El libro de los sueños

Gerolamo Cardano · Capítulo 89 de 109

Páginas del PDF

El libro de los sueños

Libro III: Sobre los Sueños

LIBRO III

SOBRE LOS SUEÑOS

I

De la necesidad de adivinos

 

De cuanto se ha venido diciendo hasta ahora se desprende claramente que hay cuatro géneros de sueños. Hemos añadido luego, al cuarto género, el ídolo, para cuya comprensión no es necesario recurrir a los adivinos. No obstante, dado que son muchas las causas que estorban la interpretación de los sueños, es casi siempre necesaria su ayuda para conseguir reconducirlos a los cinco tipos, pues además de comprender de qué causa procede la oscuridad de los

sueños, saben también explicarlos[1].

Considero que —una vez bien comprendida la trama del sueño— es cosa óptima esclarecer una por una las causas mencionadas. Y es éste, justamente, el momento de hacerlo. La causa de la oscuridad de los sueños puede radicar bien en que la impresión que dejan en el soñador es demasiado leve, o porque lo que los provoca es de escaso relieve y se remonta a una época lejana, o porque las visiones en el alma son pocas y poco apropiadas para restituir su diseño y lo que querían significar, o también porque el alma misma no está capacitada para esta tarea (sea por su dureza o por su indisciplina), o porque a sus orígenes se les mezclan otros sueños, especialmente los de la memoria, de modo que son escasos los sueños puros. La oscuridad puede depender también del hecho de que el sueño no es perfecto, como ocurre cuando nos despertamos antes de la que la visión sea completa. Tenemos, pues, tres tipos de sueños imperfectos, lo mismo que en las piedras preciosas y en las plantas. En el primer caso, una parte del sueño es pura, nítida y perfecta, mientras que hay otra parte oscura; en el segundo, hay una parte que falta por completo. La tercera posibilidad: todo el sueño es del mismo género, pero una parte es imperfecta. En el helecho, por ejemplo, las raíces y el tallo no sirven para nada, mientras que las hojas sí son de utilidad y, sin embargo, todas las partes de la planta son de la misma naturaleza. Por tanto, en los sueños que mezclan cosas de diversos géneros, debe eliminarse en su totalidad todo lo que entra dentro de los sueños provocados por la comida o que nacen de la memoria, de los humores o de los afectos, e interpretar únicamente lo que es puro. En cambio, en los sueños que presentan partes imperfectas, pero todas ellas de un mismo género, es preciso distinguirlas e interpretarlas por separado y una a una (pues son de gran ayuda y contribuyen no poco al conocimiento de la verdad). Cuanto a los sueños incompletos o imperfectos, debemos intentar completarlos, como se ha explicado más arriba.

Está fuera de toda duda la utilidad de los adivinos en este campo. Las razones son múltiples. En primer lugar, los adivinos están libres de las pasiones que de ordinario enciendan la esperanza y acrecientan el temor, produciendo el efecto contrario. Además (como ya he dicho), gracias a la ejercitación los adivinos poseen mayor habilidad para reconocer los componentes generales de cada cosa y de cada pasión, saben captar la materia de los sueños y distinguirla de los ídolos y recorren así los movimientos tanto de los sueños como de los ídolos de una manera más perfecta y más rápida. Añádase que, dado que son más expertos y se ocupan todos los días de estos problemas, su experiencia los lleva a comprender muchas cosas acerca de las cuales otras personas tendrían muchas dudas. Así, eliminan numerosos detalles y se detienen en otros que un tercero no advertiría o que, aunque los advirtiera, nunca sabría explicarlos. El adivino, en cambio, como sabe diagnosticar a partir de las costumbres, las leyes, los hábitos, la fisionomía, las rayas de la mano o de la frente o del tipo de enfermedad, descubre también, al analizar los sueños, características peculiares y habituales de una ciudad o de una región que no pueden aprenderse en los libros. Y, en fin, al agrupar los elementos del sueño, está asistido por influjos celestes: le prestan, en efecto, no poca ayuda los astros que orientan su voluntad hacia este arte y le sostienen mientras lo practica. No cometeré la equivocación de pasar por alto las circunstancias generales que inducen a error. El adivino conoce mejor las diferencias de las estaciones y el soplo de los vientos y en todo ello su percepción es más aguda. Así, pues, en términos generales es mejor no interpretar los propios sueños ni corromperlos por falta de conocimientos. Pues mientras se dedica a este arte con sumo empeño, temor y esperanza, la mente agitada hace que tropiece con muchos sueños vanos.

Pero esto dicho, debemos añadir que la interpretación que nosotros darnos de nuestros sueños es superior a la que ofrecen los adivinos, y ello por dos razones: porque sólo la experiencia enseña que a una cosa determinada le corresponde de ordinario una determinada interpretación; y segundo, porque a un adivino no se le dice todo, sea por pudor o por olvido o también (como cuando se trata de delitos) porque no siempre es cosa segura confesar los hechos propios.

Deben afrontarse, pues, estas dificultades. Que cada cual se atenga escrupulosamente a cuanto se ha dicho en nuestro libro. Es posible, y de hecho ocurre a menudo, que el adivino no domine el arte; por eso, le contamos los sueños y aceptamos su interpretación, pero la sometemos a continuación a examen a partir de los sueños aquí referidos, y de este modo se tendrá una comprensión perfecta. Me urge mucho advertir a los lectores que no deben fiarse nunca de una interpretación hasta que no lleguen a descubrir una coherencia total en el interior de los sueños. Y para no deformar los sueños a través de la interpretación, debe aprender todo el arte y saber exponerlo según sus principios superiores, tal como he enseñado; y aléjese luego del estudio, deje de pensar y sírvase de ello sólo cuando sea necesario. Elimine a continuación todas las pasiones y ejercítese en la prudencia.

Es, además, aconsejable consultar a un adivino también para evitar la molestia de explicar todos los sueños, porque al actuar así se envilece el arte: al no producirse el evento, o porque no acontecen sucesos que de todas formas no deben acontecer, o porque la interpretación es errada (bien sea porque a las cosas pequeñas no se las reconoce como tales sino que, por el contrario, se las magnifica, o bien porque, por el lado contrario, y como ocurre con frecuencia, se las olvida del todo), se condena el arte en su conjunto, que pierde de este modo indignamente toda credibilidad y (aspecto que debe ser muy tenido en cuenta) dejará de ser cultivado en el futuro. Se corre el mismo riesgo si, por falta de adivino, no se advierte un determinado error y, en consecuencia, nos consideramos engañados y (como he dicho), se pierde la confianza en el arte mismo. De hecho, no siempre los diversos elementos que aparecen en los sueños significan todas las cosas apuntadas en este tratado, aunque deben ser necesariamente interpretadas de acuerdo con el grado de semejanza y según las reglas generales. Quien no es consciente de esta exigencia y no tiene en cuenta los ejemplos generales aquí expuestos (narrarlos todos habría exigido un esfuerzo desmesurado) está equivocado y sin posibilidad de remedio. Quien no recurre a la ayuda de un adivino que, gracias a su familiaridad con la interpretación de los sueños, sabe reconocer fácilmente la causa del error y las características de los hombres, acaba por perder la confianza en la verdad del arte. La cosa tal vez más importante es dedicarse a él enteramente, sin hacer ni pensar ninguna otra cosa, como los adivinos. A estos intérpretes de los sueños los llamamos βριζωμάντεις y

también [2] ὀνειροκριτικοί y ὀνειροπληκτοί.

Dejando aparte cuanto se ha dicho sobre la necesidad de los adivinos, debe tenerse particularmente en cuenta el estado del soñador, su condición, sus costumbres, su fortuna, su género de vida, sus oficios, la presencia o ausencia de hijos, su carácter, su sexo y edad, sus enfermedades y cambios. De todo esto deberemos ocuparnos, porque cada una de estas cosas tiene un significado diferente.