Trío

William Boyd · Capítulo 59 de 61

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Trío

Capítulo 12

Aún quedaban vestigios de su vida anterior, pensó Talbot, mientras hojeaba el semanario Variety en la mesa del desayuno para ponerse al día de las noticias de la industria del cine, nacional e internacional. Habían pasado casi cuatro semanas desde el enfrentamiento con Yorgos y tres desde que le abonaron las doscientas mil libras en el banco y renunció formalmente a su parte de la empresa YSK Films Ltd. Seguía siendo el productor titular de Escalera a la luna y, de vez en cuando recibía llamadas, llegaban documentos que firmar o le pedían que pasara por la oficina de postproducción en el Soho, en Frith Street, donde estaban preparando el futuro lanzamiento de la película. Hasta Janet Headstone le había enviado una copia del nuevo borrador de Torbellino. Bebió un sorbo de té y pasó la página. No echaba de menos su vida anterior, eso tenía que reconocerlo.

Miró a Naomi, que estaba sentada enfrente de él, haciendo el crucigrama del Times: para poner en marcha la maquinaria cerebral, decía. Tardaba unos diez minutos en terminar el crucigrama. Tenía el ceño fruncido y el boli en el aire… que de repente se abalanzó sobre el papel.

Talbot pasó otra página. Ah, sí. Aquí había algo interesante.

Debajo de un cotilleo sobre el « sexy» cineasta británico Rodrigo Tipton, se incluía la noticia de que su última película, Escalera a la luna —eso no estaba previsto—, iba a proyectarse en el próximo Festival de Cine de Berlín. Tipton, además, estaba a punto de meterse de lleno en la esperadísima versión cinematográfica de la obra de teatro que había tenido un éxito arrollador en Broadway: El olor de las hojas cuando arden. Con guion de Janet Headstone y la participación de Stella van Fleet y Dorian Villiers. Yorgos no había perdido ni un minuto. Talbot analizó sus sentimientos, ahora que estaba al corriente de la situación. No sentía nada.

Estaba fuera de todo eso, pensó, apartando la revista.

—Más vale que me ponga en marcha —dijo Naomi, levantándose—.

¿Quieres The Times? —Se lo pasó—. Tengo claustro: dame fuerzas.

—Mándalos a la mierda, cariño —dijo Talbot.

Naomi se acercó y le dio un beso en la frente.

—¿Estás bien? ¿No te aburres?

—El aburrimiento es un problema que yo nunca tendré.

Al marcharse Naomi, Talbot tuvo que reconocer la intuición de su mujer: estaba un poco aburrido. Había cortado el césped dos veces esa semana. Había jugado al squash, se había apuntado a clases de natación y había estado informándose sobre un curso extracurricular de Literatura Comparada para mayores del University College de Londres. Había empezado a leer À la recherche du temps perdu quizá por séptima vez.

Todas las señales de un hombre con demasiado tiempo libre.

Oyó alejarse el coche de Naomi, se preparó otra taza de té y cogió el periódico con desgana. Tumultos y disturbios callejeros en la Convención Demócrata en Chicago. El Pacto de Varsovia invade Checoslovaquia.

«Dios, 1968 —pensó—, qué año, y todavía nos quedan unos cuantos meses». Pasó la página y un titular llamó su atención al momento:

«ACTRIZ DE CINE AMERICANA HALLADA MUERTA». ¿Quién sería?

¿Greta Garbo? ¿Lilian Gish? Leyó la noticia:

Burdeos, 27 de agosto de 1968

El cuerpo sin vida de la actriz de cine americana Anny Viklund ( La montaña amarilla, La era de Acuario) se encontró en el interior de un vehículo el pasado jueves, en la localidad de Cap Ferret, cerca de Burdeos. A partir del análisis forense del cadáver, la policía francesa considera posible que el cuerpo llevara cerca de tres semanas allí sin que nadie lo viera. La señorita Viklund (28) había protagonizado recientemente la comedia británica Escalera a la luna, y huyó de Inglaterra cuando una investigación conjunta de la División Especial y el FBI intentaba esclarecer sus vínculos con su exmarido, Cornell Weekes, también fugado de la justicia, acusado y declarado culpable de delitos terroristas y conspiración para el asesinato.

El cuerpo sin vida de la señorita Viklund ha sido trasladado a París, donde se le practicará la autopsia.

En esta primera fase de la investigación, la policía francesa declina confirmar la tesis del suicidio. Un portavoz del FBI ha negado cualquier tipo de participación en el seguimiento de la señorita Viklund o cualquier relación con su «trágica» muerte.

La policía francesa afirma que se han encontrado signos de violencia y que alguien

entró por la fuerza en el coche de la señorita Viklund. Se busca por tanto activamente a los sospechosos de un posible asesinato.

Talbot dejó el periódico con la sensación de haber recibido una descarga fría, recordando con toda claridad la última vez que estuvo con Anny, en París, en la terraza de aquel café; Anny llevaba una gabardina y una gorra de plato, él le dio fuego… antes de que el patán de su novio le pegara un puñetazo en la cara. Pobre, pobre chica, pensó, conmocionado por la noticia. ¡Qué cosa tan horrible! ¿Qué insinuaban: que la había asesinado el FBI o la CIA? ¿A Anny Viklund? Parecía inconcebible. Las complicadas ramificaciones de Escalera a la luna habían llegado muy lejos de Brighton.

Se levantó y salió al jardín por las puertas vidrieras, triste, con las manos en los bolsillos y la inútil pregunta de si podría haber hecho algo distinto, si podría haber cambiado las cosas. No: le pidió que volviera y le prometió toda la asistencia jurídica que pudiera necesitar. No lo consolaba pensar que de haber vuelto seguiría viva. ¿Qué estaría pensando Jacques Soldat? Puede que su absurda y perversa idea de convocar una rueda de prensa hubiera sido la gota que colmó el vaso para la pobre Anny Viklund… Entonces se acordó de Troy Blaze: ¿cuáles serían los daños colaterales para él? ¡Joder, qué puto lío! ¡Horrible e innecesario! No podemos controlar la mayor parte de los aspectos de nuestra vida, pero los que sí podemos controlar, o al menos influir en ellos, tenemos que protegerlos y mimarlos.

Se paró en seco. De repente supo exactamente lo que quería hacer. Una certeza, una convicción firme se apoderó de él, una especie de confianza diferente en su criterio que casi lo sorprendió por su audacia, pues sugería un modo de actuar que el Talbot de un mes antes habría descartado al segundo, tanto por arriesgado como, posiblemente, por indigno. Le extrañaba que fuese la noticia de la muerte de Anny Viklund lo que le hacía tomar la decisión. ¿Qué había en la imagen de soledad desgarradora de Anny muerta en un aparcamiento del suroeste de Francia que aclaraba de repente su visión? Quizá en su breve, desconcertante y atormentada vida, en su desesperado aunque voluntario final, hubiera llegado sin buscarlo a una verdad acerca de su de existencia… y por extensión la de todo ser humano.

Talbot comprendía lo que Anny quería decir con ese acto, con ese grito de dolor.

Entró en casa rápidamente, cogió el teléfono y marcó el número de información.

—Hola. ¿Tienen el número de Andamios Hicksmith? En Muswell Hill, en Londres. Sí.

Llamó al número que le habían indicado, y una joven contestó el teléfono con un alegre «Andamios Hicksmith. ¿En qué puedo ayudarle?».

Talbot preguntó por el señor Hicksmith, y la chica dijo que estaba fuera de la oficina, trabajando en Chalk Farm. «Tengo un contrato importante para él», mintió Talbot, y al momento le facilitaron la dirección donde podría encontrar a Gary y la cuadrilla.

Fue a Chalk Farm en el Alvis y aparcó en una calle, lejos de la dirección que le habían dado. Se quedó un rato en el coche para tranquilizarse. Era consciente de que, si de verdad llegaba a ocurrir lo que esperaba, su vida secreta dejaría de ser secreta para siempre o al menos por mucho tiempo.

Pero era lo mejor. Sería bueno. Era la protección que su vida secreta le había proporcionado hasta el momento lo que le había permitido llegar a Chalk Farm y a Gary Hicksmith. El estudio, la galería, sus fotos, sus modelos, su soledad y el señor Eastman habían servido a sus propósitos.

Quería saber quién era en realidad y por fin lo sabía.

Salió del coche y dobló con cautela la esquina que llevaba a Modbury Gardens, con la esperanza de que Gary no lo viese antes de que se sintiera totalmente preparado para el encuentro. Sería decisivo en un sentido o en otro. Tenía que serlo. Y eso era exactamente lo que buscaba.

Resultó que el trabajo consistía en pintar una modesta vivienda adosada.

Uno de los «pequeños encargos» con los que Gary dijo que empezaría a ganarse el sustento. Había dos operarios en el segundo piso, rematando la faena, y uno de ellos estaba fijando un cartel de «Andamios Hicksmith» a un tubo alto.

Talbot vio el camión de plataforma aparcado en frente de la casa. Gary estaba sentado en el asiento del pasajero, con la ventanilla bajada, tecleando

números en una calculadora, con el ceño fruncido. Talbot se acercó.

—Hola, Gary —saludó en voz baja.

Gary lo vio y casi consiguió ocultar su sorpresa mayúscula.

—Joder…

—¿Qué tal estás? Veo que estás activo y funcionando.

—¿Qué cojones quieres?

—Quiero pedirte disculpas.

Gary se recostó en el asiento, dejó la calculadora y apoyó el brazo izquierdo en el borde de la ventanilla. Se pasó los dedos de la mano derecha por el pelo.

—Sí, sí. Olvídalo, Talbot —acentuó el nombre como si quisiera subrayar una impaciencia recordada—. Es agua pasada.

—Me alegra verte en marcha —Talbot señaló la casa—. «Andamios Hicksmith». Tremendo.

—No ha sido gracias a ti.

—Mucho mejor, ¿no crees? Lo has hecho todo tú solo, sin ayuda de nadie.

Gary se quedó mirando el techo del camión y se permitió una sonrisa triste y un conato de carcajada, entre la risa y el carraspeo.

—Sí. Supongo que eso es importante —se tiró del lóbulo de la oreja, pensando de nuevo, con la mirada perdida, como mirando a través del parabrisas algo que había al final de la calle. Talbot notó que llevaba un par de días sin afeitarse.

—Escucha, Gary —Talbot dio un paso adelante. Ahora estaban más cerca; nadie oiría lo que pudieran decir, pero bajó la voz de todos modos—.

Quiero decirte que lo siento muchísimo. Siento muchísimo haberlo interpretado todo mal… ese día, en mi estudio. No sé en qué estaba pensando, qué me pasó. Fue… Fue injusto. Y una idiotez. Necesitaba volver a verte… para decírtelo.

Gary estaba a punto de decir algo, pero Talbot levantó una mano para impedírselo.

—No hace falta que digas nada. No hace falta que respondas. Me basta con oír un simple «mensaje recibido».

Gary frunció el ceño a la vez que hacía una mueca que Talbot ya empezaba a reconocer como un gesto típico en él cuando meditaba en serio una respuesta o un plan. No paraba de dar golpecitos en el volante con los dedos de la mano derecha.

—De acuerdo —asintió—. «Mensaje recibido».

—Y te debo cincuenta libras —dijo Talbot—. Y una copia de la foto, si la quieres. Es muy buena. Eso creo.

Talbot dudó un momento antes de apoyar la mano con delicadeza en el brazo de Gary. Quería tocarlo. Era una prueba. Gary no dio un respingo ni apartó el brazo. Talbot notó en los dedos el calor de la piel de Gary. Apretó ligeramente.

—Acepta mis disculpas, por favor.

—No hay nada que disculpar, Talbot. Está todo olvidado.

Se sonrieron. Talbot sintió una oleada de alivio en estado puro.

—Y, bueno, cincuenta libras son cincuenta libras. Podrían venirme bien

—añadió Gary.

—Te las debo. Te las enviaré por correo.

—No, pasaré a buscarlas. Me gustaría ver la foto.

—Muy bien. Estupendo —dijo Talbot, retirando la mano—. Estaré allí el fin de semana. Todo el fin de semana.

—Pasaré el sábado —contestó Gary—. Gracias.

Se despidieron con naturalidad y Talbot dio media vuelta y volvió adonde había dejado aparcado el Alvis. Tenía la extraña sensación de flotar, como si se hubiera vuelto más ligero de repente o estuviera lleno de helio, como un globo, y a la vez hubiera crecido unos centímetros. Una mano se había posado en un brazo. El calor de ese roce —palma sobre brazo— se había percibido. Y el brazo no se había apartado. No era un gran comienzo pero se conformaba con eso. Cerró los ojos y los abrió. Sí, el mundo era el mismo de siempre y él seguía caminando por una calle de Chalk Farm hacia su coche. Era un día fresco y nublado, a finales de agosto de 1968.

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