Trío

William Boyd · Capítulo 51 de 61

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Trío

Capítulo 4

Anny se paró delante de la puerta, temerosa. Sabía que el FBI y la CIA ya se habían enterado de que estaba en casa de Alphonse, según le había dicho Jacques. Estaban vigilando el edificio. Pero Jacques también le había explicado que no tenían jurisdicción para detenerla. Solo querían interrogarla, aunque la decisión era suya: podía negarse.

—¿Quién es? —preguntó.

—Soy yo, Troy.

Abrió la puerta. Ahí estaba Troy, con su chaqueta de ante y sus vaqueros azules. Anny echó un vistazo al pasillo: no había nadie. Troy entró y Anny cerró la puerta con dos vueltas de llave.

Se besaron. Anny se acurrucó contra Troy, disfrutando de la fuerza con que le atenazaba la espalda.

—No me lo puedo creer —dijo Troy—. No me puedo creer que esté aquí, que seas tú.

—Soy yo. ¿Has visto a alguien fuera? ¿Vigilando la casa?

—No. He esperado veinte minutos, como me dijiste. No he visto a nadie.

—Bien. Puede que nadie te haya visto.

—¿Hablamos primero o vamos a la cama? —preguntó Troy.

—¿Tienes el dinero?

—Todo lo que he podido conseguir.

—Vale. Gracias. Vamos a la cama.

Después, Anny insistió en que se vistieran, ante la duda de que Alphonse pudiera volver por algún motivo.

—Puedo explicar por qué has venido, pero no por qué estás en mi cama, desnudo.

Troy no protestó. Anny pensó que parecía un poco cohibido, aunque en la cama había estado tan fogoso y divertido como siempre. Intentó no pensar en Jacques.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Te echo de menos. Así que la verdad es que no estoy bien. No.

—No podía hacer otra cosa. Si no me hubiera quedado en Francia ahora estaría en la cárcel.

—Talbot Kydd dijo que podía solucionarlo todo. Que no te pasaría nada.

—Talbot solo es un productor. Quiere terminar su película. No le intereso ni yo ni mi vida. Ni mi seguridad.

—Terminamos el lunes.

—¿Qué? ¿Cómo coño? ¿Cómo podéis terminar sin mí? —Se había tomado un Equanil mientras esperaba a Troy y le estaba costando concentrarse.

—Se les ha ocurrido una manera de acabar la película sin ti —y Troy le explicó detenidamente cómo era el nuevo final.

—O sea, me matan —murmuró—. Me muero —se acordó de su sueño y del pensamiento que tenía todos los días al despertarse. A lo mejor era eso lo que llevaba tiempo presintiendo: su muerte en la pantalla. No sabía por qué pero no la tranquilizó.

—Yo también me muero —dijo Troy—. Morimos juntos.

—Bueno, algo es algo —le acarició el dorso de la mano—. Bien.

—Y entonces subimos por nuestra escalera a la luna.

—¿Y eso qué significa?

—Lo que quieras, supongo. Rodrigo tiene unas diez explicaciones distintas.

—Es un tío bastante majo pero tiene muchas gilipolleces en la cabeza.

Gilipolleces pretenciosas.

—Creo que se está tirando a la nueva guionista —dijo Troy.

—No me extrañaría. ¿Dónde está el dinero?

Troy se acercó a la silla en la que había colgado su chaqueta y buscó en el bolsillo. Le pasó a Anny un sobre gordo. Anny lo abrió: estaba lleno de

billetes, de libras. Había llamado a Troy al hotel, le había dicho dónde vivía y le había pedido que le llevara todo el dinero posible.

—¿Cuánto hay? —preguntó, señalando el fajo.

—Unas novecientas libras. Puedo darte más pero necesito que me avises con algo de tiempo.

Anny convirtió mentalmente las libras a dólares. Era más que suficiente.

Le duraría hasta que pudiera encontrar el modo de acceder a su dinero en Estados Unidos. Volvió a guardar los billetes en el sobre y lo dejó encima de la mesa, a su lado.

—Te lo devolveré —dijo.

—No quiero que me lo devuelvas. Es un regalo.

—Te lo devolveré.

—Vale. Como quieras —Troy la levantó de la silla y la sentó en sus rodillas. La besó en el cuello y Anny le agarró del pelo en la nuca—. He escrito una canción que habla de ti. ¿Te apetece oírla?

—Claro.

—Se llama «Quien tú querías».

Se aclaró la voz y cantó, con su voz potente de tenor.

Sabía que nunca podría ser quien tú querías.

Sabía que nunca podría ser tu Don Perfecto.

Pero me has hechizado para siempre:

Mi corazón es de gominola, el tuyo es de antracita.

—Calla —dijo Anny—. No puedo seguir oyéndolo.

—Hay tres estrofas más.

—No puedo seguir oyéndolo. Me haces llorar.

—No te preocupes. Tengo la esperanza de que salga en la película.

Dicen que la pondrán al final, con los títulos de crédito.

—¿Qué es antracita?

—Una especie de carbón. La mejor variedad de carbón duro. Arde con una llama azul y no produce humo. Encontré la palabra en un diccionario de rimas.

—Yo no tengo el corazón de carbón.

—¿Entonces por qué no vuelves conmigo?

—Tengo que quedarme aquí. Ya te lo he explicado.

—Con Jacques.

—Sí. Él me protege.

—Yo te protegeré.

—No puedo, Troy —volvió a besarlo, y él la abrazó.

—Vuelve —susurró Troy—. Vuelve conmigo.

—Volveré —contestó Anny—. Algún día.

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