Trío

William Boyd · Capítulo 32 de 61

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Trío

Capítulo 31

—¿Tengo que ir? —preguntó Elfrida.

—No tienes que, por supuesto. Pero creo que deberías venir —dijo Reggie—. Sería raro que no vinieras.

—Es que no conozco a nadie.

—¿Y qué? A lo mejor conoces gente interesante. Es la fiesta de Dorian Villiers, ¡por favor! Seguro que es un grupo como mínimo interesante. Para una novelista. Buen material.

—No necesito ir a una fiesta para encontrar buen material.

—Vale. Haz lo que te salga de las narices. Me trae sin cuidado.

—Está bien. Iré.

—Tienes que prometerme que te sentarás conmigo —dijo Anny—.

Promételo, Troy.

—Te lo prometo. Pero puede que los asientos estén asignados. O que haya un bufet.

—Tú quédate cerca de mí.

—Es una fiesta, Anny. No es para tanto.

—Odio las fiestas.

Talbot estaba jugueteando con el nudo de la pajarita cuando sonó el teléfono. ¿Quién inventaría la pajarita? ¿Por qué era tan puñeteramente difícil hacerse el nudo? Tendría que haber comprado una de esas que venían con el nudo ya hecho, pero un vago esnobismo inculcado le hizo optar por una pajarita de verdad, a pesar de lo torcida que le había quedado. A lo mejor esa era la clave. Cogió el teléfono.

—¿Hola?

—Talbot, querido, tenemos que hablar.

—Estoy a punto de salir para una fiesta, Yorgos.

—Voy a verte. Quiero explicarte mi… nuestro… complicadísimo acuerdo para Las hojas cuando arden. Nos irá muy bien, Talbot. Vamos a hacernos ricos.

—Reconozco que me suena todo un poco raro.

—Exacto. Precisamente. Ese es el plan. Raro, enrevesado, confuso.

Espera hasta que te haya explicado todo lo que estamos haciendo. El pajarillo madrugador encontrará el caldero de oro al final del arcoíris.

—Genial. Avísame cuando vayas a venir.

Anny se sentía rara y un poco nerviosa en el asiento trasero del coche, al lado de Troy, camino de la fiesta; a lo mejor porque no llegaba a acostumbrarse a verlo de esmoquin. En parte parecía otra persona. Parecía mayor, y su atractivo, su encanto único, se había vuelto genérico. Parecía un chico elegante cualquiera en esmoquin, no su Troy especial. Vale ya, pensó Anny, y estrujó la mano de Troy. Él se volvió a mirarla y le repitió una vez más que estaba guapísima. Era cierto que estaba guapa, se dijo Anny; al menos lo había intentado. Llevaba un vestido de terciopelo negro muy escotado, con un sujetador de aro que le levantaba los pechos y los unía formando un canalillo perfecto. Se había puesto además un chal de seda roja y unos pendientes de diamantes. «Me cago en la hostia —dijo Troy cuando la vio salir del dormitorio—. ¡Pareces una puta estrella de cine!».

Añadió que los pechos parecían cucuruchos de helado de vainilla y se agachó para besarlos en un acto de «homaje». Anny le corrigió amablemente la pronunciación y le dio las gracias de parte de sus pechos.

Lo miraba de reojo mientras circulaban por Brighton. Qué distinto estaba. Estiró una mano y le frotó la entrepierna, le agarró la polla.

—¡Anny! ¿Te has vuelto loca?

—Es que estás muy guapo, Nigel. No he podido resistirme.

—Estate quieta, chica. Compórtate.

Anny apoyó la cabeza en el hombro de Troy. Odiaba las fiestas, pero en esta a lo mejor se divertía.

Elfrida se bebió media pinta de vodka a escondidas antes de salir con Reggie a la fiesta. Estaba borracha, pero sabía que no diría incoherencias si no bebía nada más. Era un truco que había aprendido, y funcionaba. No vayas a una fiesta para emborracharte. Emborráchate y luego ve a la fiesta.

Llevaba un vestido de raso verde con mucho vuelo que había encontrado en el armario —¿qué vena le daría cuando se lo compró?—, anticuado, muy de los cincuenta, pero le importaba una mierda. Se maquilló mucho y se puso unos pendientes de imitación de amatista muy llamativos. Nadie podría decir que no se había esmerado.

Mientras esperaban el taxi en el vestíbulo vio que Reggie había optado por una pajarita roja con el frac.

—Muy contracultural, cariño —dijo—. Pareces un crupier de casino de costa. ¿Estás seguro de que es esa la impresión que quieres dar?

—¿Tú estás bien?

—De maravilla.

—¿No irás a ponerme en ridículo?

—Solo si tú me pones en ridículo a mí.

—¿Has bebido?

—Me he tomado un jerez antes del baño. Lo siento. Se me olvidó pedirte permiso por escrito.

—El sarcasmo no te sienta bien, querida.

—Deberías leer alguna de mis novelas. Para ilustrarte un poco.

Parecía tenso, casi crispado, pensó Elfrida. Normalmente le gustaban las fiestas. Siempre la abandonaba para merodear por los salones y catalogar a los invitados, en busca de posibles adquisiciones y ventajas profesionales.

Cogió su bolso de mano. Llevaba dentro una tarjeta en la que había anotado el número de la empresa de taxis de Rottingdean que usaba siempre. Si no se lo pasaba bien se marcharía discretamente. Reggie no tendría problemas para volver a casa por su cuenta.

Cuando Talbot llegó a la enorme mansión de estuco blanco de Dorian Villiers, muy cerca de Marine Parade, vio que era demasiado pronto. Los criados estaban encendiendo dos braseros a cada lado del pórtico con columnas y desplegando una alfombra roja en las escaleras, para perplejidad de Talbot.

Encendió un cigarrillo y esperó hasta que terminaran de dar los últimos toques. Pero Dorian lo saludó desde el balcón del primer piso, flanqueado por dos gigantescas columnas jónicas, como un dictador arengando a la multitud. Estaba apoyado en el balcón, con corbata y chaqueta blanca, se fijó Talbot, y llevaba en el pecho una especie de banda roja en diagonal.

—Toc, toc, ¿quién anda ahí, en nombre de Belcebú?

—Qué bien que te hayas acordado de lo mucho que me gusta una alfombra roja, Dorian.

—Felicísimo amigo. No te quedes ahí. Pasa, pasa, por el amor de Dios, Talbot, ¡cariño!

Talbot se sintió de repente decaído. Curiosamente, le entraron ganas de estar en Chiswick, cenando una sopa con Naomi. «Ten cuidado —se advirtió—: come poco y bebe menos». La llamada de Yorgos lo había inquietado. No era propio de Yorgos sino todo lo contrario. Apartó el tema de la cabeza, tiró el cigarrillo y subió por la alfombra roja a un vestíbulo de grandes volúmenes. Suelo de mármol ajedrezado; dos armaduras decorativas de cuerpo entero, de plata, flanqueaban la grandiosa escalera que se dividía contra la pared del fondo, presidida por un arrogante retrato de Dorian a tamaño natural en su papel de Falstaff en Enrique IV, acto I.

Había ramos de flor de Pascua por todas partes. ¿De dónde narices los había sacado Dorian en pleno verano? Dos filas de cuatro camareras con bandejas en la mano ofrecían flautas de champán. Talbot se olvidó de su voto de sobriedad y cogió una copa. Era evidente que Dorian se proponía hacer una declaración esa noche.

Elfrida se detuvo delante de una bandeja de efervescentes flautas de champán.

—¿Tiene algún refresco? —le preguntó a la camarera—. Es que yo no bebo.

—Hay un bar en el piso de arriba, señora. Allí puede pedir un zumo o lo que quiera.

—Gracias —subió la escalinata con Reggie, deteniéndose a mirar el retrato de Dorian.

—¿Quién es ese? ¿Se supone que es Falstaff?

—Es Dorian Villiers en el papel de Falstaff. ¿No lo reconoces?

—Creía que era Orson Welles.

—Puede que esté invitado.

Oyeron romper la ola, el rumor de la animada conversación que llegaba de los salones del primer piso. Elfrida notó el bajón familiar que le producían las fiestas: los desconocidos; las horas de conversación banal con hombres y mujeres a los que no volvería a ver nunca. ¿Por qué se tomaba la gente tantas molestias?

Cerró los ojos y se agarró con fuerza a la barandilla, al notar que le daba vueltas la cabeza. A lo mejor se había excedido con el vodka profiláctico.

—¿Estás bien? —preguntó Reggie—. Toma mi copa de champán.

—No, gracias. Solo me estoy armando de valor.

—Podrías intentar divertirte un poco, Elfrida. No es un delito, ¿sabes?

Anny y Troy subieron las escaleras. Troy llevaba una copa de champán en la mano. Anny no quería beber, porque se había tomado un par de Equaniles antes de salir y se sentía segura —en la nebulosa ideal del Equanil—, con los ojos despejados y a la vez como envuelta en un invisible campo de fuerza protector. Señaló el retrato.

—¿Quién es?

—Ni idea.

Entraron en el salón principal. Estaba abarrotado de hombres y mujeres en traje de gala. El nivel de ruido de la conversación era considerable; Anny resistió las ganas de taparse los oídos. Al otro lado de una doble puerta había un salón más pequeño, igual de abarrotado, con las paredes de color granate y muchos retratos colgados.

Troy abordó a una camarera que pasaba con una bandeja de canapés y se comió tres cuadraditos de salmón ahumado seguidos.

—Salmón ahumado. Rico de la hostia. Toma un poco, Anny.

—No, gracias, no tengo hambre.

Echó un vistazo alrededor y vio a Talbot hablando con un hombre que llevaba una banda roja cruzada en el pecho. Talbot les hizo señas, a Anny y a Troy, para que se acercaran. A Anny le sorprendió que le diera un beso en la mejilla.

—Anny Viklund y Troy Blaze: nuestras ilustres estrellas. Este es sir Dorian Villiers, nuestro anfitrión.

Sir Dorian se inclinó para besar la mano de Anny.

—Cuánto me alegro de volver a verte —dijo. Retrocedió unos pasos para admirarla—. Radiante. Divina. Incandescente. Meravigliosa.

—Gracias, señor, es muy amable.

—Creo que nunca te he dicho como es debido la ilusión que me hizo trabajar contigo en El caso Monopoly. Una puta maravilla.

Anny sonrió sin decir nada. Miró a Troy. ¿Era algún juego?

—Dale muchos recuerdos a Porfirio —añadió Villiers—. Dile a ese cabronazo que lo echo de menos.

—Claro —asintió Anny.

Villiers había visto a alguien al otro lado del salón.

—¡Larry! —gritó—. ¿Quién cojones te ha invitado?

Se fue a asaltar a Larry. Talbot bebió un sorbito de champán.

—Es un personaje genial —dijo, con comedido entusiasmo.

—¿Quién cree que soy? —preguntó Anny.

—Creo que… podría ser Melissa Blake —explicó Talbot—. No te preocupes porque nunca escucha a nadie. Vamos a ver si conseguimos encontrar a Rodrigo entre este gentío.

Se abrieron paso a través del mareante barullo del salón. Anny cogió la mano de Troy.

La casa de Dorian tenía un salón de baile que ocupaba toda la fachada trasera, con una tarima flotante de madera. Habían montado allí diez mesas para doce comensales, con un centro floral en cada una rodeado por cuatro candelabros con las velas encendidas. Elfrida había tardado cinco minutos en encontrar su sitio a kilómetros de Reggie, asomándose a mirar por encima de muchos hombros. Pero no le importaba no estar cerca de él. Se sentó entre un extranjero que solo hablaba alemán con la mujer que estaba a su izquierda y un hombre callado, con gafas, que retiraba la comida hacia los bordes del plato para ver qué fragmentos podía comer. Dijo que era el corredor de bolsa de Dorian. Pidió disculpas por comer tan despacio.

—Es que me han quitado unos veinte centímetros de intestino —explicó

—. Casi no puedo comer nada, ya lo ve —encontró una rodaja de zanahoria, se la metió en la boca y la masticó con mucho cuidado.

Como Reggie estaba fuera de su vista, a saber en qué parte de la sala, Elfrida se pasó al vino blanco después del vaso de zumo de naranja. Se puso las gafas para observar el salón, o lo que alcanzaba a ver desde su silla. Vio a Dirk Bogarde y a Jill Bennett, y a una mujer que casi con seguridad era Claudia Cardinale. Matthew Maxwell estaba sentado en la mesa de al lado, sin duda, y también Morgan von Hoffman.

—¿Ese de ahí no es Morgan von Hoffman? —le preguntó al corredor de bolsa.

—No tengo la más remota idea, lo siento. No es mi fuerte.

Elfrida vio a Talbot Kydd deambulando y lo saludó con la mano. Talbot se acercó.

—¿No irá a abandonarnos? —preguntó Elfrida.

—Solo voy a inspeccionar las instalaciones.

—Me gustó el concierto el otro día. ¿Qué tal estuvo la segunda parte?

—Espléndida. Un poco deslucida después de Strauss.

Elfrida se apoyó en el respaldo de la silla y ladeó la cabeza.

—Por cierto, ¿ese de ahí es Morgan von Hoffman? En la mesa de la izquierda.

Talbot echó un vistazo.

—No. Es Max von Sydow.

—Ya decía yo que me sonaba.

—Luego nos vemos —dijo Talbot, y siguió su camino.

Elfrida se volvió hacia el corredor de bolsa.

—Es Max von Sydow —explicó—. Por lo menos he acertado el «von».

—¿Quién es?

—Da igual —vio pasar a un camarero y pidió otra copa de vino.

Pensó en su encuentro con Talbot Kydd en el Royal Festival Hall. Fue un sobresalto desagradable tropezar con él: siempre resulta un poco raro, por no decir desquiciante, encontrarse de pronto con una persona fuera de su contexto familiar. Talbot estuvo encantador, por supuesto… Seguro que se llevó el mismo sobresalto que ella. «Encanto», pensó Elfrida, era un concepto inglés muy escurridizo, lleno de matices. Para ella significaba cerrado, educado y afable, aunque frío, capaz de trabar conversación sin decir nada. Eso resumía bastante bien a Talbot Kydd.

Le dijo al camarero que dejase la botella.

Sí, Talbot Kydd: siempre con traje oscuro y corbata, siempre bien arreglado. Sí, iba arreglado —buena palabra—, arreglado para ser impenetrable. Se acordó de que Reggie había dicho que Talbot había tenido

«buena guerra»; a saber lo que quería decir. Seguramente se decía eso del que sobrevivía, del que salía ileso. Así de fácil. Había sido soldado, claro.

Eso explicaba muchas cosas. Un soldado en la industria del cine: peculiar.

—Un hombre encantador —le dijo al corredor de bolsa.

—Totalmente. Perdone, ¿quién?

—Talbot Kydd, el productor de cine.

—Ah, Talbot Kydd. Dorian lo adora.

Cuando Anny encontró su asiento y vio que no estaba sentada al lado de Troy, le hizo traer la tarjeta que llevaba su nombre y cambiarla por la que había.

—Nadie se dará cuenta —dijo.

Troy miró la otra tarjeta.

—Podrías haberte sentado al lado de Eric Burdon —dijo—. Ahora me tienes a mí.

—Es que te quiero a ti, cariño. ¿Cuándo volvemos al hotel?

—Tendremos que esperar hasta después de la cena. Como mínimo.

Troy se puso las gafas de sol mientras iba a dejar la tarjeta de Eric Burdon donde estaba la suya. Anny se estaba mareando con la luz de las velas.

—Ahora todo el mundo sabrá que eres una estrella de cine —dijo Troy al volver y sentarse a su lado.

Un camarero les puso delante una mousse de cangrejo, brillante y temblorosa. Troy la probó.

—No está mal. Sabe a pescado —se metió el resto en la boca con el tenedor.

—Puedes tomarte la mía —dijo Anny, acercándole el plato.

Talbot estaba sentado a la mesa de Dorian, al lado de su mujer, Bruna Casanero, sorprendido porque además de ser muy guapa estaba embarazadísima. Tenía como mínimo treinta años menos que Dorian, calculó, y hablaba bien inglés, aunque con un acento muy marcado. La barriga de embarazada era perfecta, como si debajo del vestido de crepé de China azul celeste llevara un melón o una campana de cristal. Dorian estaba sentado enfrente de Bruna y no paraba de tirarle besos. A ella le hacía mucha gracia.

Talbot se fijó en que Dorian llevaba el pelo largo, por debajo del cuello, y se lo había teñido de un tono nuevo, entre beis y mantequilla: lo mejor para quitarse años, pensó. Le caía bien la mujer anterior de Dorian, la segunda, Vanessa, una mujer inteligente y sardónica que parecía haber calado bien al actor y lo interrumpía cuando la hipérbole se le iba de las manos.

Bruna le estaba hablando.

—¿Perdón?

—¿Tienes hijos, Talbot?

—Un hijo y una hija.

—¿Y se llaman?

—Humphrey y Zoë.

—Me gustan. Mi hijo se va a llamar Ercole. Es el primero. Traducido es Hércules.

—Sí. Ya sabes que es un niño. Increíble.

—Sé que es un niño —se apretó la cúpula perfecta con las manos—.

Porque me habla.

—¡Hércules Villiers! ¡Qué nombre!

Talbot apartó unos centímetros la tarta de queso, que no había probado, cuando Dorian golpeó varias veces una jarra —el nítido sonido cristalino silenció el salón de baile— y se levantó entre aplausos dispersos.

—Como decía Chaucer… o tendría que haber dicho si hubiera tenido un poco de sentido común —empezó a declamar Dorian, con su voz atronadora y su legendaria capacidad de proyección sin necesidad de amplificadores electrónicos—: ¡Tengan vuesas mercedes la bondad de venir a esta hermosa villa llamada Brighton, donde encontrarán mozas y podrán brindar con ponche caliente para alegrar el corazón!

Elfrida notó que se le empezaba a caer la cabeza. Había soportado unos cuantos discursos interminables en la vida, pero Dorian Villiers estaba batiendo todos los récords. En ese momento se dirigía a su mujer en italiano, con un acento atroz: la molta più bellissima sposa e mamma del mondo, o alguna chorrada por el estilo. No aguantaba más. Buscó con la mirada un camarero que llevase una botella de vino, pero por lo visto se habían evaporado todos cuando empezó el discurso. Muy listos; decidió hacer lo mismo. Retiró la silla muy despacio, le dijo al corredor de bolsa:

«Disculpa», y se escabulló, dejando el bolso de mano en la silla, para indicar que su ausencia era temporal.

Encontró a un camarero recogiendo copas en el salón granate y le pidió una copa de vino blanco. Vio que necesitaba ir al lavabo y siguió las flechas

escaleras arriba hasta la planta donde estaban los dormitorios, cuartos de baño y vestidores de la mansión de los Villiers.

Cuando por fin encontró el lavabo, al fondo de un amplio pasillo enmoquetado de azul claro, resultó que estaba ocupado. Segundos después de que Elfrida intentase abrir la puerta cerrada salió un hombre. Tenía cuarenta y tantos años, calculó, y llevaba unas gafas redondas de montura metálica, de esas que estaban tan de moda. Una severa raya al medio, ligeramente descentrada, le separaba el pelo canoso y fosco, como la línea blanca de un cortafuegos que atraviesa un bosque denso, pensó. Llevaba un esmoquin de terciopelo un poco deshilachado y la pajarita torcida.

Elfrida pidió disculpas, el desconocido pidió disculpas y preguntó si sabía dónde estaba el ropero. Había dejado un maletín y por lo visto había desaparecido.

—Yo no he traído abrigo —dijo Elfrida—. ¿No irás a marcharte? ¿En mitad de los discursos?

—Tengo que coger el tren para volver a Londres. ¿Por casualidad no llevarás encima un cigarrillo?

—Lo siento. No fumo —bebió un sorbo de vino. Llegó a la conclusión de que el desconocido era un tipo simpático, desaliñado y con aire de intelectual tímido.

—¿Eres amiga de Dorian?

—No lo conozco. ¿Tú?

—No sé si «amigo» es la palabra exacta. Le hice una buena reseña hace diez años y ahora me invita a todas sus fiestas. Continuamente.

—¿Una reseña?

—Antes era crítico de teatro. Creo que Dorian trabajó en Un espíritu burlón. No lo recuerdo.

—¡Crítico de teatro! Fascinante.

—Sí —el desconocido repitió la palabra en voz baja—: Fascinante.

—¿Sigues siendo crítico de teatro?

—No. Me despidieron. Y ahora la verdad es que soy novelista. No es que tenga mucho éxito pero más o menos me gano la vida.

—Qué interesante. ¿Es posible que haya oído hablar de ti?

—Me llamo Laurence Falconer.

—He oído hablar de ti —asintió Elfrida—. Estoy segura. Bueno, felicidades. Supongo que es mejor ser novelista que crítico de teatro.

—Es un trabajo oscuro y sucio, pero alguien tiene que hacerlo.

—¿Has escrito muchas novelas?

—Unas veinte o por ahí. Como mínimo. ¿O treinta? He perdido la cuenta.

—¡Madre mía! —Elfrida vació la copa y se deshizo de ella—. Eso es una oeuvre en toda regla.

—Tengo varios noms de plume. Me libra de muchas maldades.

—¿Te resulta fácil? Escribir, quiero decir.

Falconer frunció el ceño.

—Supongo… La respuesta corta es no. Pero lo encuentro gratificante.

—La gente se olvida de lo arduo y lo duro que es.

Falconer la miró con más atención, observándola, como si intentara identificarla. Elfrida se dio cuenta de que había hablado sin pensar.

—¿Escribes novelas?

Estuvo a punto de negarlo, como hacía normalmente, pero ¿qué coño?

—Lo estoy pensando. Escribir una novela, quiero decir.

Falconer se metió las manos en los bolsillos, soltó el aire haciendo mucho ruido, sin dejar de mirarla, y se tambaleó ligeramente. Elfrida se dio cuenta de que estaba muy borracho. In vino veritas.

—Es un camino largo y tortuoso, como dijo alguien —citó Falconer—.

Probablemente otro novelista.

—Caminos tortuosos, caminos largos y tortuosos. Está bien dicho.

¡Mientras no haya terremotos o corrimientos de tierras!

—Bueno, de vez en cuando puede haber un terremoto, aunque suele ser de poca magnitud en la escala de Richter.

—Pero tiene sus compensaciones. ¿No crees? —preguntó Elfrida, sonriendo.

—Supongo que eres el último hombre orquesta. No es poca cosa.

—Sí. Suena perfecto.

Falconer sonrió, y le brillaron los ojos por detrás de las gafas redondas.

Elfrida notó de pronto que se le tensaba la vejiga.

—Encantada de conocerte, Laurence Falconer. Buena suerte.

Discúlpame.

Entró en el lavabo, echó el cerrojo y se apoyó contra la puerta, entusiasmada, casi conmocionada. Qué curioso conocer a un novelista. A lo mejor era una señal.

—¿Podemos irnos? —le dijo Anny a Troy—. Estoy muy cansada. Lleva casi una hora hablando.

—En realidad han sido unos treinta minutos —puntualizó Troy, mirando el reloj—. Sin notas. Es un gran actor.

—Eso no es excusa. Me quiero largar.

Troy se estaba terminando la tarta de queso de Anny.

—Vale, cielo. Dame un minuto —echó un vistazo alrededor—.

Deberíamos despedirnos de Rodrigo.

—Ya lo veremos mañana. Da igual.

Un hombre con traje oscuro y una carpeta se acercó a su mesa.

—Disculpen. ¿La señorita Viklund?

—¿Sí? ¿Qué hay?

—Siento interrumpirla pero abajo hay dos caballeros que quieren hablar con usted.

Troy tomó la palabra.

—Lo siento, tío. Verás, es que hay un montón de gente que quiere hablar con la señorita Viklund. Esto es una fiesta privada. ¿Sí? Diles que pasen por la oficina de producción.

El hombre de la carpeta bajó la cabeza y susurró algo al oído de Troy mientras Anny los miraba, divertida. Troy empezó a asentir.

—¿Hay alguna sala discreta? —preguntó.

—Por supuesto.

—¿Qué pasa, Troy? —dijo Anny. Nunca lo había visto así.

—Creo que será mejor que vayamos con este señor, muñeca.

Elfrida volvió al salón de baile. La gente empezaba a dispersarse despacio después de que sirvieran el café y los pastelitos. Los hombres encendían cigarros, las licoreras de oporto circulaban alrededor de la mesa y los invitados volvían a los salones para la sorpresa final de la fiesta, a saber cuál sería. Elfrida encontró su mesa y vio que sus dos compañeros ya se habían retirado. Recogió el bolso de mano y sacó la tarjeta de la empresa de taxis de Rottingdean. Ahora tenía que encontrar un teléfono en aquella casa imposible. Empezaba a notar el cerebro un poco embotado y lento.

«Más te vale dejar de beber vino», se dijo, aunque estaba de buen humor, por no decir eufórica, después del encuentro con Falconer en el piso de arriba. Echó un vistazo, vio a Talbot Kydd hablando con una mujer embarazada y se acercó a ellos. Talbot sonrió con cortesía al verla llegar.

—Elfrida…, ¿puedo presentarte a Bruna Casanero? —Y se largó.

Elfrida estrechó la mano que le tendía Bruna Casanero.

—Soy la mujer de Dorian.

—Encantada de conocerte. ¿Hay algún teléfono por aquí?

—Te lo enseño. Ven conmigo.

Siguió a Bruna, zigzagueando entre las mesas desordenadas hasta una especie de office donde los camareros estaban apilando los platos y las copas. Bruna señaló un teléfono colgado en la pared.

—Hay que marcar el nueve para conseguir línea —explicó.

—Muchas gracias —dijo Elfrida—. Quiero pedir un taxi y volver a casa. He pasado una noche estupenda —señaló la barriga de Bruna y añadió

—: A lo mejor te conviene sentarte, para descargar el peso de los pies.

—No, estoy bien. Soy una italiana fuerte. ¿Tú tienes hijos?

—Sí. Tengo tres hijas.

—¿Y se llaman?

—Selina, Serene y Sabrina.

Bruna la miró con una media sonrisa. Elfrida siempre contestaba con la misma broma a la frecuente pregunta. Otras veces decía que tenía tres hijos: Godfrey, Geoffrey y Gregory.

—Te dejo que llames —dijo Bruna, y volvió al salón de baile.

Elfrida se adueñó de una oportuna copa de vino que estaba por la mitad y pidió un taxi.

Talbot salió a la calle y se alejó del sorprendente círculo de calor que irradiaban los braseros, todavía ardiendo. Encendió un cigarrillo en una sombra fresca y pensó en la fiesta. ¿Se había divertido? No. ¿Había conocido a alguien interesante? La verdad es que no. ¿Había mejorado mínimamente su experiencia vital? Lo cierto es que su experiencia vital se había visto perjudicada por la patente pérdida de tiempo. ¿Qué mosca le había picado a Dorian para organizar una fiesta tan ostentosa, tan fastuosa?

Ni idea. Cui bono? A nadie. Entonces, pensó, quizá el mismo juicio implacable pudiera aplicarse a todas las fiestas. Alguien —alguien joven—

le había dicho en una ocasión que el único motivo para ir a una fiesta era

«pillar» algo. Sexo, drogas, comida, cotilleos, contactos, influencia o promoción. Si no pillabas, la fiesta había sido una pérdida de tu valioso tiempo. Visto así había perdido la noche. Aunque no todo…

—Ah, Talbot, estás ahí. Gracias a Zeus. Me han dicho que acababas de salir. Me alegro de encontrarte.

Dorian se acercó al rincón de sombra, adonde no llegaba el resplandor de las luces del pórtico. Llevaba un puro en la mano y la banda roja caída por debajo de la cintura.

—Creo que voy a volver al hotel dando un paseo —dijo Talbot—. Me apetece tomar un poco el aire. Ha sido una velada deliciosa, muy especial.

Gracias Dorian. ¡Qué noche!

—¿Podemos hablar un momento, Talbot?

—Claro.

Dorian lo alejó un poco más de la luz de la puerta —los invitados salían en grupos numerosos—, hacia la oscuridad.

—Esta película tuya, la que estás rodando aquí, en Brighton —dijo Dorian—. ¿Cómo se llama?

—Es una película muy tonta con un título igual de tonto. La utilísima escalera a la luna de Emily Bracegirdle. La llamamos Escalera a la luna. O

Escalera, sin más. Para ahorrarnos el bochorno.

—¡Qué más da! Los títulos hoy en día no tienen sentido. El caso es, Talbot, ¿hay un papel para mí en tu absurda película?

Talbot tuvo que respirar.

—El reparto está completo, Dorian. Estamos a mitad del rodaje.

—¿Y qué? Dame un cameo. Puedo ser el tío rico de algún personaje. La realeza que viene de visita. El cerebro maligno. Lo que más te guste.

—No es ese tipo de película. Te horrorizaría.

Dorian dio una calada fuerte, y la punta del cigarro se encendió con una intensa brasa roja. Lo tiró por la alcantarilla.

—Te lo digo de otra manera, Talbot, amigo mío. Disculpa la falta de sutileza pero necesito ganar, necesito conseguir, cinco mil libras legales para finales de la semana que viene. Me parece que el único modo factible de alcanzar el objetivo es que me ofrezcas un papel en tu película y me pagues cinco mil libras. Así de sencillo.

Talbot se quedó callado y luego preguntó:

—¿Cómo puedes dar una fiesta como esta y al mismo tiempo necesitar cinco mil libras? Te habrás gastado…

—No, no he gastado nada. He encargado, pedido, organizado. Las facturas llegarán a su debido tiempo, y algún día es posible que las pague.

Pero ahora mismo tengo una necesidad muy clara. Cinco mil libras para finales de la semana que viene. No puedo ser más sincero.

Una vez más, Talbot reflexionó unos momentos antes de responder, viendo que la petición escondía una situación extraña, oscura y grave en la familia Villiers. Decidió no hacer preguntas sobre la situación, fuera la que fuera.

—Lo haría sin dudarlo, Dorian. Pero…, disculpa mi falta de sutileza…, si te meto de pronto en esta película se jode todo.

—No hay nada que tú no puedas resolver, Talbot —Dorian posó una manaza en el hombro de Talbot—. Eres uno de mis amigos más antiguos.

No sabes cuánto te lo agradecería. Te pido este favor como amigo, uno de mis amigos más queridos. Si no haces esto por mí se va todo a la mierda. Y

cuando digo todo quiero decir todo.

—Escucha, Dorian, sabes que yo…

—Estaré allí el lunes por la mañana. Un par de días de trabajo. Cinco mil. Y todo resuelto. Que Dios te lo pague.

Se inclinó, besó a Talbot en la mejilla —que notó el olor a tabaco ácido en el aliento de Dorian— y volvió a su mansión. ¿Qué cojones habrá hecho?, pensó Talbot. ¿En qué lío desesperado se habrá metido? Cerró los ojos y notó que los ácidos del estómago se ponían en movimiento.

La operadora de Rottingdean le dijo a Elfrida que el taxi la estaría esperando en la puerta en cuestión de quince minutos. Perfecto, pensó, el tiempo ideal para una última copa de vino. Volvió al salón de baile, ya vacío, y vio a los actores de la película de Reggie —¿cómo se llamaban?

¿Angie y Tim?— siguiendo a un hombre que llevaba una carpeta en la mano. Encontró media botella de vino tino y una copa bastante limpia, y la llenó antes de volver al salón granate, rebosante de ruido y humo, de invitados reacios a terminar, con ganas de aferrarse al ambiente de juerga y tolerancia. Echó un vistazo mientras saboreaba el vino, pensando que aquel salón era como una capilla consagrada a la mayor gloria de San Dorian Villiers. Había muchos retratos del gran hombre, muchas fotos en blanco y negro, y muchos carteles de teatro que anunciaban las representaciones de sus papeles más famosos: Lear, Tamerlán, Archie Rice, Próspero, James Tyrone, Macbeth y, por supuesto, muchos Falstaff.

Examinó de cerca un cartel enmarcado de una obra que no reconocía, Sombra blanca, ola blanca, y reflejada en una esquina del cristal, casi como un retablo, vio a una pareja sentada en un rincón, rodilla con rodilla: el hombre inclinado para encenderle el cigarrillo a la mujer. Un segundo más tarde se daba cuenta de que el hombre era Reggie. Dio media vuelta, dejó el vino en una mesita y echó a andar entre los escandalosos grupos de invitados. A lo mejor Reggie quería irse con ella; no tenía sentido pedir dos taxis, cuando estaba claro que la fiesta había terminado.

—Estás ahí, cariño. Llegará un taxi dentro de cinco minutos. ¿Quieres venir conmigo?

Reggie se levantó, y lo mismo hizo la mujer que estaba con él.

—Ah, Elfrida. Talbot me dijo que te habías ido. ¿Conoces a Janet Headstone? Está dando unos retoques a nuestro guion. Gracias a Dios.

Elfrida vio a una treintañera rubia, con el pelo recogido en un moño flojo, y un vestido turquesa brillante, muy ceñido en el escote, que formaba un abismo entre los pechos grandes. Se dieron la mano.

—¿Cómo estás? —saludó Elfrida.

—Encantada de conocerte.

Elfrida se fijó en el gangoso acento de Londres, en el cierre total de la glotis con que Janet se comía las letras.

—Hasta mañana, Jan —dijo Reggie, recogiendo sus cigarrillos y el mechero.

—Que lleguéis bien —contestó Janet.

Elfrida y Reggie salieron del salón y se dirigieron a la escalera.

—Nos ha salvado la vida Janet. Es una chica muy lista.

—¿De verdad? Qué suerte tienes.

Elfrida no dijo nada más. Tenía un torbellino en el cerebro y necesitaba concentrarse para bajar las escaleras sin caerse. Ya sabía quién era la amante.

El hombre de la carpeta llevó a Anny y a Troy a un saloncito de la planta baja, a la izquierda de la escalinata. La mesa estaba preparada para el desayuno. Y sentados alrededor se encontraban el inspector Desmondson y el agente Radetski, del FBI.

Anny notó la bola de vómito que le subía a la garganta.

Troy dio un paso al frente, haciéndose dueño de la situación.

—¿Qué pasa, chicos? Estamos en una fiesta. No podéis…

—¿Puedo preguntarle quién es usted, señor? Queremos hablar con la señorita Viklund en privado —dijo Desmondson.

—Es un amigo —explicó Anny—. Quiero que se quede.

Desmondson miró a Radetski, que asintió.

—De acuerdo.

—¿Qué quieren? —preguntó Anny.

—Tenemos noticias de su marido, Cornell Weekes.

—Es mi exmarido. Ya se lo he dicho varias veces.

—Disculpe.

—¿Qué pasa con él? —Anny tenía de pronto la garganta seca. Sin una gota de saliva.

—¿Lo ha visto recientemente?

—No. Hace muchos meses. Alrededor de un año. Más.

—Lo han detenido esta mañana en el puerto de Southampton —anunció Radetski—. Estaba a punto de subir a un ferry con rumbo a España. Y

llevaba encima una considerable suma de dinero.

—¿Y qué tiene todo eso que ver conmigo?

—Sí, eso —intervino Troy, con ánimo de apoyar.

—Bueno —Radetski se quedó callado y miró a Desmondson—. Weekes ha dicho que fue usted quien le dio el dinero.

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