Trío

William Boyd · Capítulo 36 de 61

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Trío

Capítulo 4

—Está cometiendo un grave error, señora Tipton. Por favor, piénselo. No es seguro.

—Asumo toda la responsabilidad con mucho gusto —contestó Elfrida.

—Me temo que no conseguimos localizar a su marido.

—Está rodando una película. Fuera del país —mintió. Sabía muy bien por qué no conseguían localizarlo—. Gracias por todo —añadió—. Les agradezco mucho su interés. Adiós.

Elfrida sonrió al joven médico. No recordaba su nombre. La verdad es que parecía jovencísimo.

Se despidió de él con un enérgico apretón de manos y se abrió camino por los pasillos y escaleras del Royal Free Hospital hasta recepción, donde le dieron formalmente el alta. Salió a Gray’s Inn Road y buscó el bar más cercano.

Encontró uno a doscientos metros, yendo hacia King’s Cross: el Heart of Albion. Resultó ser un cuchitril deprimente, que era lo que Elfrida pedía a los bares. Que bajaran el ánimo al entrar para subirlo a continuación; así lo argumentaba ella. Las paredes estaban decoradas con un papel verde Lincoln de Anaglypta, que reproducía grabados de históricas victorias militares —Trafalgar, Balaclava, las Líneas de Torres Vedras, Blenheim, Dunquerque, Malta y Waterloo—, y Elfrida tomó nota de que todo eran batallas, todo tenía que ver con la guerra y el conflicto, como si eso definiera a una nación más que su cultura. La habitual moqueta de colores chillones estaba ya a mitad de su largo camino a la monocromía, y varias máquinas de juego parpadeaban y lanzaban pitidos en las esquinas. El bar justo acababa de abrir sus puertas y estaba prácticamente vacío.

Elfrida pidió media pinta de cerveza con limón, para activar los receptores delicadamente, y calculó que no había bebido una sola gota de

alcohol desde que se desmayó en la cocina, dos días y medio antes. Era extraño y bastante inquietante tener semejante laguna en la historia personal, pensó. Dos días perdidos para siempre. Lo último que recordaba era que estaba echando un último chorro de ginebra en el vaso (con la idea de irse definitivamente a la cama después), y luego nada. Recobró la consciencia a trompicones en una habitación del Royal Free unas cuarenta y ocho horas después.

Mientras estuvo en el hospital recibió la visita de un chico que se llamaba Lonnie. Al parecer fue él —resultó ser australiano— quien le salvó la vida. Trabajaba en la empresa de jardinería que Elfrida tenía contratada para cortar el césped, podar las flores secas y arrancar las malas hierbas una vez cada quince días. Al entrar en el jardín por la puerta trasera, a la mañana siguiente, vio que la tele estaba encendida, con la carta de ajuste, en el cuarto de estar vacío. Pensando que Elfrida estaría en casa y sin querer asustarla, llamó a las puertas vidrieras que daban al jardín. Miró por el cristal y vio las piernas de Elfrida, boca abajo, en la cocina. Estaba tirada en un charco de vómito y orina, según le explicó el médico de un modo totalmente innecesario, para mayor indignidad y vergüenza, pensó Elfrida.

Lonnie llamó a la policía, que forzó la puerta, encontró a Elfrida todavía comatosa y la trasladó rápidamente al servicio de urgencias del Royal Free.

Le dijeron que su casa no corría peligro, que habían avisado a los vecinos, y —milagrosamente— alguien le había llevado ropa limpia y su bolso con las llaves dentro. Tenía la sensación de haber estado dos días enteros en trance, o drogada, en el olvido de la anestesia. Empezó a encontrarse mejor con un par de tragos de cerveza con limón y fue a la barra a pedir un vaso grande de Bristol Cream. La crema de jerez con la cerveza era la vía más rápida a un maravilloso mundo de irresponsabilidad, según le había contado en cierta ocasión un escritor galés ya viejo. Y

Elfrida necesitaba volver a ese mundo para no ver las partes inquietantes de su vida, al menos de momento.

La curiosa mezcla de cerveza y jerez dulce surtió efecto. Enseguida se sintió más tranquila, fuerte y capaz de organizarse. Se quedaría un rato en el bar y a lo mejor pedía algo de comer —una empanada o un sándwich—; después volvería a casa, limpiaría, se tomaría una o dos tazas de té y se

sentaría a escribir su novela. Había arrancado, a pesar de todo —había puesto sus pensamientos negro sobre blanco, como recomendaba Guy de Maupassant—, tenía un tema y estaba inspirada. Nada se interponía en su camino, aparte de su eterna costumbre de postergar las cosas, y eso era agua pasada. Esos tiempos habían quedado atrás. Los diez años de parálisis literaria y de inercia creativa estaban muertos y enterrados. ¡Qué desperdicio! ¿Qué habría podido escribir? ¡Qué pérdida de valioso tiempo!

Buscó su libreta de notas en el bolso, la encontró, y volvió a preguntarse cómo es que tenía el bolso con la libreta de notas y el monedero para pagar las bebidas. Seguro que fue cosa de una policía eficiente, o alguien del servicio de ambulancias. Daba igual, tenía todo lo necesario; incluso la libreta y la pluma. Abrió la libreta por una página en blanco y empezó a escribir.

Novela: terminar

Reggie: terminar

Casa: vender (dinero)

Calder: avisar (dinero)

Jessica: contratar (divorcio)

Futuro: pensar

Bueno, ya había puesto orden en su vida. Le asombró un poco la rapidez con que lo anotó todo. En realidad no se paró a pensarlo, pero, al releer la lista, tuvo la sensación de que ya se estaba produciendo algo parecido a un cambio en su existencia. Y en buena hora. Había llegado el momento de acabar con la farsa de su matrimonio; el momento de reflexionar y esbozar las novelas que quería escribir; el momento de planear la vida nueva y feliz que tanto necesitaba. Todo cambiaría. Nueva vida, nuevas novelas, nueva independencia, nueva casa, nuevas aspiraciones. Todo estaba en su mano —

era capaz—, tenía la razón de su parte y por lo tanto podía tomar las riendas. La cerveza con jerez dulce operó su magia singular: ya estaba preparada para un gin-tonic.

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