Trío

William Boyd · Capítulo 30 de 61

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Trío

Capítulo 29

John Saxonwood miró la carpeta que tenía delante y abanicó el aire con una mano, como si quisiera disipar un olor desagradable.

—Humo y espejos, Talbot —dijo—. Y en francés medieval legalese, argucias legales. Normal que me hiciera sospechar.

—Seguro que es uno de esos planes enrevesados de Yorgos —dijo Talbot—. Hablaré con él… Me lo aclarará.

—Pareces muy confiado en que todo va bien.

—Lo estoy. Yorgos siempre anda tramando algo. En este caso debe ser que no me ha llegado a contar todos los detalles.

—Estoy impaciente por conocer sus aclaraciones. A mí me parece que intenta engañarte.

—Imposible. Nunca. No, no. Yorgos nunca haría eso.

John extendió las manos, dando a entender que se rendía.

—Yo me limito a informarte de lo que veo. Me parece que tienes que ponerte más firme. Apriétalo.

—Es uno de mis amigos más antiguos, John. Ha salvado la empresa por lo menos dos veces. Es el padrino de Zoë, por favor. ¿Por qué iba a intentar engañarme?

—¿Digamos que «por dinero»? ¿O «poder»? ¿O «influencia»? Cuando uno apuesta por esas cosas, la amistad baja muchos peldaños en la escala de prioridades.

Talbot renunció a convencer a John de la honradez de Yorgos, esencial aunque peculiar; se llevó una copia del contrato con su traducción y volvió en taxi a Primrose Hill —sin leer una sola línea— para recoger el Alvis. En el apartamento llamó por teléfono al conserje que se ocupaba del mantenimiento del edificio para interesarse por los trámites con el cristalero

que arreglaría la ventana del piso de abajo. Le dijeron que todo estaba en marcha.

Naomi le había preguntado cómo se hizo el corte en la frente, y Talbot se inventó que se había caído un foco de una grúa, en el plató, y fue como si llovieran esquirlas de cristal.

—Madre mía —dijo Naomi—. ¿Y si te hubiera dado en un ojo?

Talbot reconoció que tenía razón, que podía haber pasado eso, y volvió a pensar que se había librado por los pelos de la abrazadera. Pero es que la vida estaba llena de ocasiones en las que uno se libraba por los pelos, aunque probablemente solo fuera consciente como mucho un diez por ciento de las veces. Volvió a Brighton perplejo y de malhumor, con la sensación de que empezaba a arderle el duodeno. Sería inevitable enfrentarse con Yorgos para aclarar este asunto tan raro del contrato de Las hojas cuando arden. ¿A qué estaba jugando Yorgos? ¿Qué estaba pasando en realidad? Se negaba a aceptar el análisis de John Saxonwood, tan pesimista. Era mucho más probable que se tratara de un plan bien urdido por Yorgos con el que todos ganarían más dinero. Sin embargo, vio que seguía defendiendo a Yorgos en lugar de protegerse. ¿Estaba en fase de negación? Quizá, reconoció, porque a veces era necesario pasar por la fase de negación. Movió la cabeza a un lado y a otro mientras aceleraba por la A-23 camino de Brighton, relajando los músculos del cuello. «Procura conservar la calma —se dijo—, aunque solo sea por el bien de tu úlcera.

Todo esto pasará».

Ferdie Meares lo estaba esperando en la oficina de producción, claramente alterado por algo. Talbot lo sentó en su despacho y sirvió un escocés para los dos sin perder la sonrisa de cortesía.

—¿Cuál es el problema, Ferdie? Se ve que no estás contento.

—No lo estoy. Estoy muy cabreado.

—No nos gustan los cabreos. ¿Qué pasa?

—Es por mi latiguillo.

—¿Tu latiguillo? Recuérdamelo.

—«Me hace mucha ilusión. ¿A ti?».

—Sí, ya me acuerdo. Y ¿qué pega hay?

—Pues que tu supuesto director, el gilipollas de Rodrigo Tipton, no me deja decirlo en mis escenas.

—Bueno, a lo mejor no encaja.

—Está en mi contrato.

Talbot pidió el contrato de Ferdie y lo comprobó. Estaba, en alguna cláusula adicional. Ferdie Meares tenía autorización contractual para decir su latiguillo —«Me hace mucha ilusión. ¿A ti?»— al menos en dos ocasiones cuando filmara las escenas en las que participaba.

—Creo que deberías hablar tranquilamente con Rodrigo —dijo Ferdie.

—Muy bien —asintió Talbot—. Dalo por hecho.

—¿Y por qué se han cambiado mis escenas con Anny Viklund? Tenía muchas ganas de trabajar con ella.

—La película es así, Ferdie. Fluida, cambiante, en sintonía con el espíritu de los tiempos que vivimos. Estamos en 1968. El libertinaje de Londres y esas cosas. Hacemos pequeñas modificaciones a diario: todo el mundo tiene que aceptar los cambios.

—¿Lo sabe Andy Marvell?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque es amigo mío. Él fue uno de los motivos por los que acepté hacer esta película.

Mentiroso de mierda, pensó Talbot.

—Creo que Andy está en Los Ángeles —dijo vagamente.

—No le va a hacer gracia que toqueteéis su guion —sentenció Meares, levantándose. Era una amenaza velada, pensó Talbot mientras lo acompañaba a la salida.

—Si vamos a eso, me parece que tu latiguillo no figuraba en el guion de Marvell.

—A Andy no le va a hacer gracia —repitió Ferdie, por si acaso, pensó Talbot—. No tengo miedo. Ni un poquito.

Talbot fue al plató en un coche de la unidad de rodaje. Estaban en el campo, entre Burwash y Herstmonceux, grabando tomas del Mini amarillo circulando por el idílico paisaje de East Sussex. Más oportunidades de poner buena música, había dicho Reggie. Talbot lo encontró visionando una prueba en un televisor portátil, cerca del camión de la cámara. Le explicó la

situación contractual del latiguillo de Ferdie Meares. Reggie se negó rotundamente a incorporar el «Me hace mucha ilusión. ¿A ti?» en ninguna escena de Escalera a la luna.

—No, Talbot. Lo siento. Es degradante. Esta es una película seria, no una pantomima de teatro provinciano.

—Deja que la diga y luego la cortas en el montaje.

—Pero eso es rendirse ante un imbécil como Ferdie Meares.

—Perder una batalla para ganar la guerra.

—Nos demandará. Es mejor decir «no» desde el principio.

—No tiene dinero para demandarnos.

Talbot esperaba haber convencido a Reggie de que el camino de la menor resistencia era el único posible en este caso, y lo dejó a lo suyo mientras iba a buscar una taza de té. Vio a lo lejos a Tony During, el director de fotografía, al lado de una grúa, esperando a que el Mini pasara zumbando por una pista de carros hundida. During tenía barba y la tez cetrina; siempre parecía pachucho. Talbot se acordó de que acababa de pasar la gripe.

—Hola, Toni. ¿Ya te encuentras mejor?

—¿Perdón, jefe?

—De la gripe.

—¿Qué? Ah, sí, mucho mejor, gracias, jefe.

Encontró a Joe al lado del carrito del té, con la mujer que lo preparaba.

El sol de la tarde espesaba el vapor del hervidor, convirtiéndolo en una especie de ectoplasma. Joe le pasó un té del color de la arena húmeda en un vaso de plástico.

—No te olvides de que tienes una reunión a las cinco —le recordó—.

En la oficina.

—¿Con quién?

Joe bajó la voz.

—El investigador.

—Ah, has encontrado uno. Bien.

—Se anuncia en las Páginas Amarillas. No ha sido difícil.

—Bueno, para eso son las Páginas Amarillas, digo yo —miró alrededor

—. ¿Dónde están Anny y Troy?

—Tenían el día libre. Estamos haciendo las tomas del coche con sus dobles.

—Muy bien. Entonces mejor que vuelva a la oficina.

El investigador estaba esperando en la sala de estar de la oficina de Napier Street cuando llegó Talbot. Era joven, de treinta y tantos años, guapo, demacrado y muy flaco, con el pelo moreno, despeinado y largo hasta los hombros. Llevaba un traje negro, corbata de cordón y unos zapatos de punta muy fina. Estaba masticando chicle.

Se sentó enfrente de Talbot, al otro lado del escritorio, y se puso cómodo, cruzando majestuosamente las piernas antes de sacar su tarjeta.

Talbot le echó un vistazo y se la devolvió.

—Se la puede quedar —dijo el investigador.

Talbot volvió a mirarla y la dejó encima del tapete de cuero. Decía: ASESORÍA DE RIESGOS CRIMINALES

«¿Está usted al límite? Podemos ayudarle».

Kenneth Kincade (licenciado en Derecho).

—Gracias por venir a vernos, señor Kincade —dijo Talbot.

—Por favor, llámeme Ken.

Talbot se fijó en que Ken tenía un ligero acento estadounidense.

—¿Eres de Estados Unidos?

—Soy de Brighton. De toda la vida —la puntera afilada y rayada del zapato visible subía y bajaba como un metrónomo.

—Estupendo. Veo que es licenciado en Derecho.

—Casi. Lo dejé en tercero. Por eso lo pongo entre paréntesis —dibujó los paréntesis con los dedos en el aire.

Talbot asintió. Ken Kincade podía serle útil; además, no tenía tiempo para buscar otro investigador. Le expuso la situación y le habló de la importante cantidad de película robada, por valor de cientos, si no miles de libras. El sospechoso más evidente sería alguien del departamento de cámara.

—¿Cuántos mendas trabajan allí? —preguntó Kincade, arrugando la frente y sin dejar de masticar chicle.

—Cuatro. El departamento de cámara es quien nos pide los rollos de película. Tiene que ser uno de ellos.

—Es de lógica. O todos. Podrían estar conchabados.

—No lo había pensado, pero lo dudo —dijo Talbot—. Solo quiero que encuentre al culpable. Después yo me ocupo de todo.

—La justicia por su mano, ¿eh?

—Solo quiero que no salga a la luz.

— Capichi. Cobro veinte pavos al día, más gastos.

—¿Pavos?

—Libras. Perdón. Dos días por adelantado, si puede ser.

Talbot subió a contabilidad, donde Geoffrey Braintree le dio ocho billetes de cinco libras. Se los pasó a Kincade, junto con el nombre y dirección de los miembros del equipo de cámara anotado en un papel.

Kincade contó los billetes dos veces antes de guardárselos en el bolsillo.

—¿No tengo que estampar mi firma en un contrato o algo?

—Vamos a hacerlo de la manera más informal posible, si le parece bien

—dijo Talbot, que empezaba a hartarse de la jerga ridícula de Kincade—.

Solo necesito un nombre.

— No es problemo, señor —dijo Kincade, llevándose un dedo a la frente a modo de saludo informal—. Le enviaré un recibo oficial. Usted rómpalo si quiere, pero me temo que yo tengo que incluirlo en mi contabilidad. Un placer hacer negocios con usted, señor Kydd. Seguimos en contacto.

Kincade se marchó, y Talbot se quedó pensando si era prudente hacer lo que estaba haciendo. Por desgracia tenía que averiguar qué estaba pasando: reducir daños y esas cosas. Sonó el teléfono.

—¿Diga?

—Talbot, soy yo, amigo mío. Jimmy Appleby.

—¿Qué tal, Jimmy? ¿Qué puedo hacer por ti?

—Todo de lujo, Talbot. Pero a Bob y a mí nos gustaría una reunión rápida. Tenemos una propuesta interesante, creemos que te gustará. Te lo garantizo. Ven a vernos cuando pases por la ciudad. O, si prefieres, vamos nosotros.

—Lo que mejor os venga.

—¿Qué tal se está portando nuestro niño?

—¿Troy? Como pez en el agua, diría yo.

—Dabuti. Nos vemos, Talbot.

Talbot colgó. «¿Una propuesta?». ¿Por qué le preocupaba?

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