Trío

William Boyd · Capítulo 26 de 61

Páginas del PDF

Trío

Capítulo 25

Virginia Woolf se movió, refunfuñó y cambió de postura en la cama cuando el suave sol de primavera dibujó en la pared de su dormitorio un rectángulo amarillo limón. Se incorporó despacio, parpadeando, mientras su conciencia apartaba de la memoria inmediata el sueño que estaba teniendo. No conseguía atrapar el sueño fugaz y en fuga, por más que lo intentaba, y entonces se acordó de que aquel iba a ser el último día de su vida.

Elfrida dejó la pluma y soltó el aire. Vio entonces que la mano derecha, ahora desocupada, estaba temblando, vibrando, y cogió rápidamente el vaso de vodka con tónica. Levantó el vaso.

—¡Bienvenida, Elfrida Wing! —brindó. Se prometió a sí misma que pronto dejaría de beber, quizá cuando hubiera escrito un capítulo completo y el libro empezara a ser un poco más real; cuando hubiera puesto más negro sobre blanco. Ahora que acababa de arrancar no le parecía un buen momento para echarse a los hombros la carga añadida de la abstinencia.

Porque había arrancado: el dique se había roto, la neblina se había disipado, el día había seguido a la noche; cualquier otro cliché serviría, pensó. Lanzó un grito de alegría demasiado fuerte y se avergonzó.

Pasó la página de la libreta de notas y miró lo que había escrito.

EL ÚLTIMO DÍA DE VIRGINIA WOOLF

Una novela de

Elfrida Wing

Dio un puñetazo en el escritorio, eufórica y enfadada al mismo tiempo. ¿Por qué le había costado una década de silencio redactar estas pocas docenas de palabras, estas tres frases? No encontraba una respuesta racional, pero el tiempo, las circunstancias y el funcionamiento incomprensible y aleatorio de su cerebro se habían combinado para producir… esta recensión. ¿Cuál era la palabra? Se acercó a la librería y cogió el diccionario. No, no era eso.

«Recensión» era la reseña de una obra científica o literaria. No era eso.

«Redención», entonces. Lo buscó: «La salvación del género humano llevada a cabo por la pasión y muerte de Jesús». Había algo religioso en lo que había escrito, pensó; producía una especie de exaltación sincera. Pero no, «transfiguración» era la palabra que buscaba. Se había operado una transfiguración, una transformación; había ocurrido algo hermoso, sublime: una metamorfosis. Algo seco y estéril había experimentado una transfiguración hasta volverse fecundo, glorioso y cargado de promesas.

Enroscó la tapa de la pluma, cogió el vaso y bajó las escaleras.

Despacio, despacio, paso a paso. Se sentó en el cuarto de estar, un poco abrumada por lo que acababa de ocurrir, con los ojos llenos de lágrimas.

Había pasado mucho tiempo. Tonta, se reprochó. Cuánto se alegraba de estar en su casa —su acogedora casita blanca en el valle de Health, en Hamspstead—, una casa que había comprado con el dinero que ganó por El gran espectáculo.

En realidad ya no era del todo su casa, porque Reggie se mudó allí cuando se casaron. Había un montón de cosas suyas, de carteles de películas que había hecho o le habría gustado hacer: El ángel exterminador, Belle de jour, La dolce vita, El desierto rojo o El jorobado de Roma. Por eso quería llamarse Rodrigo, pensó Elfrida. La absurda esperanza de que la gente lo tomara por medio italiano, español o brasileño, y el nuevo nombre le permitiera coger prestado o robar parte del encanto de los cineastas extranjeros a los que tanto admiraba y envidiaba. Qué triste, pensó, tan triste como las toscas esculturas abstractas —piezas curvas de metal soldado y sin pulir— en los alféizares de las ventanas y las mesas; como las dos butacas de cuero negro de los Eames, con sus reposapiés, que no casaban nada con el informal estilo Arts and Crafts del cuarto de estar. Se llevó el vaso a la cocina para rellenarlo, en un acto de transfiguración y celebración. Reggie había pagado la reforma de la cocina, eso tenía que reconocerlo; de granito y madera muy clara, tampoco exactamente de su gusto, pensó Elfrida. Quizá estuviera colonizando la casa poco a poco, sin la más mínima consideración. Quizá tenía que reconquistar el territorio perdido ahora que había vuelto a escribir: había sido demasiado complaciente, demasiado pasiva.

Llenó el vaso y salió por la puerta de la cocina al pequeño jardín trasero.

Había una mesa de teca redonda, con cuatro sillas y una sombrilla, sobre una terraza de piedra de York; un trozo de césped y un seto alto de hayas.

No había flores, aparte del borde de geranios rojos a los pies del seto. Se llevó una silla al sol y se sentó a pensar en Reggie y en su matrimonio.

Sabía que Reggie tenía aventuras, sobre todo cuando estaba rodando una película. No tenía grandes dotes como adúltero, y Elfrida descubría sus transgresiones sin querer. Pensó que debería dolerle más, pero por alguna razón no se decidía a protestar. Une épouse complaisante. Otro título de novela para su larga lista. Por otro lado, ella tenía la libido bastante baja últimamente. Se preguntó qué pensaría Leonard Woolf de las aventuras amorosas de Virginia. ¿Había sido un mari complaisant? Pero todas las amantes de Virginia eran mujeres. ¿Eso cambiaba algo? De todos modos, pensó, ahora que su carrera como novelista volvía a ponerse en marcha todo sería distinto, y la próxima vez que pillara a Reggie en uno de sus repugnantes flirteos furtivos lo mandaría a paseo. Como hizo Marion, su primera mujer, que lo puso de patitas en la calle en cuanto descubrió que estaba conmigo, pensó. ¡Dios! Marion Tipton, ¡qué mujer tan vengativa, hostil e incapaz de perdonar! Aunque, reflexionó, tal vez no le faltaran motivos para estar amargada. Las hijas de Reggie eran pequeñas, de seis y ocho años. ¿Cómo se llamaban? Tenían nombres ridículos: Butterfly y Evergreen. ¿Te imaginas que te llamas Evergreen Tipton…? Al rememorar los meses de su aventura con Reggie tuvo la sensación de estar viendo a otra persona, a un ser humano completamente distinto. Ay, aquella Elfrida Wing…

Oyó que sonaba el teléfono y dudó si contestar o no. Vale, pensó, dejándose llevar por el espíritu de su reciente transfiguración: a partir de ahora cogeré el teléfono. Y entró con paso largo. Descolgó el auricular. Era una de sus amigas más antiguas y cercanas, Jessica Fairfield. Habían ido juntas a Cambridge, y Jessica era una abogada brillante, según todo el mundo; su ascenso a socia senior sería inminente.

—Estás ahí, cariño. Me alegro de encontrarte —dijo Jessica. Tenía una voz grave. Por teléfono podía pasar por un hombre.

Charlaron un rato, y Elfrida tuvo mucho cuidado de no hablar más de la cuenta. Sí, en general todo de maravilla, escribiendo otra vez; Reggie bien, contento, encantado de dirigir esa película absurda.

—Oye —dijo Jessica—. ¿Estás ocupada esta noche? Ha surgido algo.

OceanofPDF.com