Trío

William Boyd · Capítulo 53 de 61

Páginas del PDF

Trío

Capítulo 6

Alphonse contó los billetes dos veces, con destreza, con la agilidad manual de un contable veterano, concentrado y parando de vez en cuando para humedecerse la yema del dedo medio. Daba la impresión de que no se podía creer lo que tenía en la mano: cinco mil francos; y otros cinco mil francos por su viejo Renault 4 azul marino de 1962. Anny le preguntó cuánto costaba su coche, y Alphonse dijo que tres mil francos. Anny le ofreció cinco mil si no le decía nada a Jacques hasta pasadas veinticuatro horas. Alphonse aceptó a la primera. Anny había notado que los hermanos no estaban demasiado unidos. El día anterior estuvo en el banco para cambiar las libras de Troy por francos. Calculaba que cinco mil francos eran unos mil dólares: aproximadamente la mitad del dinero que le había dado Troy. El coche era el mayor gasto, pero le permitiría viajar de incógnito y llegar sana y salva a España, donde podría vivir con poco dinero. En ese momento era esencial disponer de un coche propio: era lo más importante.

Así no tenía que depender de nadie.

Estaban al lado del Renault, en el garaje del edificio.

—¿Para qué necesitas un coche? —preguntó Alphonse.

—Es mejor que no lo sepas. Lo necesito. Necesito un coche propio.

—Vale. Claro —se encogió de hombros y le dio las llaves—. ¿Necesitas hacer un seguro? Tengo un amigo que te puede ayudar.

—No. No me hace falta. Estoy asegurada para conducir cualquier coche.

—¿Cómo es eso?

—Es una póliza americana —mintió.

Abrió la puerta trasera y dejó la bolsa de viaje encima del asiento.

Estaba lista para marcharse.

—¿Te vas ya?

—Sí.

—Tu amigo americano dijo que volvería mañana.

—No es mi amigo.

—Dijo que era tu amigo.

—Es un espía americano. Espion.

—Le diré: «No, ella no está aquí».

—Muy bien. Gracias, Alphonse. Me voy. Dile a Jacques que lo llamaré.

—¿Adónde vas?

—A Ámsterdam.

Estrechó la mano de Alphonse y volvió a darle las gracias antes de ponerse al volante. Se asustó al ver que la palanca de cambios iba montada en el salpicadero. Alphonse tardó cinco minutos en explicarle cómo funcionaba el sistema: tirando y empujando. Anny arrancó el motor, metió la marcha y salió por la rampa del garaje despacio. Se guio por instinto y fue siguiendo los carteles que indicaban la salida de París. Paró en la primera gasolinera que encontró, llenó el depósito y compró un mapa grande y detallado de Francia.

Decidió su ruta hacia el sur: Orleans, Tours, Poitiers, Angulema, Burdeos. Desde Burdeos podía llegar a España en un par de horas. San Sebastián, Bilbao, Pamplona… Cualquiera de las tres ciudades estaría bien para esconderse y hacer planes.

Planes. Jacques había convocado a la prensa para el día siguiente, en una gran sala de conciertos del centro de París. Dijo que asistirían todos los medios franceses. Y algunos americanos. Habría docenas de periodistas; su historia sería un bombazo, le aseguró. La noticia daría la vuelta al mundo.

—Y tú, la actriz Anny Viklund, eres la víctima de esta trama. Eres el objetivo del FBI. No se atreverán a extraditarte cuando lo hayamos contado.

Una causa célebre: es lo que siempre da mejor resultado.

Jacques estaba muy enardecido, casi como si el centro de atención fuera él, como si le hubieran pedido comparecer ante la prensa mundial para defenderse. Ni siquiera le había preguntado si quería hacer eso, pensó Anny, que estaba cada vez más asustada, y fue entonces cuando le entró el pánico.

El plan era exclusivamente de Jacques. Esto le hizo ver que tenía que fugarse de nuevo.

Lo primero era estar sola; después deshacerse del FBI y por último hacer llamadas. Pero ¿a quién? Necesitaba consejo. Troy siempre le enviaría dinero si le hacía falta más. Estaría más segura por su cuenta y escondida. Ahora necesitaba a Troy, no a Jacques.

En la salida de Tours paró en un hipermercado, un Carrefour, y compró una manta de tela escocesa, una almohada, varios paquetes de galletas y unas botellas de agua. Consiguió llegar a Poitiers sin cansarse. Aparcó en una calle secundaria, cerca de un colegio, bloqueó las puertas del Renault y se acomodó para pasar la noche en el asiento trasero con su manta y su almohada. Durmió mal, despertándose aproximadamente cada media hora, y en cuanto amaneció volvió a ponerse en camino: dirección Angulema. El Renault no era un coche rápido pero funcionaba bien. En realidad, Anny no tenía ninguna prisa; lo mismo le daba llegar a España en dos días que en cinco. Lo importante era que nadie en el mundo supiera dónde estaba.

OceanofPDF.com