una las partes de la figura vista en los sueños con cada una de las cosas concretas que se les asemejan y él ya conoce, por ejemplo, las personas, las situaciones y las materias. Por tanto, a él le será más fácil que a ningún otro intérprete de sueños, por muy avisado que sea, descifrar y unificar muchos elementos. Así, pues, estos sueños son verídicos y, dado que muestran sobre todo el futuro ignoto y todas las cosas presentes y pasadas cuyo conocimiento puede ayudarnos en nuestras acciones, nos hemos propuesto tratarlos de manera más pormenorizada.

Comenzaremos por decir que los sueños vinculados al hecho de llevar

piedras preciosas, como la eumetris[26], se insertan en los dos primeros géneros y, a veces, también en el tercero. De hecho, las gemas agitan los humores con sus cualidades específicas; también el recuerdo de los colores suscita diversas imágenes. Hay, además, algunas piedras preciosas que hacen que el espíritu esté más pronto y dispuesto a recibir las imágenes celestes, y esto nos favorece en el camino hacia la adivinación. Hay otras, en cambio — además de las preocupaciones y los malos hábitos del cuerpo—, que no sólo no nos ayudan, sino que nos estorban, y lo mismo opino que debe decirse de las piedras en general y de otras cosas parecidas.