Trío
Capítulo 21
Anny vio que había muchos fans esa noche; más de una docena: seguramente había corrido la voz. Les firmó los cuadernos de autógrafos mientras buscaba a Cornell con la mirada. Sintió el pánico una vez más. La policía no había vuelto, pero quizá estuviera vigilando. Aunque, razonó,
¿cómo sabían a qué hora terminaba el rodaje? ¿Por qué tenía que pararse con los cazadores de autógrafos, por qué no entraba directamente en el hotel? No había peligro, había tomado una decisión, pero ese sería el final, punto.
Cornell llegó justo cuando ya se marchaba el último fan. Llevaba una gabardina marrón, las gafas y una corbata. Parecía casi elegante.
—Hola —saludó, sin sonreír—. ¿Lo tienes?
—Me alegro de verte, Cornell. Sí, lo tengo.
Metió la mano en el bolso y sacó el dinero. Había envuelto los fajos de billetes en una bolsa de plástico azul, para que pareciese un sándwich.
Cornell se lo guardó rápidamente en el bolsillo del abrigo.
—Gracias, Anny. Me has salvado la vida.
—Pues disfrútala. Bon voyage —se interrumpió—. Por cierto, va en libras, no en dólares. Ochocientas libras, que son dos mil dólares. Si quieres dólares tendrás que cambiarlo.
—Mierda. No quiero ir a un banco.
—Pues cámbialo en el aeropuerto. Por cierto, es un regalo. No me lo tienes que devolver. Adiós.
Notó en el brazo la presión de la mano de Cornell, que le impedía irse.
—¿Puedes conseguirme un poco más? Me vendría muy bien —dijo con su voz aduladora, su voz dócil.
Anny se puso muy seria.
—No hay más, Cornell. Se acabó. Hemos terminado. Cancelo todas tus deudas conmigo.
—¿Por qué eres tan dura, Anny?
—¿Cómo te atreves a decirme eso? Joder.
—¿Puedo volver a verte? Te echo de menos.
—No. Te divorciaste de mí, ¿te acuerdas?
Entró en el hotel con una sensación muy extraña. No quería mirar atrás y al mismo tiempo era consciente de que no volvería a ver a Cornell, de que acababa de cerrarse un importante capítulo de su vida. Dio media vuelta, buscándolo…, pero se había ido. Acababa de llegar un autobús, y los turistas ya estaban bajando. ¿Dónde se había metido Cornell? ¿Cómo se las arreglaría en Mozambique? Era una locura… «¡Basta! —se reprochó—.
Busca algo a lo que agarrarte». Pero sentía un peso enorme por dentro, algo casi parecido al dolor, a la pérdida. Y, aunque le reventaba darse cuenta, quería volver a verlo, solo una vez más.
Cruzó el vestíbulo para recoger su llave, sumida en una extraña y desconcertante mezcla de emociones. El efecto Cornell era único, reconoció. Aunque aparentaba mucha seguridad en sí misma, mientras hablaba con él todos los recuerdos habían vuelto, recuerdos inquietantes: el tira y afloja de su relación, su inagotable y agotador vaivén entre la atracción y el rechazo, el cariño y el cabreo. Y al mismo tiempo se daba cuenta del riesgo enorme que había corrido para ayudarlo. ¿Por qué —se preguntó mientras recogía las llaves en recepción—, por qué había hecho eso por un hombre tan desquiciante? ¿Por el recuerdo de lo que había sentido por él? ¿Era compasión lo que expresaba siendo testigo de su ira, de su peligroso fanatismo, de los descabellados ideales que habían llevado a Cornell a este desastroso punto final en su torpe y azaroso viaje en el mundo del activismo político? ¿O es que ella era simplemente así por naturaleza? ¿Sería eso: su absurda reacción instintiva a los hombres más necesitados? No encontraba ninguna respuesta que tuviera sentido.
Poco después, cuando Troy entró en la habitación, Anny vio que él notaba que algo no iba bien.
—¿Qué pasa, cielo? —preguntó con cariño—. Pareces muy nerviosa y tensa.
Por un momento le entraron ganas de hablarle de su último encuentro con Cornell, pero no se decidía. En vez de eso, le contó con detalle el desastre de Sylvia y Ferdie, y le explicó que se había negado a actuar con ellos.
—Vaya —dijo Troy—. Qué fuerte. Menudo día has tenido, preciosa.
Así no vas a hacer muchos amigos.
—Tú no querrías actuar conmigo si no te gustara, si no me respetaras.
—Supongo. ¿Qué va a pasar?
—No lo sé. Le he dejado claro a Rodrigo cuál es mi posición.
—En esta vida uno tiene que hacer lo que le toca —dijo Troy con una sonrisa, y empezó a desnudarse.
Después, Anny se preguntó por qué el sexo con Troy era tan fácil; por qué «hacer el amor» con él estaba libre de complicaciones y era tan placentero para los dos. La respuesta tal vez era muy sencilla. Troy siempre estaba empalmado, siempre, nunca tenía problemas de erección. Eso había sido un constante motivo de preocupación con sus otros amantes, sobre todo con Cornell y Mavrocordato. Hasta Jacques necesitaba sus pequeños rituales: desaparecía en el cuarto de baño dos minutos antes de meterse en la cama y le gustaba beber mucho antes. Con Jacques todo era un poco impredecible: a veces bien, a veces raro, solo a medias. Siempre había una leve corriente subterránea de preocupación —como el zumbido de un mosquito— que en cierto modo estropeaba las cosas. Intervenía demasiado el cerebro, demasiado el pensamiento. Con Troy no. Anny solo tenía que desnudarse, y él estaba listo para entrar en acción.
—Somos como animales apareándose —dijo Anny.
—Dicho así no suena muy bonito.
—No, quiero decir que nos entra la necesidad y lo hacemos, sin más.
—Es que eres guapísima, Anny. Me pones a cien. Tienes una cara preciosa, un cuerpo increíble. No me puedo resistir. Además, los animales solo lo hacen para reproducirse.
—Cierto —asintió Anny—. Lo retiro.
Se levantó de la cama de un salto, balanceando la polla, todavía empalmado, se fijó Anny, todavía hinchado, y fue a por su botella de vino.
—¿Quieres un poco? —preguntó desde el otro lado de la habitación, levantando la botella.
—No, he tomado mis pastillas.
—¿Por qué tomas tantas pastillas? Tú no estás enferma —se sentó en el borde de la cama con su copa de vino.
—Las necesito… cuando estoy preocupada. O no puedo dormir. O no me despierto.
—Tomas pastillas para anular el efecto de las pastillas que has tomado.
Eso no está bien. Yo no tomo drogas.
—El alcohol es una droga —señaló Anny—. Ahora mismo tienes una droga en la mano.
—No, no lo es. Beber es un acto natural. Llenarte los pulmones de humo, inyectarte, esnifar polvos por la nariz o tragar productos químicos muy potentes no es natural. No forma parte de nuestra naturaleza. Beber es… como comer, respirar, mear.
—No es así. Yo no lo hago para colocarme. Para mí es una red de seguridad. Soy como una funambulista. Necesito mi red.
—Yo seré tu red —dijo Troy.
Anny iba a darle las gracias con un beso, pero sonó el teléfono.
Llamaban de recepción.
—Hola, señorita Viklund. Está aquí el señor Jacques Soldat y quiere verla.
—Muy bien. ¿Puede decirle que suba dentro de cinco minutos? Estoy terminando una reunión. Gracias.
Le entraron ganas de vomitar.
—¿Quién va a subir? —preguntó Troy.
—Mi novio de París. Está aquí.
—¡Joder! ¿Qué hacemos?
Cuando le abrió la puerta a Jacques, cinco minutos más tarde, Anny estaba vestida. Le dio un beso, se colgó de su cuello y le susurró al oído.
—Estamos terminando de repasar el guion —dijo—. Se irá enseguida.
Llevó a Jacques por el pasillo hasta la sala de estar de la suite. Troy estaba sentado a la mesa, también vestido, con el guion abierto delante. A su lado había otro guion abierto: el de Anny.
—Troy, este es Jacques. Jacques, Troy.
Se dieron la mano.
—He oído hablar mucho de ti, tío —dijo Troy—. Me alegro de conocerte.
— Enchanté.
Anny cerró el guion. Le costaba respirar. Necesitaba tomar aire a bocanadas.
—Mañana tenemos una escena importante —explicó Troy—. Hemos pensado que nos vendría bien repasar un poco.
—No quiero interrumpir —dijo Jacques.
—Ya casi hemos terminado —Troy recogió el guion—. Hasta mañana, Anny.
—Hasta mañana.
—Encantado de conocerte, Jacques.
—Ha sido un placer.
Cuando Troy ya se había marchado, Jacques abrazó a Anny, la miró a los ojos y le levantó la barbilla con un dedo.
—¿Por qué coño no me has dicho que venías? —preguntó ella, con firmeza, anticipándose a posibles preguntas incómodas.
—Quería darte una sorpresa.
—Pues lo has conseguido.
Jacques la soltó y fue a servirse una copa de vino de la botella de Troy.
—¿Qué ha pasado con Cornell? —preguntó.
—Le he dado el dinero.
—¿Suficiente?
—Lo que me pidió. Le dije que no había más. Que hemos terminado —
oyó su voz como si saliera de una radio: llena de convicción, de seguridad.
¿Cómo lo conseguía? Al fin y al cabo era actriz, estaba actuando; lo importante era que Jacques no lo notara.
—Da igual —dijo Jacques—. Estoy aquí. Tus preocupaciones han terminado.
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