Trío

William Boyd · Capítulo 20 de 61

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Trío

Capítulo 19

—Ah, sí —recordó Joe mientras desayunaban—. Otra cosa: la señorita Viklund quiere verte, en privado.

—Qué raro —dijo Talbot—. ¿Alguna idea de cuál es el motivo?

—Ninguna. Dijo que pasaría por la oficina. Tiene la mañana libre. Esta tarde es la gran escena de Sylvia y Ferdie.

—Bien —Talbot apartó el arenque ahumado sin terminarlo. Otra vez volvía a notar la bilis, mejor no forzar el duodeno. Tenía un mal presentimiento sobre el día que se avecinaba, y eso que por los altos ventanales del comedor veía brillar el sol.

Anny Viklund llegó a Napier Street poco antes de las diez. Llevaba gafas de sol, y no se las quitó para sentarse delante de Talbot, al otro lado de su escritorio. Talbot se aseguró de que había cerrado la puerta, le ofreció tomar algo —Anny no quiso—, le preguntó si le molestaba que fumase —

no— y encendió un cigarrillo.

—Querías verme —dijo—. Espero que vaya todo bien.

—Necesito dos mil dólares en metálico —explicó.

Era guapísima, pensó Talbot, intentando disimular su asombro, y consiguiéndolo; la piel blanca y suave, la barbilla firme, con una mínima insinuación de hoyuelo y la nariz perfecta, diminuta y respingona, con los orificios muy abiertos, como si inhalara con fuerza. El flequillo negro y severo tenía en quien la observaba el efecto de dirigir la atención sobre su fisonomía casi intachable. El efecto se acentuó cuando Anny de repente se quitó las gafas para mirarlo. Tenía los ojos muy claros, entre azules y grises, y una mirada tan intensa que casi sobrecogía.

—¿Puedo preguntarte para qué es el dinero?

—Es un asunto personal.

Drogas, pensó Talbot con cansancio. Tiene que pagar a su camello.

—No es para drogas —añadió Anny, como si le leyera el pensamiento

—. Tengo todas las que necesito. Es que tengo que comprar una cosa en efectivo, y como puedes imaginar no me resulta fácil acceder a una cantidad tan grande aquí, en Brighton.

—Deja que te lo compre yo —propuso Talbot—. Sea lo que sea. Puedo extender un cheque, será mucho más fácil.

—¿Puedes comprar mi paz de espíritu con un cheque? No lo creo.

—Eso es verdad. No. Entiendo —Talbot dio una calada al cigarrillo y decidió no seguir insistiendo. Sería prudente no hacer más preguntas.

—Los dólares son un problema. Tendría que ir a un banco.

—Pues que sean libras. Necesito el dinero en metálico.

Talbot hizo un cálculo rápido.

—Dos mil dólares son unas ochocientas libras. Puede que incluso las tengamos en la caja fuerte. Discúlpame un momento.

Subió corriendo al departamento de contabilidad y pidió que le abrieran la caja fuerte. Tenían casi mil quinientas libras en metálico. Geoff Braintree, el contable, no parecía satisfecho mientras contaba el dinero.

—¿A qué lo imputo? —preguntó con voz quejumbrosa—. Es complicado, Talbot. Hay que anotarlo en el libro de contabilidad.

—Préstamo personal al productor. Lo que prefieras, ya se te ocurrirá algo. Te lo devolveré en un par de días. A la vuelta del fin de semana.

Firmó el recibo, volvió a su despacho y le entregó a Anny los cuatro fajos de billetes de diez libras. Ella se los guardó en el bolso y volvió a ponerse las gafas de sol.

—Gracias, Talbot —dijo—. Te lo agradezco mucho. Más de lo que puedas imaginar.

Anny sonrió, enseñando los dientes pequeños, hábilmente retocados con fundas de un blanco imposible. Talbot apagó el cigarrillo y la acompañó a la puerta principal. Estando a su lado se fijó en que era diminuta: parecía un prototipo o una maqueta de mujer joven, casi de otra especie; como si a los fabricantes les hubiera parecido más conveniente que el resto de Homo sapiens tuvieran otro tamaño.

—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó, con ganas de cambiar de tercio—. ¿Algo emocionante?

—Esta tarde voy a conocer a mis «padres» —contestó Anny.

—Ah, sí. Te encantarán —dijo Talbot, con forzado entusiasmo—.

Sylvia Slaye y Ferdie Meares. Actores británicos de la vieja escuela.

Geniales.

—¿Han hecho muchas películas?

—Montones. Y televisión. Son una leyenda, una gloria nacional —le preocupó haberse pasado de la raya pero ya no tenía remedio. Puso una mano paternal en el hombro de Anny.

—Prométeme que si algo te preocupa o te causa el más mínimo problema me lo contarás inmediatamente —dijo—. Estamos aquí para cualquier cosa que necesites.

—No te preocupes —asintió Anny—. Ya tengo el dinero. Está todo resuelto.

Se despidió de él y se marchó en el asiento de atrás del coche que la esperaba. ¿Qué estaba pasando?, pensó Talbot, mirando cómo se alejaba el coche, hasta que lo perdió de vista a la vuelta de la esquina. Paz de espíritu, había dicho Anny. ¿Un chantaje? ¿Un soborno? ¿Juego? ¿Una deuda?

Decidió quitárselo de la cabeza. «No es asunto mío —pensó—. Ya tengo suficientes complicaciones».

Y sus complicaciones crecieron después de comer, cuando Geoff Braintree bajó con un montón de facturas y las desplegó sobre su escritorio.

—¿Qué es esto? —preguntó Talbot.

—Más rollos de película.

—Estamos haciendo una película, Geoff. Necesitamos materiales.

—Al ritmo que nos estamos puliendo el dinero podríamos haber hecho tres películas. Vamos muy muy por encima de lo presupuestado.

—¿Es culpa de Reggie…, perdón, de Rodrigo? ¿Está gastando kilómetros de película?

—Pregúntaselo a Spencer —dijo Geoff—. Yo no entiendo de cine.

—Por eso eres tan buen contable, Geoffrey.

Cuando Geoff ya se había marchado, Talbot llamó a Spencer Osmond, su editor, que estaba en una sala de montaje en Londres, en el Soho, tratando de ordenar más o menos todo lo que habían rodado hasta el momento.

—¿Está gastando Reggie kilómetros de película? —preguntó Talbot—.

Ya sabes: tomas y tomas.

—La verdad es que no —dijo Spencer—. Tres o cuatro de media. No las imprime todas. De vez en cuando se pone un poco en plan cine de autor, pero en general se está portando bien.

Talbot colgó el teléfono. Les estaban robando los rollos de película y lo más probable es que fuera alguien del equipo de cámara. Notó que el ácido le mordía las tripas. Necesitaba un descanso, gracias a Dios que el fin de semana estaba a la vuelta de la esquina. La próxima semana investigaría discretamente. Tenía que pensarlo bien.

Una hora más tarde llamó Reggie.

—Problemas graves, Talbot.

—Dispara.

—Anny no quiere trabajar con Sylvia y Ferdie.

—¿Por qué coño no quiere?

—Ha dicho, y cito: «Estos dos nunca podrían ser mis padres». No hay quien le haga cambiar de opinión.

—De eso va el cine, por Dios bendito.

—No quiere hacer la escena con ellos. Se niega rotundamente.

—¿Qué dicen Sylvia y Ferdie?

—Les he mentido. Les he dicho que teníamos un problema técnico con las lentes. No saben nada.

—Bien. Bien hecho. Enseguida voy.

Talbot pidió que lo llevaran al bungalow de las afueras de Shoreham-by-Sea que era la casa de la familia Bracegirdle. Le pidió al chófer que aparcara detrás del autobús de dos pisos que usaban como cantina móvil: no tenía ganas de encontrarse con Ferdie ni Silvia. Buscó a Reggie y fueron juntos al tráiler de Anny.

—¿Está histérica? —preguntó Talbot.

—Para nada; sorprendentemente tranquila y razonable.

Reggie llamó a la puerta del tráiler y anunció quiénes eran. Anny los dejó entrar segundos después. Se sentaron en los asientos estrechos. Anny parecía muy tranquila, pensó Talbot —casi serena, la verdad—, y tuvo la

desconsideración de preguntarse si su tranquilidad sería fruto de alguna sustancia química.

—Anny, por favor. ¿Qué problema hay con Sylvia y Ferdie? —preguntó Talbot sin rodeos.

—Que no me creo que esos dos sean mis padres… los padres de Emily

—dijo Anny, en un tono muy razonable—. Emily Bracegirdle nunca tendría unos padres así. Me es imposible hacer la escena con ellos. No me veo reflejada en esa gente. No puedo hablar con ellos.

—Ya sabes que no podemos elegir a nuestros padres.

—Pero a mí se me pide que actúe, que actúe como si ellos fueran los padres que me crearon; como si esa mujer fuera la «madre» que me dio la vida. Tengo que quererlos. Es totalmente imposible.

Curiosamente, Talbot entendía lo que Anny estaba diciendo. Era cierto que había algo grotesco, con resonancias de Grand Guignol, en Sylvia Slaye y Ferdie Meares como pareja, como padres putativos. De todos modos, tenía la obligación de rebatir el argumento.

—Pero seguro que si…

—Es como si me presentarais a un perro y una rata, o a una araña y una mosca, y me dijerais: «Estos son tus padres».

—Un poco excesivo, Anny —dijo Reggie tentativamente.

—Lo digo para que veáis lo que siento. No puedo hacerlo. No puedo interpretar eso. Me pone enferma. Lo siento.

Talbot trató de razonar, pero sabía reconocer un muro de ladrillo cuando se topaba con uno.

—Bueno, vamos a pensarlo todos, a ver si encontramos la solución —

fue su endeble respuesta. Se sonrieron con intención de retirarse.

—No hago esto por fastidiar, ni porque sea una actriz neurótica —

explicó Anny—. Lo hago por el bien de nuestra película. Por su… —dejó la frase en el aire, y Talbot vio que buscaba una palabra—. Su veracidad.

Talbot y Reggie se quedaron en la puerta del tráiler, callados, con la vista en el suelo, como si la solución a su problema estuviera entre las huellas de barro y los tallos de hierba aplastados.

—Puta veracidad —dijo Talbot.

—Puto desastre —dijo Reggie—. ¿Podemos cambiar el casting?

—No. Escándalo, querellas y dinero, dinero, dinero. Ya conoces a esos dos.

—Puto desastre —repitió Reggie—. No lo he visto venir. Ni se me había pasado por la cabeza.

—¿Hay algún bar cerca? —preguntó Talbot.

—Sí.

Fueron andando hasta Shoreham-by-Sea, a algo menos de un kilómetro, y encontraron un bar que se llamaba Captain Bligh. Muy oportuno, pensó Talbot, teniendo en cuenta su motín particular. ¿Qué habría hecho el capitán Bligh si esto hubiera ocurrido a bordo del Bounty?, se preguntó. Una ronda de cincuenta latigazos.

El bar estaba en penumbra y vacío; acababan de abrir para el turno de noche. Tenía una alfombra estampada, con el dibujo casi borrado, pisoteado por los zapatos de mil bebedores hasta cobrar una mugrienta uniformidad gris. Los ceniceros seguían llenos de colillas de los clientes del turno anterior, y un olor rancio a humo y cerveza amarga envolvía el ambiente como la neblina. Una chica arisca y rellenita con una permanente exagerada les sirvió un whisky grande a cada uno, y se llevaron los vasos a un asiento junto a la ventana, donde unos geranios mustios puestos en una jardinera casi ocultaban las vistas del puerto de Shoreham y sus casas-barco.

—Seguro que hay una solución —dijo Reggie—. Tiene que haberla.

—¿Podemos cortar la escena? —preguntó Talbot.

—No. Es fundamental. Es cuando los Bracegirdle, los padres, descubren que Emily tiene un lío con su chófer, con Troy. Se monta un follón bestial: gritan, chillan y rompen platos. Sylvia y Ferdie se lo juegan todo. Todo lo que viene a continuación depende de eso.

—¿Y reescribirla? ¿Podemos escribir algo distinto? —Talbot en realidad no sabía qué estaba diciendo, pero vio que a Reggie le cambiaba la expresión. Se iluminaba.

—La verdad es que… Esa podría ser la solución… —Puso un gesto de incomodidad—. Iba a decírtelo, Talbot… —carraspeó—. Resulta que Janet está aquí. Llegó hace una semana.

—¿Aquí en Brighton? ¿Janet Headstone?

—Fue idea suya… Se aloja en casa de una amiga. En Kemp Town.

—¿Qué está haciendo?

—Trabajando en un final distinto. Tiene ideas para un final distinto.

Versiones, posibilidades —improvisó sobre la marcha—. A lo mejor se le ocurre algo. Es una tía muy lista. Nos puede sacar de este berenjenal.

—Yo no lo llamaría un «berenjenal», Reggie. Además, le estamos pagando mil a la semana. Que se lo gane.

—Voy a llamarla —dijo Reggie, y fue a buscar una cabina de teléfonos.

Talbot cruzó la alfombra mullida hasta la barra y pidió otro whisky: curiosamente, el alcohol tibio le calmaba las tripas. Anestesia local… Sabía que después le dolería.

Volvieron andando al plató, donde ya estaban recogiendo todo, porque la negativa de Anny a actuar con Sylvia y Ferdie les obligaba a terminar el día antes de tiempo. ¿Quién lo paga?, pensó Talbot, ofendido, en el coche que los llevaba a Kemp Town. Enfilaron hacia East Cliff, salieron de Marine Parade justo antes de llegar al sorprendente esplendor de Lewes Crescent y continuaron por Chesham Road con ayuda de las indicaciones certeras que, se fijó Talbot, Reggie le daba al conductor. Era evidente que ya había estado allí.

La amiga de Janet Headstone vivía en una casa de tres plantas, en el centro de una hilera de adosados bordeada de árboles. La fachada estaba pintada de color lila y las molduras de las ventanas de rojo. En el jardincito de la entrada había una yuca alta y con las hojas lánguidas y una piscina de plástico verde vacía. Janet Headstone abrió la puerta —Reggie le dio un beso en la mejilla— y los llevó a una moderna cocina comedor. Se sentaron alrededor de una mesa de pino crudo debajo de una lámpara enorme, recuperada de algún salón de billar. Las paredes estaban pintadas de rojo como los buzones británicos y el frigorífico parecía de cromo. En la repisa de la ventana, detrás del fregadero, había una hilera de macetas de cerámica con unas plantas raras, altas y picudas. Por la ventana se veía un jardín lleno de juguetes y equipado como un parque: un tobogán, un columpio, un balancín, un laberinto de barras y una casita de madera.

Janet les ofreció cerveza o ginebra con vermut. Talbot optó por lo segundo. Reggie eligió la cerveza.

—¿Le cuento la historia a Janet? —preguntó Reggie.

—Buena idea —dijo Talbot—. ¿Puedo pasar al lavabo?

Janet lo mandó a un cuarto de baño en el piso de arriba. Las paredes azules estaban decoradas con montones de grabados de estilo ligeramente pornográfico. Talbot hizo un pis y trató de imaginarse a la gente que de verdad vivía en esa casa —los amigos de Janet—, pero no pudo.

Bajó despacio, con sensación de cansancio, preguntándose si había hecho bien eligiendo la ginebra con vermut y, al pisar la alfombra del pasillo, un espejo grande puesto al pie de las escaleras le ofreció una imagen clara de la cocina a través de la puerta abierta. Vio a Reggie y a Janet enganchados en un beso fogoso; las manos de Reggie agarradas a las nalgas de Janet, arrugándole y subiéndole el vestido. Las manos de Janet atrapando la cara de Reggie; y las lenguas húmedas atornilladas.

Retrocedió, carraspeó y esperó unos segundos antes de entrar tranquilamente en la cocina; Reggie y Janet habían vuelto a sentarse, él estaba bebiendo la cerveza a morro y ella arreglándose la coleta.

—Jan ha tenido una idea brillante —anunció Reggie, indicándole que se la contara a Talbot.

—Hacer la escena por teléfono —explicó, aunque a Talbot le sonó como hacé la cena po talafono. Janet era muy cockney.

—¿Cómo sería? —preguntó.

—Escena primera: Emily llama a sus padres. Plano de la madre contestando: «Hola, cariño». Plano de Emily diciendo: «Voy a casarme…».

¿Cómo se llamaba el personaje de Troy?

—Ben.

—«Voy a casarme con Ben». La madre se vuelve loca. «¡Ni de coña!».

Emily cuelga el teléfono. Plano de la madre y el padre despotricando, desquiciados. Intentan llamar a Emily. Emily no contesta. El padre estrella el teléfono contra la pared. La madre rompe a llorar, etcétera, etcétera.

—Es brillante —repitió Reggie—. Sylvia y Ferdie están en su línea: sobreactúan, tiran cosas, lloran y gimotean. Emily está sola, pensando en la bomba que acaba de lanzar.

Talbot tuvo que reconocer que era ingenioso.

—Debería funcionar. Ni siquiera Anny Viklund puede oponerse a decir una frase por teléfono —dijo.

—Exactamente… Todo es muy parecido a como figura en el guion, pero no interpretan la escena los tres juntos.

—¿Hay alguna otra escena entre los tres?

—Una más —dijo Reggie—. La fiesta de compromiso en el bar. Pero podemos hacer lo mismo: Emily no se presenta. Sylvia y Ferdie se enfadan y la montan otra vez. Podría ser muy divertido. Emily se fuga con Ben.

Bingo.

—¿Se lo dices tú a Anny? —preguntó Talbot.

—Mañana a primera hora. No quiere actuar con esos dos. Le gustará esta solución. Estoy seguro.

—Por cierto, ¿no fue Ferdie Meares el que la cagó por exhibicionismo?

—No había pruebas suficientes —dijo Talbot—. Lo absolvieron —

bebió un trago de ginebra con vermut: estaba tibio. Preguntó si había un poco de hielo pero Janet dijo que el congelador del frigorífico de cromo estaba estropeado.

Entonces le tocó a Reggie el turno de ir al baño, y Talbot y Janet se quedaron a solas. Ella se levantó y fue a por otra botella de cerveza. Talbot se fijó en que llevaba un vestido corto, de rayas negras y blancas, demasiado ceñido, y unas botas de plástico blancas. Una chica guapa que no se cuidaba, pensó: llevaba una vida enloquecida. Tomó nota del silencio.

—Es una casa curiosa —dijo Talbot—. ¿Quiénes son tus amigos?

—Él es batería de un grupo de rock que se llama Higher Ground. Muy bueno, la verdad.

—Eso tiene gracia. Mi hijo es «percusionista». Toca el timbal en la Hallé Orchestra.

—¿Ah, sí? Nos movemos en distintas órbitas, Talbot —dijo Janet con astucia.

—No sé si estoy de acuerdo —contestó Talbot—. Estamos trabajando los dos en la misma película, viviendo temporalmente en Brighton.

—Bueno, yo vuelvo a Londres este fin de semana. Esta calle se convierte en una pesadilla los viernes y los sábados. Hay un club en la esquina. A las cuatro de la mañana salen todos dando gritos y voces. Es un bar de locas.

Talbot no dijo nada, pero se permitió una leve sonrisa.

—Yo creo que se han ganado su derecho a divertirse, ¿tú no?

—Que sea legal no significa que puedan destrozarme el sueño —se rio Janet.

—¿Cómo se llama el bar?

—Algo de hielo. Ice Show. No, Icebox.

—A lo mejor puedes recoger firmas entre los vecinos.

—No es mi estilo, amigo Talbot —Janet sonrió de oreja a oreja.

Talbot no estaba seguro de que Janet Headstone le cayera bien.

—Sé que no te hizo mucha gracia que subiera a bordo —dijo ella, como si adivinara su estado de ánimo.

—No tengo ningún problema. Solo me hubiera gustado que me lo dijeran. Me lo ocultaron, y eso me sentó mal. Nada que ver contigo.

—Justamente. Nada que ver conmigo. Reggie me dijo que Yorgos lo había arreglado todo.

—Sí, a escondidas —contestó Talbot, levantándose—. De todos modos, Janet, te lo agradezco mucho. Puede que acabes de salvarnos el culo.

—Vale su peso en oro —dijo Reggie, entrando en la cocina. Puso una mano en el hombro de Janet y la apartó enseguida, como si tuviera la piel demasiado caliente.

—Bueno, tengo que volver —anunció Talbot—. Gracias de nuevo, Janet.

—Hasta la vista, Talbot. Ya verás qué final tengo pensado.

Reggie lo acompañó a la puerta.

—Yo me quedo un rato. Voy a esbozar las páginas nuevas con ella.

Mañana seguimos en la brecha.

Talbot resistió la tentación de lanzar una indirecta. Si Reggie Tipton quería follar con Janet Headstone era asunto suyo. «No sé si Elfrida sabrá algo», pensó.

—Crisis resuelta —dijo Reggie.

— Esta crisis —señaló Talbot—. Mañana habrá otra, no te quepa duda.

—Siempre arriba y adelante —dijo Reggie, y le abrió la puerta.

Talbot volvió a la oficina de producción. Joe seguía en su escritorio, pero todos los demás se habían marchado; que el rodaje hubiera terminado antes de lo previsto les permitió salir más temprano.

—Ah, jefe, estás ahí —dijo Joe al ver a Talbot—. Me alegro de que hayas venido. Ha llamado sir Dorian Villiers. Ha dicho que era urgente.

—Los dioses bajan del monte Olimpo.

—Yo me he puesto firme. Quiere que lo llames —Joe le pasó un trozo de papel con un teléfono anotado. Talbot lo cogió, tratando de ocultar su fastidio. ¿Qué querría Dorian Villiers? Miró el papel de nuevo. Un número de Brighton. Y entonces se acordó de haber leído en alguna parte que Dorian se había mudado recientemente a Brighton, con su última (tercera) mujer, la actriz italiana Bruna Casanero.

Conocía a Dorian Villiers de cuando trabajaron juntos, hacía años, en una película desastrosa para YSK, Y llegó el hombre, una epopeya histórica sobre el rey Alfredo el Grande. En general se consideraba que Dorian Villiers era el mejor actor shakesperiano de su generación, a la altura de Burton, Olivier y Gielgud, pero el talento que exhibía en el escenario no se trasladaba bien a la pantalla. Su interpretación era amanerada, declamatoria y excesivamente enfática. Y llegó el hombre fue una película cara y un rotundo fracaso de público y crítica, a pesar de lo mucho que gastaron en su promoción. Lo raro, teniendo en cuenta el fiasco que cocinaron entre los dos, era que Dorian, a raíz de esta experiencia, se sentía profundamente unido a Talbot, indisolublemente, definitivamente. Había dicho en numerosas ocasiones que Talbot era uno de sus amigos más queridos, uno de los «pocos hombres buenos» que aún quedaban. Talbot y Naomi pasaron dos navidades con los Villiers (cuando él estaba casado con Vanessa Halton), en su enorme mansión cerca de Cambridge, y Dorian lo invitaba continuamente a comer o a cenar en su club cuando estaba en la ciudad. Por más que lo esquivaba y se escabullía, Talbot no conseguía enfriar el ardor de Dorian. Y ahora vivía en Brighton… Cogió el teléfono y marcó.

—¿Dorian? Soy Talbot.

—Feliz encuentro a la luz de la luna, Talbot, mon brave! ¿Cómo es que no me has dicho que estabas rodando en Brighton, cabronazo?

—Creía que seguías en Cambridge.

—La zorra de Vanessa me ha robado la casa, con todos los muebles y enseres.

Talbot oyó que Dorian encendía un cigarrillo.

—Pero aquí estoy, amigo Talbot, refugiado en la querida Brighton, y vamos a dar, mi preciosa Bruna y yo, una fiestecita de aniversario —dijo, con su impostado acento medieval—. Para celebrar un año de gloriosas nupcias. Nos gustaría invitarte, y que nos traigas a todos los comediantes que consigas reunir.

Le explicó más detalles. Talbot prometió decírselo a Reggie, Anny y Troy. Seguro que les encantaría ir.

—¿Qué me dices de Sylvia Slaye y Ferdie Meares? —propuso Talbot

—. Creo que los conoces.

—A ese exhibicionista repugnante no lo quiero en mi casa, pero en verdad te digo que la querida Sylvia es más que bienvenida.

Siguieron hablando. La secretaria de Dorian enviaría unas invitaciones formales; les confirmarían la fecha, el sitio, la etiqueta (traje de gala), la hora y si necesitaban coches.

—«Cuando el día, cubierto con un manto rojizo, pasee entre el rocío de ese monte que ves ahí, a levante, no lo dudes[1]». Será la fiesta del año, Talbot. Me muero de ganas de verte, amigo mío.

Talbot colgó, ligeramente deprimido. De esa iba a ser imposible librarse, con total seguridad. Gracias a Dios que mañana sería viernes y el fin de semana estaba a la vuelta de la esquina. Y eso le recordó que…

Cogió el teléfono y llamó a Naomi.

—No puedo ir a casa este fin de semana, cariño —mintió—. Lo siento mucho. Tengo aquí una crisis detrás otra. Hacen falta todas las manos disponibles.

Naomi se quedó callada unos momentos.

—El sábado por la noche es el concierto de Humphrey. En el Royal Festival Hall.

Mierda, pensó Talbot. Se le había olvidado.

—Iré —le aseguró—. Te lo prometo. Allí estaré.

—No le falles —contestó Naomi categóricamente—. Cuenta contigo.

Es importante.

—Lo sé. No te preocupes; allí estaré.

Se dieron las buenas noches y Talbot colgó; luego, despacio, dejó caer la cabeza hasta apoyar la frente en el tapete de cuero de su escritorio. Estaba

solo en la oficina: Joe se había ido antes de que hiciese la llamada a Dorian Villiers. Arqueó la espalda, estiró los brazos en una tensa postura de crucifixión y separó los dedos. Tiene que haber una forma más fácil de ganarse la vida, pensó.

Sonó el teléfono. «No pienso contestar —se dijo—; no son horas. Que se vayan a la mierda».

Cogió el auricular.

—Talbot Kydd.

—Ah, Talbot. Me alegro de localizarte —dijo John Saxonwood.

—Es muy tarde, así que no pueden ser buenas noticias —contestó Talbot con cansancio.

—He recibido los contratos de El olor de las hojas cuando arden.

—¿Y?

—Yorgos te ha estafado, amigo. Muy muy astutamente. Tu nombre aparece por todas partes pero… en mi opinión… no sacarás nada.

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