Trío
Capítulo 7
—Ahí es donde se alojan las visitas —explicó la hermana Lamorna mientras cruzaba con Elfrida el césped trasero del convento hacia un edificio construido alrededor de un patio—. Antiguamente eran los establos, pero los convertimos en apartamentos —sonrió—. Todos tienen un dormitorio y un cuarto de baño con ducha. Las comidas las hará con nosotras.
El convento de San Judas y San Simón el Zelote era una casa de campo remodelada, bastante grande, con la fachada de sillares de piedra y cuatro columnas en el pórtico. Al edificio original se había añadido un ala con buhardillas y ventanas simétricas. A un lado, y separada del convento, había una capilla bastante fea, de estilo gótico victoriano, de ladrillo jaspeado entre gris carbón y naranja quemado. La casa contaba con un terreno generoso, de unas ochenta hectáreas, rodeado por una tapia alta de piedra seca. No estaba lejos de Taunton. Elfrida había ido en tren hasta Taunton, y en taxi desde la estación hasta el convento en cuestión de veinte minutos.
Sin embargo, la impresión que tuvo al cruzar las verjas y pasar por delante de la portería fue de aislamiento casi absoluto. Una arboleda de robles y castaños altos ocultaba buena parte de los alrededores, y, al pararse en el patio delantero de gravilla, delante de la entrada porticada, Elfrida solo vio un par de granjas a lo lejos. La Inglaterra más profunda y más oscura, pensó. Perfecto. Era un día de brisa, fresco, y el sol asomaba muy de vez en cuando. La extensa masa forestal que rodeaba la finca se encogía y agitaba al paso de las ráfagas de viento; casi parecía un ser vivo, inquieto, pensó Elfrida, como enormes gigantes arbóreos con ganas de ponerse en movimiento.
Pasó con la hermana Lamorna por debajo de un arco y entró en el patio del establo, donde había aparcados varios vehículos de granja y la mitad de
los edificios parecían transformados en talleres con funciones diversas. De uno de ellos llegaba el ruido escueto y seco de un martillo contra el metal.
A ambos lados, separadas a intervalos regulares, vio una hilera de puertas grises numeradas del uno al seis.
La hermana Lamorna abrió la puerta número dos y Elfrida entró en una habitación blanca, desnuda, con el suelo de linóleo marrón. Había una cama de hierro, una silla de madera y una cómoda pintada de blanco. De la pared colgaba un pequeño crucifijo de ébano. Una puerta comunicaba con el pulcro cuarto de baño de azulejos, con ducha. El alojamiento parecía un cruce entre celda y habitación de hospital, pensó Elfrida. Se volvió hacia la hermana Lamorna y sonrió.
—Es exactamente lo que esperaba.
Aunque la hermana Lamorna y la doctora Ingham eran hermanas, apenas se parecían. Lamorna era larguirucha y tenía la cara redonda, no la atractiva dureza de Sarah Ingham, como tallada con cincel.
—¿Cuántas «visitas» hay? —preguntó Elfrida.
—Ahora mismo otras dos. Rara vez estamos al completo. Esto no es para todos los gustos.
Elfrida miró de nuevo el dormitorio pequeño y sobrio. Este sería su mundo a partir de ahora, por cien libras al mes.
—Parece ideal —dijo.
—Vamos a hacer los trámites administrativos —propuso la hermana Lamorna—. Puede que sea un buen momento para que conozca a la madre superiora.
La madre superiora, la reverenda madre Matilda, resultó ser una mujer diminuta y doblada como una viuda. La osteoporosis la tenía agarrotada, pensó Elfrida, pero no parecía que la incomodidad de la postura la afectase lo más mínimo. Tenía unos ojos vivos y alegres y llevaba unas gafas redondas de montura metálica. Vestía igual que la hermana Lamorna, con la túnica verde bosque de la congregación de los zelotes y un cinturón, pero llevaba una toca por debajo de la cofia blanca y un velo que le cubría los hombros encorvados.
Repasaron los pocos formalismos necesarios para las «visitas». Elfrida llevaría una túnica verde, con un delantal y un pañuelo de su elección en la
cabeza, siempre y cuando no fuera demasiado llamativo; el pañuelo indicaba que no era una novicia. Podía deambular con libertad por cualquier punto de la finca, incluso ir a Taunton si le apetecía (eso sí, siempre vestida con la túnica del convento), y podía elegir cualquier trabajo manual por el que sintiera inclinación, en la cocina, en los huertos, en los talleres o en la granja.
—¿Tengo que ir a misa? —preguntó.
—¡No, por Dios! —exclamó la reverenda Matilda—. No estamos aquí para convertirla… Y no queremos paganos en nuestra capilla —la ocurrencia le hizo gracia, y a la hermana Lamorna también. Se rieron las dos, cubriéndose la boca con la mano—. Si quiere rezar, por supuesto es más que bienvenida.
Elfrida comería con las monjas cuando comieran ellas (en una mesa aparte) y, si era fumadora, podía fumar en su habitación.
—No está aquí prisionera —dijo la reverenda Matilda—. Está hospedada. Está de «visita». Y como todas las visitas, si quiere usted marcharse no se lo impediremos.
Elfrida pensó que era un permiso muy sabio. La redención —física y mental— de las visitas no era responsabilidad de la institución, como lo habría sido en un hospital o en una clínica de desintoxicación; aquí era únicamente asunto suyo, para eso pagaba, y, si daba resultado, todo habría sido fruto de su esfuerzo. Las monjas se limitaban a ofrecer un ambiente seguro y que facilitara la redención… de ser posible.
—¿Cómo quiere llamarse? ¿Hermana Elfrida? Llamamos «hermana» a todas nuestras visitas.
—Me gustaría que me llamen hermana Jennifer, por favor —dijo Elfrida.
—Hermana Jennifer, entonces.
La hermana Lamorna la llevó a un despacho, que llamaban la tesorería, donde Elfrida rellenó y firmó los formularios, además de una orden de domiciliación bancaria mensual por su alojamiento. Terminado el papeleo volvieron a la puerta principal, donde el taxi seguía esperando.
—Muchos recuerdos a Sarah —dijo la hermana Lamorna—. ¿La verá pronto?
—Sí —dijo Elfrida—. Tengo que hablar con ella. Resolveré mis asuntos en Londres y volveré la semana que viene.
—Magnífico. Denos un telefonazo y tendremos lista su habitación.
Elfrida dijo adiós y subió al taxi. Se alejaron por la corta entrada de coches y cruzaron las verjas entre las dos porterías gemelas. Cinco minutos después Elfrida pidió al taxista que parase. Estaban en la cima de un cerro, con una buena vista del valle largo y ancho a sus pies, y el convento enclavado con su parque y sus tierras de cultivo. Recorrió con la mirada la modesta inclinación y los declives del valle —sus riscos, barrancos, collados y hondonadas— al que la mano de los seres humanos había dado algo semejante a una forma, a una cuadrícula de caminos y setos, sometiendo el azar de la naturaleza a un orden tan sencillo y amable.
Bosques más grandes cubrían las laderas donde el terreno se hacía más escarpado y ya no podía ararse —la agricultura daba paso a los páramos y afloramientos rocosos—, y detrás de las cumbres de los montes que cercaban el valle, muy lejos, como un friso borroso, se adivinaban más montes envueltos en una neblina violeta. Elfrida no se había formado aún una idea clara del entorno. Estos montes y bosques tenían nombres antiguos, como las granjas y las aldeas que veía, y pronto los habría aprendido, pero de momento, en su inocente ignorancia, se sintió abrazada por una visión perfecta de la campiña inglesa, inmersa en su historia y sus ciclos estacionales.
Y, mientras contemplaba el paisaje y el convento que iba a convertirse en su hogar, Elfrida tuvo una vivencia extraña, casi espiritual. Sintió una especie de exorcismo, como si Elfrida Wing, novelista, la nueva Virginia Wolf, abandonara su estado material y su cuerpo pasara a alojar a otra persona: la hermana Jennifer. Fue un «inorcismo», pensó, si es que existía la palabra. Tuvo la convicción profunda —y una convicción profunda era en realidad la única certeza posible en la vida— de que todo saldría bien.
OceanofPDF.com