El libro de los sueños
XVI Del uso de los sueños
Tal vez te interese saber —y me preparo a dar una explicación— cómo
poder obtener respuestas en Dodona, del oráculo de Amón[13] o en Delfos. O el modo de conseguir, de oráculos absolutamente extraños, respuestas acordes con nuestros deseos o con nuestras expectativas. De hecho, y al igual que en los sueños, lo que nos ofrecen los oráculos no es lo que nosotros queremos o lo que satisface nuestras necesidades, sino lo que nos prepara la fortuna, aunque sean verdaderísimos.
Ni tampoco los oráculos responderán siempre a aquello sobre lo que se les interroga. Si es cierto lo que cuenta el poeta Lucano, un romano que pedía una respuesta sobre el resultado de la guerra recibió una predicción que hacía referencia a su muerte en la isla de Eubea. Adivinamos, pues, en virtud del hecho de que el espíritu, movido por un afecto, produce, a partir de las cosas que se presentan y que son más apremiantes, las imágenes pertinentes. Ocurre como cuando, en una multitud, lo primero que vemos es la persona que buscamos. Pero si en los oráculos nos encontramos con algo que no buscábamos, tenemos dificultad en creer que se trate de un oráculo, sobre todo si quien nos da la respuesta es un extranjero. En el pasado, los hombres no cultivaban este tipo de adivinación, porque temían que los oráculos fueran obra de los demonios, mientras que otros negaban su existencia. Pero la verdad es que este tipo de adivinación existe y es natural, aunque no está difundido entre el vulgo. De hecho, una vez que pasa al ámbito profano lo que era místico y arcano, desaparecerían los milagros. La verdad es que sólo suelen tener estas visiones las personas puras, ajenas a toda injusticia, que en virtud de su sabiduría desprecian el mundo y no se preocupan de las riquezas. Esto dicho, no se concede la adivinación ni a los peripatéticos, por su deshonestidad, ni a los platónicos ni a los hombres rudos por su inexperiencia. Hay, con todo, algunas personas que, aunque simples y rústicas por naturaleza, suelen adivinar ciertas cosas porque consumen regularmente unas determinadas clases de alimentos. Aunque en todo tipo de adivinación sólo se da respuesta a algunas cosas, y no a todas, no es poco que los Campos Elíseos se abran sometiéndose, por así decirlo, a la violencia de las fuerzas de la naturaleza. Y por eso entonamos un himno a Dios, el Excelso, que por medio de cosas mortales nos ha permitido acceder al conocimiento de lo que es inmortal.
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Del uso de los sueños La finalidad última de los sueños es su utilización; de hecho, todas las cosas existen en orden a un fin. Por tanto, el uso es la parte más noble de los sueños. Todo cuanto viene presagiado a través de los sueños es presente, pasado o futuro. Las cosas pasadas o presentes no pueden cambiar, y por eso sirve de
ayuda conocerlas[14]. Las conoceremos sólo si a la conjetura de los sueños se le añade una esmerada investigación. Pero debe también tenerse en cuenta que recurrir a los sueños puede entretenemos, como hacía el demonio de Sócrates, en vez de impulsamos hacia algo. Sí veo, por ejemplo, en sueños que un siervo mío me engaña, no lo despediré, sino que intentaré evitar que pueda engañarse sin que yo lo advierta. Por consiguiente, procuraré confiarle tareas que me permitan cogerle en falta si me engaña.
Cuanto a las cosas futuras, hay algunas relacionadas con nuestras acciones y otras que son independientes, como enfermar o morir. De entre las primeras, las hay buenas y malas, grandes y pequeñas y medianas. De las pequeñas, sean buenas o malas, basta con observarlas. De las medianas y las grandes, si son buenas, debes secundarlas en la medida de lo posible, pero no sin una previa conjetura natural. Y así, si te parece en sueños que te sobrevendrá una enfermedad, tomarás purgas, te abstendrás de comidas, bebidas y placeres venéreos y te desembarazarás de preocupaciones y de trabajos superfluos. Si temes morir, lo pondrás todo en orden como los que están en trance de muerte, pero no dirás nada a nadie, para que no te aparten de las acciones honestas.
Hay quienes toman nota de lo que debe acaecer, y creo que así lo hacía Adriano; si luego las cosas acontecen de hecho, muestran los escritos y los entregan a la posteridad, para dejar constancia, pero si no acontecen los queman. No apruebo esta extravagancia ni procedo de esta forma. Es buena cosa saber, no parecer que se sabe. Quien se dedica al estudio con frivolidad descuidará a menudo cosas necesarias y dignas de atención. Debes además hacer cuanto esté en tu mano para que no se cumpla tu destino justo cuanto tratas de evitarlo; intenta, pues, mostrarte más persona suspicaz que miedosa o negligente. Debes poner la máxima atención en los sueños que se refieren a tus acciones. Hay promesas legítimas, otras indiferentes, otras ignominiosas. Y hay tres modos de perseguirlas: legítimo, violento o ignominioso. Cuando el modo es legítimo y la promesa legítima o indiferente, debemos insistir en la esperanza del sueño; cuando la promesa es ignominiosa, debemos insistir menos y solo si deseamos satisfacer una ambición torpe, pues de lo contrario es mejor dejarla pasar. Si el modo es ignominioso y violento y la promesa vergonzosa, no hay que empeñarse en perseguirla, por mucha que sea la esperanza que brilla en el sueño. Si, en cambio, el modo es honesto, deberemos empeñarnos a fondo; si es vergonzoso, lo perseguiremos con la esperanza de que el peligro o el delito que aparece dé paso a un fin honesto y a una esperanza no pequeña. Podemos insistir con fuerza en los sueños indiferentes, como ganancias u honores que no se te deben, pero que tampoco sería justo que se te negaran, a condición de que todos los sueños sean concordes y las promesas libres de peligros. En caso contrario, no debemos insistir, porque las esperanzas de este género han inducido a engaño a muchos. Pues, en efecto, aunque han obtenido lo que buscaban, se han visto profundamente afligidos por otros motivos.
Por lo demás, debes evitar a todo costa vanagloriarte, no sólo porque corres el peligro de que se burlen de ti y de parecer ligero, sino también para que no te veas decepcionado. Pues en efecto, una vez hecha pública la esperanza, quedan al descubierto tus acciones y la gente te pondrá estorbos. Y aquella misma desventura y ligereza que dieron a conocer tus esperanzas harán que se desvanezcan.
Tendrás presente aquella hermosa sentencia de Séneca según la cual no hay nada tan seguro en el futuro como que nada es seguro. Pues bien, el arte de los sueños se refiere al futuro a partir de conjeturas, y los resultados que los hombres obtienen no pasan de mediocres.
Hay quienes se burlan de este saber, pues entienden que la buena fortuna no depende de los sueños, sino de las acciones humanas. A veces —dicen— podría creerse que los sueños se cumplen, pero nosotros, despreciando estas ideas, hemos alcanzado la felicidad y la cumbre del poder. Será, pues, útil responder a estas objeciones.
Las causas de los sueños son naturales, y tanto si los denigras como si los encumbras, sus efectos se cumplen. Sueñan incluso los que se burlan de los sueños y si consideras que has obtenido gracias a tu habilidad lo que en realidad es don de los dioses tendrás un mal fin. Si eres incauto y demasiado confiado en ti mismo, serás oprimido. No será feliz la vida de quien confía únicamente en las acciones de los mortales, en su habilidad y su destreza, porque es una vida impía y no podrá mantenerse por mucho tiempo el poder de su familia si descuida un aspecto tan importante de la prosperidad. Así lo indica el hecho de que los que han conservado durante largos años su poder han tenido en gran estima el conocimiento de los sueños, mientras que los otros sólo alcanzaron éxitos fortuitos, vida tumultuosa en breve reducida a nada.
Pero dado que los sueños de ordinario representan las cosas más agrandadas que en la realidad, es preciso ser cautos respecto a las decisiones repentinas, tanto por la realidad en sí como porque la noche lo aumenta todo. De hecho, las imágenes que aparecen en los sueños son engañosas. Debe evitarse asimismo poner precipitadamente en práctica las decisiones tomadas en la vigilia nocturna porque, como ocurre con las voces en el silencio o la luz en las tinieblas, resultan agigantadas. Y otro tanto cabe decir de las esperanzas y los temores nocturnos. Hay que desconfiar también de las decisiones tomadas en la vigilia, pero solos, y excitadas por la esperanza, el temor o la ira, porque pronto se advierte que son engañosas, aunque no tanto como lo que se medita en las tinieblas, porque basta el amor propio para engañarnos, aunque no seamos presa de otras turbaciones.
Una cuarta regla es contarlo todo a personas avisadas, expertas en el arte y amigas: que sean ellas las que juzguen, dada la confianza que les tenemos. No se ven estorbadas ni por el amor, ni por el odio, ni por la esperanza o el temor. Su juicio es el mejor de todos, aparte el que se tiene cuando la cosa está a punto de cumplirse y se comienza a ver el suceso junto con sus causas y todos sus aspectos, tanto los favorables como los desfavorables. Por eso, en este último caso sólo quien toma decisiones con extremada rapidez consigue a menudo evitar grandes infortunios. Pero, de ordinario, son las personas prudentes, que por conjetura, aunque de modo imperfecto, se han acercado a la naturaleza del suceso mucho antes de que se cumpla, las que toman las mejores decisiones.
Conviene, pues, ser precavido a la hora de formular un juicio y deben valorarse atentamente todos y cada uno de los elementos. Si alguien sueña, por ejemplo, que ha sido condenado a la horca, pero no es conducido ar patíbulo, ya he explicado que esta condena, aunque no tiene efecto, se parece a una condena verdadera, que afecta a su ánimo. Pero si es conducido al patíbulo, el sueño anuncia una gran dicha, porque significa que será exaltado por encima de los demás. Y, ¿de qué modo? Lo que el soñador desea verdaderamente es ser ensalzado y, por tanto, si ve que son otros los preferidos, será presa de angustiosos tormentos.
Alguien sueña que pronuncia un vibrante discurso ante el pueblo, es escuchado con aplauso y poco después es elegido rey y escoltado a su casa con gran pompa. Antes o después será capturado y a continuación sometido a tormento. Pues, en efecto, para ser escuchado con aplauso por los magistrados, cuando se pronuncia un discurso, es necesario confesar los delitos. Y luego el soñador será condenado a muerte, como indica el hecho de que ha sido elegido rey. Ser escoltado a su casa significa el cortejo de los condenados a muerte. Todo esto me parece claro, excepto un detalle: podrás objetarme, en efecto, que los interrogatorios sobre delitos no se hacen de ordinario en presencia del público. Pero, como ya he dicho en el primer libro, los sueños generalizan las situaciones, aunque incurran en incongruencias. Pues en efecto, si alguien es torturado a la vista de la plebe, la gente acude al proceso y, de igual modo, la turba se agolpa donde alternan los jueces, los procuradores del fisco y los magistrados del pueblo.
Cuanto a los sueños que presentan pocas variantes, deberás prestar atención a cada cambio y tomarás nota de las diferencias, grandes y pequeñas, como si fuesen dos géneros opuestos: por ejemplo, si un sueño no es adecuado a un ser humano, pero se acomoda a la perfección a los animales pequeños, será también harto desviado respecto de los animales grandes y domésticos. Por tanto, transferirás el significado a cosas contiguas a lo que significa el hombre, luego a los animales grandes y salvajes, luego a los pequeños y dóciles, y finalmente a los peces. Y lo trasladarás todo a las plantas, a las piedras y a los elementos, por así decirlo como desde la parte opuesta de un círculo, de modo que los extremos se toquen. Tendremos así los elementos cercanos al hombre, luego los metales, las piedras y las plantas, que pondrás junto a los animales pequeños, y trasladando así los significados, acabarás por encontrar lo que buscas.
Supongamos que cada vez que sueñas con un hombre conocido, que (como ya he dicho) significa fama, te azotan: en tal caso, estás ya padeciendo algo que es más grave que un afecto. Y que cuando sueñas con chinches que molestan a una concubina, tu mujer te fastidia. Entonces, considerarás por un lado toda la mitad del círculo que va desde los animales pequeños hasta el hombre y eliminarás todos los restantes significados. Procediendo así, el caballo, que indica estima y fuerza, significará dignidad y magistratura. Y, por el lado contrario, el árbol, que normalmente te significa a ti y a los tuyos, se referirá a tus animales, como el caballo o el buey, o también a tus servidores. Y así para todo lo demás. La confrontación no es especular, pero acontece como si las cosas estuvieran dispuestas en dos círculos, de los que el uno está comprendido en el otro, pero con distintos centros. Los intervalos no son iguales entre sí, sino de diferente longitud, aunque siguen un mismo criterio.
Debe observarse, además, respecto de los sueños, un método que es común a todos los géneros de adivinación, a saber, que es preciso confrontar lo parecido con lo parecido y buscar poco a poco las semejanzas, para llegar así hasta los aspectos diferentes, que deben tenerse en cuenta tanto en las cosas semejantes como en las desemejantes. De todas formas, se mantiene el criterio de la semejanza, que se pierde por completo cuando se comparan cosas totalmente diferentes.
Pongamos el ejemplo de un padre y un hijo, ambos ricos y expertos en derecho, que tienen sueños iguales respecto a la equitación y cosas parecidas. Pero se diferencian porque el padre llega a un lugar oscuro y el hijo a otro plenamente iluminado. Estos sueños son iguales en múltiples aspectos, por la situación de los soñadores, por el curso de su vida, por la índole de los servidores, por los artes y las ocupaciones. El parecido general se mantiene y no se destruye por la luminosidad o la oscuridad en el sueño actual. Pero como esta diferencia existe, el padre morirá sin fama, y el hijo en gloria, porque la diferencia es máxima. Pues en efecto, cuanto más sutil es el vínculo que une cosas iguales y desiguales, mayor es la desigualdad que se produce.
Pero supongamos ahora que es un huésped quien tiene el mismo sueño que el hijo. El huésped no tiene nada en común con aquel padre, porque los elementos no concuerdan. No obstante, el final del huésped tendrá más parecido con el del padre que con el del hijo, pues morirá sin fama, y la luz y el esplendor no harán sino poner al descubierto su bajeza y su indolencia, del mismo modo que para el experto en leyes la oscuridad no hacía sino oscurecer su nombre. Así, pues, cuando se les compara, de los sueños desiguales pueden derivarse más sucesos parecidos que de los sueños sólo en apariencia iguales y desiguales al mismo tiempo, pero en realidad totalmente desiguales.
Conviene, pues, considerar atentamente los sueños parecidos, porque no están viciados por ningún tipo de desemejanza, aunque los sueños compuestos pueden señalar algún tipo de equivalencia.