Trío

William Boyd · Capítulo 9 de 61

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Trío

Capítulo 8

Anny estaba quieta, abrazada a Troy. La respiración acompasada y poco profunda, y el aliento cálido de Troy en su hombro derecho, le hicieron preguntarse si se habría dormido. Tenía un ligero dolor de cabeza y estaba completamente desvelada, aunque debían de ser ya más de las dos de la madrugada, pensó. No tendría que haber bebido ese vino tinto que llevó Troy. Si mezclaba el alcohol con las pastillas siempre se desvelaba…

aunque se suponía que esas pastillas eran para ayudarla a dormir.

La noticia de Cornell y su fuga la había alterado mucho: estaba nerviosa y de repente se sentía insegura. Y preocupada. ¿Cómo se había fugado? ¿Y

por qué había llamado la policía británica a la oficina de producción?

Cornell no había estado en Inglaterra en la vida, que ella supiera; entonces,

¿por qué razón sería ese su destino? Porque sabía que ella estaba allí, pensó.

La película se había anunciado mucho; le hicieron fotos cuando llegó al aeropuerto de Heathrow. Cornell se habría enterado, seguía su carrera, a pesar de que siempre decía que no le interesaban las «pelis». Anny recordaba perfectamente la cara de Cornell: delgado y guapo, con la frente siempre arrugada y el ceño muy fruncido. De cómo escupía siempre la palabra «pelis». Sus rasgos seguían nítidos para ella, a pesar de que no había vuelto a verlo desde que se divorciaron, un acontecimiento del que casi nunca se acordaba. Fue como si tropezaran con la idea de divorciarse, eso pensaba Anny. ¿Por qué se divorciaron? Se acordaba de que discutieron y ella lo llamó «anarquista borrego». A él le escoció el insulto y se fue de casa unos días. Volvió y pidió disculpas, pero luego se empeñó en pedirle que dejara la película que estaba a punto de rodar, Noches de hotel, y Anny se negó y le preguntó cómo pensaba que iban a vivir sin lo que ella ganaba.

Cornell la llamó traidora y volvió a marcharse. Luego pidió el divorcio espontáneamente, y Anny, harta de discusiones, lo aceptó. Se dio cuenta de

que no odiaba a Cornell; simplemente no podía con él y sus ideales imposibles. No tenía fuerzas para estar casada con él.

Pero el problema era que, desde el divorcio, desde que pasó lo de la bomba, su nombre siempre había estado ligado al de él. En cada artículo o entrevista que le hacían siempre se mencionaba que estaba casada con el

«terrorista urbano» Cornell Weekes. Ella explicaba a los periodistas que su matrimonio solo había durado unos meses, mucho menos de un año, pero por lo visto les daba igual: Cornell Weekes era ya parte inseparable de su biografía. Tomó aire y se mordió el labio, sintiéndose de pronto como una delincuente. ¿Por qué se había casado con él? ¿En qué estaría pensando? Sí, era guapo, tenía el carisma que suele envolver a los visionarios y hablaba sin parar del «Reich estadounidense», a saber qué quería decir con eso. Era muy joven cuando lo conoció —veintitrés años—, pero justo entonces acababa de salir Los días de Acuario, de Mavrocordato, y Anny se vio convertida en una estrella de la noche a la mañana. La chica desconocida de Minnesota. No paraban de ofrecerle películas; ganaba dinero a espuertas.

Fue entonces cuando Cornell Weekes entró en su vida.

Cornell no trabajaba en el mundo del cine. Odiaba el cine y Hollywood, la división del entretenimiento del Reich estadounidense, según él. Era mayor, canoso; sabio, o eso le pareció a Anny hasta que también ella se volvió sabia. Y le recordaba a su padre. Esa tendría que haber sido la advertencia, esa tendría que haber sido la…

—¿Anny? —dijo Troy en voz baja—. ¿Puedo hacerte una pregunta personal? ¿Cuál es tu verdadero nombre?

Otra pregunta típica de Troy. Esta vez se alegraba de oírla, se alegraba de la boba distracción. Se dio la vuelta en la cama para mirarlo, contenta de que estuviera despierto.

—Anny Viklund es mi nombre verdadero. Anny Makjen Viklund. ¿Por qué?

—La mayoría de la gente de esta industria no emplea su nombre verdadero. Yo tampoco —empezó a enumerarlos—. Billy Fury, Cliff Richard, Adam Faith, Danny Storm, Tommy Steele, Bobby Hero, Georgie Fame, Mickie Most.

Anny lo besó con ternura.

—Bueno, yo ni por un momento he pensado que Troy Blaze fuera tu verdadero nombre. Pero me gusta.

—Bueno, es mejor que mi verdadero nombre. ¿Para qué habré dicho nada?

—¿Cuál es tu verdadero nombre?

—No quiero que lo sepas. Para ti quiero ser Troy.

—Para mí siempre serás Troy. ¿Cuál es tu verdadero nombre?

—Nigel Farthingly.

—Me gusta. A lo mejor empiezo a llamarte Nigel.

—No sé por qué te lo he dicho.

—Es una broma. Nigel —volvió a besarlo—. Perdón, Troy. Comprendo que puede ser difícil para una estrella del pop llamarse Nigel Farthingly.

—Exactamente. Por eso los Appleby me lo cambiaron.

—¿Quiénes son los Appleby?

—Mis mánagers. Jimmy y Bob Appleby.

—¿Se llaman así de verdad?

—Pues sí.

Troy tenía la mano en el pecho de Anny; le estaba rozando el pezón con los dedos. Ella deslizó una mano para tocarlo: duro, rígido. Un chico joven… tan distinto de Cornell, que siempre decía que tenía «problemas de libido», por su adolescencia infeliz. Nunca entraba en detalles.

—No puedo dormir —protestó Anny con voz de niña pequeña—. ¿Qué hacemos?

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