Trío
Capítulo 4
Talbot miró a Reggie Tipton y sonrió, tratando de olvidar su mal humor, de ser amable, de ser buen compañero y comprensivo, aunque en el fondo estaba pensando que Reggie era un tipo insufrible, engañado y pagado de sí mismo.
—Creía, perdóname, que teníamos que estar en Beachy Head esta mañana —dijo Talbot, en tono neutro.
—Y estaremos. Solo necesito hacer un plano.
—¿Qué plano? Joe dice que no está en el plan de rodaje.
—Una idea de última hora. Que se dé prisa Joe. Solo Anny: un plano corto. Pensando: no tiene que decir nada —unió las puntas de los índices con los pulgares para formar un rectángulo imaginario y se lo puso delante de la cara… «Como si —pensó Talbot— tuviera que explicarme el concepto de plano corto». Qué cansino podía llegar a ser Reggie.
—Un plano corto. Una sola toma; no más de diez minutos. Confía en mí, Talbot. Haremos todo lo que está previsto para hoy.
—Muy bien, tú eres el director. ¿Dónde está Anny, por cierto?
—Peluquería y maquillaje. Ha llegado tarde. Por desgracia.
—¿Sabemos por qué? —Talbot seguía sin perder la leve sonrisa.
—No. Al menos yo no lo sé. La avisaron de que pasarían a recogerla, y el coche llegó a su hora. Llamamos a su habitación… No contestó. La esperamos. Tardó una hora en bajar.
—Entiendo. ¿Está bien?
Reggie contestó con desdén.
—¿Cómo va a estar «bien» Anny Viklund, conociendo su historial? Se está portando bastante bien, tenemos suerte. No podemos pedir más.
—Tú la elegiste.
—Perdona, Talbot, eso no es justo. La elegí presionado a tope, por ti y por Yorgos.
—No es verdad. Yorgos la quería, por algún motivo. Yo quería a Suzy Kendall. O a Judy Geeson.
—Suzy Kendall no habría funcionado. Habría estado muy bien… —
Reggie frunció el ceño, como si imaginara su película en un universo paralelo.
—O esa cantante. ¿Cómo se llama? —dijo Talbot.
—¿Lulu?
—No. Sandra Shaw.
—Sandie Shaw… ¿Sabe actuar?
—Reggie, no es difícil. Al menos no lo es en esta película. Sandie Shaw habría sido perfecta, junto a Troy Blaze. Y mil veces más barata que Anny Viklund.
—Actuar es difícil —replicó Reggie con algo de arrogancia. Bajó la voz y se llevó a Talbot a unos metros del equipo de cámara.
—Talbot, ¿me harías el inmenso favor de no llamarme «Reggie» en el plató? Si necesitas un nombre, por favor, llámame Rodrigo. Por favor. Es importante para mí. He cambiado de nombre en el carnet de conducir, en el pasaporte, en todo: es así como quiero que me conozcan, al menos profesionalmente. Es muy importante para mí.
—Muy bien, muy bien. Rodrigo.
—Gracias —Reggie/Rodrigo suspiró—. De todos modos, supongo que es increíble contar con Anny Viklund en una modesta película británica.
¿Has visto cuánto ha recaudado La montaña amarilla? Decenas de millones. Anny está impresionante. Y parece que Troy se lleva bien con ella. Todo son ventajas —levantó la mano derecha y se frotó las puntas de los dedos—. Nos vendrá muy bien en taquilla.
—Más vale —Talbot dejó de sonreír.
—Hola, cariño. ¿Qué haces aquí? —preguntó Reggie, mirando por encima del hombro de Talbot.
Talbot volvió la cabeza y vio que quien se acercaba era Elfrida, la mujer de Reggie. Una mujer rarísima, pensaba siempre. Alta, delgada, como si quisiera esconder la cara detrás del pelo oscuro. El flequillo le llegaba hasta
las pestañas, y las mejillas y las orejas quedaban escondidas por dos cortinas de pelo, hasta la barbilla, cepillado hacia delante como una especie de casco. Normalmente llevaba unas gafas de montura gruesa y negra que volvían la barrera aún más impenetrable, aunque, y esto también era raro, siempre se pintaba los labios de rojo chillón. Una mujer inteligente, saltaba a la vista, aunque muy extraña. No entendía cómo Reggie y ella habían llegado a casarse.
—Elfrida, me alegro de verte —Talbot le dio la mano. Había leído una novela suya hacía años, y le había gustado… No recordaba el título.
—Talbot, hola, hola —contestó Elfrida, separando enseguida los labios rojos para sonreír. Tenía la voz ronca, como de fumadora empedernida, aunque Talbot nunca la había visto fumando.
—No tengo dinero —le dijo a Reggie—. Y no quedan cheques en la chequera.
—Discúlpanos, Talbot —pidió Reggie.
Talbot los vio alejarse, hablando en voz muy baja. Elfrida era tan alta como Reggie, si no más. Parejas, pensó, qué curiosas son. Apartó la idea, acordándose de pronto de la pareja que formaba él con Naomi: no más curiosa que la de Reggie Tipton y Elfrida Wing, seguramente.
Fue a ver si encontraba a Joe para preguntarle cuándo narices llegarían a Beachy Head. Mientras lo buscaba entre las furgonetas, las caravanas y los camiones del plató, cayó en la cuenta poco a poco de que prácticamente todos los transistores de radio estaban sintonizados en la misma emisora, de que en todos sonaba la misma canción absurda. Le pareció que la canción se iba apagando a medida que iba pasando de una zona auditiva a otra, pero al llegar a donde estaba otro grupo de hombres, fumando, tomando café, prendió otra vez con fuerza. No sé qué de un jardín y una tarta y el azúcar glas verde derretido. ¡Por favor! ¿Cuánto duraba la maldita canción? No paraba de oír el mismo estribillo. Un jardín, de un tal señor MacArthur, donde habían dejado una tarta bajo la lluvia, y algo de una receta que no aparecía. ¡Por favor! No era admirador de la música pop moderna, pero esta canción le parecía especialmente abstrusa, por lo poco que llegaba a entender de la letra a retazos.
Por fin vio a Joe.
—¡Joe! Sálvame de esta locura —dijo—. Llévame a Beachy Head.
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