Trío
Capítulo 17
¿Era hoy el día…? Elfrida se hizo la pregunta con una extraña inquietud.
Llenó el vaso de zumo de naranja para tranquilizarse. Quizá le conviniera tomarse un descanso —de unos días—, pensar las cosas un poco más. Al fin y al cabo, la idea se le acababa de ocurrir y a lo mejor se había precipitado indebidamente. Al mismo tiempo, reconocía el síntoma familiar: el aplazamiento, una de las siniestras señales de su bloqueo, su eterna enfermedad. «No, Elfrida —se ordenó—. Arranca, empieza, ponte en marcha». Se acordó de la famosa frase de Guy de Maupassant: «Ponlo negro sobre blanco, tinta sobre papel».
Armándose de valor, pidió un taxi para que la llevara de Rottingdean a Rodmell, ida y vuelta, costara lo que costara, y fue a por su libreta de notas y el panfleto de Maitland Bole. Echó unos dedos de vodka en una botellita de cristal, por si necesitaba animarse un poco y, ya que la botella estaba abierta, bebió un trago, y luego otro. ¿Cómo era ese refrán ruso? «Nunca abras una botella de vodka para servir un solo vaso…», o algo por el estilo.
Como mínimo dos. ¿Quién dijo eso? ¿Pushkin? ¿Dostoievski? Daba igual, lo estaba parafraseando, pero, de todos modos, le parecía una tradición popular eminentemente razonable.
El taxi se había parado delante de la puerta, y Elfrida le estaba indicando que lo había visto cuando sonó el teléfono. Pensó en no contestar pero podía ser Reggie, a quien prácticamente no había dirigido la palabra desde que discutieron. Lo veía tan poco como si estuviera rodando en el extranjero, y contestó.
—¿Hola?
—Hola. ¿Podría hablar con Jennifer Tipton?
—Lo siento, se ha equivocado de número. Aquí no hay nadie que… —
De pronto cayó en la cuenta—. Un momento —carraspeó—. ¿Sí? Soy
Jennifer Tipton.
—Hola. Soy Huckleberry, de The Book Nook. Hemos recibido su Virginia Woolf.
—¿Virginia Woolf?
—Encargó usted Diario de una escritora. Ha llegado esta mañana.
—Ah, sí, claro. Estupendo. Ahora mismo voy.
Colgó. Era una señal. Se sintió rebosante de alegría, arrebatada de alegría, desbordada de alegría, como si estuviera en un poema de Gerard Manley Hopkins. La sombra de Virginia Woolf la animaba a ir a Rodmell y clavarse una estaca en el corazón. Salió corriendo hacia el taxi. A la mierda los aplazamientos. Pidió al taxista, contrariado, que cogiera el desvío de Hove y la llevase a The Book Nook, donde pagó por los diarios de Woolf.
Buscó las páginas finales, porque eran las últimas entradas las que le interesaban, y las leyó ávidamente en el trayecto de Brighton al valle del Ouse, que no estaba demasiado lejos.
Pidió al taxista que aparcase en la puerta del bar del pueblo —el Abergavenny—, con idea de entrar luego a tomar algo, cuando hubiera terminado con sus pesquisas. Echó a andar por una calle larga y estrecha hacia la parte baja del pueblo, donde se encontraba Monk’s House, la casa de campo de Virginia y Leonard Woolf, que identificó a la primera con ayuda del estupendo mapa de Maitland Bole. Se detuvo a contemplar la casa, muy pequeña y casi escondida entre la vegetación. Vio una cerca de madera blanca y desconchada con una cancela. Los árboles y los arbustos altos tapaban la mayor parte de la vista.
Se detuvo un momento, intentando invocar al espíritu de Virginia Woolf, pero no lo consiguió. A la derecha vio un sendero bordeado por una tapia alta que llevaba a la iglesia, la de San Pedro. Dio unos pasos por el sendero y, de puntillas, se asomó por encima de la tapia para ver el jardín entre el dichoso follaje. Era un jardín considerable, de más de una hectárea, pensó, y al fondo se adivinaba un huerto, detrás de los macizos de flores.
Delante tenía un estanque y un porche acristalado. En una pradera de césped vio varias hamacas y sillas de madera, y a un anciano con chaqueta de lino beis y sombrero panamá, podando las dalias. O sea que la casa estaba ocupada. Pensó que podía atreverse a llamar a la puerta después.
Se dirigió a la iglesia, la rodeó y siguió hasta la tapia del cementerio, con sus vistas de los prados a lo lejos. Vislumbró el curso del río, o al menos las orillas, a menos de un kilómetro, muy desnudo, sin árboles ni arbustos a la vista y muy recto, casi como un canal. Se volvió a mirar hacia Monk’s House, casi escondida por los árboles y el huerto, desde el mirador.
Virginia podía ir paseando por el jardín y el huerto hasta la cancela para salir a los campos que bajaban al Ouse, sin necesidad de pasar por la iglesia, por supuesto. Elfrida se sentó en la tapia con las piernas colgando y saltó al otro lado.
Tardó menos de diez minutos en llegar a los prados y el río, y pronto se vio en lo alto de la orilla, contemplando el lento paso del agua y pensando si sería allí donde Virginia se metió una piedra grande en el bolsillo del abrigo y entró en el agua. ¿Dónde habría aprendido lo de la piedra? Elfrida intentó recordarlo. Ah, sí: se lo contó Enid Bagnold en una fiesta, años antes. Qué curiosa manera de saltar en la memoria tenían las cosas.
Entonces pensó: ¿se tiró Virginia al agua? Por el panfleto de Bole sabía que el Ouse estaba expuesto a las mareas, y con marea alta el río era profundo: Elfrida calculó que podía alcanzar el metro ochenta. Era fácil sumergirse y tragar agua varias veces para encharcar los pulmones. Miró de nuevo el mapa de Bole. El siguiente pueblo, que no estaba lejos, era Southease, a medio kilómetro, y en Southease había un puente que cruzaba el río. ¿No habría seguido Virginia un poco más río abajo, hacia Southease? La gente habría podido verla desde el puente. Elfrida se encontraba en ese momento en la orilla oeste, en el punto más cercano a Monk’s House. Aguas arriba estaba Lewes. No, en algún punto de este tramo de turba de la orilla —a menos de tres metros en cualquier dirección— se encontraba el sitio exacto en el que Virginia Woolf decidió meterse en el agua y acabar con su vida.
Le entraron escalofríos. Era un día de julio de 1968, agradable a pesar de que estaba nublado. Se imaginó que el 28 de marzo de 1941 debía de hacer un frío brutal. Abrió la botellita de vodka y saludó con ella al río antes de dar un par de tragos reconstituyentes. Volvió a guardarla en el bolso, dio media vuelta y echó a andar por los prados hacia la iglesia, con la sensación de que ahora que había visto el escenario con sus propios ojos empezaba a sentir un respeto desconocido por su colega escritora. Entre
otras cosas, suicidarse allí, ahogándose, exigía definitivamente valor, coraje.
Y un pragmatismo gélido: llevaba la piedra en el bolsillo precisamente para no arrepentirse. Y, quizá —la idea se le ocurrió de golpe—, quizá ni siquiera sabía nadar. ¿Quién tendría la respuesta a esas cosas? Dios, pensó Elfrida, viendo que ahora le costaba mucho más saltar la tapia del cementerio, ¿seguro que no hay una forma más fácil de acabar con la propia vida y alcanzar la feliz liberación del olvido?
Se asomó una vez más por encima de la tapia a mirar el jardín de Monk’s House. El hombre del sombrero estaba ahora sentado en una hamaca, leyendo el periódico.
—¡Oiga! —llamó Elfrida—. ¡Disculpe! ¡Aquí, en la tapia! —Hizo señas con la mano, separando las ramas de un laurel para que se la viera mejor.
El anciano tardó unos dos minutos en doblar el periódico, levantarse de la hamaca con esfuerzo y acercarse despacio. Se quitó el sombrero y la miró con cara de preocupación.
—Hola —dijo—. ¿Va todo bien?
—Sí, sí. Estoy perfectamente. Solo quería saber —dijo con falsedad—
si por una remota casualidad esta era la casa de Virginia Woolf.
—Pues sí —asintió el anciano. Era muy delgado y de hombros estrechos, demacrado y ojeroso, con una buena mata de pelo blanco y unas orejas que asomaban del cráneo en ángulo recto como las asas de una olla.
—Me interesa mucho Virginia Woolf —explicó Elfrida.
—No es usted la única.
—¿Puedo preguntarle desde cuándo vive aquí?
—1919.
—Ah —Elfrida cayó en la cuenta—. Entonces tiene que ser usted el señor Leonard Woolf.
—El mismo.
«Mierda —pensó Elfrida—. No puedo preguntarle qué hizo su mujer el último día, antes de ahogarse. ¡Qué frustración!». Ganar tiempo era la mejor táctica, y por lo menos contaba con la atención del señor Woolf.
—Yo también soy novelista —dijo Elfrida, para justificar su atrevimiento—. A veces me comparan con su mujer, con la señora Woolf.
Me llamo Elfrida Wing.
—No conozco su obra. Lo siento.
«Bueno, ¿por qué no me invitas a una taza de té —pensó— y aprendes un poco?». ¿Cuántos novelistas desconocidos se toman la molestia de ir a Rodmell a lo largo del año? Elfrida habría apostado que ninguno. Decidió ser valiente.
—Me interesan mucho los detalles del último día de Virginia Woolf: el 28 de marzo de 1941.
Leonard Woolf la miró parpadeando, como si la viera por primera vez.
Mientras la observaba, las comisuras de sus labios se deslizaron hacia abajo. Parecía a punto de escupir.
—Buenos días, señora Gring —dijo sin miramientos, lanzando el periódico encima de una silla y entrando en la casa a pisotones.
«¡Joder! —pensó Elfrida—. ¡Idiota! Tendrías que haber sido más sutil: pedir un vaso de agua o algo así», se reprochó. Volvió de mal humor hacia el Abergavenny —un nombre galés raro para un bar de East Sussex, pensó
— y al acercarse no vio ni rastro del taxista. Maldito holgazán.
Entró y pidió un gin-tonic grande. La barra estaba salpicada de aros de cerveza sin secar, y el local parecía sucio y descuidado. Había un grupo de chicos de pelo largo, con pinta de ser vecinos del pueblo, jugando una escandalosa partida de dardos, así que Elfrida se fue al rincón contrario, dio un buen trago de ginebra y abrió Diario de una escritora con la esperanza de que Virginia fuera más sociable de lo que lo había sido Leonard Woolf.
Releyó la última entrada, con fecha del 8 de marzo, casi tres semanas antes de que la escritora se quitara la vida. El tono parecía razonable y equilibrado, sin indicios de alteración mental. Una frase le llamó la atención. «Bajaré ondeando mi estandarte». Intrigante. ¿Sería una especie de premonición? Y también las últimas observaciones: «Tengo que preparar la cena. Abadejo y rollo de carne». Qué combinación tan asquerosa, pensó Elfrida. Aunque era interesante que cocinara ella. ¿No tenía servicio doméstico? Siguió leyendo: «Creo que es verdad que al rollo de carne y el abadejo se les coge un poco el tranquillo escribiéndolos». Elfrida se quedó unos momentos pensando en este aforismo. Quizá solo tuviera sentido para otro novelista. Volvió a notar un escalofrío de inspiración. Estaba funcionando. La visita a Rodmell y a Monk’s House había sido una
intuición asombrosa. Le «cogería el tranquillo» a Virginia Woolf y su último día —y de paso impulsaría de nuevo su carrera— escribiendo. Sí.
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