Trío

William Boyd · Capítulo 38 de 61

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Trío

Capítulo 6

Otra vez en Rottingdean. En cierto modo, Elfrida se alegraba de estar de nuevo en Peelings, con sus habitaciones vacías, sus desconcertantes araucarias, su sopor, su inercia. Después del susto, de la caída y la contusión en su casa del valle de Health, sentía una extraña tranquilidad en este apacible pueblecito de los alrededores de Brighton. Reggie estaba en Londres y no tenía la más remota idea de lo ocurrido. Era evidente que no se había tomado la molestia de llamarla por teléfono: Elfrida incluso se preguntó si había llegado a darse cuenta de que no estaba en casa.

El caso es que otra vez se encontraba en la cocina, echando un chorrito de vodka en el zumo de naranja, como si no hubiera pasado nada, como si todo fuese de maravilla. Era hora de continuar con la novela.

Virginia Woolf estaba durmiendo. Por la pared, junto a su cama, un paralelogramo de luz matinal de color limón claro se deslizaba hacia su cara. Cuando el sol le dio en los ojos, refunfuñó y cambió de postura, pero era incuestionable que en su cerebro también había amanecido, y su conciencia la urgía a espabilarse. Despierta, despierta. Los pensamientos se desperezaron poco a poco, así que se sentó y miró a su alrededor, parpadeando. Luz del sol en la pared. 28 de marzo de 1941. Sabía que este sería el último día de su vida.

Elfrida dejó la pluma. Este arranque era mejor, pensó; el mejor hasta el momento. Tenía más garra, un toque más moderno. Se terminó el vaso de Sarson con zumo de naranja y pensó en rellenarlo, para celebrarlo. Sin fijarse en lo que hacía, se estaba rascando un arañazo de diez centímetros que tenía en la cara interior del brazo izquierdo. Debió de darse con algo al caerse en la cocina. En el hospital le habían puesto un poco de violeta de genciana, pero el color morado había desaparecido, dejando a la vista el arañazo de un rojo furioso. ¿Por qué tenía ese color? ¿Se había infectado?

La pinta no era normal.

Acercó el brazo a la luz del escritorio. Le dio la sensación de que estaba más hinchado. La piel desgarrada se asentaba en la cresta de un edema. Lo observó con más atención y se asustó al ver algo que se movía muy levemente. Acercó los ojos, se estiró la piel con los dedos y, justo por debajo de la superficie traslúcida, vio con toda claridad unas larvas, diminutas como la cabeza de un alfiler, que palpitaban, se amontonaban y se retorcían.

Le dieron náuseas, se tapó el arañazo con la palma de la mano y sintió que un velo de sudor frío le cubría la frente. Joder. ¿Qué se había hecho?

¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que un mal arañazo en la piel se llenara de parásitos diminutos, microscópicos?

Bajó corriendo a la cocina y abrió el cajón donde guardaban el botiquín de la casa. Encontró una venda de crepé, se envolvió el brazo con ella para cubrir la herida infectada y la sujetó con un imperdible. Se sirvió unos dedos de vodka y se los bebió de un par de tragos para tranquilizarse. ¡Qué pesadilla! Parecía una situación sacada de una película de ciencia ficción, o de esa novela de Albert Camus… ¿Cómo se llamaba?… No se acordaba del título. Peste o Pandemia o algo por el estilo. Ratas muertas: de eso sí se acordaba. Ratas agonizando.

El vodka surtía efecto y Elfrida empezaba a tranquilizarse. ¿Qué le había dicho Reggie que tenía que hacer? Si surge algún problema, una pequeña emergencia, llama a Joe: sí, llama a Joe. Encontró la lista mecanografiada del equipo de rodaje con sus números de teléfono. Allí estaba: Joe Swire, jefe de producción. Llamó a la oficina, y en cuestión de un minuto Joe se puso al teléfono.

—Soy Joe, señora Tipton.

—Hola, Joe. Siento muchísimo molestarte pero tengo un problemilla…

Es un asunto de salud. Necesito ver a un médico lo antes posible.

—Eso está hecho, señora T. La llamo dentro de cinco minutos con todos los detalles.

Elfrida dejó el teléfono y se llenó el vaso hasta arriba. Esto era lo maravilloso de trabajar en la industria del cine. Mientras se rodaba la película te facilitaban prácticamente cualquier cosa que pudieras necesitar: dinero, transporte, alojamiento, comida, compañía, guías, diversión,

reservas de hoteles y restaurantes y, en este caso, asistencia médica. Sabía que su posición como «mujer» del director le daba aún más prioridad. Si hubiera llamado diciendo: «He comprado un piano y quiero que lo lleven a Londres» o «Resérvenme una suite en el mejor hotel de Torquay» o «Tengo un antojo de aguacates», alguien recibiría la orden de solucionarlo todo. Lo malo era que una vez terminada la película toda esta ayuda sin cuestionar terminaría también, y entonces tendría que volver a hacer las cosas por su cuenta. Para determinadas personalidades era muy poco conveniente, por no decir desastroso, dejarse mimar de esa manera. El caso es que pronto conseguiría cita con un médico, que seguramente tendría un acuerdo muy lucrativo con la productora. El médico sabría que Elfrida «era de la película» y gracias a eso nada sería demasiado complicado. De repente pensó que quizá ahí estaba la clave de la poderosa seducción de hacer películas. No tenía nada que ver con el arte; se trataba de que todo el mundo estuviera a tu disposición.

Resultó que el médico era una mujer, no un hombre, tal como Elfrida se había imaginado. Se llamaba Sarah Ingham y tenía un acento irlandés muy marcado. Era de constitución fuerte y tenía alrededor de cuarenta años, y llevaba un traje de tweed a cuadros debajo de un abrigo blanco. Quizá tuviera un par de años más que Elfrida. Su consulta estaba en Hove, al lado del Landsdowne Road, cerca del campo de críquet. Mientras le examinaba el arañazo con una lupa, Elfrida pensó que tenía unas facciones duras: casi parecían talladas. La nariz era ligeramente ganchuda y la línea de la mandíbula muy marcada. Tenía el pelo canoso y fosco, recogido hacia atrás con una cinta de terciopelo. Los dedos cortos, sin anillos. ¿Por qué se fijaba en esos detalles? La doctora Ingham no dijo nada mientras examinaba el arañazo; al menos nada tranquilizador, y Elfrida empezó a asustarse un poco de ella.

La doctora Ingham dejó la lupa.

—Se ha hecho un buen arañazo en el brazo —dijo—. ¿Cómo ha sido?

—Me resbalé y me caí. Y después se llenó de esos bichos.

—No hay «bichos», señora Tipton. Se ha hecho un buen arañazo. Punto final.

—Pues yo los veo claramente. No necesito una lupa. Son como un enjambre de gusanos diminutos debajo de la piel.

—Todos «vemos» cosas, señora Tipton —la doctora Ingham se apoyó en el respaldo del asiento, formó un tejado con las puntas de los dedos y miró a Elfrida por encima, como si la apuntara a través de la mira de un arma—. Le aseguro que no hay bichos, no hay gusanos, no hay nada. El arañazo se habrá curado por completo en cuestión de unos días. No se lo vende. Deje que le dé el aire.

—¿Entonces qué es lo que veo?

—No «ve» nada: está alucinando.

Elfrida decidió no hablar más con aquella mujer severa y de facciones duras. Pensó que tenía un perfil digno de grabarse en una moneda o esculpirse en un monumento bélico soviético. No era en absoluto la doctora amable y comprensiva que necesitaba en ese momento.

—Me gustaría hacerle un análisis de sangre —dijo la doctora Ingham.

—¿Para confirmar la presencia de bacterias, de microbios?

—Para confirmar la cantidad de alcohol… o de otras drogas… que tiene en la sangre.

—¡Eso me ofende profundamente! —protestó Elfrida, fingiendo la máxima indignación posible. Se encogió por dentro.

—¿Bebe usted alcohol?

—Pues claro. Como todo el mundo. Un jerez antes de comer. Un vaso de vino de vez en cuando.

La doctora Ingham anotó algo en su libreta.

—Creo que padece usted algún tipo de psicosis —explicó con su tono directo y práctico—. Me gustaría que pasara una temporada en una clínica excelente que tenemos no lejos de…

—¡Pare, doctora Ingham! —Elfrida se levantó—. Estoy escribiendo una novela importante. Reconozco que tengo un poco de estrés por exceso de trabajo pero… ¿psicosis? En la vida había oído mayor tontería. Es posible que mi infección exceda a su experiencia clínica o a su pericia profesional.

Gracias por su tiempo. Consultaré mi problema con… El Instituto de Medicina Tropical de Londres —improvisó Elfrida. Y dio un paso atrás—.

Tengo contactos allí, buenos amigos. Buenos días, doctora.

La doctora Ingham no se dio por vencida. La miró a los ojos.

—La decisión es suya, señora Tipton. Yo no puedo obligarla a hacer nada. Pero creo que está sufriendo. Así que, por favor, vuelva a llamarme.

Puedo ayudarla de muchas maneras.

—No creo que eso sea necesario.

La doctora Ingham puso una mano en el hombro de Elfrida y sonrió con consideración, como si quisiera consolarla, pensó Elfrida, enfadada de pronto. No quería la compasión de esa mujer, quería enfadarse con ella y sus absurdas pretensiones.

—Si se ve desesperada, señora Tipton, recuerde que aquí me tiene. Hay otras alternativas interesantes.

Elfrida salió de la consulta confundida, sumida en un torbellino de emociones. Estaba indignada y agradecida al mismo tiempo. ¿Cómo se atrevía la doctora Ingham a afirmar —no, a aseverar— que estaba alucinando, a la vez que le ofrecía una especie de refugio, una red de seguridad? Era angustioso, enloquecedor.

Se detuvo en la esquina de una calle para ver dónde estaba. Su sentido de la orientación en Brighton iba mejorando, y vio que, por casualidad, no estaba demasiado lejos del Repulse. De repente sintió una necesidad imperiosa del Repulse y los Repulsivos, como llamaba genéricamente a los demás bebedores del bar, incluida ella. Así que echó a andar hacia el Repulse atenta a las casas y el tráfico, fijándose en las fachadas de estuco claro, en los balcones y miradores típicos de Brighton, tratando de mitigar su malestar y su desorientación. Todo iba bien. La nueva novela estaba en marcha; Calder se estaba ocupando del contrato, y de pronto contraía esta extraña infección de microbios malignos. ¿Cómo era posible que una médica no fuera capaz de ver lo que ella veía?

En el Repulse se sintió más tranquila. Buscó un asiento, fue a la barra y le pidió un gin-tonic grande a un joven con el pelo prácticamente hasta la cintura. Se dio cuenta de que, a pesar del tiempo que llevaba frecuentando este legendario bar de Brighton, no tenía la menor idea de quién era su dueño o dueña. Los empleados de la barra, chicos y chicas, parecía que cambiaban a diario.

Pagó la ginebra y se la llevó a su mesa. Como de costumbre, el bar estaba poco concurrido. Había dos mujeres gordas, de mediana edad, tomando oporto con limón; un hombre con gorra de plato y gabardina con cinturón que leía el periódico puesto a cinco centímetros de las gafas; y dos repartidores con mono bebiendo cerveza. Elfrida se instaló en su rincón y se miró el arañazo de reojo. Sí, los malvados gusanos seguían ahí, retorciéndose y deslizándose a lo largo de la línea rosa, justo por debajo de la piel.

Buscó en el bolso, encontró la venda de crepé y se la enrolló discretamente encima del arañazo, sujetándola con el imperdible. Ojos que no ven, corazón que no siente; a la mierda la orden de la doctora Ingham de que «le diese el aire». Repitió la frase en voz alta, con fuerte acento irlandés, y las dos mujeres gordas se volvieron bruscamente a mirarla.

Elfrida levantó el vaso en su honor hasta que giraron la cabeza, cuchicheando. Elfrida bebió un trago de ginebra y vio que tenía hambre. A lo mejor un paquete de patatas fritas o un huevo encurtido, pensó. Mejor no: un par de copas rápidas y se iría a casa para continuar con la novela.

Virginia Woolf se despertó sobresaltada, con los ojos muy abiertos. Había tenido un sueño: había soñado con la muerte de una estrella en algún punto del cosmos, con un holocausto de gases incandescentes; pero se dio cuenta de que era solo el sol: el sol que se colaba por una rendija de las cortinas y dibujaba un rombo de luz amarillo limón encima de su almohada. Se movió unos centímetros, a la sombra, y sonrió con alivio. Y entonces se acordó: hoy sería el último día de su vida y lucía el sol.

Puede que eso estuviera mejor todavía, pensó. Era más chocante como arranque de una novela. ¿Se despertó con un sobresalto? ¿Se despertó con una sacudida? ¿Cómo se despertaba uno exactamente cuando estaba teniendo un sueño inquietante? ¿Temblando? Sí, lo suyo era jadear y temblar. Se despertó temblando, entonces. Tachó «con una sacudida» y escribió «temblando» encima del tachón. Dejó la pluma y notó un dolor de cabeza incipiente. No tendría que haber bebido tanta ginebra en el Repulse, pero de todos modos volvía a estar en la mesa, trabajando, y eso era lo principal. A lo mejor le venía bien prepararse una tostada con queso o algo.

Bajó a la cocina, pensando: «Sí, comida es lo que me hace falta». El incidente de los microbios la había afectado mucho. Y esa médica horrible,

tan criticona, con un diagnóstico tan absurdo y aterrador… Normal que necesitara una copa para consolarse. Buscó un poco de queso en la nevera, pero no había. En un armario encontró una lata de sopa mulligatawny. ¿Qué animal era un mulligatawny con el que se hacía sopa? Una anguila, o un pez plano, o un roedor de río más grande, como un castor o una nutria… Le daban arcadas solo de pensarlo. Se sirvió un poco de vodka en un vaso y añadió algo de agua. Un par de tragos: con eso se tranquilizaría.

Sonó el teléfono. ¿Sí? ¿No? Contestó. Era Reggie.

—Hola, cielo. Voy a llegar muy tarde esta noche. Lo siento. Tocan tomas complicadas.

—Vale. ¿Quieres algo de cenar?

—No, no. Comeré algo por aquí. Un sándwich o una hamburguesa.

Elfrida se acercó el auricular al oído, pensando.

—¿Estás bien? —preguntó Reggie.

—Claro.

—Bueno. Hasta luego, cariño.

—Adiós.

Elfrida colgó. Sabía exactamente lo que estaba haciendo Reggie. Iba siendo hora de reunir pruebas concluyentes, decidió.

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