Trío

William Boyd · Capítulo 37 de 61

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Trío

Capítulo 5

Ken Kincade llamó al hotel antes de que Talbot se hubiera afeitado siquiera.

—Todo resuelto, jefe —anunció.

—¿Qué quiere decir?

—Que ya podemos pillarlo. Ya sé lo que ha pasado con los rollos de película.

Talbot quedó con Kincade en el comedor del Grand a las nueve, para que le informara mientras desayunaba.

—Recibido —dijo Kincade—. No te va a gustar, tío. Te lo advierto.

Talbot bajó a desayunar con aprensión y curiosidad. Estaba extrañamente nervioso —¿qué revelación iba a hacerle Kincade?— y resignado al mismo tiempo. Siempre había sido igual: las normas de conducta habituales en el cine no tenían vigencia.

Pidió para desayunar lo mismo de todos los días, y Ken Kincade apareció a la vez que el arenque. Llevaba una cazadora de cuero negra, con camiseta blanca, vaqueros negros y botas camperas de tacón con puntera de plata.

—¿Tiene hambre, señor Kincade?

—Pues la verdad es que sí. Pediré un pescado como el suyo.

Mientras se tomaban los arenques ahumados, Kincade explicó cómo había averiguado el paradero de los rollos de película desaparecidos. Se infiltró en el almacén —no especificó cómo— y marcó con tinta indeleble todos los rollos de película sin usar. Así, todos los rollos que aparecieran fuera del almacén remitirían a Escalera a la luna… o no.

—Entiendo la lógica —asintió Talbot.

—Lo demás ha sido simple vigilancia, señor Kydd. Muy aburrido, muy costoso en tiempo pero… nueve de cada diez veces, noventa de cada cien, basta con sentar las posaderas, vigilar y prestar atención para resolver los

casos más difíciles. Además, las latas de película son grandes y pesan mucho. Se me ocurrió que tenía que seguir a quien saliera del almacén cargado con un bulto grande.

—Parece razonable.

—Lo es, señor Kydd. Y el que siembra recoge —apartó la mitad del arenque sin comer—. Vi salir del almacén a un tío con una bolsa que parecía llena de plomo. Lo seguí hasta su casa. Al día siguiente lo seguí a su otro puesto de trabajo.

—Pero yo confío en esa gente —dijo Talbot, ligeramente ofendido, aunque enseguida se dio cuenta de lo endeble que sonaba—. Les pago bien.

—Sus medidas de seguridad son igual a cero —dijo Kincade—. Es como, perdone la expresión, robarle un caramelo a un niño.

—¿Qué hace esa persona con las películas que roba? ¿Las vende en otros rodajes? ¿Pretende perjudicar a la competencia? ¿Agfa? ¿Kodak?

¿Eastmancolor? ¿Tiene contactos en el mercado negro?

—No lo creo —contestó Kincade con aire misterioso—. Pero ¿por qué no vamos a averiguarlo?

Salieron del hotel, y Kincade propuso ir en su coche. Era un Ford Mustang, negro, con el volante a la izquierda y un rayo naranja pintado en los laterales. Talbot se acomodó con cautela en el asiento del pasajero.

Fueron a Peacehaven, al este de Brighton, y aparcaron en una calle residencial, a dos manzanas de South Coast Road.

—¿Dónde estamos exactamente? —preguntó Talbot.

—La zona se llama Telscombe Cliffs. La calle Eleanor Avenue.

Talbot se fijó en la calle de casas y bungalows modestos, algunos un poco más grandes, de dos pisos. Miró el reloj. Eran las 9.40 h de un viernes por la mañana y había gente paseando con sus perros, madres con sus bebés en los carritos y dos obreros con mono subidos a la cesta de la grúa de un camión municipal, cambiando la bombilla de una farola. Todo de lo más normal.

Salieron del coche, saludados por la versión acústica del mundo suburbano que hasta ese momento solo habían contemplado: el ladrido de un perro, el molesto zumbido de una sierra eléctrica, la campanilla de una furgoneta de helados a lo lejos. Casi parecía una parodia, pensó Talbot.

—Número 43 —anunció Kincade, y echaron a andar hacia una de las casas más grandes, de dos plantas, con una tapia alta de hormigón en el jardín.

—¿Va a entrar conmigo? —preguntó Talbot.

—Yo diría que es cosa suya, señor Kydd. Lo esperaré fuera. Mi trabajo ha terminado.

—Muy bien —Talbot se quedó un momento pensativo—. ¿Y si hubiera problemas? ¿Si nos liamos a puñetazos? Quédese cerca.

—De acuerdo.

Talbot dejó a Kincade en la calle, abrió una cancela de hierro y echó a andar por un camino de gravilla hasta la puerta de cristal opaco del número 43. Llamó al timbre y esperó, volviendo la cabeza. Ken Kincade había encendido un cigarrillo, y animó a Talbot levantando el pulgar. Talbot volvió a llamar al timbre.

Una chica rubia, en bata, abrió la puerta unos centímetros.

—¿Sí?

—Hola.

—¿Puedo ayudarle en algo?

—Creo que sí.

Talbot no tenía ni idea de qué decir a continuación. Temía que Kincade se hubiera equivocado. Fue la joven quien lo rescató.

—¿Viene por la película?

—Soy uno de los productores —dijo Talbot. Normalmente esto era casi infalible. Rara vez se cuestionaba.

—Ah, vale. En ese caso, pase. Están todos arriba.

Talbot entró en el vestíbulo. La joven en bata le señaló la escalera.

—¿Le apetece una taza de té?

—No, gracias —dijo Talbot. Y subió las escaleras.

En el descansillo se encontró con dos hombres desnudos —uno muy peludo y el otro muy delgado— que estaban masajeándose el pene flácido mientras charlaban con una mujer de mediana edad, desnuda, con unos pechos enormes y caídos. Al parecer hablaban de vandalismo en el barrio: de cabinas de teléfono rotas y ropa robada de los tendederos. El tono de indignación era general y contundente. Talbot vio cables eléctricos negros

tirados por el suelo y el resplandor artificial de unos focos potentes que salían de un cuarto, detrás de los hombres.

Volvieron la cabeza al ver a Talbot.

—Disculpen. Soy uno de los productores —se llevó un dedo a los labios. Los hombres se apartaron para dejarle paso y Talbot se coló en el dormitorio de Eleanor Avenue 43, en Peacehaven.

Tony During, su director de fotografía, estaba encorvado sobre una cámara de 35 mm, enfocando una cama con las sábanas revueltas. En la cama había dos chicas desnudas y abrazadas sin demasiadas ganas.

Alrededor de la cama había otros tres hombres, mirando y charlando en voz baja. Uno de ellos levantó un micrófono por encima de la cama.

—¡Silencio, joder! —gritó Tony sin mirar. Y los que estaban hablando de vandalismo en la puerta se callaron.

Otro hombre dio un paso adelante con la claqueta y entrechocó las planchas.

—Escena veintiuno, toma dos.

—Quiero que os beséis. Con lengua —les dijo Tony a las chicas que estaban en la cama—. No vale si no os besáis.

—No pienso besarla. Dijiste que nada de beso lésbico.

—Pues bésala en el cuello, entonces. Que parezca que te gusta. Chúpale las tetas. Tenéis que ser bolleras ninfómanas. ¡Acción!

Talbot se quedó unos segundos viendo cómo las dos chicas se magreaban con pocas ganas.

—¡CORTEN! —dijo en voz alta. Todo el mundo volvió la cabeza.

—¿Quién cojones…? —Tony levantó la vista de la cámara y, al ver a Talbot, su mirada cargada de veneno y fastidio se transformó en incredulidad y vergüenza en una fracción de segundo—. Ay, no. Mierda, no.

Señor Kydd. No, no.

—Sí, sí, Tony. Mierda, sí. Creo que a esto se le llama «con las manos en la masa», ¿no?

Y a partir de ahí todo fue sumisión y suavidad. Tony confesó: robo de película, robo de equipo, hacerse el enfermo, pluriempleo. Parecía casi aliviado de que lo hubieran descubierto. Talbot se sintió como el director de

un colegio que sorprende a su delegado de confianza atracando la tienda de aperitivos y golosinas.

Pero después de la confesión las cosas cambiaron. Tony empezó a introducir circunstancias atenuantes en la ecuación. Estaba hasta el cuello de deudas, a punto de perder su casa y su mujer tenía tres tipos de cáncer. El escepticismo de Talbot crecía por momentos; Tony se dio cuenta. No tenía escapatoria. Y, al ver que agachaba las orejas y reconocía la derrota, los actores desnudos y los técnicos empezaron a exigir su dinero. Talbot se vio discutiendo con las dos «lesbianas», que reclamaban veinte libras cada una.

Como las chicas subían la voz cada vez más, las hizo callar amenazando con llamar a la policía. Dijo que tenía un testigo en la puerta, para dar fe de todo. Rodar películas pornográficas era un delito. Les aconsejó que se vistieran y se fueran a casa. Y eso hicieron, protestando en voz baja y lanzando miradas hostiles.

Cuando por fin se quedaron a solas, Talbot habló con Tony.

—Calculo que nos debes entre dos y tres mil libras, Tony. Así que tus deudas han aumentado sustancialmente. ¿Qué crees que debo hacer en estas circunstancias? Tengo una responsabilidad con nuestra película.

—Se lo devolveré todo, señor.

—¿Cómo?

—Hablaré con mi productor. Tiene toneladas de dinero. No querrá que esto salga a la luz, así que no llamará a la policía. Se lo ruego, señor Kydd.

Podemos resolverlo, de verdad.

—La verdad es que no volverás a trabajar en la industria del cine británico. A partir de ahora tu carrera está en el porno, Tony. Buena suerte.

Que lo disfrutes, como dicen en Estados Unidos.

—¡Eh! ¡Tony! —llamó alguien desde el piso de abajo—. ¿Qué hostias está pasando aquí? ¿Dónde está todo el mundo?

Tony se asustó.

—Mierda. Es él, el productor —abrió la puerta del dormitorio y dijo—: Estamos aquí, colega.

Talbot encendió un cigarrillo y al instante se puso en guardia. No se esperaba aquel encuentro. Apretó los puños. No había vuelto a pelearse con nadie físicamente desde la guerra.

Y entonces entró Ferdie Meares.

Ken Kincade llevó a Talbot a la oficina de la productora. Talbot se había asegurado de que Kincade presenciara el momento en que le describía a Ferdie Meares la naturaleza exacta del robo y el alcance de su responsabilidad como patrocinador y productor de la película pornográfica en cuestión. El silencio de Talbot solo podía comprarse con el reembolso inmediato de los fondos robados. Ferdie, que mantuvo un tono agresivo y resentido a lo largo de toda la conversación, informó a Talbot de que toda película británica de nota tenía su contrapartida clandestina en forma de secuela porno. Una vez que se lanzaba la película oficial, la versión porno se sumaba al carro. «Vuestra publicidad se convierte en nuestra publicidad». ¿En qué mundo vivía Talbot?

—En mi mundo, sea cual sea, no recomiendo a mi director de fotografía que me robe las latas de película. Si nadie se hubiera pasado de listo, podríais haber seguido tranquilamente con vuestro rollo porno.

—Yo no tenía ni puta idea de que te estaba robando —dijo Ferdie, dominando su furia evidente—. A mí también me estaba robando, el muy cabrón. Le di dinero para comprar película. Se quedó con la pasta y te robó la película a ti. Nos ha estafado a los dos. ¿Por quién me tomas? ¿Por qué iba a arriesgarme a robarte material? ¿Me crees tan gilipollas? Esto es un negocio a lo grande. Puedes ganar una fortuna.

—Lo que tú digas, Ferdie —se miraron fríamente—. ¿Cómo se llama tu peliculita guarra, por cierto?

—Está por decidir. O Escalera sexual a la luna o Polvo lunar.

—Supongo que estás de coña.

—La gente como tú no tiene ni idea de la vida real, Talbot. Estás tan cegado por tus privilegios que nos lo pones en bandeja. Esa es la puta clave.

Talbot se sentó en su despacho y repasó mentalmente su altercado con Ferdie Meares, con una leve sensación de malestar y aturdimiento. Era solo la hora de comer, pero esa mañana había acumulado la experiencia vital de una semana o un mes. Reggie estaba filmando con Sylvia Slaye en alguna parte, fiel al plan de rodaje, un plan según el cual Escalera a la luna había

entrado en su cuarta y última fase. Pero estaba inquieto y preocupado. Tenía sesenta años cumplidos, era un veterano de la Segunda Guerra Mundial y productor de una buena cantidad de películas, con su surtido de traumas y desengaños, de éxitos por sorpresa y de fracasos imprevistos; y, a pesar de todo, en su enfrentamiento con Ferdie se había sentido —¿cómo?—

ingenuo y pazguato, como si de golpe se abriera una ventana a un mundo que escapaba a su comprensión. Ferdie le había acusado de estar «cegado por los privilegios». A lo mejor tenía razón; a lo mejor esa visión arrogante le impedía ver muchas cosas.

En fin, pensó, encendiendo un cigarrillo: «Vive, y aprende. No todos los días entras en una casa de Peacehaven y discutes con un par de lesbianas en bolas qué remuneración les corresponde. Tendrías que reírte. O al menos intentarlo».

Joe tocó en el marco de la puerta y se asomó. Talbot lo conocía ya lo suficiente para saber que no estaba contento.

—Suéltalo, Joe —suponía que Joe le iba a decir que Tony During no podía venir porque estaba enfermo.

—El inspector Desmondson quiere hablar con usted.

Desmondson entró en el despacho, rechazó un café y encendió un cigarrillo.

—Iré al grano, señor Kydd.

—Por favor.

—Creemos que Anny Viklund ha desaparecido. Que se ha fugado.

Talbot casi se echó a reír.

—Eso es imposible —dijo. Miró el plan de rodaje que tenía delante—.

Si viene usted el lunes por la mañana a primera hora la encontrará aquí, en plena faena.

Desmondson le explicó con paciencia la situación tal como él la veía.

La División Especial británica y el FBI creían que la señorita Viklund había entregado una considerable suma de dinero a su exmarido, Cornell Weekes, un fugitivo «en busca y captura» al que habían detenido cuando intentaba huir del país. Desmondson y Radetski habían tratado de reunirse con la señorita Viklund la noche anterior, cuando terminó el rodaje y, aunque inicialmente ella prometió que los recibiría, se marchó del plató y no

pudieron hablar con ella. Más tarde averiguaron que había vuelto al hotel y una vez allí había pedido un taxi, pero no tenían ni idea de adónde había ido.

—QED —dijo Desmondson—. Quod erat…

—Ya sé qué representan las iniciales, gracias —Talbot apoyó las manos en el tapete de cuero del escritorio—. Verá, inspector, la señorita Viklund es joven. Además es actriz. Además es una estrella de cine famosa en Estados Unidos. Es muy rica. Tiene tres días libres. ¿Tengo que darle más argumentos?

—Sabía que queríamos interrogarla, que queríamos hacerle preguntas sobre su exmarido.

—Y sospecho que por eso ha decidido escabullirse y disfrutar del fin de semana. Estoy seguro de que el lunes por la mañana hablará con ustedes tan contenta.

—¿Es normal que sus principales actores desaparezcan así?

—Debería decir que «no», pero la verdad es que «sí». Pasa con frecuencia. En cierto modo es normal, si es que hay algo normal en este negocio anormal. Verá, inspector Desmondson, el trabajo de actor es muy raro en cualquier circunstancia. Y es todavía más raro para un actor famoso.

Ni usted ni yo resistiríamos veinticuatro horas si tuviéramos que soportar la presión que ellos soportan.

—Yo creo que se ha fugado.

—No se ha fugado, porque no tiene ningún motivo para huir.

—Ha ayudado a un delincuente convicto y fugado de la justicia, y se ha convertido en su cómplice. Él mismo lo ha confesado.

—Y ustedes se han creído todo lo que les ha contado. Venga ya… Usted mismo acaba de decir que es un delincuente. Dirá cualquier cosa.

—Ella le dio dinero para que pudiera salir del país.

—Puede que haya otra explicación. Supongo que ella es inocente mientras no se demuestre que es culpable —a pesar de que sonrió con confianza, en realidad se estaba acordando de que Anny le había pedido dos mil dólares. De repente tuvo un mal presentimiento sobre este detalle en particular.

—Sí, claro —Desmondson se levantó. Si pudiera permitirse poner mala cara lo haría, pensó Talbot. Seguro que este también cree que estoy cegado por el privilegio—. Le agradecería mucho que empleara sus recursos para localizar a la señorita Viklund este fin de semana y facilitarnos cualquier información sobre su paradero.

Los hastiados circunloquios del apparatchik a lo largo de la historia, pensó Talbot.

—Claro. Haré algunas llamadas y preguntaré al equipo —asintió, levantándose también—. Todo esto son suposiciones —añadió, suavizando el tono—. Conjeturas descabelladas. Usted no entiende este negocio, inspector. Aquí todo es muy cambiante; más que cambiante: es inseguro e incierto. Es incontrolable. La señorita Viklund estará aquí el lunes por la mañana y se deshará en disculpas. Lo he visto cientos de veces. Tenía otros planes, nada más. No le venía bien hablar con usted y su colega anoche. Lo siento.

Desmondson apagó el cigarrillo en el cenicero de Talbot.

—No espere volver a verla en esta puñetera película —señaló con aspereza—. Se ha dado a la fuga. Le apuesto quinientas libras.

—Por suerte para usted apostar no va conmigo.

Desmondson se marchó y Talbot volvió a sentarse, moviendo la cabeza despacio a un lado y a otro para aliviar la tensión repentina en el cuello y los músculos de los hombros. ¿Y si Desmondson tenía razón? ¿Y si Anny se había fugado? La desaparición de Anny Viklund iba a convertir en una nadería el enfrentamiento con Ferdie Meares por la película porno.

Sonó su teléfono privado y Talbot contestó.

—¿Sí?

—Ah, señor Eastman, soy Brewster, el conserje de…

—Hola, señor Brewster, ¿qué desea?

—Ya han arreglado la ventana rota y he pagado al cristalero.

—Estupendo, gracias, señor Brewster —Talbot notó en la voz del conserje un tono taciturno que no era normal—. ¿Va todo bien?

—Ha surgido una… una complicación. Me han denegado el cheque que me dieron los de Andamios Axelrod como reembolso. Me he quedado sin blanca, señor Eastman. Ocho libras, tres chelines y seis peniques.

—Pasaré por allí mañana. Déjelo en mis manos. Le reembolsaré el dinero personalmente.

Colgó el teléfono. Benditos problemas sin importancia, pensó.

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