Trío
Rendición
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—¿Qué está pasando, Talbot? Esto es intolerable —dijo Reggie, con voz lastimera. Falsamente lastimera, pensó Talbot. Esto pasa a todas horas en el maravilloso mundo del cine.
—No es ningún misterio —contestó Talbot—. Tenemos que inventarnos un cameo para Dorian Villiers.
—¿Por qué cojones?
—Porque será bueno para la vida de la película llevar su nombre. Ya sabes: «Con Dorian Villiers». Nos ayudará a venderla por el mundo. Los de promoción están emocionados, como locos —mintió.
—¿Qué dice Yorgos?
—Está encantado. Contentísimo —eso sí era cierto. Talbot le había llamado por teléfono para trasladarle la sugerencia y Yorgos aceptó al instante… También aceptó el atraco de Dorian. «Es un precio barato», dijo.
En realidad, Talbot le planteó la idea precisamente para calibrar la respuesta de Yorgos, sabiendo que de ese modo podría confirmar o descartar sus sospechas. La rapidez con que Yorgos dio su consentimiento era una señal inequívoca, y las sospechas de Talbot aumentaron. Algo estaba pasando y Yorgos quería contentar a Talbot. Y aún tenían que sobrevivir al cara a cara por el contrato de Las hojas cuando arden. Talbot se quedó con la sensación de que podía pedirle a Yorgos cualquier cosa y este le complacería: le daría lo que fuera con tal de camelarlo. Era preocupante.
Talbot estaba en su despacho, con Reggie, después del rodaje. Cogió la botella de whisky y sirvió dos vasos.
—Bueno, tú eres el jefe —dijo Reggie, un poco molesto—. ¿Qué tipo de papel haría Dorian?
—No lo sé. Podría ser una especie de personaje fantástico; una aparición, un producto de la imaginación de Emily Bracegirdle —de
repente se le ocurrió una idea—. ¿Por qué no le pedimos a Janet que se invente algo? Estamos hablando de dos o tres páginas, un par de días de rodaje como máximo. Janet lo escribe, lo rodamos y si no sale bien podemos no utilizarlo. Dorian solo quiere que se le pague por el trabajo hecho.
—¿Hacienda? —Sospechó Reggie.
—Podría ser cualquier cosa.
—Bueno, pídeselo tú a Janet. Yo me niego. La idea es tuya.
—Muy bien, se lo pediré. Con mucho gusto. Por cierto, no es una
«idea»; es un plan, una táctica. Así tenemos a un gigante del cine en nuestra película. Nada que perder, todo que ganar.
Reggie no parecía convencido.
—Me pasaré a ver a Janet esta noche —añadió Talbot—. Algo se le ocurrirá. Ya que le estamos pagando un dineral, que se lo gane.
—Janet Headstone ya nos ha salvado la película.
—En ese caso, escribir un par de páginas más para Dorian Villiers será como… —Talbot buscó un símil—. Pan comido.
Reggie se quedó pensativo.
—Supongo que poner «con Dorian Villiers» nos da caché.
—Exacto. Bien vale hasta el último penique.
—¿Cuántos peniques vamos a pagarle a ese cabronazo?
—Lo estamos negociando —volvió a mentir Talbot—. ¿Me haces el favor de llamar a Janet y decirle que me espere a eso de las siete?
Talbot llegó tarde a casa de Janet Headstone, en Kemp Town, y viendo que eran casi las ocho le dijo al conductor que no esperase. Llamó al timbre y Janet abrió la puerta, descalza y con un kimono rojo y negro. Se fijó en que llevaba las uñas pintadas de negro. Janet se alegró mucho de verlo, cosa que sorprendió a Talbot, y cuando iban a la cocina, charlando, se preguntó si no estaría un poco «colocada». En cuestión de drogas nunca estaba seguro: a saber qué fumaba, se inyectaba o esnifaba la gente, o qué pastillas tomaba. Se sentaron a la mesa de pino y Janet preparó unos gin-tonics mientras Talbot intentaba aparentar que no se había fijado en el balanceo de los pechos grandes por debajo del kimono de seda, con las solapas cada vez más alarmantemente abiertas. Llegó a la conclusión de que estaba
«colocada». Janet encendió un cigarrillo mientras Talbot le hablaba de la situación con Dorian Villiers y la necesidad de crear un papelito para él.
—¿De dónde ha salido esta idea tan brillante? —preguntó Janet.
—Se nos ha ocurrido… ahora que Dorian vive aquí, en Brighton. Por sacarle partido.
—¿Y puede ser cualquier cosa?
—Cualquier cosa que encaje en un par de días de rodaje.
—¿Rodrigo está conforme?
—Yo no diría que está en el séptimo cielo pero no ha dicho que no.
Janet se quedó pensativa.
—Villiers podría ser un vagabundo. Un holgazán al que Emily conoce cuando huye.
—Ya. No creo que queramos que haga una escena con Emily… Es decir, con Anny. Podría ser una especie de aparición: algo que sale en una de las secuencias oníricas. Un mago. Un espectro.
—¿Y si fuera el fantasma del abuelo de Emily?
—No está mal.
—Tenemos esa parte en la que Emily va dando vueltas de noche, perdida, buscando dónde dormir. Está lloviendo y tiene hambre. Se cobija en un portal… Se queda dormida.
—Y sueña con su abuelo.
Janet dibujó una onda con el cigarrillo.
—Una especie de viejo sórdido que la regaña —improvisó—. El fantasma del pasado. A lo mejor le echa una maldición o algo de eso.
—Me gusta.
Janet se levantó y se puso a dar vueltas por la cocina, continuando su improvisación. La velocidad a la que iba de un lado a otro le abría la falda del kimono, desnudando las piernas y los muslos blancos y fuertes. Talbot la escuchaba solo a medias; estaba pensando si Janet y Reggie se habían liado en serio. Muy probablemente, decidió. La fama de Reggie reforzaba la suposición. Solo esperaba que la pobre Elfrida no lo descubriera antes de que hubieran terminado la película.
Janet se sentó de una manera tan brusca que hizo temblar la mesa.
—Bastará con un par de páginas. Un monólogo bonito —dijo.
—Lo que sirva para dos días completos de trabajo de Dorian. Si rodamos más de la cuenta, siempre podemos usar algún fragmento en flashback si nos apetece.
—Te entiendo. ¿Para cuándo lo necesitas?
—Para mañana sería ideal. Así podemos decirle que venga la semana que viene —Talbot había conseguido aplazar la llegada de Dorian un par de días. Dorian no quería un cheque; quería el dinero en metálico, y Talbot le dijo que para eso necesitaba algo más de tiempo. «Yo me encargo de arreglarlo todo con mi agente —dijo Dorian—. Es mejor que de momento esto quede entre nosotros».
—¿Seguro que a Rodrigo le parece bien? —preguntó Janet—. Porque a mí me da que no le gustaría nada.
—Creo que se va haciendo a la idea. Ve las ventajas comerciales —
contestó Talbot con cautela, consciente de que Janet llamaría a Reggie en cuanto él se marchara. Terminó el gin-tonic y dijo que tenía que irse. Janet lo acompañó a la puerta y, sorprendentemente, le dio un beso de despedida.
—Deberíamos trabajar juntos —dijo—. Quiero decir, en serio. Hacer una película en serio.
—Cualquier día. Será un placer.
—He escrito un guion —anunció Janet—. Es un poco autobiográfico.
En realidad es muy autobiográfico —la idea le hizo reírse con ganas—. Me encantaría que lo leyeras.
—Envíamelo —dijo Talbot, sintiendo de golpe el cansancio familiar, vislumbrando la cantidad de tiempo futuro que tendría que dedicar al guion autobiográfico de Janet Headstone—. ¿Cómo se titula? —añadió, intentando mostrar interés.
—¡ Torbellino! —Janet lo señaló con un dedo inestable, tembloroso—.
¡Es la hostia, Talbot!
En la calle, Talbot encendió un cigarrillo. Torbellino: buen título para una película sobre su vida en ese preciso instante. Tenía la sensación de que su vida, su vida profesional, se estaba acelerando, de que perdía el control.
O se desmoronaba como un castillo de arena arrasado por la marea. Una marea de interminables complicaciones. Esta película, Escalera a la luna, era como el tiempo: tan imprevisible como inevitable. Nunca se sabía lo
que iba a deparar el día siguiente, pero algo depararía: viento, lluvia, sol, tormentas o sequía. La ambición principal era sencillamente sobrevivir, conservar cierto grado de normalidad. Necesitaba otra copa. Seguramente habría algún bar en el barrio…
Miró hacia las tiendas del final de la calle, donde el destello de una luz de neón blanca que brillaba en la creciente oscuridad del atardecer de verano le llamó la atención. Echó a andar hacia allí.
El Icebox.
Se quedó en la acera, dudando si entrar o no. Había una puerta debajo de la caja cuadrada de neón blanco en 3D. El nombre del club estaba grabado a fuego en la madera de la puerta, con las letras talladas por un instrumento de escritura incandescente. O un atizador al rojo vivo, pensó con ironía. Un hombre salió y se escabulló rápidamente con la cabeza agachada. Talbot sujetó la puerta antes de que se cerrara y entró. Unas escaleras bajaban al sótano, donde había una cortina de terciopelo rojo como las que se ven en el vestíbulo de las brasseries francesas. Talbot dudó de nuevo… y por fin apartó los gruesos pliegues.
Sonaba música de jazz suave y la iluminación era azulada y tenue, como un reflejo del nombre del club, pensó Talbot. Había una barra larga delante de una pared, y varias mesas alrededor de una pequeña pista de baile de madera. Al fondo, en la pared contraria, había más mesas de asiento circular, tapizado de azul marino y casi a oscuras. El local era un cruce entre bar y club nocturno, pensó: un sitio donde tomar una cerveza, bailar o besuquearse en la oscuridad de las mesas del fondo; entregarse al impulso que te hubiera llevado hasta allí, fuera cual fuera.
Se acercó a la barra. Era temprano y había muy pocos clientes. La iluminación azulada teñía las caras de un curioso tono monocromo. Era casi como estar en una película en blanco y negro, pensó Talbot; el ambiente acentuaba la impresión de que el sitio no era del todo real, de que allí en cierto modo se actuaba, de que uno no era en realidad uno mismo.
Talbot sopesó si dar media vuelta, salir a la calle y volver al Hotel Grand, pero el camarero —barrigón, con chaleco y pajarita— lo había visto y lo saludó con un alegre: «Buenas noches, señor, ¿qué puedo servirle?».
Talbot dijo hola, entre la curiosidad y una emoción extraña, y pidió un escocés con soda. ¿Quién fue quien dijo que la sensación de ser único que cada uno tiene de sí mismo en este mundo abarrotado de gente era en el fondo absolutamente banal?… Pero había algo que te hacía único, con toda certeza: tu vida sexual. A qué respondes en presencia de otra persona, cuáles son tus detonantes sexuales. ¿Quién puede analizar esto con exactitud? Lo que explica la atracción por la geometría particular de unos rasgos faciales y la infinita diversidad de la forma humana —sexo, olores, labios, piernas, pechos, nalgas, penes, vaginas, delgadez, gordura, color y largo del pelo, falta de pelo, dientes, uñas, ojos, y así interminablemente—
es exclusivo de cada uno, de la persona que despierta y se excita ante los diversos aspectos de otra persona, de una determinada congruencia de detalles. ¿Por qué esta y no cualquier otra? Tal vez en la respuesta a esa pregunta residiera la clave de la naturaleza humana, la que nos lleva a su identidad única, a su verdad idiosincrásica, en cuyo caso sería todo lo contrario de banal. A veces podía cogerte por sorpresa: la curiosa alquimia de un individuo con el que te encuentras es capaz de desencadenar emociones y sentimientos a los que uno puede resistirse o creerse indiferente. A lo mejor por eso se había emocionado, aquí, en el Icebox, a lo mejor este era el mundo feliz para un hombre como él, de su edad y experiencia, ahora que todo era distinto: podían tenderle una emboscada y desarmarlo en cualquier momento, hacer visible su corazón aún sin revelar.
Dos jóvenes que estaban al fondo de la barra lo miraron un segundo cuando les echó un vistazo mientras examinaba el ambiente. A lo mejor el toque maestro era la luz azul: todo el mundo parecía más raro, como ultraterrenal, en aquel resplandor ártico. «Despójate de tu vieja identidad y tus inhibiciones» era el mensaje que Talbot recibía.
Bebió unos sorbos de whisky y continuó con su observación. Había media docena de hombres en el club, algunos jóvenes, con bigote y pelo largo, y otros de mediana edad. Vio a un hombre mayor sentado a una mesa, con abrigo y bombín, mirando su vaso como si allí estuviera la respuesta a su problema particular.
—No lo había visto nunca por aquí, señor —dijo el camarero—. ¿Vive en Brighton?
—Estoy de paso —contestó Talbot.
—¿No lo estamos todos, Talbot? —preguntó una voz familiar a sus espaldas.
Dio media vuelta, y allí estaba George Trelawny. Talbot buscó al coronel con la mirada, pero casi instantáneamente tuvo la sensación de que George estaba solo. Se dieron la mano. George llevaba unos vaqueros negros y una camisa de flores sin meter por debajo del pantalón, con el cuello largo y sin almidonar. Se instaló en la barra al lado de Talbot, sonriendo. Talbot se fijó una vez más en su corpulencia, su físico de toro, de tonel: un hombre bajito y fuerte.
—Ya me imaginaba que algún día nos veríamos por aquí —dijo.
—¿De verdad? ¿Qué vas a tomar, George?
George pidió un brandy con soda, que le sirvieron al momento, y Talbot preguntó si el coronel se sumaría más tarde.
—No. Esta noche no. Tiene que estar de humor para venir aquí. Yo me dejo caer de vez en cuando: no le molesta.
—Me acordé de que me habló de este sitio —explicó Talbot, como si tuviera que justificar su presencia de algún modo—. Curiosamente tenía una reunión en la misma calle, y se me ocurrió pasar.
George dio dos buenos tragos de brandy y encendió un cigarrillo.
—Este club está muy bien. Puedes hacer lo que quieras. Sin agobios.
—¿Eso qué quiere decir exactamente?
—Puedes entrar a tomar una copa: como nosotros. O puedes venir con un amigo y que nadie te «moleste». O puedes venir a conocer gente.
—Entiendo.
George miró a los chicos que estaban al fondo de la barra.
—Si te pones a hablar con alguien, por ejemplo, y te apetece charlar más en privado, puedes ir al piso de abajo. Hay un sótano grande. Y
también están los lavabos.
Talbot recibió esta información con una vaga sonrisa. Pensó que esta era la réplica de Brighton a Christopher Street, en Nueva York.
—¿Cuál es su caso, señor? Quiero decir, Talbot.
Talbot veía que en el Icebox todos eran iguales.
—¿Cuál es mi caso?
—¿Has venido a tomar una copa o algo más?
—Supongo que se podría decir que vengo en misión de reconocimiento… Y una copa, claro. He tenido una reunión complicada. El negocio del cine puede ser agotador.
—Ah, sí, las películas —George se quedó callado, como si fuera a decir algo; luego se lo pensó mejor… y por fin se decidió a decirlo—. ¿Has visto esa película de Dirk Bogarde?
—¿He visto muchas? ¿ Un médico en la familia?
—No. Una en la que es abogado. Un abogado pijo. Y un chaval lo está chantajeando.
—Sí. Se llamaba Víctima.
—Esa. Me recuerdas a él a veces, a Dirk Bogarde. Solo a veces: en un gesto.
—Él es mucho más joven que yo, y tiene un pelo bien lustroso —Talbot pidió otro whisky, por señas.
—No es que te parezcas a él, pero a veces haces el mismo gesto.
Perdona, no tiene mucho sentido.
—¿Quieres decir que parezco una «víctima»? —preguntó Talbot, tratando de no sonar hostil.
—No. Para nada. Todo lo contrario. Es más bien… —George protestó y empezó buscar la expresión exacta, mientras Talbot esperaba a que dijese algo—. A veces tienes una expresión como… Como si vieras lo que hay detrás de todo. ¿Me entiendes? Bogarde tiene la misma expresión. Como si supiera lo que es verdad y lo que es mentira.
Talbot sacó entonces el paquete de tabaco y encendió un cigarrillo, dándose tiempo para pensar. No tenía la más remota idea de qué quería decir George.
—Bueno, George, si me estás haciendo un cumplido, lo acepto con mucho gusto. Curiosamente —dijo, llenando los pulmones de humo—, anoche mismo estuve hablando con Dirk Bogarde. Lo conocí en una fiesta.
Un hombre maravilloso. Muy abierto, inteligente y divertido.
—Hay que ver en qué círculos se mueve, señor. Perdón, Talbot —se corrigió de nuevo y sonrió con complicidad—. Disculpa, veo que mi amigo acaba de llegar.
Estrujó el brazo de Talbot por encima del hombro con bastante fuerza, sin dejar de sonreír. Talbot tomó nota de la familiaridad del gesto, del subtexto. En los veinticinco años que se conocían, el cabo George Trelawny nunca lo había tocado así. Jamás.
—Hasta la próxima, Talbot. Que vaya bien.
—Recuerdos a Ivo —dijo Talbot, vagamente, y se quedó mirando a George, que se acercaba a la cortina roja para saludar a un joven con traje, corbata y maletín. Se instalaron en una de las mesas de asiento corrido del fondo. Talbot se terminó el whisky rápidamente y se marchó.
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