Trío
Capítulo 3
—¿Somerset? —preguntó Elfrida—. Creo que nunca he estado en Somerset. En la vida. ¡Qué raro!
—No está tan lejos como parece —dijo la doctora Ingham—. Bath está en Somerset.
—En Bath sí he estado.
—Pues este sitio está cerca de Taunton. A unas tres horas en tren, aunque parece otro mundo. Yo creo que le sentaría de maravilla. Creo que sería su salvación.
—Cree que necesito que me salven, ¿no?
—Yo diría que sí.
—Bueno, seguro que cualquier cosa es mejor que mi situación actual.
Pero tiene que dejar de beber —dijo la doctora Ingham con sensatez.
—¿Cuánto ha bebido hoy?
—¡Por favor! He tomado un vaso de vino blanco con la comida.
—Hasta eso es demasiado —le reprochó la doctora Ingham, señalándola con el dedo.
Era curioso, pensó Elfrida, lo deprisa que había cambiado su opinión de la doctora Ingham. Del resentimiento y la hostilidad en plena ebullición a una especie de cordialidad pasiva y obediencia fácil. Quería confiarle su futuro —su vida— a esta mujer irlandesa tan fuerte, tan práctica, tan sensata. Tan… Solo había una palabra para definirla: agradable.
—Puedo organizarlo todo en cuestión de unos días… Digamos que para mediados de la semana que viene. ¿Será suficiente para poner en orden sus asuntos?
—Sí, seguro —contestó Elfrida inmediatamente, sin pensar, con ganas de dejar atrás cuanto antes la desesperada «Solución del Ouse», como había
empezado a llamarla, y poner en marcha esta otra. Tenía un plan y un objetivo y eso era importantísimo—. ¿Cómo puede organizarlo tan deprisa?
—Porque ya he hecho los trámites un par de veces y sé lo que tengo que hacer. Además, mi hermana es la encargada de… De las visitas. Así las llaman. «Visitas». No es una condena a cadena perpetua.
—Ah, tiene contactos.
—Contactos familiares. Mejor todavía.
La doctora Ingham la acompañó hasta la puerta.
—Ya sabe que no es gratis —le recordó—. Doy por hecho que tiene fondos suficientes.
—Sí, sí, tengo… o tendré… mucho dinero —dijo Elfrida, con confianza, esbozando mentalmente otro plan.
La doctora Ingham le apretó el brazo y Elfrida, para su propio asombro, le dio un beso en la mejilla espontáneamente.
—Gracias —dijo—. Creo que puede haberme salvado la vida.
—Esto es solo el comienzo de un proceso. No hay que dramatizar.
—Claro —Elfrida se quedó callada un momento—. Esas pastillas que me ha dado —dijo— ¿matarán a los bichos que tengo el brazo?
—Sí. En veinticuatro horas. La llamaré para darle más detalles sobre su estancia. No haga más equipaje del necesario para un par de días. Allí no necesitará muchas cosas.
OceanofPDF.com