Trío

William Boyd · Capítulo 13 de 61

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Trío

Capítulo 12

Elfrida ni siquiera se había tomado la primera copa del día en el momento en que se le ocurrió la idea, así, naturalmente, espontáneamente. Estaba a punto de coger el cartón de zumo de naranja cuando le llegó, como una revelación, una respuesta, un antídoto. No tuvo nada que ver con el alcohol: fue su cerebro, funcionando por su cuenta. ¡Qué maravilla! Se preparó una mezcla extrafuerte de la botella de Sarson y naranja, brindó consigo misma, dio un par de tragos para poner en marcha el motor, por así decir, y fue a buscar su libreta de notas.

«EL ÚLTIMO DÍA PARA VIRGINIA WOOLF», escribió en mayúsculas. Y a continuación: «EL ÚLTIMO DÍA DE VIRGINIA WOOLF». Quizá lo segundo era mejor; tenía un tono más clásico, más admonitorio. No había necesidad de decidirlo de momento, lo importante era el concepto.

Sin perder un segundo, llamó a un taxi de la empresa de Rottingdean que elegía normalmente y le pidió al taxista que la llevase a la «mejor»

librería de Brighton. La elegida resultó estar en Hove, la ciudad hermana de Brighton, más lujosa y señorial, cerca de Portland Road y del destartalado espacio verde que era Davis Park. The Book Nook, así se llamaba, era un local pequeño, demasiado pequeño para lo que buscaba, se temía Elfrida.

De todos modos, era un primer paso, y eso estaba haciendo, dar pasos.

A Elfrida no le gustaban las librerías desde que empezó su bloqueo de escritora. Le parecían espacios amenazantes, que se burlaban de ella, como si la abundancia de libros expuestos fuera un reproche personal, un insulto manifiesto y un recordatorio de su eterna inactividad. Al entrar vio que la librería se esforzaba para estar a la altura de su reputación. No solo estaba abarrotada de libros hasta el techo, sino que en todas las superficies disponibles, hasta el último hueco y resquicio, había un montón de libros

aparentemente desordenados, aunque le bastó un vistazo para comprobar que los anaqueles seguían cierto criterio de orden, a juzgar por los rótulos de fotografía, arte o viajes.

The Book Nook era un local largo y estrecho, iluminado por dos grandes claraboyas. Las estanterías ocupaban los dos lados completos, y en el centro había una mesa de comedor en la que se apilaban los libros, lo mismo que en la repisa de las ventanas y en diversos taburetes. Al fondo, sobre una plataforma, había un escritorio ocupado por un joven que estaba leyendo. Llevaba una boina y tenía una barba de chivo, con la punta encerada, según vio Elfrida al acercarse, y ensartada en la punta una cuenta de jade, o de ese color.

Elfrida hizo como que miraba los libros: era la única clienta y el librero no le había hecho ni caso; ni siquiera un «buenos días», observó con ligero reproche. Encontró la sección de ficción, con una muestra bastante amplia de las novelas de la señora Woolf, y también reconoció con cierta alarma el inconfundible lomo magenta de El gran espectáculo. Sin tocar su libro, interrumpió al librero para preguntarle dónde podía encontrar una

«biografía», y el chico le indicó que subiera por una escalera de hierro en espiral a la plataforma que estaba encima del escritorio, igualmente abarrotada de libros, donde las biografías compartían estantes con «interés local» y «cocina». Fue directa a la W y encontró varios volúmenes de la autobiografía de Leonard Woolf pero, desgraciadamente, el volumen IV

terminaba en 1939, dos años antes de tiempo. Mierda.

Bajó con cuidado y le dijo al librero que buscaba una biografía de Virginia Woolf.

—La verdad es que no creo que exista —dijo—. A nadie le interesa mucho esa gente de Bloomsbury.

—Ah. Qué raro.

—Está la biografía de Holroyd de Lytton Strachey, el primer volumen.

El segundo está a punto de salir. Conocía a Woolf. Strachey, quiero decir.

—Sí, pero Strachey murió en 1932 —señaló Elfrida.

—¿Ah, sí? Pobre hombre.

—Es que a mí me interesa especialmente el… el último año de la vida de Virginia Woolf. 1941.

El chico se puso a toquetear la cuenta de jade que llevaba en la punta de la perilla y frunció el ceño mientras pensaba.

—Está Diario de una escritora. Sus diarios… editados por su marido.

—Eso puede ser justo lo que necesito. ¿Lo tiene?

—Está descatalogado; se publicó en la década de los cincuenta. Podría intentar encontrarlo y pedirlo.

—Maravilloso, si pudiera. Es muy amable—. Elfrida lo interpretó como una buena señal. Su simpatía por el joven taciturno creció ligeramente.

—También podría consultar los obituarios —propuso el librero.

—Una idea estupenda.

—¿Puedo preguntarle por qué le interesa tanto el final de la vida de Woolf?

—Bueno, porque soy profesora —improvisó Elfrida—. Doy clase de literatura inglesa en —buscó una institución que estuviera lejos— la Universidad de Aberdeen.

El chico se enderezó.

—Ahora que caigo, puede que tenga algo.

Subió por la escalera en espiral estrepitosamente y bajó en cuestión de un minuto con un panfleto pequeño. Se lo pasó.

—Es de un autor local —explicó—. Edición propia.

Elfrida miró el título: El East Sussex de Virginia Woolf, de Maitland Bole. Lo hojeó: unas sesenta páginas, con fotos borrosas y un mapa bastante bueno.

—¿Un autor local?

—Vive en Eastbourne.

—Me lo llevo. ¿Lo conoce?

—Viene de vez en cuando a traer ejemplares. Hace esos panfletos como rosquillas. El Rye de Henry James, La vida literaria en Romney Marsh, Kipling y Burwash… Cosas así.

—Fascinante —Elfrida le dio unas monedas. El panfleto costaba cuatro chelines y seis peniques (un poquito caro, pensó), pero era un comienzo, un símbolo de su intención.

—Necesitaré un nombre y un número de teléfono —dijo el joven, mirándola fijamente.

—¿Por qué?

—Me ha encargado un libro —explicó con paciencia—. Tendré que avisarla cuando llegue.

—Claro. Qué tonta.

El librero le pasó un bloc de notas y un bolígrafo desde el otro lado del escritorio y ella anotó su nombre —Jennifer Tipton, en lugar de Elfrida Wing— y el número de teléfono de la casa de Rottingdean.

—Gracias —dijo, con ganas de salir de allí cuanto antes—. Tengo la cabeza ida con Virginia Woolf. Muchas gracias —cogió el panfleto, sonrió y dio media vuelta, con la sensación de que le faltaba el aire. Le pasaba siempre que entraba en una librería; no podía acercarse a ellas. Necesitaba una copa.

Una vez instalada en el Repulse, con un gin-tonic doble delante, Elfrida se quedó mirando el panfleto de Maitland Bole. Virginia Woolf se suicidó el viernes 28 de marzo de 1941, ahogándose en el río Ouse, en East Sussex.

Bole decía: «Hay pocos lugares más inspiradores y evocadores que el valle del Ouse en Sussex, entre Lewes y Newhaven. Al amanecer, los prados adoptan a veces un aire casi místico. “Ah, Albion, cuánto te quiero”, es el pensamiento que me viene a la cabeza cuando, una mañana temprano, paseando con mi perro, Trebizond, la neblina etérea que flota suavemente iluminada por los primeros rayos dorados del sol transforma toda la escena en un cuadro de…».

Elfrida cerró el panfleto. Se sentía muy rara pero reconocía la sensación.

Estaba inspirada, eso era; los fluidos creativos empezaban a activarse, a alimentar su imaginación. Era como una de esas secuencias a cámara rápida de los documentales de televisión, cuando las gotas de lluvia empiezan a caer sobre el lecho de un río agrietado y seco: el cauce se embarra y el agua forma un reguero, que se acelera y se vuelve un torrente. El último día de Virginia Woolf iba a ser su salvación, lo sabía. Para celebrarlo, eufórica, se terminó el gin-tonic de un par de tragos. Por partes. Una excursión a Rodmell era lo más urgente, y luego un paseo meditativo por las orillas del río Ouse.

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